La última vez que vi a Orlando Zanetti me contó que andaba enfrascado en el estudio de un libro misterioso. Fue justo el día que toda la nación recuerda con el corazón encogido. La vida nos concedió poco tiempo para hablar de cuando éramos niños y jugábamos a indios y cowboys. Habíamos compartido juguetes, risas y golpes infantiles y, sin saberlo, una novia de juventud temprana. Esa fue la causa de nuestras desavenencias pasadas y la razón de nuestra amistad futura, pues ambos agradecimos al destino, que no nos hubiera tocado en el sorteo definitivo una hembra que gustaba de beber sangre después de los placeres.
Orlando, que trabajaba en la biblioteca nacional en calidad de restaurador, me contó que había llegado a sus manos un libro antiguo pocos meses antes. Lo mandaba la universidad de Cartagena de Indias junto con otros ejemplares para que aquí se restaurasen y digitalizasen pues estaban en muy mal estado y todos tenían numerosas cicatrices del tiempo. Me contó que el libro no tenía título ni autor. Narraba las andanzas de un indio borícua de impronunciable nombre pero que, sabiendo leer entre líneas, el libro en realidad hablaba de él mismo. De cómo salió de su Puerto Rico natal para aterrizar aquí cuando era un mocoso y como transcurrió su niñez y sus años de lozanía. Contaba con detalle las mujeres que por su vida habían pasado y como ninguna de ellas le había tocado realmente el corazón a excepción de su madre, a la que siempre consideró la mujer de su vida.
El libro lo había atrapado por completo y decidió investigarlo mucho más allá de lo que su cometido profesional obligaba. Me aseguró que a nadie más que a mí, había contado que el libro no hablaba del indio borícua sino de su propia persona. Gracias al mismo, supo cómo nos la estuvo pegando durante seis meses aquella mujer vampiro de anchas caderas y pocos reparos.
Fue lo último que me contó antes de que el tren volara por los aires dejando en el ambiente un insoportable olor a muerte y carne quemada.

Desperté dos días después en una sala de hospital con un suave hilo musical del que emanaba un aroma a consuelo y jazmines de aerosol. Sin embargo, aún seguía oliendo la muerte cercana y oyendo los gritos de los supervivientes desgarrando la mañana. Y aún hoy, varios meses después, sigo oliendo el humo y oyendo los lamentos de los heridos.
Los médicos dijeron que había tenido mucha suerte. La onda expansiva me lanzó por los aires contra los asientos, que amortiguaron el golpe y me protegieron de buena parte de la metralla. Sufrí un fuerte golpe en la cabeza, un esguince en un tobillo, la luxación de un hombro y alguna quemadura y herida menor. Nada importante comparado con la destrucción que me rodeó entonces. Me enteré al tercer día que los muertos eran casi doscientos y que el país entero los había llorado. Fue entonces cuando recordé a Orlando Zanetti y lo que me contaba cuando sobrevino el fin del mundo. Quise saber de él, indagar su paradero, pero nadie supo darme noticias suyas.
Salí del hospital a las dos semanas, con mis heridas corporales sanadas, una ligera cojera pasajera del pie izquierdo y una profunda cicatriz en el alma.
El recuerdo de aquel horror y de Orlando Zanetti no me dejó dormir los primeros días después de regresar a casa. Por fortuna su nombre no estaba en la lista de muertos de aquella infamia, cosa que me alivió al principio, pero ocasionó un cataclismo insomne de noches buceando en internet buscando un teléfono o dirección dónde localizarlo, pero no hallé ni rastro del amigo.
Llamé a hospitales y al ministerio del interior por si estaba herido e ingresado en algún sitio. Una señorita muy amable del ministerio me confesó que, en la confusión del momento, sólo se habían elaborado listas de los fallecidos y de los heridos registrados. Que aquellos que no precisaron de atención médica no los tenían anotados y que en ninguno de los listados figuraba Orlando Zanetti. También me informó que todas las personas o familiares directos de los que viajaban en el tren tenían derecho a una indemnización como víctimas del terrorismo y que para ello debían solicitarlo aunque sólo hubieran sufrido daño psicológico, pero que esa lista era confidencial.
Mi mujer, que me prestaba atención sólo cuando su amante salía de viaje, trataba de convencerme de que Orlando Zanetti era fruto del golpe que me di en la cabeza y que lo más probable era que cuando el tren explotó yo fuese leyendo el periódico como todas las mañanas. Ponía tanto desdén en sus palabras que acabé por creerla.
Pasaron los meses y Orlando Zanetti volvió lentamente a ser un pedazo de infancia acomodado en algún rincón del recuerdo, como tantos años llevaba siendo.
