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Álvaro daba los últimos retoques a la cabeza de su última clienta del día, a esta no podía dejarla en manos de ninguno de sus colaboradores. Desde que entraba hasta que salía, las únicas manos que dejaba que la tocasen eran las de Álvaro, por mucho que le dijera que ellos la iban a dejar tan perfecta como él. No había manera, y por si fuera poco era nada más y nada menos que la madre de David, el que la mujer no tuviera nada que ver en carácter con su hijo era un punto, pero Álvaro veía en ella a su hijo y era como si algo le traspasara las entrañas, desde el instituto que David se la tenía jurada, y Álvaro todavía no sabía exactamente por qué había pasado del amor al odio en segundos.

—¿Te has enterado, Alvarito? —comentaba la clienta en confidencia.

—Pues con tanta información como me das, la verdad, es que debería saberlo todo jajaja —Álvaro puso una mano sobre su hombro y le habló con sorna al oído.

—Cómo eres, criatura. Pensé que sabías lo del cadáver —le dijo dándole una palmada en la mano.

Álvaro se quedó mudo y tieso de golpe.

—¿Qué cadáver? No sé nada y ahora no es broma.

—Pues no se sabe nada, pero con las últimas tormentas se ha removido la tierra del monte y ha aparecido un cadáver.

—¿Le has preguntado a tu hijo?

—¿A mi hijo, por qué? ¿Qué tiene que ver mi hijo? —preguntó entre sorprendida y molesta.

—Pues quizá deberías, puede ser su mujer, desde que “se fue” —hizo comillas con los dedos— nadie la ha vuelto a ver.

—Aquella mala pécora se fue con otro. No deberías ir difundiendo falsedades, le podían los pantalones.

La cara de la señora cambió radicalmente, un rictus endureció su faz apagando sus ojos. Álvaro se dio cuenta que el comentario que le había hecho había dado en la diana.

—Es verdad, no lo recordaba. Cómo ni siquiera ha vuelto a ver a su hija nunca más —comentó mordaz.

—Acaba ya, que tengo prisa.

Los comentarios que, de la noche a la mañana, regaron todo el pueblo cuando desapareció la mujer de David seguían latentes. Cada vez que salía un tema como aquel, por mucho que quisieron acallar los rumores, estos eran tozudos, de vez en cuando salían a la luz de nuevo. La madre de David se enfadó consigo misma por ser tan torpe e ingenua. No pensó que Álvaro le pudiera decir algo así, a ella, que era su mejor y más distinguida clienta. “Ya no se respetaba nada”, se dijo, intentando contener la furia que sentía.

Aunque pareciese raro nadie había comentado nada en el salón de belleza. Álvaro supuso que todos daban por hecho, al igual que la madre de David, que el cadáver era el de Ramiro y nadie quiso decir nada por respeto a la amistad que lo unía, no solo con Yolanda, sino también con el resto de la familia.

En cuanto pudo salió corriendo hacia casa de Yolanda. Pulsó el timbre con impaciencia, pero no salió nadie a abrir, la cancela no estaba cerrada con llave, así que imaginó que estaba dentro, se estaría duchando, pensó, miró por la puertaventana del comedor, no se veía movimiento alguno, y como supuso, la puerta estaba ajustada pero no cerrada con llave, presionó en el punto que él sabía que cedería y entró.

—Yoli, amor, ¿estás aquí? Claro que estás aquí, si no estaría todo cerrado a cal y canto —gritaba para que no se asustase al verlo dentro de la casa.

Todo parecía estar desierto, no era normal que ella se hubiese dejado mal cerrada la puerta y la cancela, por lo tanto en alguna parte de la casa estaba. Con la confianza que le daba una vida entera de amistad y confidencias empezó a explorar las habitaciones, no estaba en ninguna. Pasó por el cuarto de baño por si estuviese allí, la puerta no estaba cerrada del todo, empujó un poco viendo que tampoco estaba dentro. Solo le quedaba por mirar la habitación de Ramiro, un puño le atenazó el corazón, ¿sería verdad lo que comentaban? ¿Sería Ramiro al que habían encontrado? El pulso se le aceleró al empujar la puerta despacito y ver a Yoli enroscada sobre la cama de su hermano, abrazada al peluche con el que siempre dormía. Álvaro se sentó al borde de la cama y le acarició la cabeza.