Llegó al despacho livido, sudoroso, balbuceante y pronunciando palabras incoherentes.
Su auxiliar no salía de su asombro y, por más que lo intentaba, no sabía a que correspondía tal actitud, dado que ni siquiera tenía constancia de su visita matutina.
Don Fernando ordenó en un tono casi agónico que quitaran la lámpara de bronce de ocho magníficos brazos con sus correspondientes tulipas que pendía sobre su cabeza y, asimismo, pidió que, bajo ningún concepto abrieran sus ventanas a fin de evitar corrientes de aire.
Al pobre no se le ocurrieron más cosas y, cuando su asistente terminó con las tareas encomendadas, se despidió de él hasta el día siguiente.
– Noooo, gritó Don Fernando. No me dejen solo, por piedad. Puede acontecer una catástrofe que termine con mi vida en cualquier momento.
El muchacho le dijo que se ausentaba un momento y fue a hablar con sus compañeros del café
– Me parece que nos hemos pasado un poco con mandarlo al Gundemaro y él debe haber sido muy cruel para provocarle semejante estado. Deduzco que fue a visitarlo.
– No hombre, no, dijo uno de ellos. Acabo de hablarle y me ha dicho que, como convinimos, no le ha anunciado nada truculento, sólo que le iba a pasar algo.
– ¿Será animal? ¿eso le parece poco? Pues a este hombre le ha dado la hipocondría y no hay quien lo calme.
– El Gundemaro dijo que no le pudo aclarar más cosas porque no le pagamos la sesión entera y que él vive de eso, así que, o le damos lo que falta o no le arregla el porvenir, dijo aquél chico cariacontecido.
– El caso es que no se lo podemos contar. Haría que nos tiraran. Vaya una broma más tonta por darle un escarmiento. A fin de cuentas a mi no me molesta que nos mire como si fueramos gusanos, yo casi lo soy, afirmó contrito.
– Pues a ver qué hacemos pero yo no pago un céntimo más, ni siquiera ha sido divertido.
El cadavérico Don Fernando, lejos de conocer los malévolos planes que habían dado lugar a semejante desgracia, convulsionaba de tal forma que repiqueteaban en el suelo las patas del sillón donde seguía postrado.
-¿Y ahora qué hacemos?, preguntó uno de los muchachos.
– Pues un milagro, respondió el pelirrojo mientras sorbia con ansia su café con leche.
Todos volvieron sus rostros hacia él y quedaron petrificados durante unos instantes.
– ¿Lo dices en serio?-,preguntó uno de ellos.
– Bueno. … sólo era una broma.
– ¿Una broma? ¡una genialidad!

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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