Una silenciosa expectación llenaba la catedral. Ésta, adornada en cada rincón con flores y hierbas de olor, observaba a la única hija de los reyes de Encumbria frente al altar. Amelie vestía de blanco, su serpenteante melena rubia caía suelta tras la espalda, salpicada de diminutas flores blancas. Junto a ella estaba Armando Gerardo Bernardo Arturo de todos los santos, príncipe de las Tierras Altas y las Bajas. Las Medias les habían sido arrebatadas a su familia por los antepasados de Amelie, así que tras esta boda ambos contrayentes se convertirían en los reyes de las Tierras Altas, Medias y Bajas. De todas, en general.

El oficiante calló tras dos lentas horas de ceremonia y los jóvenes se dispusieron a decir sus votos. Para la plebe existía una fórmula prefijada e inmutable, pero tratándose de quienes eran, se les permitió a los contrayentes elaborar ellos mismos el contenido de su promesa nupcial. Amelie había pasado la noche pensando en el futuro y en qué debería o podría prometer. Armando etc los escribió de una sentada porque la belleza de Amelie le tenía energizado y emocionado. Su escudero decía que aquello podría ser amor pero que no estaba seguro. Ignorándolo, redactó varias páginas con las virtudes conocidas e intuidas de su amada.
Para cuando llegó el momento, el joven príncipe se dio cuenta de que se hacía necesario abreviar y así procedió a leer sólo las primeras líneas. Lo hizo con un poco de dificultad, porque el papel temblaba al compás de sus manos y el sudor de las mismas había desteñido la tinta de algunas letras. Comenzó,

-Yo, Armando Gerardo Bernardo Arturo de todos los santos te prometo a ti, Amelie de Encumbria, hacerte feliz y ser tu sol por el día y tu luna por la noche. Yo te alegraré y te llenaré de dicha. Conmigo no necesitarás nada más y seré lo que siempre has soñado. Jamás te fallaré ni te haré llorar, porque como dicen por ahí “Amar es no tener que decir nunca lo siento”.

Amelie sonrió forzadamente detrás de su velo. Sí, Armando etc. era apuesto y sus promesas satisfactorias pero ¿qué podría ella prometer? Y peor aún ¿qué podría cumplir? El templo y todos sus asistentes contenían el aliento, esperando las promesas de Amelie. La princesa dulce y soñadora tendría palabras bellamente compuestas con que corresponder a tales votos, sin duda.
Quizás una: la del rey que, conociendo su ingenua sinceridad, temía lo que Amelie pudiera prometer bajo tamaña presión.

-Y yo -dijo Amelie- te prometo a ti, Armando Gerardo Bernardo Arturo de todos los santos que envejeceré. Te prometo que tendré días desafortunados de ovulación y ojeras matutinas. Te prometo que a veces calzaré zapatillas y accederé a vestirme con lo primero que mis doncellas me encuentren en el ropero real.

Se dirigió a su padre con un “¿qué tal?” en la mirada. El hombre hiperventilaba bajo su corona. Amelie también percibió que el rostro de Armando etc palidecía. Algo se estaba torciendo y no acababa de ver qué era, pero la boda debía llevarse a término por la paz de Las Tierras Altas, Medias y Bajas y por el engrandecimiento de Encumbria. Reaccionó tan rápidamente como pudo e intentó arreglarlo.

-Esto es lo que puedo prometer sin miedo a equivocarme.

El oficiante salió en su ayuda.

-Alteza, sus promesas deben incluir lo que usted garantiza al príncipe que hará.
-Es que …
-¿A qué se compromete, Alteza? -interrumpió el oficiante, ya arrepentido de haber concedido tanta libertad a personalidades tan jóvenes.
-Lealtad, apoyo y esfuerzo -Amelie sonrió, satisfecha y suspiró. Ahora sí.

Las damas de la corte no disimulaban su decepción. La romántica ceremonia estaba resultando prosaica. El príncipe Armando se sentía desinflado y herido a partes iguales. Su imagen estaba deteriorada, deslucida. Su orgullo pisoteado y su profundo amor, menospreciado. En un arranque de dignidad o de orgullo, le entregó a su escudero su espada y salió por un lateral del templo.

