Camino entre los escombros de lo que fue la fábrica textil sintiendo una mezcla de derrota y desespero, rabia y tristeza. Siento como ruedan las lágrimas por mis mejillas y me las seco con el puño de la cazadora con un gesto rápido y lleno de ira. No ha servido de nada, tanto tiempo invertido, tanto trabajo, tanto esfuerzo y que el viejo reaccione así. Me dan ganas de pegarle un puñetazo. Si me oyera mi padre me lo daba él a mi pero es que… ¡No lo entiendo! Es su historia, fue su vida. ¿Porqué se muestra ahora tan hermético? Si no habla se acabó, si no me lo explica no tengo nada. Maldigo el momento en que me enredé en esta historia.
Todo empezó cuando mi abuelo estaba a punto de cumplir los noventa años. La familia decidimos prepararle una fiesta por todo lo alto, porque a él le encanta celebrarlo todo y siempre se ha encargado él de que todos nosotros tengamos la perfecta fiesta de cumpleaños, o de graduación o de lo que sea. Ahora le tocaba a él. Cada uno le haría su parte y entre todos conseguiríamos hacerle el abuelo más feliz del universo.
Yo me comprometí a hacerle un vídeo con fotografías y grabaciones de toda su vida. Imágenes de su pueblo natal, de su juventud, de su madurez en la colonia textil, de su jubilación en la portería de Barcelona… Quería grabar a sus amigos de la infancia, a sus compañeros de la fábrica y a todos nosotros explicando anécdotas sobre mi abuelo. A todos les pareció una gran idea y enseguida me puse manos a la obra.
Me acabo de licenciar en periodismo y me lo tomé con un reto personal, como mi primer documental de investigación. Y como todavía no tengo un trabajo fijo me volqué en el vídeo de mi abuelo.
Me fui unos días a su pueblo, donde aun conserva una finca y le gusta pasar los veranos. Me parecía raro estar allí sin él y sin mis tíos y primos… siempre somos un montón y a mi abuelo le encanta protestar diciendo que él se va allí a descansar y estar solo y no lo dejamos ni respirar. Pero en el fondo está encantado de tenernos alrededor metiendo ruido. Le vemos protestar enfurruñado y al darse la vuelta dibujarse una sonrisa. Así es mi abuelo. Volví del pueblo con un montón de material. Todos quisieron participar en el “documental”. Mi abuelo es muy querido, así que me sentía satisfecho.
El siguiente paso era contactar con los compañeros de la textil. Él llegó allí muy joven, y allí formó su familia. Vivieron en la colonia y trabajaron todos en la fábrica durante veinte años, hasta que mi abuelo consiguió el trabajo en la portería y los sacó de allí. Seguro que encontraba testimonios interesantes entre sus colegas de trabajo, conociendo al viejo tuvo que hacer grandes cosas allí.
Inicié mis pesquisas en la biblioteca municipal. Me informé sobre la colonia, sobre su historia y sus anécdotas. Vi decenas de fotografías en las que, como no, salía mi abuelo prácticamente en todas. Realmente era impresionante aquello. La colonia fue más que un fenómeno económico. Allí se desarrollaba una intensa vida social, cultural y religiosa impulsada por sus propietarios. En los primeros años había cocina comunitaria, tiendas y economatos. Del pequeño botiquín de los inicios se pasa a un dispensario con médico. La escuela se funda desde la puesta en funcionamiento de la fábrica. Incluso se hacían clases nocturnas para hombres. Se hacían conciertos y obras de teatro e incluso construyeron una buena biblioteca. Los hombres iban al café y al casino y las mujeres sacaban sillas a las calles y plazas y debatían sobre lo divino y lo humano. Estudiando todo aquello me pregunto si eran las colonias un fenómeno de explotación del trabajador, donde se daban prácticas de tipo feudal o representaban un avance importante en la concentración de la fuerza del capital y del trabajo en la búsqueda del paraíso social. No lo sé. Decidí centrarme por el momento en la historia de mi abuelo, así que tras el trabajo histórico me dispuse a buscar los testimonios concretos.
Logré encontrar a unos pocos compañeros de mis abuelos de aquel entonces. Costó, por su avanzada edad y en ocasiones por sus condiciones físicas, pero conseguí unas buenas tomas sobre lo que fue sus vidas allí. Mi abuelo iba a alucinar. Cuando viera el vídeo se emocionaría seguro. Me sentía pletórico. Hasta que descubrí una constante en todos los testimonios: mi abuelo se marchó de allí con nocturnidad y secretismo. De la noche a la mañana desapareció con su familia y nadie supo nunca nada más de ellos. Eso me pareció tremendamente extraño, sobretodo teniendo en cuenta el carácter afable y amistoso de mi viejo. Decidí preguntar a mi padre y a mis tíos, al fin y al cabo ellos nacieron y vivieron su infancia allí. Seguro que podían darme una explicación lógica.
