Venganza en carnavales.

Venganza en carnavales.

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Eran las ocho de la tarde, cuando el reloj de la Torre en la iglesia, advirtió de ello. La pareja formada por Teodoro y Manuela, ya se habían puesto sus disfraces. Ambos los habían elegido de abrigo, dado que en febrero y en la Alpujarra granadina, las noches caían frías.
El pueblo estaba adornado para la ocasión, con farolillos, y por las calles los matasuegras, se estiraban y encogían repetidamente.
Teodoro enfundado en un traje de abundante pelo, y una careta con grandes colmillos, simulaba al hombre lobo . Manuela era más romántica, y decidió vestirse de reina del siglo XV…con una gran capa.
Se fundieron entre la gente, y se dispersaron . Sonaba música y bailaban con distintas personas, sin saber quiénes eran . El alcohol era aliciente, que embriagaba la fiesta .
Todo aquello tenía un halo de misterio, de intriga, que excitaba a Manuela.
Habían pasado un par de horas, cuando Manuela volvió a ver a través de su pequeña máscara, a su esposo.
Corrió hacia el, y lo arrastró entre un grupo de gente que bailaba en la plaza del pueblo.
Él se dejó llevar sin imponer resistencia. Pero cogiendo la cintura de Manuela, salió de aquel tumulto, y la llevo a una calle paralela, donde la iluminación era escasa. Ella no opuso resistencia….le resultaba morboso, aquel juego.
Ella cerró los ojos y ofreció su boca para ser besada. Él se quitó la careta y acerco sus labios a los suyos. Fue en ese instante cuando, Manuela sintió el frío acero que penetraba en su abdomen.
No pudo gritar, abrió sus ojos para mirar a su asesino, mientras la sangre manaba de su vientre a borbotones.
Nadie vio, ni oyó nada.
La fiesta seguía su curso.
El asesino se quitó el traje y lo metió en una bolsa de plástico, del que habia sacado otro disfraz de superhéroe. Lo tiro a una parcela abandonada, cercada con piedras , y donde nadie entraba por la maleza crecida desde hacía años.
Volvió a la fiesta, y nadie se percató de su llegada .
Al día siguiente, Teodoro fue encontrado degollado y desnudo,junto a unas casas alejadas del pueblo.
Nadie podía dar crédito a lo ocurrido!
Quién pudo matar a la pareja, y porque?
Solo Marta sabía que la venganza se había cumplido, como le fue anunciada.
Nada podía decir ni hacer, porque su propia integridad corría peligro.
Era la esposa del cruel asesino, con el que tenía un pequeño de dos años.
” Mataré en carnavales a ese desgraciado, y a esa furcia de tu hermana”
de mi no se ríe nadie.
Y si dices o intentas algo, tú les acompañaras!
Teodoro había sido novio de Marta, antes de conocer a Manuela, la hermana de esta.
Aún les creía amantes, a pesar de que Manuela confiaba fervientemente en su esposo. Trato de convencer muchas veces a su cuñado, pero los celos patológicos de este, nunca cesaron .

Carmen Escribano.

El disfraz de Lucho

El disfraz de Lucho

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Me llamo Luis pero me dicen Lucho. Ahora mismo me encuentro en uno de mis lugares favoritos: El campanario de la iglesia que está ubicada en uno de los extremos de la plaza principal de la ciudad, cuyo nombre lo desconozco.

Desde el campanario puedo ver todo lo que pasa en los edificios, casas, tiendas y negocios aledaños a la plaza. Por eso es que es uno de mis lugares favoritos. Es un lugar muy fresco, protegido de los rayos del sol y solitario.

Desde mi atalaya, veo a aquella mujer devota, disfrazada como una bailarina de can-can. ¿Quizás para sentir el pecado en su piel?

Veo a esa otra chica que ejerce la profesión más vieja del mundo de manera muy discreta. La veo a través de la ventana de su apartamento enfrente de la iglesia. Se está disfrazando como una mujer recatada ¿Quizás para dejar de sentir el pecado dentro de sí?

He visto al ladrón disfrazado de policía y al policía disfrazado de ladrón… aunque en este caso no veo mucho la diferencia: He visto al policía hablando con el ladrón de una manera demasiado cordial, lo cual me ha hecho sospechar que tienen algún negocio común entre ambos.

Aquella familia de blancos, unos amarillentos y otros más rosados; se han pintado su piel de negro. Se ven de lo más graciosos entre la multitud. Y hay negros que se han pintado la piel de blanco. Y árabes disfrazados de chinos y chinos disfrazados de árabes.

