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Rebeka salió contenta, David le había dado un buen repaso, se entendían bien en la cama, aquella tarde no había ido al instituto, así que hasta la hora de salida no quería dejarse ver por el pueblo, se fue a un claro en el bosque en el que tenían las chicas su guarida secreta, bueno, no era nada del otro jueves pero cuando estaban allí nadie las veía ni las molestaba, podían tramar sus travesuras sin interferencias de ningún tipo. Envió un whatsapp a cada una de sus súbditas, como ella las llamaba, ya que se consideraba la abeja reina, “te espero en casa de mamá” les llegó a todas a la vez.

En cuanto terminaran las clases se encontrarían en el sitio señalado, una vieja cabaña abandonada que usaban antiguamente los pastores para resguardarse por las noches del frío de la montaña, las paredes estaban medio derruidas, y del techo solo quedaban cuatro palos y un poco de chamizo, pero era suficiente para que nadie supiera donde estaban.

De la mano llegaron Aina y Natalia, faltaba Paula, según dijeron aquella tarde no había acudido a clase, tampoco les había dado explicaciones y no había conectado el móvil desde hacía un par de horas.

—¿Se puede saber qué le ha pasado a Paula? —Preguntó un tanto molesta Rebeka.

—No sabemos nada de ella desde esta mañana, pero estaba muy rara —contestó Aina.

En aquel momento llegó Paula, caminaba deprisa como si alguien la estuviera persiguiendo.

—¿Os habéis enterado? Han encontrado un cadáver en el monte, lo ha desenterrado la tormenta del otro día. ¿Será Ramiro? —preguntó Paula mirando fijamente a Rebeka.

—¿Por qué me miras así? ¿No pensarás que tengo algo que ver?

Se miraron entre sí, desde que había desaparecido Ramiro una duda se cernía sobre sus cabezas, en alguna que otra ocasión había surgido la desconfianza entre ellas aunque ninguna había osado expresarlo en voz alta, pero aquel hallazgo había vuelto a sacar a la luz viejos fantasmas.

 

Yolanda recibió un mensaje de comisaría, le decían que tenían novedades sobre el caso y necesitaban hablar con ella, en cuanto lo leyó dejó todo y salió corriendo, no quería hacerse ilusiones, pero necesitaba una buena noticia, necesitaba algo que la sacara del sopor en el que se estaba sumiendo, en tan solo unos meses su vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados, tener a su madre internada era necesario, pero la echaba tanto de menos como a Ramiro, los había perdido a los dos a la vez y eso la estaba matando, necesitaba las regañinas de su madre, llamar a gritos a su hermano, necesitaba su vida, solo eso. Pensando en gritos, recordó la vez en que Ramiro salió corriendo con Trasto en brazos, Trasto era el Basset que le había regalado su ex y que cuando rompieron la relación se quería llevar, Ramiro lo cogió, era su amigo, su compañero de juegos, era uno más y él no podía separarse de su mascota, se encerraron los dos en el garaje y no había forma humana de sacarlos de allí, cuando consiguieron abrir la puerta estaban los dos abrazados como niños, Trasto con sus patitas parecía acariciarlo mientras las lágrimas de Ramiro mojaban el pelaje color canela de sus grandes orejas, les costó sangre, sudor y lágrimas hacerle entender a Ramiro que Trasto se quedaría con él. Durante más de una semana se mantuvo alerta hasta asegurarse que el ex de Yolanda no volvería a aparecer por la casa, aún así no se separaba de Trasto, incluso dormía con él sobre la cama. Una lágrima suicida resbaló por su mejilla, ¿por qué?, ¿por qué le había tenido que pasar a él?, ¿quién podía quererle algún mal a una criatura como su hermano?, preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndose y que seguían sin respuesta, aceleró al máximo esperando que no le pusieran ninguna multa, pero necesitaba llegar cuanto antes, necesitaba sentirse segura de nuevo, necesitaba un milagro.

—¿Dónde está mi hermano? —Preguntó nada más entrar en comisaría.

—El inspector Moreno te está esperando, pasa a su despacho, por favor.

—Gracias.

Llamó dos veces a la puerta con los nudillos y sin esperar respuesta entró en el despacho, en compañía de Alex estaban el comisario y otro inspector, al ver sus caras supo que no eran buenas noticias, su corazón no la engañaba y la seriedad de los allí reunidos tampoco.

—¿Lo habéis encontrado? ¿Dónde está? ¿Cómo está? —Empezó a asaetarlos a preguntas sin darles tiempo a responder ninguna de ellas.

—Tranquilízate —decía Alex mientras le apartaba una silla para que se sentara.

—Estoy bien así, gracias.

—Verá, señorita Duperly… la hemos hecho venir para darle una noticia antes de que se entere por terceros, que seguro dirán una cosa por otra, como pasa siempre en estos casos —empezó a decir el comisario.

—Quiere ir al grano, por favor, me está poniendo más nerviosa de lo que estoy.

—Lo que el comisario te quiere decir es que hemos encontrado un cuerpo…

No le dio tiempo a seguir, Yolanda se puso las manos en la cara y empezó a sollozar, quería ser valiente, durante todo ese tiempo se había estado preparando para lo peor, pero nada servía cuando llegaba el momento, un sabor amargo le llegó a la boca, en aquel momento creyó que iba a vomitar, agachó la cabeza y la puso entre las piernas esperando dominar la bilis que se le acumulaba en el esófago.

—Tranquila, no es Ramiro —le puso una mano sobre el hombro al tiempo que ella daba un respingo, levantaba la cabeza y abría unos ojos enormes, que a Alex le recordaron una obsidiana de tan negros, pero le pareció que tenían unas motitas blancas que atrapaban la luz, o pudiera ser que las lágrimas hubiesen producido ese efecto, el caso es que quedó atrapado en ellos, siempre le habían parecido hermosos, pero nunca como en ese momento.

—Gracias a Dios —dijo Yoli sintiendo un alivio momentáneo— aunque eso tampoco es que me deje más tranquila.

—Por eso queríamos comunicarte la noticia nosotros —continuó el comisario—, estamos seguros que correrán ríos de informaciones contradictorias, incluso llegarán a decir que es Ramiro, pero no lo es, de momento no sabemos quién es, pero lleva mucho más tiempo muerto que Ramiro desaparecido.

Después de bastante rato dando y pidiendo explicaciones Yolanda se marchó para casa, aquella noticia la había desconcertado todavía más de lo que estaba, ya no sabía qué pensar, se sentía cansada. Aquella tarde no iría a visitar a su madre, de todos modos ella tampoco se iba a enterar. Estaba abriendo el coche cuando Alex se le acercó por detrás.

—Te ves cansada, ven, vamos a tomar un café, te sentará bien.

—No tengo tiempo, pero gracias.

—No se parará el mundo porque te tomes un café conmigo.

—Yo no he dicho que tenga que parar nada, solo que no me apetece un café.

—Si no te apetece un café puedes tomar otra cosa, me gustaría hablar contigo.

—Lo que tenías que decirme creo que me lo has dicho allí dentro, no creo que tengamos nada más de qué hablar.

—¿Es necesario que rebatas cada maldita frase que digo?

Alex había levantado la voz algo más de lo deseado, se arrepintió al momento, Yoli se lo quedó mirando, cerró el coche y lo miró crudamente, si algo no le gustaba era dar el espectáculo en la calle y aunque no había mucha gente a su alrededor se sintió observada.

—Está bien, escucharé lo que tengas que decirme, pero que sea la última vez que me levantas la voz, tomemos ese maldito café.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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