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El sol ya estaba alto y calentaba demasiado. Decidimos que lo  mejor era protegernos bajo la higuera que se levantaba junto a la alberca. Desde allí podíamos divisar el huerto completo al mismo tiempo que mirábamos como la superficie verde de las algas, sobre el agua daba cobijo a mosquitos y gusarapos.

—Este es un buen sitio para las ranas —dije yo—. Se ven gran cantidad de crías.

—Tienes razón —sonrió—. Esas sí que son los verdaderos habitantes de la casa en estos momentos. Aquí las he cazado de crío, siempre que acompañaba a mi abuela cuando venía para dar un repaso a la casa, limpiar, mirar los desperfectos… esas cosas. Ahora ya, esto está algo abandonado. En la época de verano, los primos de vacaciones y ella  preparaba la casa  y lo disponía todo, para que la estancia aquí fuese lo más agradable posible, ante la carencia de comodidades de la que disfrutaban en la capital. Después todos se hicieron mayores y dejaron de venir, ya no les apetecía pasar las vacaciones en el pueblo. ¡Cuántas veces nos hemos bañado en la alberca…!

—Pues es un sitio muy tranquilo y a pesar de estar rodeado de casas, es como un oasis de silencio. Además,  ese agua tan limpia se ve que viene de algún manantial bajo la roca.

—Así es. Ahora está todo lleno de hierbajos y los árboles no se podan, ni la parra del muro, pero cuando mi abuela era más joven, el huerto parecía un vergel lleno de flores, hortalizas, las uvas, los higos…

—¡Qué ricos…! Se me hace la boca agua —dije mirando hacia arriba, donde ya se veían los frutos aún verdes pero que, en poco tiempo, se podrían comer.

Pepe también alzó la vista…

—A estos todavía les falta bastante para que maduren. Pero las brevas de  aquellas higueras de abajo, enseguida se podrán recoger pues ya casi están maduras. ¡Y no veas lo ricas que son recién cogidas del árbol…!

Se estaba bien allí.

—Hablando del manantial —dijo—, ¿sabes que viene de muy lejos? De niños nos intrigaba saber qué había en la cueva por donde nacía el agua. Alguna vez, a escondidas, porque nos tenían prohibido introducirnos en ella, nos fuimos siguiendo el camino del riachuelo, pero este se estrecha hasta el punto que, aunque éramos pequeños, no pasábamos por el agujero. Además, nos daba miedo por lo que siempre se adelantaba uno de nosotros para mirar por él y demostrar que era el más valiente. Nadie decía si había visto algo tras el hueco, pero generalmente escapaba corriendo y los demás le seguíamos muertos de miedo. Uno de los días me tocó ir a mí. Estaba aterrado porque no sabía qué me podría encontrar. Arrastras llegué hasta el final rasguñándome las rodillas y todo empapado por el agua. Mis primos gritaban tras de mí que me asomase para ver qué había detrás. El corazón me latía como si quisiera salirse del pecho, pero tomé aire y en un ataque de valentía acerqué la cabeza y miré por el hueco.Todos se habían callado esperando mi reacción. Me llegó a la nariz un olor que no conocía mezclado con el del agua. Sentí que algo chapoteaba en el riachuelo entre las piedras y abrí los ojos. Ante mí cara aparecieron unos puntitos brillantes que se movían nerviosos lanzando chillidos que al momento reconocí… ¡Eran ratas…! Retrocedí espantado pues me dan mucho repelús esos bichos y en cuanto pude ponerme de pie, salí pitando de allí y jamás volví a entrar. Mis primos se reían de mí, pero yo no les hacía caso.

Me entró una risa tonta, ya que yo también tenía pavor a las ratas y miré con aprensión hacia la cueva por si se escapaba alguna para ver quién andaba por allí.

—No te rías que no tuvo ninguna gracia —dijo Pepe, pero acabó por soltar la carcajada él también—. Lo mejor de todo es que la abuela y nuestros padres lo sabían, porque ellos habían «explorado» la cueva cuando eran pequeños haciendo caso omiso de sus mayores, al igual que nosotros.

Siguió hablando de sus travesuras de niño, con emoción desbordada igual que si lo viviese de nuevo, pero a mí me interesaba ver el resto de la casa antes del mediodía aunque estaba disfrutando del momento y me sentía muy bien junto al chico por su desbordante vitalidad.

—Será mejor que me enseñes el resto de la casa —dije haciendo ademán de levantarme del tronco de madera donde nos habíamos sentado.

—Espera un poco, que todavía tengo que contarte lo de la alberca.

—¿Otra travesura tuya…?

—No. Lo que te voy a decir ahora cuenta la abuela que le pasó a unos de sus primos, y da un poco de miedo.  

—¿Más «miedo»…? —dije yo.

—Sí, pero no ha vuelto a suceder nunca más desde entonces. Por lo menos, nadie ha dicho nada más sobre ello. Te cuento…

—Mi abuela se crió con unos tíos, pues sus padres, los verdaderos dueños de esta casa, murieron después de la guerra, aunque esa historia ya la conocerás más tarde. A lo que iba. Mi abuela y sus primos se bañaban en la alberca igual que todos los que hemos pasado por aquí. Uno de ellos pasaba mucho tiempo dentro del agua y se sumergía a menudo bajo ella aguantando bastante la respiración. Un día tardaba demasiado en salir y su hermano mayor vio cómo que en el fondo de la alberca su hermano agitaba las piernas desesperado pero que no conseguía ascender a la superficie. Entonces se lanzó a por él y lo sacó casi inconsciente ya que había tragado bastante agua. Su madre, que estaba ocupada tendiendo la ropa, mientras el padre trabajaba en la huerta, acudieron enseguida al escuchar los gritos de los críos, y reanimaron al chiquillo no sin antes echarles a todos una buena bronca.

—No me extraña —dije yo—. ¡Menudo susto se llevarían…!

—Lo peor no es eso —siguió—. Después de dejar de toser y soltar todo el agua que había tragado se reunieron todos bajo la higuera ya que, por ese día les habían prohibido a  volverse a bañar, el chico les contó algo que  los demás desconocían. Él pensaba que era algo normal y que sus hermanos también la veían.

—¿Verla…? —pregunté con aprensión mirando hacia la alberca. No me apetecía nada encontrarme allí con otro fantasma. Una cosa es el misterio, y otra muy distinta que se me aparezcan espectros a cada paso…

—¡Tranquila, que desde entonces no volvió a pasarle a nadie, de momento…! —y soltó una carcajada ante mi cara de susto—.  Sigo…

El primo de la abuela dijo que se quedaba bajo el agua porque veía a una niña vestida de blanco muy guapa pero triste, y le pedía que se quedase a jugar con ella. Se quedaban a ratos en un rincón hasta que él tenía que salir a respirar, aunque la niña parecía no necesitarlo.  Nadie hizo caso de lo que estaba contando, más bien, se rieron de él pues los demás no habían visto nada semejante. Él insistió una y otra vez en que era verdad y  que ese  día la niña se había comportado de un modo diferente, estaba más triste y hablaba de sus padres. Quiso que la siguiese por un hueco que se abrió bajo la alberca en el sitio donde solían jugar. Él la siguió, pero de pronto sintió que le faltaba el aire e intentó soltarse de la mano para subir a respirar como otras veces, pero ella no le dejaba marchar. Cuando su hermano apareció para sacarlo del agua, la pequeña desapareció, pero ya no era una niña guapa, se había convertido en un esqueleto repulsivo…

Sentí que un escalofrío recorría mi columna vertebral de arriba a abajo, a pesar del calor. Me había imaginado la escena y desde luego pensé: «No seré yo quien se bañe en esta alberca por muy inocente que parezca ahora».

—¿Y… dices que esa aparición no la volvió a ver nadie, nunca más?

—Pues eso parece. Después del incidente, y aunque no le creyeron ni los pequeños ni los mayores, el tío mandó vaciar la alberca por completo y la limpiaron. En el rincón encontraron un boquete que se había abierto al desprenderse una de las piedras.  Quedaban al aire las aristas de hormigón, por lo que arreglaron el desperfecto para que nadie se hiciese daño al bañarse. Los demás chicos siguieron disfrutando del agua, pero el primo de mi abuela, jamás volvió a bañarse aquí.

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Nicole Regez

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