La sombra

La sombra

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Estacionas el automóvil en el garaje de tu nuevo departamento. El vecino de al lado está cortando un árbol. El tipo ensarta el hacha en uno de los troncos y te observa con recelo. Aún te vigila.
—Buenos tardes, señor —saludas, mientras bajas la maleta—. Soy su nuevo vecino… mucho gusto.
Él te ignora e inspecciona tu coche con desconfianza, pero a ti no te interesan los demás ya que estás feliz por el ascenso que te acaban de dar en la oficina. Arrojas las llaves en la mesa. Te lanzas sobre en el sofá.
Tocan el timbre. Echas un ojo por la mirilla. No hay nadie. Me jugaron una broma los vecinos, te dices.
¿Quién habrá sido el antiguo dueño?, te preguntas. Sabes que la compra fue una ganga.
En la cocina se escuchan ruidos. Malditas ratas, piensas. Mañana mismo mando fumigar.

Dos horas más tarde, preparas el traje y los zapatos. Guardas los documentos importantes en el maletín y tomas una pastilla para dormir. Mañana será un día genial, piensas, nadie puede detener a un empresario joven y genial como yo, que tiene ganas de devorar al mundo entero.

Estás ansioso por asumir tu nuevo puesto y poner en su lugar a los impertinentes que un día te pusieron trabas en el camino. En un futuro no muy lejano, tendrás poder y mucho dinero.
El reloj marca las ocho y supones que mañana será una jornada pesada en la oficina.
Escuchas retumbos en el baño. Entras de prisa. La ventanilla está semiabierta. Oyes el ulular del viento. No le das importancia y vas al dormitorio a descansar. Un bisbiseo extraño se escucha, sin embargo no sabes qué es.
Malditos nervios, te dices.
Acostado en la cama, observas un par de lucecillas verdes oscilar a través de la ventana. Eso te recuerda cuando de niño capturabas luciérnagas en el monte. Te asomas y atisbas el patio iluminado por la luna. Repentinamente, surge la silueta alargada de un hombre en la barda del patio, sus ojos son rendijas refulgentes. Tu corazón late con vigor. Cierras la persiana.
—Acabo de llamar a la policía —gritas—. Será mejor que se largue de mi propiedad.
No crees en asuntos paranormales, pero tienes un pavor tremendo por lo desconocido. ¿Qué diablos está pasando?, te preguntas.
Con pánico te asomas por un resquicio de la persiana. La silueta desapareció, sin embargo, escuchas pasos en el techo. Sientes un nudo en la garganta que te impide tragar saliva.
—¡Tengo una pistola! —gritas—. No voy a dudar ni un momento en disparar.
Alguien aporrea la portezuela que da al del patio. Sales del dormitorio, enciendes los focos del pasillo, corres a buscar un cuchillo a la cocina y notas que no hay nada en los cajones.
—No sabes con quien te estas metiendo —dices—, en ocasiones puedo ser cruel.
Las luces se apagan. Oyes una risilla apenas audible, aunque macabra. Avanzas en la oscuridad. Te pegas un golpazo en la rodilla con un mueble.
Más risas. Ahora son carcajadas.
—¿Qué está pasando! —gritas. Tu alarido es desgarrador—. ¿Quién eres?
Te arrastras hasta llegar a la puerta, después te incorporas e intentas abrirla con desesperación. Está trabada. Alguien me quiere hacer daño, piensas, de seguro debe ser alguno de mis rivales. Malditos perros envidiosos.
—Hola —dice una voz áspera—. Tengo una sorpresa para ti.
—Ayuda —gritas, mientras azotas la puerta con los puños hasta que te sangran.
—Te voy a matar —dice la voz—, pero va a ser muy doloroso. Te voy a descuartizar lentamente.
Recibes un golpe en la espalda con un objeto sólido y pesado. Caes al suelo y a pesar del dolor, te deslizas hasta el baño. Entras, cierras y colocas el seguro.
—¿Quién eres? —gritas—. ¿Qué quieres?
—Sólo quiero hacerte sufrir un poquito. Vamos a divertimos.
—¿Por qué? ¿Qué te hice?
—Me gusta verte llorar. ¿No lo puedes entender?
—Déjame en paz, maldito.
Los focos se encienden de nuevo. Debajo de la puerta distingues los contornos de dos pies enormes.
—Abre —ordena la voz—. De lo contrario te hare sufrir más. Quizás solamente te corte la cabeza de un tajo rápido y certero.
—Lárgate. ¿Qué quieres?
—Soy tu peor pesadilla… confórmate con saber eso.
Escuchas que rasguñan la puerta con lentitud. El sonido te eriza la piel. Tu cabeza palpita. La visión se te nubla. Estás por colapsar. Estás sufriendo la peor de tus pesadillas.
—Ayúdenme, por favor. —Tienes la esperanza de que los vecinos escuchen tus plegarias.
—Te dije que abrieras, no que lloraras como un nene miedoso.
Sabes que estás solo. Sales de cuarto con lo que te queda de energía. La sombra repta por el techo como una culebra.
—Déjame en paz… Por favor.
—¿Tienes mucho miedo?
La silueta brinca al suelo. Intentas romper la ventana de la sala con una silla, pero el intruso te aprisiona del cuello con fuerza. Te encaja sus feroces garras en el cuello y te hace sangrar. Sus ojos son horrendos. Su aliento es fétido. Su presencia es aterradora.
—¡No! —Lloras.
Debe ser una pesadilla, piensas. Te estás ahogando. No puedes zafarte de esas manos fuertes y ásperas.
—No te resistas… deja que te mate.
—Ya… te lo ruego. —Gimoteas.
Alguien destroza la puerta. Penetra la luz de una linterna. Logras distinguir al vecino de al lado con hacha en mano. Tu agresor se esfuma como una nube de vapor. Antes de perder el conocimiento, supones que estás enloqueciendo.
Horas más tarde, abres los ojos. Estás internado en una clínica y traes puesto un collarín.
—¿Cómo se siente, joven? —pregunta una enfermera.
—No sé —dices—. Estoy confundido. No entiendo qué pasó. Me duele hasta el alma.
—Tiene visitas, señor. Lo dejaré a solas un momento.
Ingresa el vecino que te salvó la vida. Se nota desconcertado. El hombre se sienta a un costado de la camilla y te pregunta:
—¿Cómo se encuentra, señor?
—Muy mal —dices—. Algo me atacó… Y no soy un loco. Estoy seguro de que había un ser maligno en la casa. No sé qué pensar.
—Yo le creo. Yo también lo vi. Observé a esa puta cosa caminar por las azoteas del vecindario. A decir verdad… era espantosa.
—Lo sabía. La casa que compré está habitada un ente maligno. Por eso me la vendieron barata… está embrujada.
—Se equivoca… En ese lugar nunca ocurrió nada extraño. Jamás se vio algo así hasta ahora. Siempre ha sido un barrio de lo más tranquilo.
—¿Qué dice?
—Cuando usted llegó a la colonia —dice el hombre—, la silueta negra venía sentada en el asiento trasero de su automóvil.
—¿Qué? No entiendo nada.
—Usted trae la maldición.
La sombra se asoma por la ventana de la clínica y espera el momento en que tu vecino te deje a solas.

