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La hora bruja es un espacio en el que voy a publicar todos esos cuentos y relatos que surgen en momentos especiales donde, en contacto con las Musas, mis manos vuelan por las teclas como si tuviesen vida propia. Ellas me asaltan a cualquier hora del día o la noche, sin importarles donde esté o qué haga, en ese momento y crean ideas que se incrustan en mi cabeza hasta que, irremediablemente, las vuelco sobre un papel. Si os gustan las historias de fantasmas y brujas, de hombres lobo y vampiros, de hadas y gnomos, de realidades que parecen fantasías y de fantasías que se tornan realidad, de travesuras infantiles y de niños traviesos, de adultos que se comportan como chiquillos y de bebés que dan miedo por su sabiduría de abuelos, de extraterrestres, viajes en el tiempo, ensoñaciones y pesadillas. Aquí os iré dejando todo lo que surja de mi imaginación y algunas experiencias ficticias que pueden no serlo, si suceden en esa hora bruja que antecede al amanecer, cuando los muertos vivientes buscan sus tumbas y las sombras se ocultan perezosamente dando paso a la luz del día, en que las cosas recuperan su forma y la naturaleza se despereza a la Vida.

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO

El termómetro de mi coche marcaba treinta y ocho grados en el exterior. Aspiré profundamente el frescor del aire acondicionado dentro de mi vehículo aprovechando el poco tiempo confortable que me quedaba para llegar al pueblo. Solo a mí se me ocurría ir en pleno agosto a Rasur, un pueblecito del interior de Andalucía, para descifrar el misterio de una casa donde me habían comentado, sucedían “cosas raras”. Según mi informante, era la construcción en pie más antigua del pueblo sin contar con la torre de los moros que, rodeada de casas que la ahogaban, alzaba orgullosa su minarete compitiendo con la torre de la iglesia. Aquella estaba ubicada en lo que los habitantes denominaban “El cerro encantado” y había pertenecido durante bastante tiempo a una sola familia. En origen, debió ser la vivienda de algún pequeño noble, al que se cedió el pueblo entero por defender los intereses de la corona, pero mi informante no estaba seguro de eso. Miré mi navegador y la línea roja marcaba imperturbable una recta infinita. La voz metálica anunció en ese momento:

-Faltan quince kilómetros hasta Rasur, en la próxima rotonda, gire a la derecha.

Cuando llegué al cruce, seguí las indicaciones mecánicamente y dejé la carretera principal para internarme en el último tramo de mi viaje. Después de conducir cuatro horas por la autovía de Andalucía, estaba agotada y necesitaba estirar las piernas. Hacía ya bastante tiempo que circulaba entre una gran extensión de olivos a ambos lados de la vía. Llegué a la rotonda e hice el giro a la derecha, obedeciendo la insistente voz de la chica y la línea roja que había dejado de ser recta por un momento, para continuar después en igual posición. La cercanía de los olivos se acentuó cuando tomé la carretera secundaria y me pareció que la temperatura era menos extrema. Solo era una sensación ficticia por la sombra que los árboles, alternativamente a los rayos de sol, vertían sobre ella. A la entrada del pueblo, un letrero daba la bienvenida al visitante a cincuenta metros, más o menos, de un hostal pintado de blanco. Ante la entrada, un entramado metálico estaba cubierto totalmente por una parra de la que pendían pequeños racimos de uvas verdes sin madurar.
-Parece un buen lugar para descansar y comer algo – pensé.
Me dirigí al aparcamiento y una polvareda roja se levantó tras de mí. Aparqué bajo la techumbre de cañas donde se encontraban un par de coches más y paré el motor. Me dispuse a salir al tórrido ambiente que me esperaba fuera, confiando en que el local tuviese aire acondicionado. El polvo se posaba lentamente sobre el suelo que reverberaba por el sol y avancé rápido hasta alcanzar la sombra protectora del emparrado. Alguien había tenido la buena idea de regar el cemento y el fresco aroma a tierra mojada inundó mi nariz. En bastantes momentos de mi estancia en Rasur, echaría en falta este bendito olor a suelo mojado que en la mayoría de los casos solo se respiraba en las primeras horas de la mañana y en las últimas del atardecer. Las mujeres acostumbraban a regar la parte de la calle que correspondía a sus viviendas para asentar el polvo al barrer por la mañana. Después, ya avanzada la tarde y casi anochecido, se regaba de nuevo el suelo abrasado por la canícula. Esto refrescaba el ambiente y cada quien sacaba su silla ante la puerta de su casa para conversar con sus vecinos y familiares y descansar de las tareas del día. Los chiquillos jugaban al escondite o a pillar y de vez en cuando se sentaban con las piernas cruzadas o en el escalón de la puerta, a escuchar las historias del pueblo o algún cuento de fantasmas y aparecidos que se repetían de generación en generación. Eran las mismas historias que, en invierno o en el día de difuntos, se contaban alrededor del brasero o el fuego bajo, comiendo castañas asadas, torreznos o migas.

Pero me estoy adelantando. Todo esto lo conoceré más tarde, después de visitar la casa del cerro encantado y entablar relación con la persona que me contaría algunas de las experiencias más angustiosas vividas en ella.

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Nicole Regez

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