Un disfraz de hada para Eloísa

Un disfraz de hada para Eloísa

[Total:0    Promedio:0/5]

Eloísa se miró al espejo y sonrió complacida. El vestido de hada que le había hecho su madre para el baile de carnaval, era maravilloso. Las capas de tul se superponían sobre una falda tornasolada, creando un efecto de luz que hacía que el vestido pareciese brillar.

Sobre la cama, un par de alas traslúcidas completaban el disfraz.

«Un poco más de purpurina en los ojos y labios y ya estaré lista», pensó con satisfacción.

La fiesta de carnaval, que culminaba con el baile tan esperado por Eloísa, se desarrollaba en el salón de actos de la escuela Nº22, a pocas cuadras de donde ella vivía.

Eloísa cerró la puerta de su casa y fue a pie hasta llegar al colegio. Este estaba adornado con mil banderines multicolores de papel crepe e iluminado con luces navideñas que parecían titilar al son la música.

Su timidez, propia de muchas jóvenes de trece años, hizo que se quedara en un rincón de la estancia. Miraba embelesada  cómo algunas parejas bailaban, riéndose. No se animaba a acercarse a la pista de baile ya que acababa de ver a Juan, su eterno amor imposible, bailando con Laura.

Eloísa se escondió detrás de una columna y se quedó allí viendo como todos se divertían. En ningún momento se dejó ver. Sentía que su traje no era tan hermoso como había creído y que su maquillaje inexperto había quedado mal.

Veía a Laura bailar, dando vueltas por el salón, poniéndose y quitándose el antifaz con un aire pícaro.

«El año próximo quizás me anime. Seré mayor y Juan podría fijarse en mí», pensó, sintiéndose reconfortada ante esa idea.

Antes que el baile finalizase, Eloísa se marchó a  su casa. Aún sin haber bailado, se sentía feliz.

 

Lucía fue hasta la habitación de su hija, vio el disfraz de hada sobre la cama y lo dobló; plegó cuidadosamente las alas y guardó todo en el ropero.

Las lágrimas bañaban su cara al recordar el accidente de la semana anterior. Aún podía ver la cara de ese conductor borracho que embistió en la vereda a su niña, matándola instantáneamente.

«Hubiera sido un hada preciosa; la más bonita del baile de carnaval», pensó llorando, mientras cerraba la puerta del cuarto de Eloísa.

Blanco Tiza

Blanco Tiza

[Total:0    Promedio:0/5]

