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«El idílico paisaje en el que me encontraba hasta este momento, cambió drásticamente haciéndose más patente el abandono del huerto, las zarzas se arrastran sobre el suelo y llegan hasta  mis piernas, trepan por ellas como una liana hasta rodearme todo el cuerpo; la parra retorcida contra el muro de piedra en mil formas diferentes, extienden sus zarcillos hacia mí, amenazantes; las ramas de la higuera descienden hasta el tronco de madera en el que estoy sentada oscureciendo la claridad del día.  Siento que la angustia atenaza mi garganta y me falta el aire. Boqueo como pez fuera del agua intentando respirar, pero yo me encuentro  dentro de ella, bajo ella, sumergida en el líquido espeso y oscuro de la alberca cubierta por la gruesa capa de algas  que los rayos del sol no pueden traspasar. Tengo miedo y quiero gritar, salir afuera; mis manos y mis pies se mueven sin control para ganar la superficie, pero algo me sujeta fuertemente y no deja que me vaya. Cansada e inerme voy cayendo cada vez a más velocidad en el abismo. Siento como giro rápidamente dentro del   torbellino que me arrastra y abro los ojos: «Quiero saber hacia donde me lleva». Al fondo veo  una luz brillante  y voy hacia ella. Ya no estoy asustada. El miedo ha desaparecido. Floto en el aire y la sensación es muy agradable. Caras conocidas a mi alrededor me sonríen desde la niebla. Estoy en mi  habitación y desde el cuadro de la pared una dama vestida de seda avanza hacia donde yo me encuentro. Es etérea, con una melena negra y sedosa al viento. Se acerca y su voz suave me recuerda a la abuela:

— ¡Niña ten cuidado…! —pasa junto a mí dejando en el ambiente el aroma de las lilas, su perfume favorito.  Después se aleja tras la puerta cerrada…

Alguien golpea mi cara y la siento húmeda. Esa voz …».

—¡Sandra… despierta… Sandra…! ¿Te encuentras bien…?

—¿Qué… qué… pasa…? —el rostro preocupado de Pepe se inclina sobre mi cara —¿Eres tú quien me golpea…? ¿Cómo quieres que me encuentre con las bofetadas que me estás dando…?

He gritado enfadada y se queda cortado ruborizándose visiblemente.

—¡Chica, me has dado un susto de muerte! Te has caído redonda al suelo y menos mal que estaba aquí para sujetarte si no, habrías ido a parar a la alberca…  ¡Y no me apetece para nada bañarme en ese nido de ranas…! —soltó una risilla nerviosa, visiblemente aliviado.

Le miro incrédula.

—¿Qué dices…? ¿Qué me ha dado un pasmo…? Yo no…

—Oye —dijo él a la vez —deberías ir al médico si te pasa esto a menudo. Anoche también… 

—Lo de anoche fue distinto —dije, aunque no muy convencida —habrá sido porque estoy muerta de hambre. O será por el calor. El sol ya está muy alto. ¿Qué hora es…?

Mira su reloj.

—Pues va a ser que sí, que ha sido por el hambre. Se nos ha pasado el tiempo volando. ¿Sabes qué hora es…?

—Eso es lo que te he preguntado ¿no…?

—Es la hora del aperitivo. Vamos a tomar algo a ver si recuperas el color. Te has quedado blanca como una muerta… Como la de la alberca…

—¡Anda, déjate de tonterías que bastante susto he pasado con esa historia…!

Él ríe de buena gana. La preocupación por mi «supuesto mareo» se ha esfumado por completo.

—Pues todavía nos quedan las habitaciones y el desván. ¡Ése sí que te va a asustar! Sobre todo porque está lleno de trastos viejos.

—A mí me encantan las cosas antiguas…

—Ya veo… ya… y los misterios. Pero te asustas tanto que te desmayas…

Y echó a correr hacia la salida…

—¡Esperaaa… no me dejes aquí…!

Salgo disparada tras él, no tengo intención de permanecer más tiempo en este huerto.

Cuando le veo parado en mitad del camino, no me da tiempo a frenar, la inercia me hace chocar contra el pecho de Pepe y él me rodea con sus brazos para evitar que caiga al suelo… o eso creo.

—¿Pero… qué haces parado en mitad del camino como un poste…?

—¿No me has gritado que te espere…? Pues eso, esperarte…

—Pero…

Sus ojos de un marrón profundo están clavados en los míos y siento un bote en el estómago. Ya no sonríe y sus brazos me rodean fuertemente contra su cuerpo con lo que puedo apreciar el latido de su corazón tan acelerado como el mío.

—Eres preciosa —susurra acercando su cara a la mía.

—No… —digo haciendo presión con las manos sobre su pecho para separarme de él.

Suavemente deshace el abrazo y la sonrisa pícara ilumina de nuevo sus pupilas y se extiende por sus labios, borrando el mohín de disgusto.

—¡Vaya..! Bien… ¿Entonces tomamos ese aperitivo…? Hay un sitio que hace los mejores caracoles del pueblo.

—¡No!— exclamo— ¡Caracoles no, por favor…! ¿Es que aquí no hay otra clase de tapa que no sean caracoles…?

