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—Le han dado tres puntos en la frente, y lleva el ojo morado, pero el médico dice que no es nada grave —continuó la enfermera jefe.

—Vaya, a lo mejor no me iba a dar cuenta de los puntos de la frente o de los morados, esto no se quedará aquí, os lo aseguro.

—Hay una chica nueva en el turno de noche, se le olvidó poner la contención en la cama y ya sabes cómo se pone, se pasa el día diciendo que se quiere ir a casa. Se ha vuelto muy agresiva y no le dieron las pastillas para dormir. Estamos investigando qué sucedió, te prometo que no volverá a pasar —se excusó muerta de miedo a una denuncia por parte de Yolanda.

—Si me lo dices en un primer momento a lo mejor me lo hubiese tomado de otra manera, pero me habéis ocultado algo tan grave como esto. Podemos estar hablando de negligencia. Consultaré con mis hermanos para tomar una decisión.

Dicho esto salió de la residencia sin mirar atrás, sabían perfectamente que iba a ver a su madre cada día, ¿pensaban que no se iba a dar cuenta que llevaba puntos y golpes en la cara?

Al llegar al hospital ya estaban allí sus hermanos, al no tener coche tuvo que coger un taxi, si hubiese ido en autobús habría necesitado más de una hora y con el estado de nervios que llevaba encima no tenía paciencia para esperar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Juan mientras ayudaba a su hermana a bajar del taxi.

—En realidad no estoy segura, pero esto me sobrepasa, cuando no es una cosa es otra.

Yoli se vino abajo, se abrazó a su hermano mayor y arrancó a llorar. No sabía bien por qué, pero necesitaba desbordar todas las emociones contenidas durante tanto tiempo. No solo lloraba por su madre, también lo hacía por Ramiro, hasta ese día no había derramado una lágrima. Se había hecho la fuerte, la valiente, la que podía sola. Algunas lágrimas también eran por Alex, se daba cuenta que se le había metido muy adentro, no era esa la idea, ella se había trazado unas metas y al parecer no iba a ser capaz de cumplirlas y eso la colmaba de una rabia contenida. Se sentía débil y se maldecía a si misma por esa debilidad, sin darse cuenta que esa debilidad era precisamente lo que la hacía fuerte.

Javier le dio un abrazo haciéndole notar también su apoyo, miró a su hermano y como siempre escoltaron a su hermana pequeña, volvían a ser el trío de antaño, su hermana menor siempre escoltada por ellos dos para evitarle cualquier daño.

Entraron los hermanos en el hospital preguntando por la doctora de guardia, no era la misma que la había atendido a su llegada, aunque parecía una persona amable y cariñosa. Una mujer relativamente joven que se puso a investigar desde el primer momento intentando descifrar qué había pasado. Los acompañó al box en que estaba Marina, a Yolanda se le inundaron los ojos al ver a su madre tumbada en la camilla con la frente de color marrón del yodo desinfectante y los ojos morados a consecuencia del golpe.

La doctora no quiso ni quitar ni poner importancia a lo que había pasado, les explicó que todos los días llegaban al hospital casos como ese, personas mayores que por causa de su reducida movilidad o su cabeza algo perdida, también habían sufrido algún accidente doméstico.

—Perdone, doctora, esto no es un accidente doméstico —le llamó la atención Yoli— mi madre está en una residencia precisamente porque no puede estar sola. Nos costó mucho que le concedieran la plaza, es una persona vulnerable y necesita que estén por ella, y verla así me hace sentir culpable por haberla dejado allí —decía una Yolanda cada vez más compungida.

—Creo que debemos tranquilizarnos todos un poco, está muy reciente la noticia, su madre está bien —se dirigió a los hermanos con voz calmada— en caliente todo lo vemos peor de lo que es —le dijo mirando a Yoli esta vez— vuestra madre está bien. El golpe parece muy aparatoso porque los morados son muy escandalosos, pero en unos días estará como nueva, os lo aseguro.

Al final optaron por reconsiderar lo de la denuncia, Yolanda en aquellos momentos no necesitaba más frentes abiertos.