El no del poeta…

El no del poeta…

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Subía escaleras arriba, despacio y sin prisas, miraba las puertas que transcendian a sus pasos, todas dormían en el silencio de la noche, sin ni siquiera sospechar lo que se les estaba viniendo encima.
Él en su palidez estaba dispuesto a engullirlo todo, y no se inmutaría ni una pizca si tuviera que hacerlo.
Pronto estuvo frente a su destino.

La vieja y ajada puerta de roble no sería rival para él, por sus rendijas pasaría sobradamente sin atisbo de problema.
Con tranquilidad se pego a la vieja madera, impregnándose de su aroma a betún gastado, suavemente se fue colando por cada resquicio. Dentro, la habitación era amplia, con un suelo de encerado que trataba de mostrar un mosaico que alguna vez debió de ser bello y lleno de motivos, ornamentados de vivos colores, ahora solo era una sombra de un pasado gastado.
Las cortinas caían desde los marcos, tratando de ser elegantes, pero lo cierto es que ya estaban desilachadas y remendadas en todas sus costuras, por los vidrios de las ventanas se veía el brillo del neón de un cartel publicitario del edificio de enfrente, que con su intermitencia trataba dudosamente de atraer la atención de los transeúntes que por allí acertáran a pasar.
Tambien tenía la habitación un pequeño baño que aprovechaba un escaso rincón, donde se amontonaban un sin fin de enseres y productos de aseo.Y a un lado el pequeño camastro, con espacio para una sola persona…ÉL.

El ocupante del camastro era un viejo ya, un viejo poeta que había perdido sus sueños y sólo era feliz precisamente así, durmiendo y soñando con su vana ilusión.
Ahora, la suerte de todo el edificio dependería por entero de él, y de lo que decidiera hacer, o bien podía acompañarlo por propia decisión o bien a la fuerza en cuyo caso condenaría a muchos de los que ahora dormían tan plácidamente.

