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Miré el reloj. Habían pasado casi dos horas desde que puse los pies en el local. Mi interlocutor seguía hablando dándome toda clase de detalles de la casa del cerro. Era muy misterioso y estaba convencido de que allí pasaban cosas muy, pero que muy extrañas según contaba la señora Justina. Todo lo que me había contado me interesaba mucho, pero ahora lo que más  necesitaba era darme un baño o una ducha y descansar un rato.

 

— ¿Entonces señor…?

— Diego … ¡Llameme Diego!

— Entonces… Diego ¿Tiene alguna habitación para mí…?

— ¡Claro que sí señorita…!

— Sandra, me llamo Sandra González.

— Si tiene la amabilidad de seguirme. Aquí no tenemos grandes lujos, pero es un sitio tranquilo.

— Voy a por el equipaje — dije al mismo tiempo que me levantaba de la silla.

— ¿Quiere que le acompañe….?

— No se preocupe….

 

Nada más abrir la puerta, me envolvió una vaharada de calor axfisiante. Con paso rápido fuí hasta el coche y abrí el maletero. Recogí la bolsa donde había metido algo de ropa, unos zapatos y el chubasquero, que allí no necesitaría pero que siempre llevaba conmigo. También cogí el  maletín con los útiles de baño y cerré el coche. Volví al hostal agradeciendo el aire acondicionado en mi cara como una bendición que aliviaba el calor que existía fuera. Diego cogió mi maleta dirigiéndose hacia la escalera al mismo tiempo que me indicaba que le siguiese.

 

Subimos al primer piso, no parecía que hubiese otro, y me acomodó en una habitación, lejos del ruido del bar, dijo.  Cuando se marchaba me avisó de que si necesitaba algo, solo tenía que asomarme por la barandilla de la escalera y llamarle. Un servicio de habitaciones, por lo menos original, pensé. Le di las gracias y cerré la puerta. El cuarto era sencillo, y luminoso con un gran ventanal cubierto por una cortina de láminas cerrada para evitar el sol.   Me quité los zapatos y  la ropa y fui hacia el cuarto de baño. No había bañera pero sí una ducha amplia. Abrí el grifo de agua fría y estuve un buen rato disfrutando de la refrescante sensación  del líquido sobre mi cuerpo. Después, envuelta en la toalla y sin secarme el pelo me tumbé sobre la cama pensando en todo lo que  me había contado el dueño del hostal, sobre la casa del cerro encantado. Esa misma tarde iría a visitar a la señora Justina, pero cuando se pudiese andar por las calles sin correr peligro de achicharrarse.

 

Me despertó el sonido machacón de una música discotequera. Al principio mi desorientación fue total, luego tomé conciencia de dónde me encontraba y puse las  manos sobre mis orejas.  ¡Si aquella habitación era la más silenciosa…. cómo sería la que tenía más ruidos! Me levanté y fui hacia la ventana para abrirla de par en par El circulo dorado del sol se ocultaba por el horizonte iluminando el cielo con ráfagas ocres y naranjas. El rojo sangre  se confundía con el añil del cielo entreverado de verdes y morados. El espectáculo era increíblemente hermoso; una maravillosa puesta de sol sobre la tierra seca preñada de los olivos. Alguien había regado el pequeño jardín a los pies de la ventana y la humedad refrescaba las plantas agobiadas por el calor. Un aroma a jazmines y dompedros se expandió por la habitación e inundó  mis fosas nasales y refrescando el ambiente. Me duché de nuevo, me maquillé ligeramente y elegí un vestido con sandalias bajas. Bajé al bar con la intención de tomar un refresco y me encontré que estaba lleno a rebosar. Tras el mostrador, dos chicos jóvenes servían tapas y bebidas sin dar a basto. Diego andaba entre las mesas con una bandeja recogiendo vasos vacíos y dejando los llenos pero, en cuanto me vio, se acercó a mi.

 

— ¿Descansó bien, señorita Sandra..?

— Si, muy bien — contesté yo. — ¿Cuánta gente hay, celebran algo…?

