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El local estaba en penumbra, ya que las persianas bajadas no dejaban pasar el sol; seguro era una forma de estar más fresquitos,como se dice por allí. La barra alargada ocupaba casi todo el área frente a la puerta. Un hombre de mediana edad dormitaba sentado a una de las mesas, mientras la televisión ofrecía una película de vaqueros. Otro más o menos de la misma edad  se levantó rápidamente, debía haberse despertado al sonar el colgante de la puerta. Llevaba un delantal alrededor de la cintura y me miraba con ojos medio cerrados, como dudando de que, a la hora de la siesta, alguien saliese a la calle y  entrase a su bar para consumir algo.

Ante la mirada inquisidora que le dirigí se dirigió, perezosamente, hacia el mostrador arrastrando los pies contra el suelo.

_ ¿Desea tomar algo, señorita?_ dijo con voz pastosa por el sueño.

_ Cerveza con gaseosa por favor. Sabía que, con aquel calor era lo único que me calmaría la sed.

Miré hacia el techo buscando la rejilla del aire acondicionado y me senté a la mesa que se encontraba bajo ella, aspirando profundamente el humo del cigarrillo que había encendido. Todavía estaba permitido fumar en los bares.

El hombre trajo la cerveza y una tacita llena de caracoles bañados en un líquido verde-amarillento con olor a hierbabuena

_ No quiero caracoles _ le dije.
_ Es la tapa para la cerveza. Pero si no los quiere puedo ponerle cacahuetes o patatas fritas _ dijo algo más despierto.
_ ¿Tiene algo más consistente para comer? Le miré directamente a los ojos y vi en ellos un atisbo de desconfianza.
_ Mire usté, la cocina ya está cerrada. Puedo prepararle un bocadillo de jamón, queso, atún, chorizo…

Desde el desayuno no había probado bocado, solo unas chocolatinas que siempre llevo en el bolso para una emergencia. El estómago me pedía algo más sabroso que lo que me estaba ofreciendo, pero, ante la perspectiva bocateril en seco del menú, opte por un bocadillo de jamón con pan casero untado de tomate con aceite de oliva virgen. Así dijo que lo prepararía.

No tenía mala pinta el condumio y me dispuse a hincarle el diente aunque no sabía si mis finísimos molares podrían con aquella loncha de jamón cortada a mano y casi de un dedo de grosor. Ahora supe porqué me había colocado una pequeña navajilla junto al plato que en principio miré con desconcierto. Después de un par de mordiscos complicados, acabé utilizando la herramienta para dar cortes sobre el pan al trozo de jamón y pedí otra cerveza.

El hombre se sentó de nuevo, mirando por turnos a la televisión y a mi. ¿Esperaba verme desistir de mi empeño en acabarlo todo? No lo sé, pero aquello estaba bueno y comí hasta la última miga, rebañando el aceite con tomate que se había resbalado hacia el plato. Cuando acabé, ya estaba otra vez allí.

_ ¿Desea algo más, señorita…?
_ ¿Puedo tomar un café? _ pregunté yo a mi vez.
_ ¡Marchando…! _ dijo como si alguien más que él estuviese tras la barra. _ Solo, con leche, manchado…
_ Solo con hielo. Y encendí otro cigarrillo.

Cuando me trajo el café le pregunté si tenía habitaciones libres. Me contestó que sí y como si esa simple pregunta hubiese dado pie a que iniciara una conversación conmigo me aseteó a preguntas.
¿Que de dónde venía? ¿Que si iba a estar mucho tiempo? ¿Que si tenía algún pariente en el pueblo y venía de vacaciones…? La curiosidad de este hombre es insaciable, me dije, y su confianza para hacer tantas preguntas sin conocerme de nada me dio la oportunidad de recabar información sobre el misterio que me había llevado hasta allí sin ningún esfuerzo por mi parte.