Mi madre contaba que el carnaval es como ver el mundo al revés, trastocado… y tiene razón aunque ese revés no sea del todo cierto.

He hecho el ejercicio de imaginarme que disfraz pudiera usar yo. ¿De ratón? ¿De perro? De perro pudiera ser, tengo una referencia cercana en Simba, el perro de la casa en donde vivo. Pero debajo de ese disfraz, seguiría siendo yo mismo.

En lo que va del día he visto a la gente en la calle, con disfraces nuevos. Los disfraces cotidianos hoy se han quedado en los closets. Las serpentinas, el confeti y la música inundan las calles de la ciudad.

Gente disfrazada bebiendo líquidos de diferentes colores, algunos deben ser muy fuertes, porque veo como arrugan sus rostros cuando los beben. Otros fuman y se largan a reír. Otros se empolvan la nariz. Otros se inyectan algo en las venas.

Es hora de estirarme y lamer mi cuerpo para asearlo. La gente es extraña, pero en su mayoría son buenos gatos. El carnaval avanza con sus disfraces y alegría. El carnaval, mucho de apariencia y poco de verdad… como cualquier día de la vida.

El disfraz

El disfraz

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Es el último día de Carnaval. El salón está repleto. Hace una hora que la busco y no logro hallarla.

La conocí en el baile de la semana previa a los Carnavales, el domingo más precisamente. No me gustan los bailes en general y mucho menos en estas fechas, pero Ariel, mi amigo, me había pedido que lo acompañara pues la chica que a él le gustaba iría con una amiga. Ellos desaparecieron de la vista en menos de una hora y la amiga no me dió ni bola y se fue a bailar con el primero que la invitó. Y yo, como decimos en el barrio, me quedé de garpe.

Entonces la ví. Estaba sola en una mesa entretenida con el celular. “Es de las mías” pensé. Su disfraz era de bailaora flamenca. Su cabellera renegrida y brillante hacía juego con el atuendo. Cuando me acerqué, detrás del antifaz, sus ojos negros relampaguearon junto con su sonrisa. Mi vestimenta era el ambo verde que uso todos los días en quirófano. Total si siempre opiné que es un disfraz más que un uniforme, para este caso vendría bien. Sólo debía ponerme un antifaz porque era obligatorio para ingresar y éste me lo prestó Ariel que tiene una colección.

—¿Tampoco te divierte esto? —le pregunté.

—Te estaba esperando —me dijo.

—¿Cómo es eso?

—Bueno, es una forma de decir. Tenía que haber alguien que pensara como yo.

—¡Ah! Pensé que me conocías —dije con alivio.

—Nunca descartes nada.

Seguimos conversando toda la noche. Nos despedimos con un largo beso prometiéndonos encontrarnos el sábado siguiente. No aceptó, a pesar de mis ruegos, que la acompañara a su casa.

Cuando llegué el sábado ella ya estaba allí. Me pareció más bella todavía que el domingo anterior.

—Llegaste temprano Rodolfo —me dijo.

Me di cuenta entonces que no habíamos compartido nuestros nombres.

—¿Cómo sabes mi nombre? —le dije.

—Me lo debés haber dicho —respondió sonriendo.

—No me acuerdo. ¿Cuál es el tuyo?

—Mora

—Te sienta —le dije besándola.

Pasamos tres noches increíbles aún cuando no logré convencerla de hacer el amor pero igual nos abrazamos y besamos mucho. Hablamos de mi vida, de mi trabajo, de mis sueños. De ella sólo pude saber que trabaja en algo así como asesora de viajes.

—¡Aqui estás! —suena su voz a mis espaldas.

Giro pero no encuentro a la bailaora. En su lugar hay una figura con una túnica negra, con capucha, desde la cual me miran unos ojos rojizos.

—¿Por qué cambiaste tu disfraz? —pregunto.

—Hoy vine sin disfraz —me dice. Mi nombre real es Morta, una de las Parcas. Mi tarea es llevarte. ¿Vamos?

Un disfraz de hada para Eloísa

Un disfraz de hada para Eloísa

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Eloísa se miró al espejo y sonrió complacida. El vestido de hada que le había hecho su madre para el baile de carnaval, era maravilloso. Las capas de tul se superponían sobre una falda tornasolada, creando un efecto de luz que hacía que el vestido pareciese brillar.

Sobre la cama, un par de alas traslúcidas completaban el disfraz.

«Un poco más de purpurina en los ojos y labios y ya estaré lista», pensó con satisfacción.

