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El correo aquella mañana llegó temprano, recogió las cartas y las depositó en la mesita del recibidor, las leería al volver del trabajo, ya que debía horas a la empresa y tenía unos días libres en la uni, así que rebajaría horas a ver si por fin se ponía al día.

Llevaba unos días muy calmada, pero su cabeza no paraba de buscar algo que pudiera servir. Desde el incidente del coche no había pasado por comisaría, le molestaba sentirse observada y a veces era así como se sentía. Era como si Alex pensase que ella tenía algo que ver en la desaparición de su hermano. Era normal que todas las familias tuvieran roces y más cuando se tienen dos personas dependientes en la misma casa. Durante las investigaciones que hizo la policía a raíz de la desaparición de Ramiro, Yolanda se sintió como un mono de feria. Su vida y la de su familia pasó de dossier en dossier y de departamento en departamento, así que ahora el que Alex la siguiera, o al menos eso parecía, por mucho que él lo negase, la hacia tomar precauciones, ni siquiera era consciente de haberlo planeado, pero un día se dio cuenta que lo hacía. Ella no tenía nada que esconder, a quién se le ocurriría pensar que ella le podía haber hecho algo malo a su hermano. Aunque parecía ser que la policía no pensaba lo mismo, así que esquivaba al máximo al intrépido policía como lo había apodado mentalmente.

Al volver a casa vio el montoncito de cartas encima del recibidor. Estaba cansada. Llevaba todo el día de pie atendiendo gente que no sabía muy bien lo que quería y le dolían los pies de mala manera. Se descalzó y cogió las cartas revueltas con publicidad. Una de las cartas cayó al suelo, le llamó la atención que no tuviera destinatario, le dio la vuelta y tampoco remitente, o sea que alguien la había echado al buzón directamente. Le pareció inusual porque no parecía una carta de esas de propaganda. En realidad era un sobre de lo más anodino, de esos que se usan para la correspondencia de los bancos pero sin ventanilla, blanco y completamente liso. Yolanda abrió el sobre y su extrañeza la dejó paralizada. Aquello no le podía estar pasando a ella. En el interior; un folio doblado en tres veces que al desdoblar llevaba unas letras recortadas de alguna revista o periódico, y que componían una frase que le hizo pensar en una película de Bruce Willis, El sexto sentido, la frase era la que repetía el niño “A veces veo muertos” ¿Qué significaba aquello? ¿Qué Ramiro estaba muerto? No, eso no quería ni imaginarlo. Ramiro aparecería con vida en cualquier momento; lo presentía, tenía que ser así. Se desplomó, en aquel instante aquella situación superaba sus fuerzas. Necesitaba descargar peso de sus hombros y sus hermanos lo veían todo desde la distancia. Con razón los investigaban, eran buena gente, pero para Javier, su hermano mayor siempre había sido un lastre, ni siquiera había querido que fuese a su boda, algo que a su madre no le sentó nada bien y acabó siendo un conflicto familiar. No es que no quisiera a su hermano, es que se avergonzaba de tener una tara semejante en la familia, y Montse, su mujer, no ayudaba, era tan “pseudopija” que cuando Ramiro le daba un beso se limpiaba la cara como si se le fuese a contagiar. Marina fue a la boda de su hijo, pero solo estuvo durante la ceremonia religiosa. Después de todo, era su hijo, y quiso entregarlo en el altar. Yolanda y Juan no quisieron dar que hablar y se quedaron, excusando a su madre como pudieron ante los invitados. Ese fue el motivo por el cual la relación entre los hermanos desde entonces no era demasiado fluida. Aunque de cara a la galería pareciese que todo estaba bien. A Yoli le dolía aquella situación, no entendía a su hermano, pero era su vida, lo malo de todo esto era que en la investigación, no sabía cómo, todo había salido a relucir en el informe policial y ella no estaba acostumbrada a que se airease su intimidad. Los trapos sucios se lavan en casa, decía siempre su madre.

Se tuvo que sentar en la silla que encontró más cerca, las piernas no la sostenían, se dio cuenta que estaba arrugando la carta entre las manos y tenía que llevarla a analizar, ¿quién podía quererla tan mal para hacerle algo así?, ¿no tenía bastante ya con lo que le había pasado? Aquello era muy cruel.

