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El grupito de amigas se había reunido en el lugar de siempre. Alejadas de ojos indiscretos, buscaban de quién mofarse esta vez, ellas eran así. Rebeka mandaba sobre ellas y ellas la seguían a donde fuera, era capaz de hacerles tocar las estrellas, pero cuando se lo proponía también era capaz de hacer que le besaran los zapatos.

—Pensé de verdad que era Ramiro, aunque muerto no nos sirve, se nos perdió el juguete —se quejó Rebeka.

—Era divertido hacerle rabiar, jajaja —esta vez fue Natalia la que habló.

—Aina, tienes que saltar el cordón policial y poner unas flores sobre la fosa de la muerta —dijo de pronto Rebeka con tono de burla.

—¿Por qué yo? —se quejó Aina.

—Porque tú nos delataste, así que si quieres seguir en el grupo tienes que hacerlo, y ha de ser esta noche.

—Esta noche no puedo, duermo en casa de mi abuela —bajaba la voz a cada palabra que pronunciaba. Sabía que acabaría haciéndolo, aunque no sabía por qué lo hacía.  Ya ni siquiera le caía bien Rebeka, pero necesitaba su aprobación, necesitaba sentirse una de ellas.

—Ponte algo negro, que no se te vea desde lejos. Sobre todo tápate el pelo, el rubio se ve en la oscuridad —le recomendó Paula, que hasta ese momento había permanecido bastante silenciosa.

—Mañana quiero las fotos. Lo quiero justo en el centro, clavado, como si estuvieran plantadas, no me falles, o tendré que expulsarte del grupo, lo sabes, ¿verdad? ¡Ah!, y no se te ocurra decírselo a tu padre.

—No… no lo haré, no fallaré… lo prometo —acató la orden con lágrimas en los ojos.

 

A media noche enfundada en un pantalón negro y una sudadera de igual color, con capucha, como le aconsejaron sus amigas, Aina estaba en la zona acordonada. Temblaba de pies a cabeza. Sostenía el ramo de flores que tenía que depositar en el centro del perímetro señalado si quería seguir perteneciendo al club y seguir siendo súbdita de Rebeka, sabía que las fotos las subiría al blog que tenía en Internet, con pseudónimo y en el que contaba su día a día, como si se tratara de una verdadera influencer.

Estaba tan absorta y asustada que no se dio cuenta del coche que pasaba por el lugar con las luces apagadas, el silencioso motor no hizo sospechar a Aina que la estaban vigilando. Temblaba como una hoja cuando abandonaba el lugar después de realizar su cometido. Tendría que andar bastante, ya que su abuela vivía  a las afueras y no quería que se enterase de su excursión nocturna. Se había escapado por la ventana y había dejado la almohada dentro de la cama, sabía que era algo muy infantil, pero esperaba que aquella noche no le hubiese dado por ir a darle las buenas noches ya nunca lo hacía, pero su abuela tenía un radar para averiguar cuando ella hacía algo fuera de lo normal.

Alex tenía una corazonada, estaba seguro que algún periodista querría profanar el lugar del hallazgo, por eso salió a patrullar él mismo, y con su propio coche, sin hacer ruido y sin luces, para no soliviantar a los supuestos periodistas que solo buscaban impactar. Lo que no esperaba era que fuese la hija de David la que rondase por allí, anotó mentalmente aquella circunstancia y esperó a que se fuera para ver qué era lo que había depositado sobre la tierra removida. Su suerte había sido que la noche después de las tormentas había quedado completamente al raso, el cielo estaba plagado de estrellas y la luna brillaba en todo su esplendor. Cualquier persona por muy vestida de negro que fuese, tenía que reconocer que aquello había sido un puntazo por parte de Aina, era un blanco muy visible. La chiquilla había depositado un tosco ramo de flores cortadas seguramente del jardín de su abuela. En un primer momento pensó que podía ser un reportero intrépido que quería sacar fotos desde dentro del perímetro de seguridad para aumentar el morbo. Lo que no imaginó era ver allí a una jovencita, al parecer tan intrépida como el reportero, no entendía qué esperaba encontrar allí.

Bajó del coche y miró por si había hecho algo, pero no, para su asombro lo único que hizo fue poner las flores. “Definitivamente la juventud es muy macabra”, pensaba, mientras subía de nuevo al coche y la seguía. No quería perderla de vista. Su intuición le decía que aquella niña escondía algo. En un momento llegó a su altura, confiaba en que  no se diera cuenta que la seguía, era medianoche y las calles estaban desiertas. Aminoró la marcha y la siguió desde una distancia prudencial. Por la dirección que tomaba parecía que iba para casa de su abuela. Una esquina antes de llegar vio que manipulaba el móvil, Alex sonrió, al fin y al cabo las nuevas tecnologías estaban para lo bueno, pero también para lo malo, seguro estaba enviando las fotos que había hecho a sus amigas, así que de alguna manera conseguiría verlas. Tenía que averiguar qué significaba todo aquello.

Aparcó en la esquina esperando ver como entraba, suponía que la joven no tenía permiso para salir a aquellas horas. Hizo unas fotos, él también tenía móvil, pensó, y para su sorpresa vio como Aina rodeaba la casa y entraba por la ventana de la que supuso sería su habitación. Observó como momentos antes colocaba una escalera, que sospechó sería de los jardineros, subió por ella y se colgó de la balconada, puso un pie en el alféizar de la ventana y acabó de trepar. Alex notó mucha destreza al subir por aquel balcón, o sea que aquello no parecía ser la primera vez que lo hacía. Cuando se perdió entre las sombras de la habitación puso en marcha el coche y se alejó en dirección a su casa.