Eran tiempos en que las mujeres parían en su casa, ayudadas por alguna vecina o comadrona, retazos de sábanas blancas y agua caliente bastaban para atender a la parturienta. El médico solo entraba en casa de gente pudiente o acomodada, como se decía entonces.
Nueve hijos trajeron al mundo. Sobrevivieron siete. Los otros dos nunca se supo bien porqué murieron poco tiempo después de nacer. Era así, casi un fatalismo inherente a la vida. Dios lo quiso así, era el destino, fueron débiles, y los débiles desaparecen. Era una regla biológica instalada desde que el mundo es mundo. Se aceptaba y punto.
Siete bocas que alimentar, era trabajo arduo, no había tiempo para tener la cabeza en otra cosa que no fuese lo cotidiano, lo emergente.
La casa albergaba siete presencias laboriosas. No importaba la edad, había una jerarquía que se respetaba como el padre nuestro. Los varones trabajo en la chacra con el padre.
Las mujeres, la cocina, el lavado, el planchado, la costura para la familia y para una de las tiendas mas importantes de la ciudad. Se cosían desde cortinados hasta guardapolvos, prendas de vestir, manteles. Horas y horas gastando los ojos delante de la Singer a pedal.
Si el año venía bueno se carneaban tres o cuatro chanchos para el consumo familiar.
De algún modo era una fiesta, representaba el sustento asegurado.
Picar la carne, condimentarla y dejarla al sereno para que los sabores y perfumes penetrasen en lo mas íntimo de esa masa cruda que al otro día, vuelta y vuelta de manija fuese llenando los chorizos, que uno a uno, eran prolijamente atados por los mas chicos y sumergidos en grasa para conservarlos en un lugar fresco y ventilado.
Salar los jamones y las bondiolas, que dormirían hasta tomar la consistencia justa. Preparar las morcillas, dulces y saladas, y el dulce de sangre, que se cocinaba al horno y se cortaba en cuadrados repletos de pasas y nueces para deleite de los mas golosos.
No se desperdiciaba nada, los cueritos y las patitas se salaban y conservaban así, para perderse en un suculento guiso hecho sobre la cocina a leña, lentamente, para que el calor entrase pidiendo permiso en la olla de hierro.
Aquí en esta Argentina generosa, tenían su techo y su pequeña chacra.
Italia los escupió al mundo acosado por el hambre y la miseria. Allá quedaron paisajes y voces amigas, pero nadie volvió a pedir por ellos, nadie los invitó a volver, nadie los recordó. La nostalgia inventó historias de algo que nunca fue. Los pobres nunca fueron bienvenidos en ninguna parte.
Uno a uno llegada la edad asistieron a la escuela pública. Para un padre que nunca pudo hermanarse con letras y números, entendió que sus hijos debían salir de la oscuridad de la ignorancia. Para los que mostraron mejor predisposición para el estudio, por supuesto varones, se les otorgó la posibilidad de un colegio religioso con un título de auxiliar contable. Los otros, y las mujeres, hasta tercer grado. Después trabajo duro.
En tres años se aprendía a leer, escribir con corrección y las operaciones básicas. Con eso bastaba. Después a trabajar, no alcanzaban las manos de mamá deslizándose por el enorme tablero de amasar dibujando gnocchi, tagliatelle, fusili, o las deliciosas fogiatelle bañadas en almíbar para mantener en pie a la familia. Todo debía funcionar como una colmena. Quejas ninguna.
Las mujeres soñaban con la escuela, era casi un cambio de paradigma. Ajustar sus deditos de nudillos enrojecidos y ásperos por el trabajo rudo, al lápiz, que debían dibujar suavemente y con destreza esa cosa maravillosa que se llama alfabeto, deletrearlo y repetirlo hasta el cansancio para que mágicamente se combinara formando palabras, frases, y textos. Ellas en la escuela cambiaban el eje de su cuerpo: del músculo a las ideas, al conocimiento. Allí se hacían amigos y compañeros, muchos de la misma condición, otros mejor posicionados. Pero la escuela pública emparejaba. Ponía un rasero, el país necesitaba salir de la ignorancia.
Ema adoraba la escuela. Ya grande repetía que cuando debió dejarla en tercer grado fue uno de los golpes mas duros de su vida, a ella le hubiese gustado seguir estudiando, llegar a ser maestra. También adoraba los zapatos blancos que Blanquita Urquiza usaba los días de fiestas patrias.
En su casa, su papá una o dos veces al año pasaba por la zapatería de algún paisano amigo y compraba una bolsa de zapatos, de esos que quedaban para la oferta de la temporada. Tengo chicos de tres hasta 17 años, decía, cuatro varones y tres mujeres, agregaba. Entonces el paisano amigo metía en una bolsa lo que le parecía, acordonados, prendidos al costado, la mayoría con suela de goma.
Los niños empezaban a revolver la bolsa y buscar el tamaño mas parecido a sus pies.
Si eran grandes, una plantilla de cartón o algodón en la punta les daba el tamaño justo. Si eran un poco chicos papel mojado para estirarlos.
Nunca pudo Ema encontrar un par de zapatos blancos. Elegía siempre los de presilla al costado, eran más femeninos argumentaba ella.
Ese día ayudaba a su hermana a marcar los moldes de costura sobre la tela. Usaba una tiza de mordería, esas cuadradas y chatitas, de consistencia mas firme, que permitían un trazo fino y duradero.
La idea fue creciendo y creciendo hasta que sacó una nueva del costurero. Sentada bajo el parral, empezó a pintar sus zapatos marrones con tiza blanca, prolijamente, con trazo firme y parejo. Después con su dedito mojado en agua le dio el toque final que emparejó el improvisado teñido. Los dejó secar a la sombra para que no se resquebrajasen.
Con sus zapatos blanco tiza partió el día siguiente a la escuela.
Hizo gala de su nuevo calzado que a golpe de ojo parecían de un blanco original. Me los compró mi papá decía, así como quien no quiere la cosa.
En el recreo tan esperado, vino el salto a la soga.

Soy la reina de los mares
Y si ustedes quieren ver
Tiro el pañuelito al agua
Y lo vuelvo a recoger
A la una, a las dos, y a las tres,
A la coronita de San Andrés.

Cuando se agachó a buscar el pañuelo y mostrar la destreza de salir del salto a la soga, vio con horror que de sus zapatos salía flotando una nube de tiza blanca que dejaba al descubierto el horrible marrón africano.
Todas comenzaron a reír, fue una burla explícita, directa, una flecha en su corazón. Salió corriendo y se acurrucó en uno de los ángulos de la galería que daba a su salón de clases.
Así la encontró la señorita Sara, llorando silenciosamente, mirando hacia abajo, directo a sus zapatos descascarados. Le dio un beso.- Ema, tus zapatos marrones son hermosos- le dijo. Ve al baño y límpialos con este trapito húmedo.
Cuando Ema ya grande, contaba esta historia, con ribetes cómicos, siempre terminaba llorando de la risa, de solo pensar que ella, que ahora podía comprarse zapatos del color que quisiera, pudiese haber sido la protagonista de los zapatos blanca tiza.
Yo en cambio, pienso que las lágrimas eran las mismas de entonces, humillada en aquél rincón de la galería. Lágrimas de infinita tristeza.

