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Me desperté con la alarma del móvil y miré la hora.

—« ¡Las seis de la tarde y yo con estos pelos…!» —pensé. Mi abuela repetía a menudo esta frase que yo he heredado. Acabo de soñar con ella… Algo de un cuadro y un pozo aunque no se porqué me pasa tanto últimamente, creo que es a causa de la casa que estoy visitando, me recuerda mucho a la suya. Después de que acabe  de conocer la historia, creo que iré al pueblo para rememorar también algo de mi infancia  y puede que anime a mi madre a que venga conmigo, no ha vuelto por allí desde que murió la abuela…

—«¡Cállate que ya te voy a dar de comer…!»  —Esta vez hablé a mi estómago que reclamaba insistentemente algo de  comida puesto que, prácticamente, no había probado bocado durante todo el día aparte, claro está, del aperitivo con Pepe. Me dí una ducha y bajé al bar para ver si podían ofrecerme algo para cenar.

Diego estaba al pie del cañón y bien despierto, ya que enseguida llegaría la clientela de la tarde noche cosa que pasaba a diario a partir de las siete más o menos y esa era la hora en aquel momento.

—¡Hola Diego, buenas tarde!

—¿Ya descansó Sandra?

—Sí, pero estoy muerta de hambre —dije—. ¿No tendrá algo consistente para comer?

—¿Cómo de consistente…? — preguntó él con una sonrisa.

—Pues… —dije pensativa llevándome la mano a la parte de mi anatomía que ante la inminente perspectiva de llenarse rugía  como un tigre— ¿Algo así como un plato de legumbres, sopa… o pasta…?

Se rió divertido, seguramente por la cara de incredulidad que puse en previsión de una respuesta negativa.

—¡Claro que sí…! —dijo—. Le puedo ofrecer sopa de picadillo, lentejas y guisado de carne con patatas y verdura, albóndigas en salsa, pollo asado, calamares fritos, gazpacho, y si quiere, una ensalada. ¿Qué  le apetece…?

—En este momento, me lo comería todo —dije con  evidente alivio—. Pero creo que tomaré la sopa, la ensalada y el pollo.

—Pues no se hable más, vaya para el comedor y siéntese en la mesa que más le guste que en un momento  llevaré su comanda.

Hice lo que Diego me dijo y entré en la sala donde unas cuantas mesas bien dispuestas se encontraban a la espera de comensales. Por supuesto a aquella hora estaba desierto, así es que tenía sitio de sobra para elegir donde acomodarme y lo hice justo en un rincón desde el cual podía ver la terraza. Al poco rato apareció Diego con la sopera que dejó sobre la mesa junto con un cestillo de pan y una botella de vino, más otra de gaseosa que ya le había pedido antes. Siempre  me asombra la capacidad de los camareros para llevar platos, vasos y otros utensilios en las  manos como si en vez de poseer dos, como todos los mortales, tuvieran una tercera y una cuarta escondidas en algún lugar para materializarse en el momento más inesperado.

Di las gracias y me serví un abundante plato de  sopa que, prácticamente, engullí; estaba riquísima y atemperó  mi estómago inmediatamente. Después llegó la ensalada y el pollo hecho a la parrilla, yo había entendido que era pollo asado pero daba igual porque olía divinamente y estaba torradito como a mí me gusta. Acababa de hincar el diente a un muslo al que  había untado de alioli  cuando vi a Pepe que aparcaba el coche y se dirigía hacia la entrada del bar. Un minuto después ya estaba sentado frente a mí con una jarra de cerveza y una platillo de camarones cocidos.

—¡Ya veo que no te privas de nada —dijo a modo de saludo— y que te gusta comer bien… y yo que pensaba invitarte a cenar!

—Pues hoy va a ser que no… pero puedes invitarme a un café con hielo —dije dando otro mordisco al  suculento y jugoso muslo de pollo que tenía en mi plato.

—Me gustan las mujeres que comen como Dios manda; no las tiquismiquis que siempre están a dieta con una hoja de lechuga…

—También tengo lechuga… —dije señalando el bol de ensalada.

—Sí, ya veo… ¿la estás dejando para el final, no? —y soltó una carcajada.

—¿Y cómo lo has adivinado…? —también yo me puse a reír y casi me atraganto…

Se levantó para darme unas palmaditas en la espalda, hasta que le dije que parase de atormentarme entre toses, risas y lágrimas en los ojos. Cuando se me pasó el ahogo seguimos charlando mientras yo terminaba de cenar y él consumía su cerveza con camarones.

Eran ya más de las ocho cuando llegamos a la casa con la luz del atardecer rondando por sus muros. En el interior el ambiente era diferente al de la mañana, más misterioso y lúgubre, quizá en previsión de la oscuridad de la noche que aún faltaba por llegar pero que llegaría en solo un par de horas. Una cosa eché en falta, la música de suspense que ponen en las películas de miedo ante  la llegada del protagonista al lugar del crimen.  Desde luego, estábamos en el mundo real y la única música que se escuchaba era la de las chicharras del huerto y nuestras palabras. Miré con aprensión hacia el rincón de la escalera por la que teníamos que subir al piso de arriba donde se encontraban las habitaciones, porque no me apetecía para nada nada toparme de nuevo con el perro medio invisible. Aunque no sucedió nada, todo parecía tranquilo, demasiado, pensé. Las escaleras eran de madera y ascendían en forma de caracol, bastante bonitas pero algo claustrofóbicas pues daba la sensación de estar ascendiendo por un agujero, lo que realmente es cierto, pero me dieron algo de miedo, no sé, como mal presentimiento, sobre todo en uno de los recodos de la espiral. Me recordaron a las del  campanario de la Iglesia del pueblo cuando unos cuantos críos de mi edad y yo subíamos para asustar a las palomas. Más de una vez, el susto nos lo llevamos nosotros al aparecer el sacristán por una puerta abierta hacia la mitad y nos amenazaba con contárselo al párroco. Entonces bajábamos a trompicones gritando: «¡Sálvese quién pueda!»