 

Él me miró divertido

 

— No, señorita. Es un día normal. ¿Quiere tomar algo…?

— Sí — una cocacola bien fría. Mi intención era visitar hoy a la  a la señora Justina, pero  me quedé dormida. Ahora es un poco tarde ya…

— ¡No se preocupe por la hora…! Aquí se vive prácticamente de noche. Seguro que la encuentra a la puerta de su casa tomando el fresco y contando sus historias.

— ¿Usted cree que….? Bueno, de todas formas, no se donde vive y tendría que buscar la calle

— Yo le indico, no tiene pérdida. Usted pase al otro lado de la carretera que está frente al hostal y siga toda la calle recta hasta llegar a la plaza; allí pregunte a cualquiera por la casa de la señá Justina y cualquiera se lo dirá.

— Muchas gracias — le dije.

— Vaya a la terraza y ocupe una de las mesas, estará más fresquita que aquí dentro. Ahora le llevo la coca-cola.

— Sin tapa — le dije.

 

Encendí un cigarrillo y salí afuera esquivando a la gente que entraba y salía. La terraza, al igual que el bar, estaba completamente llena con mesas cubiertas por un mantel a cuadros, donde pequeños y mayores tomaban sus bebidas y comían aquellos bichitos del campo que cogían de las tacitas. Debían de estar realmente buenos los caracolillos, pues los mantenían entre el índice y el pulgar sorbiendo con fruición el caldillo amarillento con sabor a hierbabuena. Busqué una mesa libre y la encontré en una esquina junto a un gran macetón de geranios. Algunos levantaban la vista cuando pasaba cerca de ellos, reconociendo en mí una forastera, y saludaban ligeramente con el caracolillo en la mano; los niños también miraban con curiosidad. Diego apareció por la puerta y le hice una señal con la mano, pero él ya me había visto. Dejó la coca-cola en la mesa y un platito de cacahuetes; por lo visto, la tapa era obligatoria. Miré hacia el otro lado de la carretera y vi la calle que me había dicho antes. Tomé la bebida y piqué un par de frutos secos.

 

Dejé el importe de la consumición en la mesa y crucé la carretera tomando la calle que Diego me había indicado. Al principio estaba un poco solitaria y oscura; sentí algo de aprensión, pero conforme iba adentrándome en el pueblo, vi grupos de gente sentada a las puertas de las casas charlando; chiquillos que corrían y jugaban al escondite y algunas parejas que se desviaban hacia el paseo que había dejado a mi derecha bordeado de grandes moreras.

 

El pueblo rebosaba vida a aquella hora de la noche. Sentí las miradas de la gente sobre mí; las de los mayores con prudencia, las de los chiquillos, descaradas. Algunos me saludaban amablemente

 

— Buenas noches — decía yo.

— Con dios — unos.

— Buenas noches — otros.

 

Y así llegué a la plaza del pueblo. Allí un par de bares tenía montadas sus terrazas llenas de gente a rebosar con sus bebidas y tapas correspondientes. La música salía por las puertas abiertas y más parecía noche de verbena que un martes de julio sin ninguna festividad, que yo conociese. Me acerqué a un corrillo de mujeres sentadas en  la puerta de una de las casas de la calle.

 

— Buenas noches — saludé — ¿Me podrían indicar dónde queda la casa de la señora Justina…?

Después de saludarme cada cual con un «buenas noches» o «con dios» me preguntaron casi al unísono…

 

— ¿La casa de la Justina…?

— Vea usted señorita….

— No tiene pérdida….

— Está aquí mismo…

 

Todas querían hablar al mismo tiempo. Al fin una de ellas que parecía llevar la voz cantante dijo:

 

— ¡Callarse toas, que se va a liar…!

 

Y al momento reinó el silencio.

 

— Verá usted señorita, la casa de la Justina está subiendo esta calle para arriba, esta misma calle…

 

— Si, si, la calle para arriba… — repetía alguna sin poderlo evitar

 

— Cuando llegue a la primera bocacalle a la izquierda, enfrente está  la casa, a la derecha. Seguro que encuentra a la Justina tomando el fresco en la puerta con su hija y los nietos.

