Pepe se quedó callado mirando por la ventana abierta. Yo estaba pensando en lo que me había contado. La historia de la abuela de Justina era estremecedora, pensar que un padre podría hacer semejante barbaridad con su hija se me antojaba incomprensible. Allí había sucedido algo terrible y las apariciones junto a los extraños ruidos que a menudo se escuchaban probablemente tuviesen que ver con ello.

—¿Seguimos viendo la casa? —preguntó Pepe sacándome de  mis pensamientos.

—Sí, desde luego. —contesté poniéndome en pie.

—Mira, estamos en lo que fue el comedor y aquella puerta del fondo lleva hasta la cocina y el corral.

La sala tenía el suelo embaldosado con anchas placas de piedra. Era espaciosa y se conservaba bastante bien a pesar de que el  revocado de las paredes estaba raído y con grandes desconchones. Pasamos por la puerta que daba acceso a la cocina y Pepe agachó la cabeza para no darse con el quicio pues era demasiado alto para pasar por el hueco.

Salimos a un pasillo estrecho, húmedo y oscuro con un techo que parecía perderse hacia arriba. Justo enfrente del comedor se abría la puerta de otra habitación más pequeña, con una ventana que daba a un jardín-patio interior por la que entraba algo de luz. Me fijé que en el suelo, no muy lejos de la entrada, había una trampilla.

—¿Dónde lleva esto? —pregunté a mi acompañante señalando hacia el sitio con la mano.

—Esa es la entrada de las antiguas cuadras y que mi abuelo convirtió en sótano. Está muy deteriorado y es peligroso bajar, pero si quieres lo vemos.

—Después, —dije— ahora prefiero ver lo que está en la superficie.

Pasamos a la cocina amplia y oscura ya que, solo contaba con un único ventanal abierto al corral cuya escasa luz no permitía ver todos sus rincones, apareciendo como lugares de sombras en los que cualquier cosa podría estar escondida al acecho. Me llamó la atención la alacena abierta a mi derecha por la que se veía ascender una escalera muy estrecha que llegaba muy arriba. Estaba atestada de cacharros para cocinar, grandes sartenes de hierro con patas, ollas de barro, lebrillos, orzas… De unos ganchos de la pared colgaban cucharones, sartenes más pequeñas, atizadores para el fuego, cazos de diferentes medidas, cestas de esparto… Aquello me hizo retroceder al pueblo donde nació mi madre. La casa de mi abuela  heredada de sus antepasados también guardaba todas aquellas cosas limpias y ordenadas en el sótano, bien distintas de las que se mostraban allí apelotonadas y herrumbrosas.

—¿A dónde lleva la escalera…? —pregunté.

—A ningún sitio ,—contestó Pepe— acaba en el tejado.

—Un poco raro, ¿no? —dije yo.

—¿Raro? No ¿Por qué…? En realidad termina en una trampilla que da acceso al tejado. Si alguna vez había goteras se subía por ahí para arreglarlas, por lo menos así nos lo han dicho desde siempre.

Ante mi cara de incredulidad preguntó.

—¿No pretenderás subir por ahí…? Esta escalera no es segura, aunque está excavada en la roca, los peldaños son muy resbaladizos…

—¿Encima de la cocina hay alguna habitación? —pregunté yo a mi vez.

—No creo. El techo es roca y forma el suelo del huerto. Al ser en principio una cueva, las paredes no son como los de una casa normal. Ya has visto el pasillo. Esta casa tiene una construcción muy irregular.

No dije nada y fui hacia la puerta de salida de la cocina que comunicaba con el corral. Estaba tapiado y rodeado de las fachadas encaladas de otras casas que se habían construido a su alrededor. El suelo empedrado de cantos rodados como la calle, mostraba hierbajos entre sus rendijas; en una esquina se veía una caseta cerrada con puertuca astillada. Era el retrete según me indicó Pepe.  Una orza grande abierta al pozo ciego con una tapa de madera.

El cubo de cinc lleno de agua se encontraba al lado.

—Aquí no hay agua corriente, solo está el pozo.

