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Aquella mañana abrió el correo con miedo. Como lo hacía cada vez que abría el buzón  desde aquella primera carta. El problema era que cómo hacía tiempo que no llegaba nada se había relajado un poco. Su subconsciente había dejado de estar tan alerta como los primeros días. Hacía más de una semana y no había vuelto a recibir nada raro, así que quizá había empezado a bajar la guardia. Pero allí estaba; un sobre blanco igual al anterior, sin nada escrito, sin un membrete, sin dirección, blanco inmaculado. Las piernas empezaron a temblarle. Cerró el buzón de golpe y entró en la casa, le pareció una tortura extrema. ¿No era bastante el dolor que tenían que había que seguir haciendo daño?, se lo preguntaba una y otra vez. Llevaba meses sin poder dormir una noche entera. Las pesadillas se sucedían una tras otra. A veces se levantaba a medianoche, se preparaba un vaso de leche caliente, o una tila, según el estado de agitación y se sentaba tras los cristales. Necesitaba a su hermano cerca, necesitaba el ruido de la televisión a toda voz, y escuchar a su madre regañarle para que bajase el volumen. Ramiro pretendía engañar a su madre bajando algo el volumen para volver a subirlo inmediatamente, al final siempre era ella la que mediaba entre los dos. Unas lágrimas traidoras empezaron a resbalar por sus mejillas, los necesitaba tanto, de pronto le faltaban las dos personas más importantes de su vida. Con manos temblorosas cogió el móvil y marcó el número de la policía.

—Comisaría de policía, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ha llegado otra carta —fue lo único que acertó a decir.

—Perdone, ¿se puede identificar y decirme desde dónde nos llama?

—Me pasa con el inspector Moreno ¿por favor?

—Dígame su nombre.

—Yolanda… Yolanda Duperly.

No fue capaz de seguir hablando, ni siquiera había sido consciente de haber cortado la conexión. Se sentó hecha un ovillo en el sofá, la barbilla contra las rodillas y las manos rodeándolas, se quedó estática, sin moverse, sin respirar prácticamente. Las fuerzas la estaban abandonando.

Sonó el teléfono. Lo dejó sonar, no era capaz de contestar, estaba aterrorizada. Si era eso lo que pretendían lo estaban consiguiendo. Toda la voluntad de los primeros días, la fortaleza, la entereza la estaban abandonando. Sonó el móvil dentro del bolso que había dejado tirado de cualquier manera encima de la mesa. Lo escuchaba sonar, pero su voluntad no la acompañaba. Miró en derredor sin ver nada, ni siquiera era capaz de dilucidar lo que sus ojos debían buscar. Paró de sonar. Su corazón se tranquilizó un poco, los latidos rebajaron algo su frecuencia. Al cabo de unos minutos sonó el timbre de la puerta, de nuevo el corazón se le aceleró, estaba paralizada, nada la hacía reaccionar. La parte racional del cerebro le decía que debía abrir la puerta, la irracional le decía que podía ser la persona que echaba las cartas. Unos golpes en la ventana le hicieron que se tapara los oídos con las manos, se abrazase con más fuerza y se empezase a balancear.

—No, no, no, no, no, por favor que no sea, por favor no, no, no.

—¡¡Yolanda!!

Volvieron a golpear en los cristales llamándola.

—¡¡Yolanda!! Abre, sé que estás ahí, abre la puerta.

Le pareció que la voz era conocida, pero en aquel momento no estaba segura de nada, el terror la había paralizado.

La puertaventana que daba al comedor se rompió cayendo cerca de ella los cristales hechos añicos.

—¡¡¡Aaaaahhhhhh!!! —gritó aterrada, a la vez que caían los cristales rotos al suelo. Al tiempo que se tapaba la cabeza con los brazos una mano se posó sobre su hombro.

—Tranquila, somos nosotros, tranquila. Hemos venido a ayudarte —le dijo Alex acariciándole los brazos mientras el compañero buscaba la carta a la que ella había hecho alusión en su llamada.

