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Yolanda despertó con un tremendo dolor de cabeza. No recordaba exactamente lo que había pasado la noche anterior, pero una molesta campanita en su cerebro le decía que había sucedido algo que no estaba previsto. Vagamente recordaba haber pedido a Alex que le hiciera el amor, “¡cómo pude!, no podré volver a mirarlo a la cara”, pensaba avergonzada.

Las piernas empezaron a temblarle. El temblor le empezó por las rodillas, por lo que tuvo que sentarse. Le subió por la columna vertebral hasta los brazos. Cerró los ojos y esperó que el temblor pasara. Se concentró en el silencio de la casa para no pensar en nada. Apoyó la cabeza entre las manos y se encontró de nuevo con el abrazo de Alex, entre su seguridad y la paz que le transmitía.

Debería estar estudiando, tenía unos exámenes importantes y llevaba días sin tocar un libro. Estaba preocupada por los acontecimientos y era incapaz de concentrarse. Todas las dudas, nervios y temores que había intentado ignorar durante todo ese tiempo estaban aflorando ahora. No podía dejar que eso pasara, ella era fuerte, había trabajado mucho para llegar donde estaba, no era el momento de venirse abajo, intentaba infundirse ánimos ella misma.

Alex se había ido temprano, no lo oyó marcharse. Supuso que habría querido ahorrarle la vergüenza, y en realidad así era. Cuando oyó que llamaban a la puerta pensó que podía ser él, que hubiese vuelto por algo, así que su primer impulso fue meterse debajo de la mesa, hacerse un ovillo y taparse la cabeza con las manos. El hecho de estar a punto de hacerlo le hizo ponerse en pie, tenía que seguir adelante, afrontar los reveses de uno en uno, como le había enseñado siempre su madre.

—Queremos hacerle unas preguntas —se encontró de pronto, al abrir la puerta, con un micrófono casi en la boca. Intentó cerrar pero el reportero fue más rápido que ella, interpuso el pie entre la puerta y el marco para que no pudiera cerrar.

Yoli estaba sin vestir, tan solo llevaba una camiseta vieja de Ramiro. Desde que este había desaparecido lo sentía más cerca durmiendo con una prenda suya. Se abrazó el cuerpo y pudo sentir su olor, su calor, recordó cómo llegó cuando se la regalaron, era de su equipo, le encantaba llevar los colores de su club, cuando marcaban un gol saltaba y gritaba, se abrazaba a ella, era tan feliz. En ese momento sentía peligrosamente sus emociones como propias. ¿Ramiro, dónde estás?, se preguntaba de nuevo intentando contener unas emociones que pugnaban por aflorar.

Ella no era tan alta como su hermano y la camiseta le estaba grande. Iba descalza, tan solo unos calcetines, también de Ramiro, cubrían sus pies.

Se quedó paralizada. No supo qué decir, no estaba preparada para aquello.

—Yolanda, por favor, conteste unas preguntas. Solo queremos saber qué ha sentido al enterarse que el cadáver aparecido no era el de su hermano.

Yoli abrió mucho los ojos. En aquel momento no sabía ni siquiera de qué le estaban hablando. Qué se suponía que debía  contestar ante semejante estupidez.

—Váyanse, por favor, no estoy de humor para contestar nada —intentó cerrar la puerta, pero no hubo forma, el periodista era un hombre fuerte, algo mayor pensó ella para estar en las calles. Rondaría los cuarenta y pocos años. Su cabeza parecía desproporcionada sobre unos hombros demasiado estrechos. Ocultaba una incipiente calvicie con un gorro de lana pese a la temperatura y su semblante parecía enfadado con el mundo, quizá debido a su desafiante mentón.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.