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Pepe abrió la puerta del desván cuyos goznes chirriaron desagradablemente. Desde el techo tres claraboyas, con los cristales casi opacos por la suciedad, filtraban los últimos rayos de sol haciendo que el desván polvoriento y atiborrado de cosas viejas adquiriese un halo fantasmal, como si estuviésemos viendo una película de miedo. En aquel lugar solo faltaba el fantasma y no estaba muy segura de que no apareciese alguno en la estancia, yo iba preparada para cualquier imprevisto. El olor acre de los años se mezclaba con el ambiente de un sucio rancio y antiguo, debido a que este  lugar no había conocido escoba ni fregona durante mucho tiempo. Gruesas telarañas colgaban de los rincones y se extendían de pared a pared formando cortinas de una trama fina, enmarañada y etérea.

Pepe encendió la linterna ya que la luz era escasa aunque, además de las pequeñas ventanas, se filtraba algo de claridad por las rendijas del entramado del techo y las uniones entre el tejado y las paredes. Con la seguridad de un guía se introdujo en aquel laberinto de sillas rotas, maletas de cuero antiguas, lámparas viejas, una estantería repleta de libros desordenados, algunos rasgados y carcomidos por la polilla; un montón de cajas de embalar apoyadas contra la pared, un encerado de escuela colgado, con tizas y el borrador de fieltro; una gran arca de madera llena de ropa,  otra con una vajilla que tenía un grabado azul de época y ribetes dorados agrietada por los años; alfombras enrolladas, una cómoda a la que le faltaba una pata, colchones, un par de somieres oxidados, un gran espejo de pie cuyas manchas abrían puertas a la imaginación; juguetes de madera y hojalata, un caballo de madera con balancín, una noria metálica a la que Pepe hizo girar y que emitió un quejido musical; utensilios para la matanza y elaboración de embutidos, cuadros ajados por el tiempo, una cuna… en fin, restos de historias y vidas que habitaron alguna vez esta casa.

Yo le seguía de cerca pero ya empezaba a ser mareante. La continua cháchara del chico explicándome qué  era cada cosa, pienso que para cerciorarse de que las veía y las exclamaciones de asombro cada vez que alguno de aquellos cachivaches le traía recuerdos de la niñez, resonaban en mi cabeza como un eco. Escuché unos pasos tras de mí y volví la cabeza para ver si alguien más estaba con nosotros en el desván. Toqué el brazo de Pepe.

—¿Has escuchado eso…? —le dije—. Alguien nos está siguiendo, he oído unos pasos…

— Yo no he advertido nada.

Dio un barrido con la linterna y dí un grito al mismo tiempo que retrocedía.

—¡Allí…!

—¿Dónde…?

—¡Allí, en aquel rincón… he visto una sombra que se movía!

—No… ¿en cuál…?

—¡Vuelve a pasar la linterna… ¡Allí hay  alguien! ¡Bajo la mesa…!

 

Aquello no me gustaba nada. No pensé en fantasmas, sino en algo que me daba mucho más miedo:

—«¡Ratones! O lo que era peor. ¡Ratas!»

Me coloqué detrás de Pepe y entonces vi unos ojos enormes que me miraban fijamente sin pestañear.

—¡Ahí está…! —chillé en su oreja.

—¿Dóndeeee…? —dijo él dando un respingo— ¡Contrólate Sandra que me vas a dejar sordo con tanto grito…!

—¡Me está mirando, es una rata enorme…!

 

En ese momento el haz de luz de la linterna se detuvo iluminando una cara redonda que inmediatamente cerró los ojos. La carcajada de Pepe y mi grito sonaron al mismo tiempo.

 

—¡Vaya por Dios! —dijo—. Una lechuza.

—¿Una lechuza…?

—Sí, una inocente lechuza que está más asustada que tú. Seguramente duerme aquí por el día y se estaba preparando para salir a cazar.

—Pensé que…

—Con la lechuza por aquí no hay ratones ni ratas. Es mejor que un gato, así es que ya podemos seguir viendo el desván tranquilamente, ¿no?

