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—¿Sepelio? ¿De qué sepelio me hablas? —Yoli se quedó mirando a David con extrañeza, no se había despertado del todo y en el sopor no entendía de qué le hablaba. No relacionó la noticia del día con la desaparición de su hermano. Álvaro se acercó a ella extrañado a su vez por el comentario, tampoco entendía el comportamiento de ella.

—Yoli, amor, el entierro de Ramiro, habrá que hacer los trámites, tus hermanos lo saben ya, supongo.

—A ver, a ver, estoy atontada, pero Ramiro no ha aparecido, ¿de dónde sacáis que…? ¡Ah, vale! —Se dio cuenta del malentendido— el cadáver que han encontrado no era de Ramiro, seguimos igual.

Tanto Álvaro como David se quedaron de una pieza, si en aquel momento les pinchan no les sacan sangre. Tanto uno como otro habían dado por hecho que el cadáver que había aparecido era Ramiro.

—Podéis iros tranquilos, puedo estar sola perfectamente.

En un primer momento pensó que estaban compitiendo como en la época del instituto, David era algo mayor, pero mal estudiante, así que había repetido un curso y había compartido alguna que otra clase con Álvaro, haciéndose le vida imposible uno al otro cada vez que tenían oportunidad.

David se marchó algo frustrado; esperaba encontrar sola a Yoli y hacerle un poco la corte. No esperaba seducirla a la primera pero sí seguir creando buena impresión hasta hacerla caer en sus redes. Quería pasearla por delante de Alex, su orgullo le obligaba a ganar aquella batalla.

Salieron a despedirlo a la puerta y al momento de entrar Álvaro miró para el buzón de correos, la puntita de un sobre blanco asomaba por la rendija.

—Tienes carta —le dijo a Yolanda; esta fue a buscar las llaves. Abrió el buzón y el corazón dejó de latirle. El sobre era idéntico a los anteriores. Hacía unos días que había dejado de pensar en ellos, se había creado la ilusión que no habría ninguno más, o así se quiso mentalizar, pero allí estaba: blanco, inmaculado, impoluto… y con un mensaje sobrecogedor, estaba segura.

—¿Cómo sabías que estaba ahí? —preguntó Yoli de pronto.

—¿Te he oído bien? ¿Estás dudando de mí?

—No es que dude, Álvaro, pero reconoce que es muy raro; sales, ves la carta y yo ni siquiera me había fijado, y esta tarde no había nada… No sé, es todo tan extraño.

—Pues fíjate, cuando he llegado no estaba el sobre. Lo habría visto y que yo sepa detrás de mí solo ha llegado David, pero, cielo, tú puedes desconfiar de quién te de la gana… Por cierto, he estado preparando la cena —dijo haciendo ademán, con rabia, de quitarse el delantal que se había puesto para no mancharse en la cocina.

Yolanda se avergonzó de sus palabras. Los acontecimientos la habían puesto muy susceptible, y aunque sabía que no estaba bien, no podía evitar descargar la ira que sentía sobre las personas que más quería. En aquel momento se sintió fatal y se arrojó al cuello de Álvaro para pedirle perdón.

—Lo siento, de veras que lo siento, ya no sé lo que digo.

—Pensé que me tenías confianza, pero veo que hay otras personas que la merecen más que yo —decía mientras apartaba los brazos de Yoli de su cuello— no esperaba algo así de ti.

—Está bien —se separó de él— ya te he pedido perdón. Estoy confundida, no sé en quien puedo confiar y en quien no.

—En la mesa de la cocina te he dejado la cena, la mesa está puesta para dos, invita a quien quieras, buenas noches, princesa.

—¡Por favor!, no te vayas —imploró Yolanda.

—Me duele que me pongas al nivel de mi enemigo, nunca he creído darte motivos para actuar así.

—Tienes razón. No me dejes sola, por favor. Tengo que llamar a Alex y me gustaría que te quedases, que me perdonases y me apoyases —le dio un abrazo al que esta vez no opuso resistencia.

Con el corazón algo encogido Yoli cerró el buzón con la carta dentro, tal como hizo la vez anterior y con un sentimiento de culpa por lo que le había dicho a Álvaro. Era tanta la culpa que sentía que no pudo probar bocado. Antes de intentar comerse la cena, que con tanto cariño había preparado Álvaro, habían llamado a Alex, al fin pudo convencer a su mejor amigo que lo que había dicho era fruto de los nervios y la tensión acumulada. Había conseguido que se sentase a la mesa con ella, bajo la amenaza de comer pizza congelada si no la acompañaba. Ante semejante chantaje Álvaro no tuvo más remedio que quedarse y supervisar que cenase algo.

Estaba sirviéndole una copa de vino blanco, bastante bueno, pensó, para lo que Yoli solía tener en casa, cuando llegó Alex, en realidad había tardado mucho menos de lo que Álvaro esperaba.

Yolanda le había suplicado que no la dejase sola con el policía. Álvaro no entendía el por qué de aquella petición, hasta que le explicó de qué manera se le había declarado. También le comentó que no creía estar preparada para otra relación y mucho menos cuando cada vez que se veían se tiraban los trastos a la cabeza, así que no pensó que fuese muy sincero cuando le había dicho aquello. Para Álvaro aquella era la mejor de las noticias, el casamentero que llevaba dentro empezó a conspirar, lo sabía, lo intuía, se había dado cuenta desde la primera vez que los vio juntos. El superpoli como lo había bautizado, bebía los vientos por su Yoli, y desde luego, tenía que darse cuenta que era mucho mejor para ella que David. No decía que David no fuese buena gente, pero era tan retorcido que le era imposible verla con él, no era el hombre para ella y su intuición no fallaba.

—Hola —saludó Alex— no estoy de servicio, pero no quería que nadie más se encargase de la carta, no quiero que se pueda perder.

La excusa era un poco burda, pero no se le ocurrió otra cosa que decir, y tampoco estaba diciendo mentiras.

—Buenas noches —saludó Yoli abrumada, no sabía como actuar después de aquella extraña declaración de amor— estamos cenando pero ya voy por las llaves, no he querido tocarla… por si acaso.

—La carta no se moverá de donde está —esta vez fue Álvaro el que habló— no creo que Yoli se moleste si te hacemos un hueco en la mesa. No tiene la nevera lo que se dice surtida, pero si te apetece compartiremos lo que hay.

Yolanda quiso fulminarlo con la mirada, aquello era alta traición por parte de Álvaro. ¿Cómo se atrevía? En cuanto se fuese Alex lo mataría con sus propias manos, se dijo.

—Estaba a punto de cenar cuando me habéis llamado, así que si no molesto os acompaño, la verdad es que tengo hambre y huele delicioso —accedió divertido al notar el disgusto de Yoli.