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—Shhh, tranquila, mi amor, tranquila, llora todo lo que sea necesario, aquí estoy, no te preocupes por nada —la consolaba dándole besitos en la cabeza y pasándole la mano por el brazo para tranquilizarla.

—¿Por qué? ¿Por qué me tiene que pasar todo a mí, Álvaro? ¿Por qué? —lloraba.

—No sabía nada, por eso no he venido antes, mi cielo.

Yolanda era incapaz de dejar de llorar. Álvaro la seguía tranquilizando, desde un principio temía que pasara una cosa así. Nunca estamos preparados para la tragedia, señalaba, él lo sabía bien, desde muy joven había convivido con ella.

A muy temprana edad Álvaro se había quedado sin madre, una mujer taciturna y depresiva que nunca pudo superar la muerte de su primera hija, al caer esta a la piscina, según ella por su culpa, olvidó cerrar la cancela y la niña entró en el recinto cayendo al agua y ahogándose. Aquel suceso la llevo a una depresión que se agudizó hasta abocarla al suicidio. El padre, un hombre de carácter débil, al verse solo con un hijo de corta edad y sin ningún apoyo se dio a la bebida, algo que marcó para siempre a Álvaro. Aparte de no aceptar su homosexualidad. En cuanto cumplió la mayoría de edad se marchó de casa harto de malos tratos por parte de su padre y menosprecios del resto de la familia.

Álvaro siempre había sentido debilidad por el mundo de la moda. Cuando dejó el instituto se fue del pueblo a estudiar peluquería y estética, ganándose más recelo por parte de su padre, si es que eso fuese posible. Cuando terminó sus estudios empezó a trabajar en una cadena de peluquerías de alta gama. Ahorró todo lo que pudo y en cuanto estuvo seguro de poder triunfar volvió al pueblo. Pidió un crédito que le costó mucho que le dieran. Nadie confiaba en él, pero él estaba convencido que con su esfuerzo lo lograría. Buscó un local pequeño, pero céntrico, y montó su primer salón de belleza. A partir de ahí su vida dio un vuelco; en poco tiempo era un referente en su campo, sus tratamientos eran de lo más efectivos y en sus manos se ponían todas las mujeres que querían lucir a la última. Su nuevo reto fue que también los hombres quisieran pasar por su salón, cosa que al final consiguió. Poco después cambió de local, este estaba ubicado en una antigua casona justo en el centro histórico del pueblo: la remodeló, instaló los mejores aparatos para adelgazar y esculpir el cuerpo y el éxito llegó gracias al boca a boca, tenía lista de espera y muy buenos profesionales trabajando para él.

 

Aunque ya estaba bien entrada la primavera, el día había declinado y la habitación había quedado en penumbra. Las sombras se habían adueñado de las paredes y un escalofrío recorrió el cuerpo de Álvaro. Yolanda se había quedado dormida, así que la tapó con un fino edredón que había a los pies de la cama y la dejó descansar. Por su cabeza empezaron a pasar los acontecimientos del día, no le había quedado claro dónde habían encontrado el cuerpo ni cómo, lo único que tenía claro era que no podía dejarla sola en aquel trance.

Se fue a la cocina y buscó algo para preparar la cena. “Esta criatura solo come porquerías” pensaba mientras abría todos los armarios y cajones de la cocina buscando algo sano para cenar, lanzando una exclamación cada vez que abría una puerta y lo poco que encontraba era todo precocinado. La nevera en sí estaba penosamente vacía, “si entra un ratón se despeña” reía de su propia tontería, el congelador solo contenía pizzas, San Jacobos y arroz tres delicias, vamos que sano, lo que se dice sano, no había nada, ni una pieza de fruta en toda la cocina. Al final, después de mucho buscar, encontró unas patatas un poco mustias, pero aprovechables, y un par de huevos, con aquello hizo una tortilla, mejor que algo congelado o de lata desde luego sería. Él era fanático de la comida sana y por nada del mundo se comería una pizza congelada.

Terminaba de poner la mesa cuando sonó el timbre de la puerta. Álvaro se quedó sin saber muy bien qué hacer; si despertar a Yolanda, algo que no quería hacer, ella necesitaba descansar; o mirar quién era, cosa que no le parecía demasiado correcta, puesto que no era su casa, y ya se estaba tomando demasiadas atribuciones que quizá no le correspondían. No hizo falta, el sueño de Yoli hacía tiempo que no era precisamente profundo. Aunque nunca quiso tomar nada para dormir, desde la desaparición de Ramiro en alguna ocasión le habría hecho falta. Salió a abrir la puerta frotándose los ojos.

—Buenas noches, no quiero molestar, solo venía a ofrecerte mis condolencias y mi apoyo en todo lo que necesites.

—¿Perdón? No entiendo qué quieres decir.

—Me alegro que estés tan entera.

David quiso abrazar a Yoli, pero se cortó al ver aparecer a Álvaro por el pasillo, así que se limitó a pasarle la mano por el brazo bajo la atenta mirada de su eterno enemigo.

—He aprendido a bloquear mis sentimientos. Aunque no lo creas, no es nada agradable que te golpeen las emociones.

—Bueno, veo que ya tienes quien te consuele, solo vine a eso. Me retiro. Ya me dirás cuándo es el sepelio, por lo menos se acabó el no saber.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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