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Acumula en una caja de zapatos cartas antiguas, casi todas del pueblo, con novedades de un lugar que durante mucho tiempo no produjo novedades. Al final de la caja cuatro cartas separadas del resto por una goma elástica, enjauladas por una goma podrida, me descubrieron un nombre nuevo, un eco que nunca había rebotado antes en aquellas santas paredes: Carlos. Miré a mí alrededor, pero después de pronunciarlo en alto, no aprecié en San Pancracio ni en Santa Rita gesto alguno de familiaridad. Pero Carlos no era quien yo pensaba en un primer momento. No era un hijo perdido en una guerra lejana de quien yo nunca hubiese escuchado hablar. Carlos no era tampoco el amante secreto de la abuela, no se la llevó jamás a un descampado y le arrancó con furia las bragas mientras la llenaba; no le prometió nada, ni alquiló un piso donde pasar las tardes a escondidas de los ojos fisgones de los demás, alejados del veneno de las lenguas. Carlos nunca le mandó flores sin tarjeta, ni hizo sonar el teléfono en mitad de la noche para, en silencio, al otro lado de la línea, escuchar, mientras frotaba la mano contra su entrepierna, la respiración entrecortada de una muy joven y sucia abuela. Carlos nunca la conoció. Carlos le escribía a su otro amante: a mi abuelo. A él sí le hablaba de los paseos a solas por las partes más oscuras del alma y el parque, de las manos despistadas en la bragueta, de las bocas que besan lo besable y lo no besable. Al abuelo sí se lo llevó al billar, a simular con el taco y probar otras bolas; a él sí le pagó cafés, y bebieron de la misma taza. Organizaron falsos viajes de negocios, a picar otras piedras. “En Lisboa te susurraré fados al oído. Llegaremos hasta allí en coche, con tan sólo nuestras camisas puestas, y te podré recitar durante un larguísimo día de viaje…”.