La lectura mágica

La lectura mágica

[Total:0    Promedio:0/5]

Todos en la escuela se burlaban de Andrés, pero, a pesar de ello, él se sentía un chico plenamente feliz. Era diferente y eso le gustaba, aunque supusiera tener que soportar las burlas de sus compañeros. Él, a diferencia de los demás, utilizaba el tiempo libre de los recreos para ir a la biblioteca de la escuela y sumergirse en un buen libro, mientras el resto de sus compañeros corrían como locos por el patio o daban patadas a un balón.

Su mochila siempre iba repleta de libros. Junto a los libros escolares se mezclaban otros tantos cargados de historias de todo tipo. Andrés devoraba cualquier lectura que cayese en sus manos, ya fuesen libros de historia, filosofía o cómics de superhéroes. Con estos últimos era con los que el muchacho se sentía ligeramente integrado en el conjunto de sus compañeros, pues en cuanto le veían con un cómic entre las manos, todos acudían a su alrededor e incluso le pedían que se lo prestase. El chico nunca se negaba, pero tenía tan claro que aquella falsa amistad era tan efímera como el sentimiento de tristeza que, en ocasiones, le provocaban sus burlas.

Andrés había logrado, enfrascado en la lectura, una capacidad de evasión tal que, en más de una ocasión, había llegado incluso a saltarse alguna clase o se había pasado la parada del autobús que le llevaba del instituto a casa. Había desarrollado una capacidad extrema para sumergirse en la historia que tuviese delante en aquellos momentos, de manera que olvidaba, durante esos instantes, todo lo que tuviera que ver con el mundo real.

En cierta ocasión, había perdido tanto tiempo leyendo desde la mañana temprano que, por mucho que corriese, no llegaría a tiempo al instituto. Así que, aquel día, tomó un zumo en dos grandes sorbos, agarró su mochila y salió corriendo de casa, olvidando entre aquel trajín matutino la lectura que le había hecho retrasarse sobre la mesilla de noche de su habitación. Cuando llegó la hora del recreo, comprobó apenado que no podría continuar con aquella historia que le estaba atrapando de aquel modo tan intenso, así que decidió ir a la biblioteca a buscar una nueva lectura.

Jamás hacía eso, nunca comenzaba una lectura sin haber terminado la anterior, pero aquel día se trataba de un caso de extrema urgencia. Para él, podría decirse que era prácticamente de vida o muerte. La sola idea de tener que pasar el recreo aislado, mientras observaba a sus compañeros perder un tiempo tan preciado en juegos absurdos, le provocaba un incipiente pánico en su interior que brotaba en su cara y en sus brazos en forma de un sarpullido alarmante.

Se acercó hasta la biblioteca, como cada día. Lo cierto es que jamás había leído un libro de los cientos que se encontraban apilados en aquellos estantes, meticulosamente ordenados por temáticas y orden alfabético. Siempre llevaba sus propias lecturas, escogidas con sumo cuidado y que trataba como si fueran el más delicado de los tesoros. El chico caminó entre el silencio que emanaba de aquellas estanterías coloridas, no había nadie más en el lugar. Dedicó varios minutos a pasear entre ellas, a aspirar el aroma que desprendían los libros, una suerte de perfume en el que se mezclaba ese particular olor del libro nuevo con el antiguo. Durante unos instantes, aquel lugar, tantas veces visitado, le pareció mágico.

En uno de aquellos pasillos fue donde algo le llamó la atención. En uno de los estantes superiores, sobresalía varios centímetros un volumen antiguo de lomo desgastado que, en sus tiempos, parecía haber lucido un hermoso tono dorado. Era un libro grueso con la palabra «imaginación» impresa en el lomo con filigranas. Colocó sus pies en el estante inferior y, haciendo un gran estiramiento, logró dar un pequeño empujón a aquel misterioso volumen desde su parte inferior. Lo que consiguió fue que el libro cayese con aplomo sobre el suelo, a la vez que se libraba de un buen coscorrón con un ágil movimiento de cabeza. El libro dio un golpe seco contra el suelo entarimado de la biblioteca, mientras levantaba una espesa nube de polvo.