Llegamos a un amplio descansillo donde se distribuían las habitaciones que eran tres en total. Pepe me iba explicando:

—Ésta es la alcoba principal. ¿Ves la cama qué altura tiene?

Yo la miré sin asombrarme demasiado, aunque también vi las dos alacenas que se abrían a cada lado. El corazón me saltó dentro del pecho tan solo con pensar en dormir allí con los huecos aquellos mostrando su oscuridad y sin nada que los tapase. Imagino que quizás los cubriesen con cortinas, aunque no se veían por ningún lado, y sin embargo, sobre el cabecero colgaba un stor amarillento de encaje raído, como el sudario roto de un ahorcado pendiente de una destartalada barra de madera. El pequeño balcón con cortinajes oscuros abiertos hacia los lados, mostró su claridad mortecina cuando Pepe tocó la borla que daba fin a un grueso cordón que tiraba de los paños. A la izquierda se encontraba un aguamanil o lavabo antiguo de madera con su jarra de loza y la palangana algo desconchada. Bajo ella, una bacinilla de porcelana recogía el agua que caía por el agujero que  presentaba la jofaina en la parte baja. Toda una obra de artesanía que a cualquier anticuario le hubiese encantado tener en su tienda y por la que seguramente pediría una cantidad enorme en ese afán de la moda por colocar en las  casas cachivaches «demodés» o «vintages»

Al lado, una abertura sin puerta daba acceso a otra habitación. La escasa luz que entraba por la ventana daba un aspecto sombrío a ésta de paredes totalmente lisas, sin huecos como la principal, aunque sí contaba con una cama parecida y una enorme arca de madera sin barnizar aunque oscurecida por el paso del tiempo. El colchón mostraba enormes lamparones y huecos, típico de los que se usaban antiguamente rellenos de  lana o borra.

—Esta es la habitación donde la abuela veía caminar al perro invisible —comentó Pepe— y también se escuchaba a menudo el tic-tac de un reloj inexistente pues jamás hubo en esta casa tal artefacto por la superstición que tenía el tío de ella por estos artefactos de medir el tiempo.

—¿Otra historia de fantasmas…? —pregunté.

—No. Eso no tiene ninguna historia, simplemente, y eso también lo escuché yo de pequeño, algunos días por la noche sonaba un reloj por toda la casa, pero donde más se escuchaba era aquí.

—Quizás fuese el de algún vecino que resonaba en las paredes —sugerí.

—Nadie de los que viven o vivían alrededor poseía un reloj de este tipo. Cuando más silencio había también se escuchaban las cadenas y el vaivén del péndulo, además de los cuartos y las horas. Realmente era escalofriante, aparte de que nada más conciliar el sueño, sonaba de nuevo, despertándote al instante. Otras veces se paraba definitivamente y no se le escuchaba  durante bastante tiempo.

—Realmente raro —dije.

Abandonamos las dos habitaciones y salimos de nuevo al descansillo de la escalera donde, a mano derecha se abría la entrada de otra habitación, la cual se veía bien iluminada ya que daba al patio interior. Sus ventanas formaban una galería por  la que trepaba la flor de la pasión, con sus grandes flores abiertas y los estambres y el pistilo formando una cruz, de ahí el nombre. Es una planta que siempre me gustó, porque también mi abuela la usaba como seto de separación en su jardín. Más que una habitación, parecía haber sido usada como salita de estar, por la mesa camilla con la funda ajada y las sillas de enea apostadas a su alrededor con cojines de colores comidos por el sol. Un par de  mecedoras, también de enea, y una cómoda con la figura de una bailarina sin las manos, una caja de costura sin tapa donde los carretes de hilo se confunden en una maraña de colores raídos y agujas mohosas.

—Debió de ser un lugar agradable —comenté yo.

—Sí —afirmó Pepe. Aquí debieron cuidar a todos los bebés de la casa. Era el cuarto de costura por la luz que entra en él y cuenta la abuela que el sitio donde  los niños jugaban, incluido yo cuando era solo un bebé. En el patio, jugaban los más mayores, porque desde aquí se les podía vigilar. Recuerdo una cuna, pero no parece que está.

Salimos de allí, Pepe sacó la linterna del bolsillo.

—Ahora nos toca el desván— dijo mirándome fijamente—solo tiene unas ventanucos que dan al tejado y por eso traje la linterna. Además, hay muchos trastos y es mejor prevenir ya que, si nos entretenemos, nos servirá como iluminación para salir. Ya ves que aquí no hay luz eléctrica.

La puerta estaba cerrada y le costó abrir el picaporte. Empujó hacia adentro y las bisagras chirriaron desagradablemente. Un olor a polvo y cosas viejas inundó mis fosas nasales. Desde el techo se filtraban tres rayos de sol, cada uno desde  un agujero distinto en el tejado cubierto con los cristales llenos de suciedad. La imagen era fantasmal. El lugar parecía de pesadilla…+

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Nicole Regez

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