Pepe ríe de buena gana, y me contagia su alegría. Bajamos las escaleras, yo con cuidado, él de dos en dos saltando como un crío. El momento de embarazosa intimidad ha quedado olvidado.

Salimos a la calle y noto en la cara el choque de calor que en el huerto se diluía entre los árboles y la frescura del agua. La estrecha calleja que baja hasta la plaza parece un horno, ni una brizna de aire sopla en el ambiente.

—Esta tarde veremos el resto de la casa— dice —después de la siesta que aquí es sagrada.

—¡No me digas que todos echáis la siesta… ¡Vaya lujo de pueblo…!

—Pues sí, raro será quien no la duerma de una u otra forma. Mira ya hemos llegado.

Después de saludar al que imagino es el dueño del bar me pregunta.

—¿Qué te apetece tomar…?

—Pues… una cerveza y un bocadito de jamón. Tienen buena pinta.

Dirigiéndose a la barra pide

—Juanito, dos cervezas, un bocadito de jamón y una tacita de caracoles.

Me coge del brazo y vamos hacia una mesa cerca del ventanal. Agradezco el ambiente fresco del bar, aunque el aire acondicionado, a veces, me produce cierta alergia por el cambio repentino de temperatura.

El camarero nos trae la consumición y cada uno damos cuenta de nuestra tapa. Yo miro a Pepe cómo sorbe el caldillo del caracol y con un alfiler agarra al bichito medio introducido en la concha y lo come entero como si se tratase del mejor  manjar. Hay más gente a nuestro alrededor, la mayoría con la consabida tapa de cornúpetas minúsculos y la refrescante cerveza. Yo pido otro bocadito de jamón porque realmente mi estómago estaba bastante vacío y enciendo el segundo cigarro de la mañana. Incomprensiblemente, no he fumado nada durante todo este tiempo. La conversación gira en torno a la casa, y quedamos para terminar de verla a la tarde, a eso de las ocho.

—¿No será muy tarde? —digo yo.

—No, tenemos tiempo de sobra para terminar de verla antes de que sea de noche. De todas formas, llevaré un par de linternas porque el desván está algo oscuro, y da igual la hora en la que lo veamos. Además, luego te puedo enseñar el pueblo por la noche, que es cuando más animado se encuentra. No es que se pueda comparar con la capital, pero hay un par de pub que están bien y tienen buena música.

—De acuerdo —digo— Ya he visto que aquí la vida se hace por la noche.

—Eso es ahora porque estamos en verano. En invierno la cosa cambia. Vamos, te acompaño al hostal.

Se acerca al mostrador y paga la cuenta, haciendo caso omiso de mis protestas.

—Estás en mi pueblo —dice— Cuando me invites a conocer el tuyo te dejaré pagar a ti.

Le miro interrogativamente y él me guiña un ojo.

Llegamos al hostal empapados en sudor, y eso que hemos cogido un atajo entre las casas del pueblo para aprovechar algo la sombra de los edificios. Nos despedimos hasta después en que vendrá a buscarme con el coche.

Subo a mi habitación me doy una ducha y me tiro en la cama. Estoy cansada y enseguida me llega el sueño.

«Me encuentro en una habitación en penumbra, soy pequeña pero hay una cuna y alguien la mueve desde una mecedora. Ahora veo la escena desde afuera, la mujer coge al niño y se lo coloca en el pecho. Está contando una historia a la nena y le muestra un cuadro colgado en la pared. Es la pintura de una mujer joven y muy guapa con el pelo suelto y negro como el azabache…

—Ella es la madre de mi abuela—me dice. Tu antepasada era una mujer guapísima y el cuadro lo pintó su  marido cuando la conoció en casa de unos amigos. Estaba como doncella de la señora y quedó muy sorprendido por su belleza…

Entonces mi abuela me cuenta una historia terrible.  A la niña la encontró el amo, cuando estaba de caza, en una choza del bosque junto al cuerpo de un hombre al que habían apuñalado y que pensó sería su padre. Estaba muy débil y desnutrida, pero en vez de llevarla a la inclusa, el ama se quedó con ella. Le puso de nombre Cristina y cuando tuvo edad para trabajar la convirtió en su doncella. Nunca se supo quiénes habían matado al padre ni jamás se tuvieron noticias de la madre. Tampoco hubo denuncias de desaparición. Cuando se casó, con el pintor quisieron averiguar algo de su familia sin resultados. Su marido compró esta casa  y aquí hemos vivido desde siempre.

El niño dejó de mamar y la madre lo acostó de nuevo en la cuna. Yo me levanté y fui hasta el pozo que había en el patio. Me incorporé sobre el bozal y vi mi cara reflejada en el agua que estaba muy cerca. Era como la imagen de la señora del cuadro…

—Sandra, no te asomes al pozo que te vas a caer…—

Era la voz de mi abuela desde su habitación en la otra esquina de la casa. ¿Cómo podía saber ella que yo estaba asomada al pozo si estaba muerta…?

Un sonido intermitente se incrusta en mi cabeza no sé de dónde viene… Tengo la terrible sensación de que algo malo está por pasar…»

 

Me despierto con la música de la alarma del móvil….

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Nicole Regez

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