—¿Falta mucho? —pregunté un poco avergonzada por mi falta de control ante el inofensivo animalito. La casa y sus historias ya me tenían los nervios de punta, y eso que me considero una chica valiente para estas cosas.

—Casi está todo visto, pero ya que estoy aquí voy a subir allí arriba para mirar cómo está esa parte del tejado, es la que da al huerto. Ahora que sabes que no hay ratones, quédate por aquí  si quieres y trastea un poco entre todo esto,  puede que encuentres algo que te guste y que quieras tener de recuerdo. Quédate con la linterna, yo me arreglo con el teléfono.

Llevarme algo de lo que allí había no parecía una opción muy probable, pero agradecí que me diera la oportunidad de hacerlo si algo me interesaba. Como me encontraba cerca de la estantería que sustentaba precariamente los libros, opté por echar un vistazo a ver si encontraba algo interesante. Estaban muy estropeados y algunos se veía claramente que les habían arrancado la mayor parte de las hojas. Casi todos eran volúmenes de texto para estudio: una enciclopedia de medicina, libros de contabilidad, un diccionario al que le faltaban bastantes hojas, cuadernillos de los que se usan para aprender a escribir, una selección de cuentos para niños y otra para adultos, novelas de amor estilo folletín…  Me alcé un poco sobre los pies para alcanzarla y echarle una ojeada. Tuve que dejar la linterna en una balda de la estantería sujeta entre el Diccionario y un libro Mayor para que iluminase las páginas y poder ver de qué trataba. Leí el título en letras grandes «Martirio de un Ángel», no se distinguía el autor pero sí el año de publicación y la editora. Era bastante antigua. Comencé a pasar las hojas y de entre ellas algo cayó al suelo. Me agaché para cogerlo y vi que era una foto. Un reflejo en la distancia me hizo mirar al frente y comprobé que me encontraba frente al espejo donde se reflejaba mi imagen iluminada por la linterna aunque bastante distorsionada por la falta de claridad y el ángulo de luz.

Por un instante tuve la sensación de que  aquella no era mi imagen si no la de otra persona que  me observaba tras el cristal manchado. Miré la foto. El papel había envejecido y presentaba manchas de humedad, pero se distinguía la figura de una joven vestida como para una  fiesta que se mostraba feliz y sonriente ante el fotógrafo. La tenía esa pátina entre decolorada y sepia que poseen las fotos de las primeras cámaras desfigurando un tanto los rasgos. Aún así y por algún motivo, la cara de la muchacha se me hizo conocida, como si fuese un recuerdo de alguien lejano o algo parecido. La volví a guardar donde estaba y miré hacia el espejo antes de comenzar a leer algo de aquella novela para ver de qué iba la historia. Allí seguía yo, con un libro en las manos y el reflejo de la linterna iluminando solo la mitad de mi cuerpo. Algo hizo que no pudiese despegar los ojos de la escena que se presentó ante mí cuando el interior comenzó a reflectar algo distinto a lo que miraba solo hacía un instante.

El espejo, ahora brillante y pulido reflejaba una estancia muy diferente al desván donde yo me encontraba. En el gran salón iluminado por la luz reverberante de una araña de cristal,  gente engalanada de fiesta se movía de uno a otro lado, conversando, tomando copas  y canapés que les presentaban los criados en bandejas o bailando en el centro  al compás de la música que una orquestina tocaba sobre el estrado. Me quedé paralizada por lo que estaba contemplando y  también muda para llamar a Pepe, que además no sabía dónde estaba aunque le sentía trastear por la parte de arriba. Quería llamarle  para que viniese a ver la escena del espejo, más que nada, por si solo estaba sufriendo una alucinación, quizá  él me pudiese aclarar algo, pero ningún sonido surgió de mi garganta, lo que me hizo sentir aún más vulnerable.