Los políticos, en una absoluta carencia de sentido del ridículo y una perfecta ignorancia del ser humano llevaban meses peleándose entre sí, sobre si los muertos eran propios o del rival. Hasta yo mismo empecé a dudar si les debía algo a unos por seguir vivo o a los otros por no haber muerto.
Me llegué hasta uno de esos homenajes a las víctimas al que fui invitado por una de las partes. No quería ir, pero mi mujer vio en ello la posibilidad de lucir junto al alcalde en alguna portada de periódico para envidia de sus amigas de café y baile de salón.
El acto consistía en descubrir un monumento y una placa conmemorativa. Después llegarían un par de breves discursos de los mismos políticos que traficaban sin pudor con el dolor ajeno y un acto final que consistía en depositar una corona de flores sobre el recién inaugurado monumento, seguido de un minuto de silencio.
Mi mujer obtuvo su efímero momento de gloria al depositar la corona de flores junto al alcalde. Dos periódicos publicaron la foto al día siguiente y ella se sintió Marilyn Monroe hasta el día en que el único amante al que de verdad quiso la dejó por una más joven.
De vuelta a casa, condujo por una ruta nueva. Habíamos quedado a comer con unos amigos suyos, tan insoportables como una misa de cuatro. Tenían un perro grande y baboso como ellos, pero de buen corazón. Conducía el automóvil con la misma ligereza con la que conducía su vida y me hablaba de algo a lo que yo, en defensa propia, no prestaba atención. Al parar en un semáforo, un edificio grande con cuatro columnas jónicas, captó mi atención. Era la biblioteca nacional. Sólo entonces recordé que Orlando Zanetti me dijo que trabajaba allí en un libro misterioso.
Al día siguiente, aprovechando que mi mujer iba a estar tres días fuera de casa con su amante, me encaminé a la biblioteca a buscar a mi amigo. Pensé que dando su nombre lo encontraría enseguida. Tenía la esperanza de que, al no figurar en ninguna siniestra lista, debía haber escapado al horror sin daños y ya debía estar reincorporado a su puesto de trabajo.
Pronto descubrí que los edificios grandes no tienen alma y sus cientos de empleados no son más que sombras anónimas sin caras ni nombres. Deambulé sin rumbo por todas las salas del inmenso edificio como Stanley buscando al doctor Livinstone y no hallé más certezas que las obras de Neruda, que me hicieron compañía durante un tiempo que no conté en minutos, sino en versos. Pasé la mañana yendo de mesa en mesa sin que nadie supiera darme señas de él. Lo más que conseguí averiguar, fue que la digitalización de libros no se hacía en ese edificio, sino en otro más pequeño a tres manzanas de allí; en la calle del muérdago.
Un fornido bedel de ojos marchitos me escribió la dirección en el reverso de una nota de despedida que firmaba una mujer de nombre Micaela. Le advertí de ello y me contestó que esa mujer había dejado de quererlo y que, exhausto de amarla, nada suyo quería conservar. Sólo entonces tuve la certidumbre de estar viviendo una negra época en dónde la gente maneja el amor con la ligereza de la brisa marina.
Por suerte, yo dejé de querer a mi mujer cuando comprendí que ella no lo merecía y desde entonces convivo en paz conmigo y con ella.
El tiempo había volado esa mañana y debía de ser tarde pues mi estómago me empezó a reclamar con insistencia más atención. Pensé que sería buena idea comer un bocadillo y visitar ese edificio en dónde se digitalizaban libros viejos. Parecía la última opción de encontrar las huellas de Orlando Zanetti. Estaba a punto de marcharme rumbo a la calle del muérdago, cuando una mujer morena de ojos encendidos me llamó. Era una limpiadora. Llevaba una bata azul con el bordado de sus iniciales, pero debajo de la amplia bata de trabajo se adivinaban unos pechos rotundos y unas caderas más peligrosas que las fauces de un caimán.
– Yo conozco a ese hombre – me dijo.
El ambiente de la biblioteca se tornó denso en su presencia y sus palabras rasgaron esa bruma como el resplandor acerado de una daga envenenada anunciándome que muchos hombres se habían estrellado de muerte contra esas curvas imposibles. Por un momento quedé embrujado por el dulce siseo de su voz animal sin tan siquiera comprender lo que decía.
– ¿Cómo dice? – dije aún aturdido por el aroma a perdición que flotaba a su alrededor.
– Le digo que yo conozco a Orlando…o le conocí – dejaba escapar sus palabras en pequeñas dosis, con la lentitud necesaria para captar mi atención, como los chamanes hacen con sus fábulas de luna y hoguera.
– Dentro de media hora termino mi turno. Si me espera en el café Candelas, ahí enfrente, le contaré lo que sé de él, paga usted.

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