Yolanda en aquel momento temblaba como una hoja. Tenía la mirada perdida y no reconocía a Alex que intentaba devolverla a la realidad sin demasiado éxito, incluso pensó en llamar a una ambulancia si seguía sin reaccionar.

—Aquí no hay ninguna carta —dijo el compañero de Alex.

—Busca bien, debe haberla dejado en algún lado, si no hubiese llegado otra carta no estaría así.

—Yolanda, por favor, tienes que darme la carta, o al menos dime dónde la has puesto.

Yolanda se lo quedó mirando como si viera un fantasma. Alex la zarandeó un poco, intentando hacerla reaccionar. Fue a la cocina a buscar un vaso de agua, le hizo beber unos sorbos. Por fin pareció que sus ojos cobraban vida, empezó a respirar con mayor lentitud, el ataque de pánico estaba remitiendo.

—No… no la he tocado —contestó sin demasiada seguridad todavía.

—Si no la has tocado, ¿dónde está? No la encontramos y es importante, lo sabes, necesitamos encontrar una huella, una pista, algo.

—No la saqué del buzón —indicó por fin.

Les señaló las llaves que estaban sobre la mesa. El agente que acompañaba a Alex las cogió y salió a la calle. Abrió el buzón de correos y efectivamente, allí había un sobre idéntico al anterior, blanco, sin mácula alguna, nada que les diera una pista. Algo que por otro lado ya esperaban. Lo entró en la casa y con mucho cuidado lo abrieron, no fuese a ser que se llevasen una sorpresa y no tuviera nada que ver con el caso. Por desgracia no fue así.

“Es dura la experiencia de vivir con miedo, ¿verdad?” era el nuevo mensaje, que como el anterior estaba escrito con recortes de periódicos, la frase les sonaba de alguna película pero ninguno sabía exactamente de cual. Ninguno de los tres era demasiado fanático del cine.

Hicieron fotos, tomaron huellas en el buzón y en el sobre, pero de nuevo; nada, el sobre estaba completamente limpio, Alex estaba seguro que los habían comprado en un paquete de esos que se compran en los almacenes o en los chinos y que van empaquetados de seis en seis o de diez en diez, si los hubieran comprado a granel, es decir, los que se compran en cualquier papelería, los dan en mano y alguien los toca, tendría alguna huella, aunque no fuese de los autores de la fechoría.                                                                                                             De todos modos metieron el sobre y la carta en una bolsa de pruebas y se los llevaron.

Alex no quería dejarla sola, pero supuso que su novio llegaría de un momento a otro, así que se despidió de ella diciéndole lo de siempre, que a la mínima cosa que encontrase rara o fuera de lugar los llamase de nuevo. Yoli asintió, todavía no parecía estar del todo en este mundo. Hizo un esfuerzo, se levantó de donde estaba y les dijo que quería ir con ellos a comisaría. Quería saber qué debía hacer y cómo podía parar aquel sinsentido. Había notado flaquear sus fuerzas y eso ella no se lo podía permitir.

—Está bien, si tienes ánimos para declarar nos vendría bien, pero sin forzar —le dijo—. Si no te sientes con fuerzas lo podemos dejar para mañana.

—No, quiero hacerlo ahora. Necesito hacerlo ahora.

Sonó el teléfono y todos se pusieron en guardia, el identificador de llamada anunciaba que era un número oculto. Alex le dijo que contestase, pero que antes  pusiera el manos libres. Con manos temblorosas descolgó el teléfono y conectó el altavoz tal como le habían aconsejado.

—Diga.

—Amor, te estoy llamando y nada, que no me coges el móvil. Llevo un rato y nada, me había asustado, por favor ¿cómo me haces esto?

Yolanda respiró tranquila, aunque no le hizo nada de gracia que la conversación con Álvaro fuese tan expuesta.

—Cariño, es que está aquí la policía, he recibido de nuevo otra carta anónima.

—Aaaarrrgggg. Pero ¿por qué no me lo has dicho antes? Voy para allá de inmediato, no hagas nada, ya sabes que no puede haber huellas. No te pongas nerviosa. Tu Alvarito llega en unos minutos.

—Tranquilo, ya te he dicho que está aquí la policía. Ellos se encargan de todo. La van a llevar al laboratorio a ver si esta vez hay algo.

—No deberías hablar de estas cosas con desconocidos —la recriminó Alex.

—Álvaro no es un desconocido, es casi de la familia.

Aquello le dio a entender que realmente era su novio, así que optó por hacerse a un lado.

—Está bien, nosotros nos vamos, ya vendrás cuando llegue él —le salió en un tono bastante despectivo que no pasó desapercibido para nadie.

—De acuerdo, en cuanto llegue Álvaro vamos a hacer la declaración.

Yolanda no se quedó tranquila, pero tampoco quería dar la impresión de que no estaba bien, bastante espectáculo había dado ya. Se le hacía muy cuesta arriba estar sola, aquella casa siempre había estado tan llena de vida. Tener un niño grande en ella era estresante, pero a la vez gratificante, había que estar siempre pendiente de su hermano mayor. A menudo aquellos días le venían a la memoria ráfagas de su niñez, cuando Ramiro la cuidaba, y la cuidaba tanto que su madre tenía miedo que le hiciera daño. La abrazaba de tal modo que incluso recuerda haber llorado de lo fuerte que lo hacía. También recordaba como le contaba su madre que mecía la cuna cuando ella nació. Ramiro se pasaba el día al lado esperando que ella se despertase para ponerle el chupete y no paraba de mecerla, aunque estuviera profundamente dormida, sonrió al recordar como narraba su madre que por mucho que le dijesen que no hacía falta, él no se separaba de la cuna, por eso ella había sido una niña feliz, sumamente feliz.

Sonó el timbre de la puerta, seguido de un: soy yo, cariño, tu Alvarito, que con todo lo que había pasado, la hizo sonreír. Álvaro era un amigo de verdad, siempre podía contar con él para lo que fuese, aunque estuviese de trabajo hasta arriba, si ella lo necesitaba lo dejaba todo y acudía a socorrerla.

—Hola, cielo, necesitaba verte —dijo Yolanda nada más abrir la puerta.

Yolanda se abrazó a él y dejó correr ríos de lágrimas, con él no le importaba, todas las lágrimas que no había derramado en todo el tiempo desde que Ramiro había desaparecido, las estaba llorando ahora.

—Tranquila, mi amor, desahógate, lo necesitas, mi vida. Saca todo eso que llevas dentro, es una carga demasiado pesada para ti.

—¡Ay!, Álvaro, esto es demasiado, creo que no lo voy a poder soportar.

—Tranquila, mi amor, ya verás como todo pasa y se queda en un susto.

—Ha pasado demasiado tiempo para que se quede en un susto, cada día que pasa estoy más desesperanzada.

—No digas eso, no quiero escuchar una palabra negativa más, acuérdate del karma, lo que piensas proyectas, así que quiero que pienses positivo, ¿ok?

—Está bien, tenemos que ir a comisaría, tengo que hacer una declaración sobre la nueva carta que ha llegado.

Cómo ha podido pasar una cosa así, se preguntaba de nuevo. Aquel era un pueblo tranquilo, ni siquiera era un pueblo demasiado grande, por eso se conocía todo el mundo, apenas había edificios altos, casi todo eran casas de una o dos plantas como máximo. Los niños jugaban en los patios, o en la calle si se terciaba. Los perros dormitaban a la sombra en verano y buscaban el sol en los fríos inviernos. Los padres estaban tranquilos, allí nunca pasaba nada… hasta que pasó. Yolanda se culpaba por no haber estado más pendiente de su hermano, tal como lo había hecho siempre su madre.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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