Seguí con la mirada fija en la escena que se desarrollaba frente a mí, con un pánico que por momentos se apoderaba de todo mi cuerpo subiendo hacia la garganta y amenazando con ahogarme, pero sin atreverme a dar un paso hacia ningún sitio, más que nada, porque las piernas me temblaban y no era capaz de moverme. Comenzó a disminuir la intensidad de la luz y todos miraron en la misma dirección. La joven vestida de blanco hacía su entrada  por una de las puertas del salón. Todos comenzaron a aplaudir mientras la orquesta entonaba unas notas que sonaron en mis oídos como «Feliz cumpleaños». Al momento siguiente, la luz se desvaneció quedando la escena casi en completa oscuridad, solo con el aura de un leve resplandor que se movía vacilante hacia donde esperaba la joven. El motivo de esta claridad parecía ser la gran tarta que transportaba una doncella, iluminada en su cumbre por velas encendidas. La música cesó de repente y la protagonista de la fiesta se acercó hacia el pastel que se posaba sobre una mesita, alentada por la señora joven que estaba a su lado, pensé que sería la madre quizás. Mientras iba al encuentro del suculento postre, el resto de la sala desapareció tras el espejo, solo la muchacha caminaba hacia mí. Su melena negra y ondulada había sido adornada con lazos y flores diminutas de seda de color azul, que resaltaba la belleza sonrosada de su cara. Extendió una mano como invitándome a participar en su fiesta.

Sus grandes ojos azules me hipnotizaron. Miraban profundamente dentro de mí y reconocí quién era… « la misma joven de la foto que había encontrado en el libro» y en ese mismo instante también recordé a quién se parecía…

Retiré la mano que casi tocaba la suya sobre el cristal del espejo y la sonrisa amable se borró del rostro de la muchacha convirtiéndose, primero, en una súplica ansiosa en sus ojos claros y después, en un rictus de sufrimiento y amargura en la cara. Un grito de terror brotó inconteniblemente de mi garganta al mismo tiempo que la mueca de la muerte se apoderó de la cara, ahora grotesca, de la mujer del espejo que intentaba salir de la cárcel donde se encontraba.

Conseguí tomar el control de mi cuerpo y tiré al suelo lo que tenía entre las manos retrocediendo y tapando mi ojos  para no seguir viendo aquello que me espantaba, cuando sentí que unas manos se posaban en mis hombros sujetándome. Seguí gritando y llamando a Pepe aterrorizada mientras me giraba golpeando con todas mis fuerzas a aquel ser infernal que quería arrastrarme con ella hacia las profundidades de…

—¡Para, Sandra, para… no me pegues… ¡Soy yo! ¿Qué te ha pasado? Me has asustado con los gritos… Pensé que…

Era él y  me sujetaba las muñecas para evitar que le golpeara el rostro. Al reconocerle me abracé a su cuerpo sollozando y aliviada momentáneamente…

—El espejo… el espejo… la mujer en el espejo… quería arrastrarme con ella…

—Tranquila cariño, no pasa nada, ya estoy aquí. Respira tranquilamente y cuéntame qué es lo que ha sucedido…

Temblorosa, seguí aferrada a su cuerpo como si fuese un náufrago a la deriva y él mi tabla de salvación. Sentí que me besaba y acariciaba como se hace con un niño para que se calme y salimos de aquel, para mí, tétrico desván. Nos sentamos en las escaleras y mientras yo le contaba lo que había visto él me miraba incrédulo.

—Tenemos que hablar con mi abuela —dijo.

Y comenzamos a bajar las escaleras de aquella casa que quería perder de vista cuanto antes. Mis ansias de conocer lugares raros estaban suficientemente cubiertas por esta temporada, además de que solo me quedaban un par de días de vacaciones y quería disfrutarlas con aquel joven  sumamente atractivo, fuerte y amable que me llevaba casi en volandas hacia la salida y que despertaba en mí sensaciones mucho más placenteras que descubrir misterios en lugares donde la realidad no es lo que parece.

Y aquí termina la primera parte de «La casa del cerro encantado». 

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Nicole Regez

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