Miré a mi alrededor y no vi ningún pozo. Al ver mi gesto de extrañeza soltó una risita…

—El pozo está dentro, hemos pasado cerca de él pero no te has dado cuenta. Cuando vayamos al pasillo te lo mostraré.

Y allí estaba, en aquel callejón estrecho que se elevaba en altura hasta el tejado, al igual que la escalera de la alacena. La pared era de piedra y adosado a ella, a un metro aproximadamente, se extendía un poyo cubierto. En una esquina se veía un  tablón cuadrado que se introducía por la pared bajo una abertura suficiente como para contener una argolla y la cadena de hierro.  De ésta pendía un cubo de zinc abollado por todos los sitios de los múltiples golpes recibidos al izar el agua desde el fondo hasta la superficie.

«¡Aquello era algo que yo no me habría imaginado nunca, el pozo en el centro de la casa…!»

Pepe se acercó y retiró la tapa apoyándola erguida sobre el poyete, demostrando la fuerza que tenía, pues parecía muy pesada. Enseguida noté el aroma del agua fresca y limpia, diferente al tufillo de humedad que impregnaba el espacio. A instancias del joven, me acerqué hacia aquella abertura oscura y mis ojos se sintieron arrastrados hacia la profundidad para toparme, al final, con una transparente luminosidad que incidía sobre el agua desde una esquina. Era tan profundo que la oscuridad de las paredes no dejaba que la luz llegase a la superficie, lo que sí percibí fue el rumor de la corriente.

Me aparté del brocal algo mareada y miré a Pepe.

—Es maravilloso, ¿no te parece…?

A mí no me lo parecía y estaba aterrorizada, más que nada, porque tenía un miedo visceral al vacío y aquello era como un hueco hacia lo más profundo de la tierra.

—No es un pozo normal —siguió diciendo él— se abre sobre un río subterráneo que pasa por debajo del cerro y abastece a todo el pueblo, pero este es el único en el que se puede observar esa claridad que no sabemos de dónde viene.

O sea que, el pueblo estaba asentado sobre una corriente de agua que prácticamente comenzaba bajo el cerro. Eso me hizo pensar en algo que leí sobre éstas y los efectos negativos para la salud física y mental de las personas que viven sobre ellas y también, en la negatividad energética que se produce en las casas bajo las cuales se deslizan dichas corrientes. Aquella casa despedía un ligero halo de esta energía negativa, pero quizá fuese más por los acontecimientos que habían sucedido allí que por el agua que corría bajo la superficie que ocupaba.

Salimos del pasillo otra vez al zaguán, justo enfrente de las escaleras bajo las cuales se me había aparecido el fantasma del perro y propuse a Pepe que me enseñase el patio interior, pues a la derecha se abría una puerta acristalada que daba acceso a él. Era pequeño, con una enredadera vieja y retorcida cubriendo toda la superficie de la pared, en la que se mezclaba rocosa y construcción de ladrillo. Frente a la puerta de entrada al patio, una escalera muy inclinada y de piedra, se abría al enorme huerto de la casa.  También era la primera vez que veía un huerto mucho más alto que la vivienda a la que estaba adosado. Cuatro grandes higueras se extendían a nuestra izquierda hasta llegar al muro de piedra que limitaba el lugar. De frente, se levantaba el resto del cerro que por esa cara mostraba un enorme agujero del que manaba un riachuelo que iba a dar a la alberca y un lavadero para la ropa. Lo habían dividido en dos canales para que repartiese el agua al mismo tiempo para los dos espacios que parecían presidir la parte más importante del huerto. A la derecha, continuaba la valla cubierta por una hilera de parras, ahora asilvestradas y un espacio que se distinguía claramente, había sido destinada a las hortalizas y legumbres. En la esquina que llegaba hasta la puerta de entrada, algo escondida a la vista por la fachada de la casa, se podía ver un montón de escombros, cubos de pintura, resto de hogueras…. daba la impresión de que aquello era el basurero de la casa. El lugar donde se deshacían de los restos orgánicos y los desechos de las diferentes transformaciones del inmueble.