Cuando constataron que su madre estaba bien y les aseguraron que al día siguiente estaría de vuelta en el centro se tranquilizaron un poco y cada uno se fue para su casa. Una vez en ella, Yoli hizo balance del día. Hubo de todo aquella jornada, bueno, malo y regular, como bueno pensó en la sentencia del juicio, que como supuso el abogado, sería favorable, lo regular… no sabía qué le pasaba con Alex, cuando estaba con él sentía la imperiosa necesidad de molestarlo, de pincharlo, cuando en realidad se estaba muriendo por un beso suyo. Lo malo, ahora llegaba lo malo, quizá lo que le había pasado a su madre, con lo que ella era, verla así la desmontaba, la dejaba sin voluntad, por otra parte, su hermano seguía sin aparecer, eran demasiados días y ni siquiera tenían una mísera pista, y eso cerraba el círculo. Alex no era culpable de que no hubiera pistas, debía dejar de machacarlo, aunque tenía que reconocer que se lo pasaba bien haciéndolo y era una manera de sentirse viva.

Por primera vez desde la desaparición de Ramiro aquel día y, tras sus cavilaciones, pensó que no pasaría por comisaría, había decidido que le iba a dar una tregua al inspector.

Alex llevaba rato esperando que apareciese Yoli por la puerta, había mirado cincuenta veces el reloj, pero las agujas no querían colaborar, seguían ancladas machaconamente negándose a dejar que corriera el tiempo. Estaba deseando enseñarle los pequeños avances que había hecho la tarde anterior. Quería que supiera que no estaba de brazos cruzados, que incluso en su tiempo libre estaba pensando en el caso y que si había algo por insignificante que fuera se investigaba a fondo, y que seguiría buscando hasta averiguar el paradero de su hermano.

Volvió a mirar el reloj que seguía con su avance impasible, no quería ayudar, a aquellas horas, todos los días, Yoli ya había pasado por allí a meterle su dosis de bronca diaria. Se daba cuenta que la necesitaba, necesitaba esa inyección de adrenalina que era verla aparecer por la puerta, sonrió al pensarlo. El tiempo pasaba pero ella seguía sin aparecer. Alex había advertido que ella tenía unas pautas de conducta más o menos marcadas, así que le extrañaba aquel retraso, ya debía estar en la universidad, de pronto pensó que le podía haber pasado algo. No quería ponerse nervioso, que aquella mañana no acudiese a darle su ración de bronca no quería decir nada. A lo mejor tan solo era que no tenía clase a primera hora, hacía sus cábalas mirando el teléfono, dudando si llamarla o no, bueno, pensó, seguro viene después, intentaba animarse, para al segundo pensar que no tenía ninguna obligación, pero bien que lo había amenazado, reía pensando en aquella discusión, lo que tenía claro era que no iba por él.

Para pasar el rato se puso a mirar expedientes de otros casos. El pueblo era muy tranquilo, quitando unas cuantas multas de tráfico y alguna que otra pelea entre vecinos, normalmente por las lindes de las fincas, no había grandes conflictos. En todo el tiempo que llevaba destinado allí el único caso relevante había sido la desaparición de Ramiro, pero con todo y eso lo que más agradecía era haber conocido a Yoli, aunque ella no estuviera interesada en él, a él le bastaba respirar su mismo aire.

Estaba clasificando la información y ordenándola en una pizarra de vinilo. Había confeccionado un croquis con las coincidencias de unos y otros, buscando puntos en común, por aquello de hacer algo y era tan poco lo que tenía que algo había que hacer. Además quería que cuando Yolanda fuese por comisaría, esperaba que pronto, pudiera ver que no estaba mano sobre mano, aunque fuese una tontería ya que no tenía por que dar explicaciones a nadie sobre sus pesquisas, vale que era la parte afectada del caso, y mientras no tuviera algo en concreto no debía darlas, pero era ella, y para él era importante tener una comunicación directa, aunque sonase un poco egoísta por su parte, era así.

Se estaba impacientando, al final Yoli no aparecía, y él no dejaba de pensar en ella, el problema estaba en que cuanto menos quería pensar en ella más lo hacía.

Yolanda llevaba toda la mañana esforzándose en no pensar en Alex, quería autoconvencerse  que no necesitaba ir todos los días, que Alex tenía razón cuando lo dijo, así que nada, ya no lo molestaría más con su presencia, a ella no le decían dos veces que estorbaba, ¡cómo si ella no tuviese nada mejor que hacer!