La fiesta de carnaval, que culminaba con el baile tan esperado por Eloísa, se desarrollaba en el salón de actos de la escuela Nº22, a pocas cuadras de donde ella vivía.

Eloísa cerró la puerta de su casa y fue a pie hasta llegar al colegio. Este estaba adornado con mil banderines multicolores de papel crepe e iluminado con luces navideñas que parecían titilar al son la música.

Su timidez, propia de muchas jóvenes de trece años, hizo que se quedara en un rincón de la estancia. Miraba embelesada  cómo algunas parejas bailaban, riéndose. No se animaba a acercarse a la pista de baile ya que acababa de ver a Juan, su eterno amor imposible, bailando con Laura.

Eloísa se escondió detrás de una columna y se quedó allí viendo como todos se divertían. En ningún momento se dejó ver. Sentía que su traje no era tan hermoso como había creído y que su maquillaje inexperto había quedado mal.

Veía a Laura bailar, dando vueltas por el salón, poniéndose y quitándose el antifaz con un aire pícaro.

«El año próximo quizás me anime. Seré mayor y Juan podría fijarse en mí», pensó, sintiéndose reconfortada ante esa idea.

Antes que el baile finalizase, Eloísa se marchó a  su casa. Aún sin haber bailado, se sentía feliz.

 

Lucía fue hasta la habitación de su hija, vio el disfraz de hada sobre la cama y lo dobló; plegó cuidadosamente las alas y guardó todo en el ropero.

Las lágrimas bañaban su cara al recordar el accidente de la semana anterior. Aún podía ver la cara de ese conductor borracho que embistió en la vereda a su niña, matándola instantáneamente.

«Hubiera sido un hada preciosa; la más bonita del baile de carnaval», pensó llorando, mientras cerraba la puerta del cuarto de Eloísa.

La cara oculta de la verdad

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El mismo día que se celebraba la fiesta de disfraces en casa de la condesa por la noche, como ocurría siempre con la llegada del carnaval, Manolo se acercó a la ciudad para comprarse un disfraz.
Después de pasar más de una hora probándose disfraces y mareando a una joven dependienta. Se decidió por un disfraz de época: pantalones negros con un esmoquin que cubría una fina camisa blanca, y un sombrero de copa, del que colgaba una máscara que ocultaba parte de la cara, ideal para no ser reconocido.
Manolo llegó bien entrada la noche. Tras dejar su esmoquin al mayordomo, entró en el amplio salón. No podía esconder una fina sonrisa que apareció en su rostro cuando contempló a toda la clase alta. Muchos de los asistentes también habían elegido un disfraz que, de algún modo, no dejaba ver su rostro.
Su gesto torció serio cuando divisó a la viuda rica en la que se había convertido la condesa. Sin más tardar se dirigió hasta ella, tenía un propósito esa noche y quería cumplirlo.
—Bonita fiesta, —dijo al tiempo que cogía la fina mano de la condesa y la besó—. Lleva un disfraz muy elegante.
La condesa no pudo ocultar su sorpresa y de manera tímida esbozó una sonrisa y ladeó su cabeza. Ante ella, tenía un hombre, que pese a su antifaz, parecía ser atractivo.
—Bienvenido, —dijo al fin—. ¿Me dejarás ver tu rostro por ser la anfitriona?
De algún modo, aquel hombre le resultaba familiar, y no sabía muy bien porqué. De su interior creció la curiosidad de saber quien era aquel hombre.
—No. Aún queda mucha noche. ¿Le apetece una copa? —Dijo aprovechando que pasó una camarera portando una bandeja y varias copas.
La condesa sonrió y asintió aceptando la invitación. Necesitaba estar con aquel hombre para saber de quien se trataba.
El tiempo pasaba mientras hablaban y bebían. Sin darse cuenta, se habían alejado del resto de los invitados. En un momento dado, la condesa pilló desprevenido a Manolo y lo besó. Este sonrió, la cogió de la mano y la guió hasta el gran dormitorio de la atrevida mujer.
—¿Parece que ya has estado antes aquí? —Manolo no respondió, empujó a la condesa, que cayó sobre la cama y sin dudarlo se abalanzó sobre ella.
Después de hacer el amor, la condesa se quedó dormida, momento que Manolo aprovechó para quitarse la máscara, hizo una foto y la envió al móvil de la anfitriona antes de salir y desaparecer.
Manolo el antiguo chófer de la condesa, había conseguido así vengarse. Una semana atrás lo había despedido ridiculizándolo, quedando en el olvido la ayuda prestada para deshacerse de su marido.

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