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—Lo siento, no volverá a pasar, pero ¿Puedes dejar de mirarme así? Y otra cosa, ¿dónde quieres que tomemos ese bendito café?

Aquello hizo reír a Yoli, no esperaba que saliera por ahí. En realidad necesitaba compañía, se sentía sola y no podía estar llamando a Álvaro cada vez que tuviese la necesidad de desahogarse. Esperaba que Alex fuese lo suficientemente bueno como para suplirlo, aunque desde luego las confidencias que tenía con Álvaro nunca podrían ser las mismas.

—¿Podemos ir a algún sitio donde no nos conozcan? —preguntó Yoli de pronto.

—Desde luego, vamos donde quieras, mi jornada ha terminado por hoy.

Subieron al coche de Alex y este puso rumbo a la ciudad, el pueblo se les quedaba pequeño, allí todo el mundo llevaba en la boca la noticia y todos señalaban a Yoli compadeciéndola,  a la gente le era fácil sacar conclusiones, aunque no llevasen a ningún sitio o fuesen completamente erróneas.

Después de media hora de coche Alex aparcó en una callejuela poco transitada. Cerca de allí había un mesón en el que él había pasado alguna que otra tarde, era un sitio tranquilo de parroquianos afables y de vuelta de todo, así que a ninguno le sorprendería que estuviese tan bien acompañado.

—Bueno, qué es eso tan importante que me tienes que decir —preguntó arisca—, porque me dijiste que lo encontrarías y todavía no lo has hecho. No creo que haya nada más importante, al menos no para mí en estos momentos. Que sepas que me has fallado.

—Me he involucrado mucho más de lo que debía, las cosas no son tan fáciles como crees.

—Si no debías, ¿por qué lo has hecho? Nadie te lo ha pedido.

—Por qué lo he hecho, buena pregunta, porque es una criatura indefensa, porque es mi profesión, porque algo así no se puede quedar sin resolver, porque me enamoré de ti en el instante en que te vi…

Yolanda se quedó sin palabras, aquello era lo último que esperaba. Cómo podía decir algo así, si cuando se veían estaban siempre de pelea. Si ella decía blanco él decía negro y con todo igual, eran agua y aceite, nunca podrían mezclarse.

—Lo siento, tengo que irme, ya me he retrasado bastante y tengo cosas importantes que hacer.

—No debí decir nada. Te pido disculpas. Supongo que te estará esperando Álvaro, tu novio. No quiero interponerme entre vosotros, pero tenía que decírtelo.

Se levantó, dejó un billete de cinco euros en la mesa para que se cobrara el camarero y fue tras Yoli que había salido corriendo. Estaba preciosa bajo la luz del sol, con ese aura angelical y demoníaca a la vez, algo que hacía que la deseara como nunca deseó a mujer alguna.