Estaba saliendo para la universidad y al cerrar la puerta de la calle, como por arte de magia, apareció David.

—Hola, preciosa, ¿quieres que te lleve a algún sitio? Supe que tienes el coche estropeado y no tengo nada urgente que hacer.

—No, gracias, ahora voy a buscarlo al taller, espero que esté listo. Por fin puedo volver a ser independiente —comentó sonriente.

—Como quieras, de todas maneras pensaba bajar a la ciudad, pero bueno, sube y te acerco al taller, de verdad que no me cuesta nada —volvió a ofrecerse.

—Está bien, al taller te dejo que me lleves, me ahorro un paseo ahora que lo pienso.

Estaba subiendo al coche de David cuando Alex, que no podía más con la incertidumbre de no saber por qué Yoli no había pasado aquella mañana por comisaría, se encaminaba hacía su casa. Al verlos juntos, sin saber por qué, aceleró sin pensar en las consecuencias. David arrancaba en ese momento quedando su coche a escasos milímetros del de Alex.

—Imbécil, mira por dónde vas —lo increpó David sin dejar ver que había reconocido al conductor del auto.

Alex al darse cuenta de lo que estaba haciendo dio un tremendo frenazo, cruzó los brazos sobre el volante y apoyó la cabeza sobre ellos, se había quedado lívido. Ni siquiera había sido consciente de haber pisado el acelerador de aquella manera. Al final será verdad que necesito ayuda psicológica, pensó muy a su pesar.

—Lo siento, no te vi, estaba algo distraído en un caso que me tiene absorto, sé que no es disculpa, pero es la verdad —intentó parecer convincente, cosa que al menos para Yoli no coló.

—Tranquilo —contestó David subiendo al coche de nuevo— pero procura tener más cuidado, puedes hacerte “pupa”.

Aquel tono de medio burla casi le hizo volver a bajarse del auto, no esperaba una respuesta en ese tono por parte de David. Sabía perfectamente que la culpa había sido suya y se había disculpado aún sintiendo que la sangre le hervía por dentro. Esperaba que ella hubiese dicho algo, una frase de apoyo hacia su persona, pero no, se quedó callada, ni siquiera lo miró a la cara. Eso corroboraba su teoría, para su desesperación a Yoli le era completamente indiferente.

Yoli por su parte se sintió observada, no podía creer lo que estaba pasando. Qué pretendía aquel policía de pacotilla, no la iban a amedrentar sus casi dos metros de largo, tanto que parecía un día sin pan, se dijo furiosa, siendo eso lo único insultante que se le ocurrió. Si la estaba vigilando que fuera con mucho cuidado, ella no se iba a quedar mano sobre mano, ella también sabía algo sobre leyes y sobre acoso. Si no hubiese estado con David, que no tenía nada que ver, le habría dicho cuatro cosas, pero no se iba a quedar la cosa así, desde luego que no. Menos mal que David había estado de lo más correcto, se dijo. No entendió bien las últimas palabras de David, pero la cara que había puesto Alex no decía nada bueno de él. Yolanda estaba muy enfadada, en cuanto lo viera a solas le pensaba dejar las cosas claras, aquello merecía una explicación.

David por su parte estaba más que satisfecho, lo había visto venir y había acelerado un poco a propósito, aquel poli de ciudad le caía gordo y no sabía por qué, pero así era, además parecía estar interesado en Yolanda, y hasta ahora él no había tenido la oportunidad de acercarse a ella, llevaba tiempo esperando el momento y ese había llegado, así que lucharía por conquistarla.

Llegaron al taller en silencio. David respetó en todo momento su mutismo, pensó que el incidente la había asustado, pero en realidad lo tenía todo controlado. El frenazo había sido brusco, pero había un margen de seguridad suficiente. Si algo tenía era que controlaba los coches divinamente. Le apasionaban las carreras y de vez en cuando había ido al circuito a correr, la velocidad era lo suyo. David se apeó del coche y antes de que ella hubiese abierto la portezuela él ya la estaba ayudando. Aquel hombre sí era un caballero, pensaba Yoli, no como el patán de Alex. Estaba furiosa, pero no quería que David lo notara, así que se colocó su mejor sonrisa y le dio las gracias por acercarla.