Nada. El más puro hermetismo por parte de los tres. Mi tía incluso pareció marearse cuando le saqué el tema. Ninguno quiso hablarme de aquello. Advertí que se trataba de un tema tabú en mi familia y eso para mi, periodista de vocación, no fue más que un incentivo para seguir investigando. Pero no conseguí nada. Nadie sabía nada y los que sabían negaban saberlo. Discutí con mi padre hasta llegar a los gritos. Y no conseguí nada. Así que decidí preguntarle directamente a mi abuelo, pese a que me arriesgaba a que se enterara de que le estaba preparando algo para su cumpleaños. Yo necesitaba saber… Pero él reaccionó con un estruendoso enfado. Por supuesto intentó al principio sacárseme de encima con evasivas estúpidas, pero al ver que yo no me rendía, que realmente quería saber porqué siendo felices en la colonia decidió marcharse en plena noche, con sus hijos pequeños y su esposa delicada de salud, y sin despedirse de nadie… No le saqué más que un enorme grito que decía que un hombre debe tomar decisiones drásticas en ocasiones. Y que el pasado debe quedarse en el pasado. Se acabó, gritó.
Y aquí estoy ahora, solo, enfurecido y dolido con toda mi familia, entre los restos de lo que fue aquella colonia textil, entre los restos que guardan tantos secretos…
– ¿No vas a parar verdad?- La voz de mi abuelo me sobresaltó. Pensaba que estaba solo. Allí estaba el viejo, con su bastón y su rostro tan tenso que me pareció de frio mármol..
– Abuelo… yo… no puedo. Necesito saber. Tu historia es también la mía. Por favor.
– Está bien. Pero lo que te voy a decir tiene consecuencias más allá de una simple biografía familiar. Lo que te voy a contar cambiará tu vida para siempre.
– Lo asumo. Por favor, explícamelo. Sácatelo de encima de una vez.
– Está bien. Te lo contaré. Tu lo has querido. Todo empezó una noche de primavera. Era la hora de cenar, pero tu padre y tus tíos no habían vuelto a casa. Se retrasaban y tu abuela estaba preocupada, así que fui a dar una vuelta por la colonia a ver si los encontraba. Parecía que se los había tragado la tierra, pero yo estaba seguro de que no andaban muy lejos. Así que seguí buscándoles, incluso en las tierras de Ernesto Folch, el propietario de la textil. Me metí por la puerta de atrás de su garaje, que estaba entreabierta. Tuve un mal presentimiento, pero se trataba de mis hijos, así que proseguí. Efectivamente, a unos siete pasos de la puerta encontré sus peonzas. Mis hijos nunca se irían por su propia voluntad sin sus peonzas. Sentí una fuerte punzada en el estómago, pero avancé por el oscuro garaje hasta topar con una trampilla abierta en el suelo. Se entreveía luz al fondo, y me pareció oír voces, así que bajé por la escalerilla de metal que había en uno de los laterales del túnel. Si salíamos vivos de esta les iba a dar una buena reprimenda. Lo que encontré al llegar abajo sobrepasaba con creces todas las opciones que yo hubiese podido imaginar jamás. Había una sala diáfana llena de mesas repletas de obras de arte que estaban siendo camufladas por dos obreros de la fábrica tras los tapices que confeccionábamos en la textil. Había tres hombres más, uno de ellos Guzmán Martín Campos, el encargado de la camisería, y los otros dos… parecía increíble, pero eran dos agentes de las SS. ¡Nazis! Cuando pude recuperarme de la impresión hice un barrido visual buscando a mis hijos. Estaban en una esquina de la sala, atados y amordazados. Lloraban aterrorizados. Quise avanzar hacia ellos, pero los dos militares se abalanzaron sobre mi. Me golpearon y me ataron las manos. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una habitación sin ventilación, completamente a oscuras. Al recordar todo lo acontecido me incorporé como pude e intenté resarcirme de las cuerdas de mis manos mientras gritaba los nombres de mis hijos. Solo había silencio. Maldita sea, estaba desesperado, sólo pensaba en ellos y en María, que quedaba sola si algo nos ocurría. Así que, en uno de los intentos de encontrar algo con lo que deshacerme de las cuerdas, di un paso al frente y choqué con algo enorme y metálico. Cuando pude incorporarme busqué uno de los extremos de aquel extraño mueble. Pensé que al ser de metal podría cortar las cuerdas. A tientas palpé su contorno y, sin saber cómo, lo puse en funcionamiento. Aquello inició una especie de engranaje electrónico que hacía un ruido espantoso. Yo… sentí que me iba explotar la cabeza por el ruido hasta que volví a desmayarme. Cuando desperté estaba en el patio trasero de mi casa, en la colonia textil. Por la ventana podía ver a María preparando la cena, y a lo lejos podía oír a tu padre y tus tíos tirar la peonza en la plaza. No podía comprender nada, pero sin duda aquella situación me aportaba mayor tranquilidad que la