Andrés tomó el libro entre sus manos, a la par que con un soplido terminaba de retirar el polvo acumulado sobre él. Era bastante pesado y parecía muy antiguo. El filo de las páginas estaba lacado en dorado, lo que le daba el aspecto de una vieja Biblia o algún libro sagrado. Pero el título no se correspondía con nada de esto. «Imaginación», rezaba impreso en dorado con una preciosa e intrincada caligrafía. Ubicó con la mirada el lugar más alejado de la biblioteca, un rincón apenas escondido tras la última estantería donde podría pasar desapercibido con bastante facilidad en el improbable caso de que alguien entrara a aquellas horas. Se sentó a la mesa, desplazando la silla con infinito cuidado para no hacer ruido, y acarició la dura tapa de aquel grueso y sorprendente ejemplar.

Abrió el libro y deslizó las páginas con cuidado. Parecían tan finas y delicadas que temía que se le rompieran con el simple vaivén de las hojas. Hubiese apostado a que aquellas finísimas páginas estaban elaboradas con papel de arroz. La letra era pequeña, enrevesada, como de otro tiempo, y estaba acompañada por unas increíbles imágenes en color, que parecían haber sido trazadas directamente sobre el papel. Aquello que tenía entre sus manos debía de tratarse de una verdadera joya, raro ejemplar en una biblioteca de secundaria que ni siquiera estaría catalogado, por la ausencia de las pegatinas de rigor en el lomo.

Andrés comenzó la lectura sumido en un estado de tranquilidad perfecto. A los pocos minutos ya había sido absorbido por aquellas letras que contaban historias maravillosas que jamás hubiesen podido surgir de su propia imaginación, por muy exacerbada que fuera. Perdió la noción del tiempo por completo.

Fuera de aquella biblioteca, las clases siguieron su ritmo tras el recreo. Después de que hubiesen transcurrido dos horas sin la presencia de Andrés en clase, mientras que su mochila y sus libros continuaban allí, el profesor dio la voz de alarma. Tratándose de él, el primer lugar en el que se les ocurrió mirar fue en la biblioteca. La clase al completo seguía al profesor con un barullo inevitable de comentarios y especulaciones. Cuando llegaron al lugar, una potente luz salía por los tragaluces que conectaban la biblioteca con el pasillo del centro. Fue el profesor el primero en abrir la puerta, con deliberada lentitud.
Aquello que allí vieron les dejó sin respiración durante unos instantes. En mitad de la biblioteca, a la vista de todos, se hallaba Andrés, sumido en un profundo sueño sobre un enorme libro que levitaba en el centro de aquel silencioso lugar. Una enorme sonrisa se dibujaba en el rostro del muchacho. Sin duda, estaba disfrutando de la imaginación en su grado máximo. El profesor hizo un gesto de silencio al resto de la clase, a la vez que iba cerrando con cuidado la puerta para no molestar a la magia que había encontrado y envuelto al joven lector.

Mi vida

Mi vida

[Total:0    Promedio:0/5]

Soy una niña, bueno eso es lo que dicen mis padres. Tengo 13 años y una necesidad de aventura y libertad.
Cuando estaba en primer grado me molestaban y no les caía bien a muchos. “A pocos les agradaba”. Una sola era mi amiga, Dulce.
Al llegar a segundo grado quería cambiarme de colegio porque no me gustaba como me trataban. Yo iba a danza, que era lo que mi mama quería, pero no me gustaba.
Así que comencé tercero en una escuela parroquial en donde me dejaban vestirme como quisiera, pero como antes yo usaba uniforme seguía sin vestirme «normal»; usaba zapatos con taquito y medias de las largas, con dibujitos. Mi mamá no me permitía usar jeans; solo calzas.
Luego, comencé a practicar Taekwondo y fue muy bueno para mí.
En sexto grado ya me sentía mejor conmigo misma. No me había vuelto una copia de los otros; era yo, pero a mi gusto; tenía una mejor amiga y un chico que me gustaba.
Subí bastante las notas mientras hacía el curso para entrar al Nacional Buenos Aires, el cual dejé porque no me alcanzaba el tiempo para las prácticas de Taekwondo. Así que ingresé a un colegio secundario que me gusta y es muy bueno. Y que tiene uniforme, pero es llevadero.
Finalizando séptimo tuvimos el viaje de egresados, el cual compartí con mi mejor amiga y compañeros. Disfruté mucho de las caminatas.
Ahora, paso mis vacaciones en la colonia con mis amigas y pronto me iré de campamento, otra vez.
El año entrante comienza otra etapa de mi vida.

A %d blogueros les gusta esto: