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El gruñido que escuché desde el rincón me cortó la respiración quedando uno de mis pies en el aire sin atreverme, siquiera, a apoyarlo en el suelo… Identifiqué dos lucecitas rojas bajo las escaleras que se movían de un lado a otro y que se oscurecían durante un instante para aparecer de nuevo. Sentí una mano sobre mi hombro y el terror hizo que de mi boca surgiese un enorme grito…

—¡No grites…! — escuché la voz de Antonio tras de mí—. Es inofensivo.

Sujetó mi brazo y me obligó a entrar en la habitación de la que había salido sin que yo me enterase por estar pendiente del rincón bajo la escalera.

—Es el perro— dijo cuando consiguió que me sentase en una silla desvencijada al lado de la ventana abierta para que me diese un poco de aire—. Yo no lo había visto antes, pero mi abuela sí, muchas veces.

Yo le miré atónita. Antonio continuó.

—Te voy a contar una historia— comenzó mirándome fijamente —. Mi abuela habla de una antepasada suya que murió en esta casa en alguna habitación que nadie ha encontrado todavía. La encerró su padre por huir con el hijo de un criado que se ocupaba de cuidar los caballos y a quien él también ayudaba. El padre mandó buscarla, pues él había apalabrado el matrimonio de su hija con el hijo de un militar amigo suyo al que que conoció en la guerra de Cuba. Aquella mujer fue mi tatarabuela…

 

LA HIJA DEL CORONEL

«Juliana era una niña alegre, despierta e inteligente. Hija del coronel de caballería, Cipriano Cuesta, gozaba de una gran posición social en aquel pueblo pequeño al que había sido destinado su padre. A ella, en realidad estas cosas no le importaban demasiado pues, aunque su madre intentaba darle  una educación apropiada a su estatus social, le gustaba jugar con los hijos e hijas de los criados y mezclarse en la plaza con los demás niños del pueblo. Sus padres no veían bien esta propensión de su hija a mezclarse con la gente “baja” cuando ellos pertenecían a una clase social con más clase, eso le decían. El padre, un hombre orgulloso, reñía a su esposa por dejar a la niña que se enredase con esa gente. Él casi siempre estaba ocupado en sus cacerías o en sus charlas políticas con los prebostes del pueblo, el alcalde, el cura y el boticario junto con el médico y el maestro de escuela. Por eso no tenía tiempo para ocuparse de las correrías de su hija, de las que solo se enteraba si alguien le comentaba que la había visto en tal o cual sitio. Cuando le ordenaron marchar a las colonias para solventar los problemas de insurrección que habían surgido en Cuba, la madre dejó de preocuparse tanto por su hija como lo hacía antes, por miedo a las represalias del padre. Además, tenía que dedicarse a llevar la casa y cuidar de sus otros hijos y del que venía en camino, con lo cual, Juliana gozó aún de mayor libertad. Pasaron unos años, y la amistad con Antonio, el hijo del caballerizo,  se convirtió en algo más. Ya no jugaban como cuando eran niños, sino que daban largos paseos por el campo al acabar él su trabajo y verse ella libre de ayudar a su madre con los niños, pues a pesar de que en la casa había una criada, el trabajo era abundante. Los ingresos económicos disminuyeron drásticamente desde que el Coronel marchó a la guerra y tuvieron que despedir a algunas de las muchachas que trabajaban en la casa. Al atardecer se encontraban bajo la higuera del huerto y allí junto a la alberca, entre caricias y arrumacos, pasaban el tiempo libre que tenían jurándose amor eterno. Los padres de Antonio le aconsejaban que olvidase a la hija del amo pues éste jamás consentiría  que se casase con ella, pero él estaba muy enamorado de Juliana, al igual que ésta de él. A la chica,  la  madre le advertía de que no se ilusionase con el criado pues no pertenecía a la misma clase social que ella, y su padre se enfadaría mucho si se enteraba de que se veía con él. Juliana contestaba que estaba enamorada de Antonio y que se casarían quisiera su padre o no, y que no le importaba la clase social a la que pertenecía, que el amor estaba por encima de todas aquellas tonterías de la sociedad.

Pasaron cinco años y un día el Coronel volvió a su casa. Los pequeños casi no le reconocían y Juliana apenas se acordaba de él pues su trato había sido siempre distante. La rutina de la casa cambió drásticamente. El Coronel había envejecido bastante durante el tiempo que estuvo en la guerra y su carácter, de por sí iracundo y autoritario, se agrió aún más por la pérdida del brazo izquierdo a manos de uno de los insurrectos, tratando a su mujer y a sus hijos de forma dura y dictatorial. Los encuentros entre Antonio y Juliana se distanciaron ante la vigilancia férrea que el padre ejercía contra su hija, pues estaba pensando en casarla con un buen partido para recuperar las pérdidas que había tenido en su patrimonio. Ellos, sin embargo, se veían a escondidas utilizando los pasadizos de la casa hacia las cuevas, en las horas que sus padres estaban dormidos.