anterior. Me puse en pie, y, sin apenas dar crédito a lo que veían mis ojos, advertí que me encontraba en el interior de un enorme boquete en el suelo de mi propio patio, y a mi lado había un enorme armatoste metálico en forma de campana. Entonces recordé cuanto había pasado y comprendí que, de alguna manera que no alcanzaba a entender, había retrocedido en el tiempo hasta la jornada anterior a toda aquella locura. Sólo se me ocurrió que lo que había hecho posible semejante majadería era aquella cosa enorme con la esvástica grabada en el casco. El destino, Dios, el Universo… quien quieras que fuera lo había puesto en mi camino. Tenía en mi poder una máquina del tiempo propiedad de los nazis. ¿Entiendes lo que digo Dídac? ¡Si los nazis tuvieran una máquina que les permitiera viajar por el tiempo ganarían la segunda guerra mundial! Yo había leído en los periódicos que Hitler se había suicidado rindiéndose a la evidencia de su fracaso. Las tropas perdían posiciones en Europa, los rusos estaban en las puertas de Berlín y  Mussolini asesinado.  Goebbels había tomado el mando, pero había fracasado en su intento de llegar a un acuerdo con la URSS, así que también se suicidó.  Yo había leído en la prensa que los nazis se habían rendido ante los americanos. Habían perdido la guerra. Pero si se hacían con ese artefacto y podían moverse libremente por el tiempo… La historia cambiaría para siempre. Así que lo único que se me ocurrió fue salir de aquel enorme agujero y cubrir la campana gigante con la misma tierra que había levantado al caer. Después esparcí por encima estiércol y simientes que tenía preparadas para aquella primavera, entré en casa y ordené a María que preparara lo que pudiera para irnos de allí inmediatamente para no volver. Marchamos hacia Barcelona cogiendo el último tren y nos alejamos  de aquella pesadilla. Al llegar a la ciudad mi hermana nos acogió temporalmente y nos proporcionó el contacto de la portería donde hemos trabajado hasta la jubilación. El resto ya lo sabes.
– Abuelo… yo… ¿Estas diciendo que conoces el paradero de la campana nazi? Y no solo eso, que tu mismo viajaste en el tiempo y la tienes escondida desde hace cincuenta años?
– Eso he dicho, sí. – Mi abuelo se irguió como nunca lo había visto antes. Estaba tieso como una estatua de bronce.
– Pero abuelo, se trata de un avance gigantesco para el conocimiento tecnológico de la humanidad… ¡Hemos de desenterrarla!
– ¡Ni hablar! ¿Estás loco? ¿Sabes qué podría pasar si cayera en malas manos? El mundo que conoces podría desaparecer.
– Pero en las manos correctas podríamos evitar las grandes atrocidades de la Humanidad. Abuelo, podríamos evitarnos el mismísimo Holocausto.
– Eres un inconsciente. No sabes lo que dices. ¿No te das cuenta? La raza humana ha cometido las mayores atrocidades sin disponer de tecnología de estas características. ¿No te das cuenta de lo que podría suceder teniéndola? La información es poder, tu lo sabes mejor que nadie. Moverse en el tiempo sería el fin del mundo conocido.
– Pero abuelo…
– ¡ Se acabó la discusión! Mientras yo viva todo quedará como está. La campana nazi seguirá enterrada donde está. Cuando muera quedará en tu conciencia la decisión de anunciar al mundo su existencia o preservarla. Tu decidirás. Pero no mientras yo viva.
– ¡Abuelo!- El viejo se desplomó justo al acabar de pronunciar su última palabra.- ¡Abuelo! ¡Por favor, abuelo, no me dejes, por favor!- No respiraba. Mi abuelo ya no estaba vivo, y por mi culpa. Yo le había llevado al límite de sus fuerzas.- ¡Abuelo por favor no me dejes!- Yo suplicaba aun sabiendo que ya era inútil…
Tres meses después debía celebrarse la fiesta de noventa cumpleaños de mi abuelo y… Así fue. Lo celebramos por todo lo alto. Cada uno de nosotros presentó sus regalos. Álbumes de fotos, esculturas, joyas, ropa, dulces, plantas… y mi video. Conseguí lo que buscaba, el viejo estaba emocionado desde el principio hasta el final. Para mi cada segundo a su lado eran, ahora más que nunca, un maravilloso regalo. Abrazarle, mirarle y hablarle eran lo único en lo que pensaba desde hacía tres meses. Y en aquella fiesta cuya preparación cambió mi vida para siempre, yo miraba sus expresiones en cada fotograma, también en la parte donde filmé las ruinas de su antigua casa en la colonia textil. Incluidas las del «jardín» del patio posterior. Él no reaccionó… aparentemente. A saber qué se le pasó entonces por la cabeza. Da igual, poco o nada me importa.
Los dos compartimos desde aquel día un gran secreto, sin saber él que lo compartimos. Él recuerda cómo enterró la campana nazi, hacía muchos años, creyendo que lo haría para siempre. Yo recuerdo cómo la enterré yo, hacía tres meses.

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