Si no hubiese temido la ira del rey, se hubiera escuchado un tremendo “¡oh!” pero la noble multitud calló. El rey había sido agraviado: su hija había recibido plantón en el altar. ¿Cómo podía salir de aquel lugar con el rostro en alto? Con su hija casada, por supuesto. Pero ya no había novio. ¿O sí? Junto a Amelie había un joven de la misma edad y estatura que Armando etc y que haría un apaño. El rey de Encumbria se acercó al oficiante y le susurró al oído “El que queda se casará con mi hija. ¿Es noble? Bueno, me da igual, esto hay que arreglarlo”

En cinco rápidos minutos el oficiante consiguió un “sí quiero” -según plantilla corriente- por parte de los desconcertados jóvenes, unió sus manos y gritó “Vivan los novios”, dándoles un disimulado y necesario empujoncito en dirección a la puerta, allá al final del pasillo que bordeaban los bancos.

Amelie no se atrevía a mirar a los ojos a su improvisado marido, mantener la cabeza levantada era suficiente esfuerzo. ¡Qué vergüenza! Lo había estropeado todo, no sabía cómo pero obviamente era así.

Alguien la ayudó a ella y a su vestido a subirse a la carroza, que salió a toda velocidad en dirección al bosque.

En cuanto se perdieron de vista entre los árboles, el vehículo paró y los dos esposos se miraron a la cara por primera vez, alicaídos.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó al escudero, que estaba aún conmocionado por su forzoso cambio de estado.
-Menos mal que soy soltero- repetía sin cesar. Parecía que desvariaba.
-Veo que eres el escudero de Armando Gerardo Bernardo Arturo de todos los santos. Lo siento mucho, no tenía intención de perjudicarte.

El escudero paró de hablar y dijo, sorprendido.

-No podré volver a mi tierra ni a mi familia ni a trabajar de escudero ni prosperaré en la sociedad, pero la verdadera perjudicada eres tú.
-¿Yo?
-Sí, antes tenías un príncipe que te prometía la felicidad y ahora tienes un escudero que sólo puede prometerte “Lealtad, apoyo y esfuerzo”
-Qué desastre, esto no es nada romántico -dijo la princesa, levantándose el velo- Ahora que has visto mi rostro. ¿Puedo ver yo el tuyo?

El escudero se quitó el casco y mostró el suyo. Amelie se encogió de hombros y, pragmática como ella sola, dijo:

-Después de todo no somos tan feos, ¿verdad?

La princesa de Encumbria y el escudero de Armando etc se quedaron a vivir en el bosque. Para ocultar la vergüenza de tan dispar matrimonio no se les autorizó a visitar Encumbria, sólo las Tierras Altas y Bajas, si el príncipe desairado les otorgaba permiso. Afortunadamente lo hizo, porque apreciaba a su escudero y porque se había prometido a otra princesa de la que también se había enamorado profundamente.

La princesa cumplió lo prometido: ovuló, mostró ojeras y zapatillas y fue leal con su esposo.

Cada día el joven volvía con un pequeño presente del bosque para estar a la altura de su Alteza. Unas bayas, unas flores silvestres, una piedra con forma singular, etc. Aprendió cuándo callar y cuándo hablar y aunque no podía controlar el aire (entiéndase el eufemismo) y era muy poco delicado a la mesa, la princesa comenzó a verle incluso agradable y apoyarle le suponía cada vez un esfuerzo menor. El escudero apenas sabía leer y escribir, pero la sorprendía con pequeños poemas carentes de rima.

Algo debía hacer ella para corresponder. Aunque ignorase la clase de animal que traía del bosque para comer o cómo se las había arreglado para cazarlo, dejaba escapar una breve frase de admiración. Incluso se propuso despedirlo con un beso en la mejilla. A diario. Después de todo, el pobre hombre había asumido su compañía y le hacía la vida lo más fácil posible.

Así fue como del banco de la cocina el escudero pasó a dormir en la mecedora junto al fuego, y de allí finalmente al dormitorio.

Dicen que cada día se regalaban tiempo, esfuerzo, objetos, palabras, caricias y atenciones. Dicen que se enamoraron.

Dicen que envejecieron juntos.

Envejecieron y volaron.

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