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Tras pasar unos días con Sarita, Alberto sintió su aflicción desmedida; gracias a ella, notó que cualquier situación adversa le hacía dar a su angustia una dimensión mayor a la real.

─Es lo que me toca vivir. Desde la muerte de mis padres todo en la vida me ha sido negado. Pierdo lo que más quiero, si ellos no me hubieran ido a buscar al partido de fútbol estarían vivos. ─Le decía a Sarita.

─ Tú no eres culpable de su muerte. No tienes el control pero puedes tomar la actitud correcta  ante lo que te causa dolor. Obsérvate y decide cómo vivir con lo que no puedes cambiar. Date un espacio para reflexionar.

─No puedo, pero ya no quiero estar así. ─En ese instante pensó que si se daba tiempo podría recuperar cierta paz. Regresó con la intención de hacer lo que Sarita le aconsejaba.

Llegó a su departamento, comenzó a comunicarse otra vez con los amigos:

─Hola Jorge, ¿cómo has estado?─Después de platicar los hechos ocurridos, invariablemente preguntaba qué haría en su lugar. La necesidad de saber lo que otros pensaban se constituía en un elemento más de su inseguridad. Ella era quien le transmitía sosiego. Cada vez que había surgido algún dilema en el trabajo le había dado la pauta para solucionarlo y a pesar de que todos le sugerían olvidarla, sólo reforzaba la idea de que no podía vivir sin Fernanda.

En la mente de Alberto giraba invariablemente la frase “no puedo vivir sin ella, la necesito, no tengo la capacidad para afrontar el mundo sin su apoyo,” entonces se volcaba en celos y envidia ante la posibilidad de que ella se encontrara con otro y una sensación de fuego le recorría por dentro.  Su apego le causaba un gran sufrimiento, después enojo, y luego el deseo de causarle dolor; así que pasó la noche pensando cómo lograría infligirle pesar.

Sin haber dormido se dispuso a buscar quien fuera capaz de encontrar al pretendiente. Asustado de sus propios impulsos, tomó su mochila y salió con rumbo a la terminal de autobuses, quería escapar de sí mismo, tal vez en otro espacio pudiera reflexionar como le había sugerido Sarita. Así fue como preguntó por el primer autobús que estuviera por salir: Taxco fue el destino elegido al azar.

Cuando llegó, lo primero que hizo fue buscar hospedaje. Alguna imagen lejana surgía de aquella visita en la niñez, entonces ni siquiera se había dado cuenta de la gran cantidad de turistas que deambulaban por las calles; entre tanta gente se sentía perdido.

El pequeño hostal le proporcionaba todo lo indispensable para una estadía cómoda y placentera; sin embargo, Alberto no reparaba en ningún detalle positivo; pensaba que con Fernanda hubiese disfrutado en grande el lugar. Al poco tiempo de haber llegado  ya veía cómo el mundo se volcaba en su contra: le dolía la cabeza, no encontraba su cartera y el servicio al cuarto no respondía.

Salió y caminó mucho tiempo por las callejuelas empedradas. Apenas reparaba en los escaparates de reluciente platería, la arquitectura colonial le resultaba indiferente, sólo paró cuando sus pies se encontraron entumecidos y adoloridos. Entró a un pequeño bar con vista a la plazoleta; frondosos ficus daban frescor a la tarde, los niños jugaban con grandes globos y el sol comenzaba a teñir el horizonte de naranjas y ocres.

No bebía mucho, únicamente lo hacía con Fernanda para sentirse en ambiente; pidió agua de horchata con ánimo de refrescarse. La espera le hizo dar una ojeada a los comensales: ahí al lado, descubrió a la mujer que había viajado en el asiento contiguo; ella pareció reconocerle esbozando una leve sonrisa para volver de inmediato la vista al menú.

Alberto bebió con lentitud; cada trago le traía un recuerdo: cuando conoció a Fernanda en el trabajo, los guiños a escondidas, el busto firme bajo las blusas holgadas, las noches juntos en cada uno de sus viajes, la borrachera en Puerto Vallarta. Al final el impulso por averiguar quién era el otro se volvía  incontrolable y se dedicaba a telefonear para seguir con sus averiguaciones.

La oscuridad de la noche le acompañó al hostal. El cansancio no logró inducirle sueño alguno. Pasó una noche más en vela dando vuelta a los mismos pensamientos. Marcó a varios amigos, hasta que logró que uno le recomendara a un truhán, estaba dispuesto a pagar para que mataran al pretendiente de Fernanda.

La oscuridad invadió su mente, el fuego recorrió sus venas y golpeó la pared hasta desollar sus nudillos.  Parecía increíble que estuviera haciendo eso, entonces habló a Sarita:

─Pienso y hago  cosas que están mal. No debí venir a Taxco solo. ─Su sollozo interrumpió la llamada.

─Tú sabes qué hacer. Ya te has dado cuenta. Confío en ti. ─Esas palabras dieron un respiro a Alberto. Regresaría al día siguiente y buscaría ayuda.

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