_¿Que ha venido a conocer la casa del cerro encantado? _ dijo sorprendido. Pues sí señorita, esa casa encierra muchos misterios, muchos… _ y quedó un momento pensativo, como si recordase algo. Hace tiempo que está deshabitada ¿sabe…? Creo… sí, desde que murió la abuela más o menos
Yo escuchaba con atención tomando sorbos del café y asentía interesada. Mientras seguía hablando acercó una silla y se sentó frente a mi como si fuese una amiga de toda la vida…

_ Me parece que, uno de los hijos vivió durante algunos años en un anexo que añadieron a la casa antigua cuando se casó, pero después él se construyó una y se mudó. Era un buen albañil ¿sabe usté?
_ ¿Y qué pasó con la casa…? Apagué el cigarro en el cenicero que me había traído y le miré animándole a seguir
_ Era una familia muy amplia, siete hermanos y una prima que era como otra hermana más, además del padre y la madre. El padre murió unos años después de la guerra, por el hambre, ya sabe. Además, parece que estuvo en la cárcel y allí enfermó… es lo que se cuenta, ¿sabe usté…?

Yo escuchaba asintiendo de vez en cuando…

_ Todos emigraron, unos pa Barcelona, otros a Madrid… La prima y uno de los hijos se quedaron en el pueblo.
_ ¿Y alguien se ocupa de la casa…?
_ Desde hace un par de años falleció el Pepe, nadie se ocupa de ella. He escucha que Justina, va alguna vez, o iba alguna vez para ver que no hubiese ningún problema, la puerta rota o alguna ventana rota, pa que no entrasen los chiquillos o algún gitano… La casa está en las afueras, en la otra punta del pueblo justo al pie del cerro encantado, cerca de las cuevas…

Interrumpí su perorata cuando escuché la palabra “cueva”.

_¿Las cuevas? _ dije _ ¿Y vive gente allí…?

_ No. Ahora ya no vive nadie porque el ayuntamiento construyó casas para las familias que las ocupaban y las cerraron. Creo que a algunas les pusieron rejas para impedir que fuesen ocupadas y algunas las derribaron. Las que quedan se pueden visitar pidiendo permiso al ayuntamiento.

_ O sea que todavía están habitables…

_ No se… pero no dejan que nadie las ocupe y les han puesto rejas para protegerlas…

_ Sigamos con la casa _ dije yo _ ¿Cree que estará bien para visitarla…?

_ Pues no le podría decir… Está al pie del cerro y de hecho dicen que se comunica con las cuevas por la parte del huerto. Otros cuentan que además tiene pasadizos secretos que atraviesan por completo la loma dando salida a la sierra ya que el primer propietario fue un bandido famoso de Sierra Nevada y los construyó para escapar de la justicia.

_ Parece muy interesante… _ dije encendiendo de nuevo un cigarro.

El hombre me miró y por un momento pensé que le disgustaba verme fumar. Le animé a seguir.

_ Corren muchas historias… Hay quien dice que no fue un bandido, sino un moro que se refugió en las cuevas con su familia y que, pasados los años, fue añadiendo estancias hacia afuera hasta llegar a construir la casa.

Yo seguía cada vez más intrigada. Mi amigo no me había dado tantos detalles. Solo me dijo una de las casas del pueblo sucedían cosas extrañas que asustaban a la gente. Y me habló de una mujer que vivió en ella. Por un momento perdí el hilo de la historia…

_ La casa de ahora no es la original _ el hombre seguía hablando _ Se ha renovado varias veces desde entonces según el inquilino que la ha ocupado desde que el moro la familia del moro la vendió para marchar a su tierra. La fachada y la plazoleta empedrada que hay frente a ella, junto a la baranda de cemento y la escalera para subir desde la calle la construyó la familia de los últimos dueños, a mediados del siglo XIX.

_ ¿Del siglo XIX…? Muy antigua ¿no?

_ Si, es la más antigua del pueblo. ¡Lástima que esté tan mal cuidada…!

Me quedé pensativa un momento. Este hombre debía ser el cronista del pueblo, o se inventa la historia para los posibles turistas que caigan por aquí. Todo aquello era un misterio mayor de lo que yo pensaba encontrar, pero a mi me gustan los misterios y por eso estaba allí. Investigaría y descubriría lo que era real y lo que solo eran historias para atraer a la gente al pueblo.

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