Cuando el Coronel  dijo a su hija que debería casarse con Pedro, hijo de un amigo suyo y al que él había prometido su mano, Juliana contestó que jamás se casaría con nadie que no fuese Antonio. Ante la negativa de su hija y después de enterarse de quién era el muchacho, montó en cólera encerrando a la joven en su habitación, hasta que se formalizase el noviazgo con el pretendiente que él había elegido.  Antonio se enteró por un hermano de Julia, lo que  había pasado con su hermana, pues no iba a las citas, y se presentó en la casa para pedir al Coronel la mano de su hija. Esto acabó de desatar la ira del hombre por el atrevimiento de su criado y despidió al joven diciendo que no le quería ver más por sus tierras ni por el pueblo si no, sufriría algún accidente.

Antonio se escondió en las cuevas y como los pasadizos que unían la casa con éstas no tenían secreto para él, una noche se presentó en la habitación de Juliana y huyeron juntos sin que nadie se enterase.

Cuando al otro día, el Coronel supo de que su hija había desaparecido, mandó llamar al padre de Antonio y le pidió una explicación, pero el hombre no sabía nada. Él pensaba que su hijo habría marchado de allí y no tenía noticias de dónde estarían ahora y tampoco estaba enterado de que tuviesen  la idea de escapar juntos. El amo mandó reunir a los hombres que labraban sus tierras y escogió a dos de ellos, los que tenían más fama de brutos y sanguinarios y les libró de la obligación que le debían como arrendatarios, a cambio de  encontrar a su hija y degollar al maldito que se había atrevido a robar algo que consideraba de su propiedad. Pasaron cerca de tres años cuando los hombres se presentaron una noche con Juliana atada de pies y manos a una mula y el Coronel, después de dar una enorme paliza a su hija, la encerró en una habitación dejando al enorme mastín  de la casa junto a la puerta para vigilar que nadie fuese a visitarla, solo la vieja criada que le llevaba la comida. La muchacha venía embarazada y dio a luz con las campanadas del último día del siglo ayudada por la mujer. Nació una niña que se la arrebataron y ella, no se sabe si de pena o por las fiebres que muchas mujeres sufrían entonces después del parto, murió en aquella habitación sola y sin consuelo de nadie, pidiendo a gritos que le dejasen ver a su hija. No la enterraron, sino que se tapió el cuarto dejando al pobre perro dentro, cuyos aullidos se oyeron durante días hasta que murió.»

Yo escuché la historia sin interrumpir a Pepe ni una sola vez. De pronto recordé algunas cosas del sueño que había tenido por la noche y que se parecía bastante a lo que él me contaba pero no encontré una relación lógica para ello.

—¿Entonces… — pregunté—, lo que he visto ahora crees que tienen relación con aquello que ocurrió?

—Según mi abuela, sí. Tú prácticamente no has llegado a ver nada más que los ojos del animal, pero ella dice que, la primera vez que se apareció tuvo tanto miedo que no logró dormir en toda la noche. Parece ser que escuchó unos pasos sobre el piso cuando estaba preparándose para ir a a la cama,  junto a sus primos. Dormían todos en la misma habitación ya que la guerra había dejado sin casa a unos parientes y estaban alojados allí, por lo que no tenían suficientes cuartos para todos. Unos yacían en la cama y otros en el suelo, en colchones tirados sobre el piso. Cuenta que nadie se enteró de nada, solo ella. Cuando se acostó en su jergón junto a otras primas, vio por debajo de la cama al otro lado, unas enormes patas de perro. En la casa no había perros, por lo que pensó que habría visto mal. Se levantó y fue a mirar, pero allí no encontró ningún animal. Ella no era miedosa, por lo que pensó que sería alguna sombra de la colcha y se fue a acostar. Pero se seguían escuchando las pisadas y al tumbarse otra vez en el colchón, las patas de perro continuaban allí, al otro lado de la cama y comenzaron a andar. Ella se levantó por si esta vez conseguía ver algo y de pronto, dos lucecitas rojas la miraron a la altura de su cabeza flotando en el aire. No había cuerpo del animal, solo cuatro cuatro patas grandes que se dirigían hacia la puerta de la habitación, como si se moviese un perro enorme e  invisible. Todos estaban dormidos menos ella, y ni siquiera tuvo fuerzas para gritar. Horrorizada, se acostó sin hacer ruido y se tapó la cabeza para no ver más aquella cosa espeluznante que se paseaba por el cuarto.

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Nicole Regez

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