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Tan absorta estaba en sus contemplaciones, que no notó mi presencia, sentada en una roca junto al viejo camino de la ciudad, parecía como un objeto más de la naturaleza; quieta, sin más movimiento que el pestañeo de los ojos fijos en la distancia, ella… ahí estaba.
Yo, que tenia largo rato observándola, después de acercarme más a ella le pregunte.
-¿Qué admiras?
– admiro la sencilla belleza de la naturaleza. – contestó.
Ella era una perfecta desconocida, nunca la había visto. Luego de responder volvió a quedarse absorta. Delgada, alta, los cabellos con un tinte rubio, de faz carente de una belleza física, era aquella figura femenina sentada en la roca junto al viejo camino de la ciudad.
-¿Como puedes admirar la belleza de todo lo que te rodea, si en ti no existe tal cualidad? – Repliqué con sorna.
Entonces su rostro perdió la seriedad que hasta hace unos momentos la habían caracterizado y con una mirada que sobresalto mi espíritu y con una voz calmada, habló.
¡Vamos! La belleza física nada importa, qué puede importarnos, lo más perfecto que puede existir desde la creación es todo lo bello que llevamos en el interior, nada hubimos de pedir, nadie nos quita nada, nadie nos ha puesto de más.
Ve a una rosa, es hermosa, pero ella no lo sabe. ¿Me comprendes? ¿Me crees? Tú, hombre que te burlas, incrédulo de la belleza. ¿Vas a decirme eres bello?
Tienes razón en lo que has dicho y perdóname. – le dije.
– El perdón está en tus propias palabras, lo demás sale sobrando, de antemano te he perdonado.
Yo, que iba de paso, que venía de otros lugares donde nadie piensa en algo parecido, me extrañaba que una mujer hablase de esa manera y estuviera alejada del gran bullicio de la ciudad, Esas ciudades cubiertas de asfalto, contaminadas de ruido, smog, no podía hacerme a la idea de encontrar a alguien así, no cabía la menor duda.
Entonces, miré la ciudad que a mis vista se presentaba y con el paso aprisa después de conversar con la rubia desconocida me alejé, y atrás quedaba ella, absorta en sus contemplaciones, confundida con la naturaleza., pensé, y se perdió de mi horizonte al proseguir mi camino.
Mexicali, B.C. mayo de 1973
AGUSTIN