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Hoy la luna estaba tímida. Quizá no se sentía bella para su encuentro con el sol que ya empezaba a despertar. Vergonzosa, se escondía tras las brumas del alba, iluminando apenas aquel mar que le dedicaba el canto de sus olas.

Pero era bella la luna y aquel rayo de luz que enviaba sobre la línea de costa. A mí me lo parecía en aquella fría madrugada que, sin llegar a entender por qué, me había empujado hasta la playa desierta… Desierta pero tan hermosa… Tal vez como todas las playas pero esta era “la mía”, la más hermosa del mundo… No pude dormir por la noche. No estaba cansado. Las caricias de las olas y la brisa penetraban en mí y se convertían en un irresistible deseo de hablar con ella, la luna. No la quería ver tímida. Ni triste. ¿Cómo decirle que su belleza era aun más valiosa porque se atrevía a romper la oscuridad, a hacernos participes del misterio del universo, a darnos esperanza de brillar, aunque no fuera con luz propia, aunque fuera el reflejo de algo mayor. ¡Qué privilegio poder iluminar las noches de los enamorados, o mejor aun, la de los perdidos en las tinieblas y servirles de guía y no tuvieran que vagar solos en los mares tenebrosos del miedo! Aquella mañana observando el vuelo de las gaviotas juguetonas encontraría una nueva oportunidad para reunir el valor de confesarle que él también quería volar hace tiempo, que sus alas aprisionadas por la rutina y el miedo necesitaban extenderse en toda su amplitud. Al fin y al cabo, servían para eso, para volar y sentirlas inmóviles pegadas a su cuerpo, las convertía en una coraza. Vio como se acercaba por la playa a su encuentro y sus labios se abrieron para disfrutar. Caminar hacia ella, encontrar su reflejo. Brillante sombra que navega como barca sin remos sobre las profundas aguas iluminadas por ella. Mirar al cielo. Pedir un deseo. Luna, puedo encontrar la felicidad que espero. Contigo… Y cuando llegué de madrugada al hotel solo me dio tiempo de sacudirme la arena de todo mi cuerpo, ponerme el uniforme, y empezar a servir los desayunos.

Él untaba la mantequilla en el bollo… No nos miramos. O nos mirábamos sin vernos, con esa mirada que la rutina vuelve turbia, con la desgana que provoca tomarte un café frío delante de unos ojos vacíos, cuencas de un negro abismal que solo reflejan soledad. Aún quedaba algo de lo que una vez nos prometimos a la luz de luna, no era amor, ni tan siquiera ternura, a estas alturas nos conformábamos con compartir la tostada de mantequilla con alguien que portara la mermelada perfecta.Y es lo que hicimos, desayunamos en silencio, de vez en cuando una mirada y ese tintineo de la cucharilla al mover el café, pero de pronto su pie subía por mi pierna acariciándola, fue un simple roce porque enseguida retiré la mía, él no se molestó, con la tostada en la mano alzó sus ojos chocando con los míos. Pero eran unos ojos vacíos, carentes de emoción, que transmitían un mensaje claro: se acabó. Sin embargo, era yo quien se negaba a aceptarlo. Cedí. El Jefe de Sala me miraba con cara de muy mal amigo. Supe que aquello también había acabado. Perdería mi empleo, ¿y qué?
Acabamos el desayuno, nos cogimos de la mano y, a paso lento, subimos a su habitación. Pasamos el día acariciándonos, besándonos, amándonos. Las horas se sucedían, el sudor y los jugos de nuestros cuerpos se mezclaban y, aún así, no cedimos al cansancio. Sacábamos, sobre todo yo, fuerzas de la desesperación de un amor que moría a cada gemido, a cada orgasmo.
Llegó la noche y nos separó. No la noche en sí, sino la propia oscuridad que nos invadía. Él se quedó en el hotel. Yo volví a la playa y esperé a la luna. Fueron horas conmigo mismo en las que reviví mi futuro mientras lágrimas amargas rodaban por mis mejillas hasta caer a una arena harta de sal. Vino tarde. Mucho. Se asomó por detrás de la mole de piedra caliza como si tuviese miedo al encuentro. La miré. Su luz blanca enfrió mi alma dejándome un mayor desasosiego. Grité entre convulsiones y sollozos: ¿¡Qué quieres de mí, luna!?
Y cuando la tenue luz del sol comenzaba a romper las tinieblas por el horizonte, con un nuevo rayo iluminó el mar más allá del lugar donde rompían las olas. Era su respuesta. La mano que me tendía. Me acerqué hasta fundirme en un abrazo con ella y al fin, con una sonrisa, encontré el valor para cumplir mi destino.
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Un relato creado en colaboración para conmemorar el Día del Libro en el año 2016.
Escribieron: Vania Radoeva, Mati Sanchiz, Mercedes Estevez, Marti Torres, Marisa Trejo, Nady Marley, Paqui Ortiz y Salva Ramirez.