 

— Hoy ha hecho mucho calor, señorita….

— Estará tomando el fresco…

— ¿Es usted pariente….?

 

Volvieron a la carga las mujeres.

 

— Gracias — dije subiendo ya por la calle. — Buenas noches

 

— ¡Cállate Pepa, no seas curiosa…! Buenas noches señorita. No tiene pérdida.

 

Siguieron dándome indicaciones y despedidas con el marcado acento del sur que también había observado en el hostelero mientras yo ascendía la empinada calle que, en un tiempo no muy lejano, debió estar empedrada pues, a tramos, se veían escalones de cantos rodados delante de algunas casas ajadas por el tiempo y con pintas de estar deshabitadas.

 

La cuesta era empinada aunque desde abajo no lo había notado tanto. Parecía una calle casi deshabitada pues solo, hacia la mitad  de ella, encontré un par de ancianos recostados en sus mecedoras, dormitando. Éstas se apoyaban, en precario equilibrio, sobre el escalón cubierto de cemento frente a la puerta de la casa y al pasar junto a ellos di las buenas noches, pero no se enteraron. Por fin llegué a la bocacalle, aunque antes ya había divisado la casa que se asentaba,  justo, en una pequeña plazuela que cortaba la inclinación de la cuesta y que tenía la anchura de la  calle con la que se cruzaba. A la puerta, se encontraba de espaldas una mecedora que parecía solitaria, aunque alrededor de ella había unos cuantos niños que miraban fijamente hacia ella. Un par de sillas estaban ocupadas por dos mujeres jóvenes y otra, por un hombre que apoyaba los pies en el escalón de la puerta mientras fumaba una pipa. Conforme me acercaba escuché un murmullo que salía justamente desde  la mecedora, y que se hizo más audible cuando llegué casi a su altura. Ésta se movía ligeramente y los chiquillos estaban embelesados escuchando algo muy interesante, al parecer. Las dos mujeres dormitando, con los ojos cerrados, tenían la cabeza sobre el pecho y el hombre no podía verme pues estaba de espaldas a la calle. Nadie se fijó en mí salvo uno de los niños que me vio y quiso llamar la atención de los demás, pero le hice un gesto de silencio con la mano. La voz llegó a mí con claridad….

 

«……. los gnomos eran muy pequeños, de color azul y llevaban unos gorritos con forma de barco de papel rojos, del mismo color que las blusas que eran muy anchas les tapaban la barriga. Los pantalones verdes muy ajustados, como las medias de las mujeres y unos zapatos negros y puntiagudos. Eran cinco y uno de ellos tenía una barba blanca,como si fuese el mayor. Comenzaron a bailar delante de mí y a hacerme burlas y cabriolas que les divertían mucho pues se reían a carcajadas, aunque a mi me parecían sonidos espeluznantes. Yo había subido al huerto porque mi tía me pidió una lechuga para la cena, y cuando fui a cogerla, sentí que alguien me tocaba en el hombro. Pensé que era uno de mis primos pues les gustaba asustarme y se escondían para oírme gritar. Pero no. Aquella mano diminuta y azul no era de ningún primo mío. No grité, me quedé patidifusa cuando ví a aquellos hombrecillos azules que me miraban con sus ojillos rojos y sus cuerpos brillantes. Seguían bailando y me invitaban a bailar con ellos mientras me hacían muecas y se reían poniéndome la carne de gallina. Se alejaban y volvían otra vez a por mí… no sé por qué querían llevarme con ellos. Al principio no fui capaz ni de moverme, pero luego salí corriendo, disparada hacia la escalera, saltando los peldaños de dos en dos y de tres en tres, a pique de haberme matado, pues era muy empinada y peligrosa. Cuando llegué a la cocina con la cara blanca, sin poder hablar del susto y sin respiración, mi madrina me preguntó, primero, que dónde estaba la lechuga y luego  qué me pasaba  …..»

 

En aquel momento una de las mujeres dormidas abrió los ojos y creo que también se asustó, pues me miró como si hubiese visto un fantasma…

 

— ¿Quién… quién es usted…?

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