Cuando se repuso del primer impacto emocional intentó pensar con la cabeza fría. Había tocado la carta con las manos, pero es que no esperaba algo así, por lo tanto estaba exenta de responsabilidad, se dijo, estaba temblando, quería pensar pero estaba completamente bloqueada. Sonó el timbre, dio un respingo, el temblor que sentía se intensificó, no acertaba a preguntar quien era, en aquel momento estaba aterrorizada.

—Cariño, ¿estás ahí? Muñeeecaaa —gritaba alguien a través de la puerta mientras golpeaba con los nudillos.

Yolanda contuvo la respiración, estaba aterrada… al escuchar la voz de Álvaro volvió a respirar con algo más de tranquilidad. Álvaro era su amigo del alma, desde los tiempos del parvulario que se conocieron, no se habían dejado de ver o de hablar, cuando alguno no estaba, normalmente Álvaro, ya que Yoli pocas veces se ausentaba, y si lo hacía era por poco tiempo, al verse de nuevo era como si no hubiese pasado un solo día, se adoraban.

—Hola, amor, me alegro tanto que hayas venido —dijo Yoli nada más verlo y abalanzándose a su cuello.

—Mi reina, qué pelo más estropajoso llevas, pareces la Barbie escarola mi amor —decía con afectación frotando las puntas de su rizada melena entre los dedos, en eso Yoli arrancó a llorar sin poder contener tantas emociones juntas —¿Qué pasó, mi amorcito? Cuéntale a tu Alvarito qué te pasa, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

—Mira —le tendió la carta anónima que había recibido.

—Arggg, ¿esto qué es? —dio un gritito cogiendo la carta con dos dedos —. Amor esto hay que denunciarlo, vamos ahora mismo, y de paso vemos al inspector ese de dos metros, hummm, no sabes cómo me pone. Lástima que sea hetero, si es que la miel no está hecha para la boca del asno —hacía muecas a cual más afectada, por fin hizo reír a Yoli que era lo que pretendía.

El pelo podía esperar, se dijo Álvaro cerrando los ojos ante aquella indomable mata de pelo. Aquello era muy grave y tenían que llevarlo a la policía lo antes posible, y de paso ver al guaperas del poli, se decía casi relamiéndose de gusto. No entendía que Yoli lo martirizase de aquella manera cada vez que le enviaba un whatsapp con las cosas que le pasaban. Álvaro se echaba a morir, desde que había empezado todo aquello se había empeñado en emparejarlos, él veía la pareja perfecta, vale que eran casi dos metros de fibra, vale que Yolanda pasaba poco del metro y medio y estaba algo sobradita de kilos, pero era una muñeca, en ella hasta quedaban bien. Si no fuera por el pelo, qué cruz señor, ese pelo, era la pesadilla de cualquier estilista, y más uno como él, se había empeñado en hacer algo con aquel estropajo que tenía en la cabeza, pero Yolanda no colaboraba demasiado. En cuanto él salía por la puerta, ella lo dejaba a su libre albedrío, y si le molestaba, se hacía unas coletas y andando, Dios mío, dame paciencia, acababa siempre las frases.

Llegaron a comisaría casi sin aliento. Álvaro era bastante histriónico y muy cinéfilo, así que se metía en el papel de cualquier actor de la última película que hubiese visto.

—Queremos hablar con el inspector Moreno, gracias —dijo Yoli en cuanto atravesaron la puerta—, tengo novedades sobre el caso de mi hermano.

—En seguida les atiendo —dijo el agente de guardia en aquel momento—, pero el inspector Moreno no se encuentra aquí en este momento.

—¡Pues llámalo!, es cuestión de vida o muerte —exageró Álvaro.

—Cielo, no me pongas más nerviosa de lo que estoy —se quejaba Yolanda.

—Amor, no quiero ponerte nerviosa, pero esto es muy grave. ¡Por favor! Qué alguien atienda a esta niña, esto no puede estar pasando, si esta criatura es un ángel.

—El inspector Jiménez les atenderá, pueden pasar a su oficina.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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