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Julia siempre supo que moriría el 11 de septiembre de 2001. Solía soñar con quedar sepultada bajo un montón de escombros, sin oxígeno y con varios huesos fracturados, sin poder moverse ni respirar.
Desde pequeña tuvo premoniciones. Su madre, Laura, no se sorprendió cuando una mañana se despertó llorando y dejó su oso de peluche para abrazarla a ella. Entre sollozos le contó que el abuelo estaba atrapado en un auto en llamas. Lloraron juntas. Laura ya estaba vestida de negro y ayudó a la niña a cambiarse. La peinó.
—Laura, cariño, el café se enfría y también tu chocolatada, Juli —dijo Claudio, desde el pie de la escalera, elevando un poco el volumen de su voz.
El hombre se sentó con el diario en la mano frente a su taza de café humeante. La noticia del accidente de su padre lo paralizó. Intentó negarlo pero los datos de las víctimas fatales estaban publicados. Era él, sin dudas.
La niña bajó los escalones con cuidado. Y al verlo a su padre, lo envolvió con sus brazos. Laura se les sumó.

Unos años más tarde la madre consultó con una psicóloga para Julia. La pequeña había crecido y reflexionado sobre sus visiones, sus sueños. Se sentía culpable.
—No quiere dormir. Tiene miedo. Piensa que tal vez sea ella la que provoca las muertes.
La terapeuta era escéptica, pero no las prejuzgó.
Las sesiones con Julia se repetían semanalmente. Al cabo de unos meses Julia le confesó un secreto.
—Nunca le conté a mi mamá aunque, tal vez ella ya lo sepa. En un mes me voy a morir —el labio inferior le temblaba y su mirada se fijaba en un punto entre los anteojos de la mujer —Voy a quedar aplastada por un montón de escombros. No sé dónde ni por qué.
—¿Un terremoto acá, en Buenos Aires?
—Suena extraño pero tengo mucho miedo. Hace mucho que tengo esta pesadilla. Siempre pasa lo mismo. Estoy en una confitería y escribo la fecha en una especie de diario. Un rato después… to… todo se cae sobre mí —tenía un nudo en la garganta.
—¿Vos escribís un diario íntimo?
—Sí.
—¿Y si lo dejás de hacer? Si eso cambia, ¿cambia tu destino?
—No sé.

Las próximas sesiones fueron similares, aunque la desesperación de Julia era mayor. Le contó que por las dudas, había hecho las paces con su mejor amiga y les había dicho cuánto los amaba a sus padres y amigos; que dormía con su perro cada noche.
Se despidió también de ella.
—Yo te espero la semana que viene.
—No voy a venir. Ya sabés… además, mi mamá me invitó a Nueva York. Era un deseo pendiente de mi lista.

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Luciana Elsa Bonzo Suárez

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