Tomamos el camino de piedra casi escondido entre los hierbajos que conducía hacia la alberca.

—¿Sabes…? —dijo Pepe adentrándose en el—. En el huerto siempre hubo «miedo» al igual que en la casa.

—¿Miedo…? —dije yo—. ¿Qué quieres decir…?

—Pues eso, «miedo». Así le llama mi abuela a las cosas que pasan aquí. Dice que la casa está embrujada, como el cerro. Es verdad que ella es la que más cosas extrañas ha visto, y parece que a todo el que ha vivido aquí no le pasa eso. Los duendecillos se le aparecían por ahí —dijo señalando con el dedo el rincón de las basuras—. Los duendes indican donde están enterrados los tesoros, y más de una vez hizo que mis tíos o mi padre, removiesen partes del huerto, pero nunca consiguieron encontrar gran cosa. Algunas veces sacaban un plato de bronce o alguna moneda suelta, trozos de platos, orzas de barro vacías… pero jamás encontraron un tesoro. Corría el rumor de que los moros, cuando tuvieron que abandonar la cueva después de ser vencidos por los castellanos, al no poder llevarse sus joyas y dineros, los metieron en ánforas y los escondieron bajo tierra con la idea de volver algún día a por ellos. Aunque eso pasa por todo el cerro, por eso le llaman así. Contaban los habitantes de las cuevas que veían luces por las noches y a veces, también hombrecillos verdes, hasta comentaban que en una cueva vivía un enorme lagarto que protegía los tesoros escondidos en ella, pero nadie la encontró nunca.

—Eso solo son leyendas. —dije yo no muy convencida después de lo que me había pasado.

—Leyendas o no, algunas cosas suceden de verdad y si no, tú misma tienes la prueba.

—Sí, pero quizá eso tenga más que ver con algo sobrenatural, algún tipo de energía que se ha quedado prendida en la casa por los terribles sucesos que pasaron aquí. Quizás algo quedó pendiente de resolver en la vida de tu antepasada y por eso se producen los ruidos, esos tic-tacs de relojes que dices se escuchan por la noche, los pasos sin ir a ningún sitio, el perro… ¿Por cierto…? ¿Es verdad que no sabéis dónde se encuentra esa habitación…?

—Pues no. Parece que hubiese desaparecido.

—Si esa historia que cuenta tu abuela es cierta, el cuarto tendrá que estar en alguna parte, ¿no…? Algún hueco que no tenga salida, una pared diferente, las señales de haber existido tendrán que ser visibles en algún lugar, a no ser que se haya construido algo sobre ella que haga imposible su identificación.

—Mis tíos y mi padre, alguna vez,  mostraron interés por encontrarla a instancias de mi abuela, como con lo del tesoro, pero sin resultado alguno.

—Quizá no pusieron suficiente interés o temían encontrar los cadáveres de los emparedados —dije yo.

Pepe se encogió de hombros, y yo no dije nada más.

Llegamos hasta la alberca y vimos que solo tenía agua hasta la  mitad pues del “minao”, así dijo Pepe que le llamaban a la cueva por la que aparecía el riachuelo, solo brotaba un pequeño hilo de líquido. La superficie estaba completamente cubierta de algas y los mosquitos rondaban por ellas. El lavadero, estaba configurado de tal forma que, sobre una pila se posaba la piedra de lavar, en la que se veían muescas talladas  a  lo ancho para que el lavado fuese más efectivo. Un hilillo de agua pasaba por el canal e iba a desaguar en un pilón más grande que supuse sería donde se metería la ropa. Este también estaba casi vacío y cubierto de verdín como la alberca. Los dos depósitos mostraba un desagüe cercano al borde, supuse que para el riego de la huerta, aunque al pie del lavadero había un agujero medio tapado por una baldosa de piedra como si el agua sobrante escapase por allí hacia la profundidad del cerro.

—¿Sabes que aquí, en la alberca, también sucedían apariciones…?

 

Nicole Regez

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