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En aquel momento, una de las dos mujeres abrió los ojos y creo que también se asustó, porque me miró como si hubiese visto un fantasma…

— ¿Quién… quién es usted..?

Al momento, todas las miradas se volvieron hacia mí. Los niños curiosamente mientras el que me había visto se esforzaba en explicar a los demás que él me había descubierto antes y los mayores, sorprendidos, por encontrar a una forastera frente a su casa escuchando una conversación sin haber saludado siquiera. Enseguida solucioné el problema, no fuesen a pensar que era una mal educada.

—¡Buenas noches!— dije avanzando hasta quedar bajo la luz de la farola adosada a una esquina de la calle. Me llamo Sandra y busco a la señora Justina. Me han indicado que vive aquí.

Los ojos de los presentes pasaron de mí hacia la mujer que estaba sentada en la mecedora y que había dejado de contar su historia. Era una anciana vestida de negro de pies a cabeza. Sus manos arrugadas y frágiles descansaban sobre el regazo desgranando entre sus dedos, huesudos y deformados por la artritis, un rosario de cuentas marrones. La cara, de piel fina y arrugada, mostraba abundantes manchas signos inequívocos de su avanzada edad. Solo los ojos tenían un brillo especial como si fuesen los de una mujer muy joven, tan vivos y expresivos se mostraban. Su profundidad me hicieron sentir desnuda frente a ella, no de cuerpo, sino de alma, lo que hizo que  me sobresaltara y tuve la impresión de que me conocía, aunque eso era imposible…

—¿Y… para qué quiere ver a mi madre…? — dijo  la mujer interrumpiendo mis pensamientos y mirándome extrañada.

— Pues… — en ese momento me pareció escuchar algo en mi cabeza, una voz. Me pasé la mano por el pelo para despejar esa idea y vi que la anciana seguía con los ojos clavados en mí. — Me llamo Sandra y me gusta saber de las leyendas y sucesos extraños que suceden en los pueblos. Soy escritora ¿sabe..?   Me dijeron que aquí  en Resur, había una casa en la que aparecían duendes, se escuchaban ruidos por las noches, se veían fantasmas…

Y que buscase a la señora Justina que ella sabía de eso…

— Sí, es verdad. Mi madre siempre nos ha contado cuentos de cosas que pasaban en la casa cuando vivía allí, ahora se los cuenta a mis hijos pero… no creo que… En fin, no sé si tienen alguna importancia. La gente mayor del pueblo también habla de cosas extrañas que se veían en el cerro al que está adosada… pero yo nunca he visto nada raro… ¿No tendrá intención de comprarla ¿verdad? porque…

—¡No, por Dios!—  me apresuré a decir. Solo me interesa descubrir el misterio… si es que hay alguno— apostillé. ¿Cree que su madre querrá a hablar conmigo..?

— Seguro que sí— dijo ella—Pero será mejor que vuelva mañana, ahora ya es un poco tarde. Y también, si quiere, podrá ver la casa por dentro. Le diré a mi hijo mayor que la acompañe.

— ¡Claro! — contesté. Yo también volveré al hostal, solo quería saber dónde estaba su casa. ¿A qué hora le parece bien que venga mañana..?

— Cuando quiera, nos levantamos temprano. Ya me encargaré yo de despertar a mi Pepe para que la acompañe. Si quiere verla por fuera, está aquí al lado… Solo tiene que seguir la callejuela que está a su espalda y enseguida llegará. No está muy iluminada, pero con esta farola y la de la otra esquina no tendrá problema. Además es la única casa que hay a mano derecha y la reconocerá fácilmente por la valla y la plazuela. Baje después por esta misma calle a la plaza o siga avanzando un poco más y coja la paralela que también va a dar al mismo sitio.

Agradecí su amabilidad y me despedí hasta el día siguiente con un efusivo «buenas noches».

— Con Dios— contestó Petra.

— Buenas noches— dijeron a coro los críos.

—¡Vaya usted con Dios!— contestaron al unísono la otra mujer y el hombre.

Seguí las indicaciones que me había dado y enseguida me topé con la valla que limitaba la plazuela y la fachada de la casa se mostró ante mí envuelta en sombras fantasmales ya que las luces de las farolas estaban ubicadas hacia las calles que bajaban quedando el callejón en penumbra.  Era un edificio grande y destartalado, sin la elegancia de la casa señorial que yo había imaginado, aunque sí me produjo cierta desazón contemplarla en la oscuridad ominosa de la noche. El lugar me provocó una sensación de «deja vú» como si no fuese la primera vez que lo veía… La angustia invadió mi estómago y sentí que me desvanecía…

«Era noche cerrada. Por la cuesta que iba hasta las cuevas, dos hombres embozados arrastraban tras de sí una reata de mulas con los serones cargados a rebosar. En la que cerraba la marcha una mujer, con las manos atadas a la espalda y los pies sujetos con un ronzal por debajo de la panza del animal, se balanceaba hacia atrás y adelante al ritmo de las pisadas de la bestia. El vestido hecho jirones, apenas le cubría el cuerpo y su pelo, enmarañado, se agitaba a la brisa suave que bajaba del cerro.

— Ya falta poco — dijo el hombre que sujetaba la mula soltando una risotada y mirando a la mujer. ¡Ahora sí que vas a saber lo que es bueno..! Nadie escapa del…»

—¡Señorita Sandra… Señorita Sandra… ¿se encuentra bien..?

Sandra abrió los ojos. Unas voces resonaban en su cabeza. La llamaban con preocupación pero no las conocía. ¿Dónde se encontraba..?

 

Continuará…

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Nicole Regez

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