Poco a poco su cuerpo fue pasando de ser humo a tomar consistencia delante del viejo poeta, el humo se convirtió en un tipo enjuto alto y desgarbado, y como no podía ser de otro modo completamente de negro. Se puso frente a los pies del pobre viejo y empezó a manipular sus sueños penetrando en ellos, el viejo comenzó a moverse incomodo en su lecho y a sudar de manera evidente. El tipo enjuto y de negro torció el gesto mostrando una mueca que trataba de ser una media sonrisa…ya estaba dentro del poeta, dentro de su sueño, ahora estrujaria su mente hasta que lo acompañara o hacerlo despertar…

Augusto se debatía en su sueño, pero lo mas terrorífico es que sabía que no era un sueño. Esa cara salida del humo lo perseguía y él trataba de zafarse cayendo entre grandes precipicios que no tenían fin, pero en vez de estrellarse y hacerse papilla, el paisaje cambiaba de golpe y él los reconocía, eran sus propios poemas!! Pero en versión tenebrosa, como si toda la nostalgia y tristeza que había vertido en ellos se hubiera multiplicado hasta hacerlos irrespirables, de hecho tenía sensacion de axfisia.
Uno de los tentáculos del humo con cara alcanzo a rozarlo , un terror horroroso lo paralizó…de su garganta salio su voz en forma de grito.
-¡No!!!!-
Pero parecía que sonara a kilómetros de distancia, la cara enjuta pareció dudar, soltándolo de su tentáculo, y el volvío a poder moverse.

Y seguía corriendo, el ser, ( por llamarlo de alguna manera) se había puesto de golpe frente a él, ya no lo perseguía, pero ahora él simplemente no podía huir, su terror lo paralizaba por completo.
El ser dibujo en su rostro una mueca que quería parecer una media sonrisa, pero resultaba evidentemente y a todas luces una mueca cruel.
– No te resistas…ven conmigo…- le invito el ser, con una voz fría, pausada y arrastrada.
– ¡Nooo!!- grito con todas sus fuerzas.

De golpe su conciencia despertó del sueño.
Por un momento frente a él le pareció ver a un tipo vestido de negro con una mueca torcida, pero se desvaneció de inmediato. El humo que había en la habitación comenzó a secarle la garganta haciendolo toser con violencia, escucho gritos de pánico en las escaleras del viejo edificio y cristales rotos. Como bien pudo se acerco hasta la puerta de su habitacion. Apenas si lograba respirar entre la carraspera y la tosiguera de su garganta y los lagrimones que caían por sus ojos casi cegandolo.
Al abrir la puerta un calor inhumano lo golpeó hasta casi tirarlo al suelo, había llamas por todas partes y gente por los pasillos ardiendo, acertó a ver la sombra de una mujer arrojarse por la ventana mientras gritaba entre el espeso humo, sus pulmones no lograban coger oxigeno.
El viejo poeta cayó de rodillas, su respiración ya era casi un extertor, una oscuridad total lo abarcó todo y los sonidos se fueron alejando de sus oídos como una procesión silenciosa de semana santa…Todo se quedo oscuro y en silencio…

Fran Rubio Varela.© Septiembre 2018.

Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

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  • Título: BOTAS DE HULE. Tras la huella de la revolución.
  • Autor: JOSÉ ARTURO ORTEGA IBAÑEZ
  • Editorial: CALIGRAMA
  • Primera edición: mayo 2018
  • Páginas: 245

Lo peor que le puede pasar a una novela es que deje al lector indiferente. Eso no ocurre con la ópera prima de Arturo Ortega, Botas de Hule.

Cuenta la tortuosa vida de dos enfermeras españolas —que además són primas— que se dejaron seducir y formaron parte, por diferentes motivos, de los movimientos guerrilleros de la revolución sandinista y del M19 colombiano.

Se trata de una historia conmovedora y en ocasiones desgarradora. Hay pasajes tan terroríficos que se podía haber dejado llevar por un estilo sensacionalista y recrearse con escenas de sangre y violencia que gustan tanto en estos tiempos. Pero no lo hace. La forma en que escribe es directa y ausente de adornos. Parece incluso que se esfuerce en economizar palabras. A veces uno tiene la sensación de que es una narración un tanto telegráfica, pero la trama es tan interesante que una vez que te has metido dentro ya no puedes parar hasta el final. Y eso, desear acabar una novela, es una virtud que no todos los libros provocan.

Botas de Hule es también un relato profundo. Que hace pensar, aunque eso tampoco esté de moda ahora. Te hace reflexionar sobre lo fácil que es confundirse de objetivos cuando se tiene esa edad en que las injusticias provocan una rabia incontenible. Ésa, puesta en manos de líderes ambiciosos, sin escrúpulos y manipuladores, han conducido a lo largo de la historia de la humanidad a la perdición de generaciones enteras de jóvenes que buscaban «el nuevo hombre». ¿Acaso han cambiado las míserias humanas a lo largo de la evolución? En definitiva es lo que alguien dijo en alguna ocasión: «Una revolución lo cambia todo para dejarlo otra vez igual que estaba».

Por todo ello recomiendo su lectura a todo aquel que sea inconformista, que se siga cuestionándose todo de esta vida, que luche por intentar cambiar las cosas, por tener un criterio propio y no dejarse llevar por la corrientes de pensamiento dominantes… Naturalmente también se la recomiendo a aquel que, simplemente, quiera pasar un buen rato con una buena historia.

MECO JC

La última carga, de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

La última carga, de Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

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Me llamo Eleuterio Pérez Matute y nací en los primeros días de la primavera de 1898 en la casa familiar, si a ese pequeño cuarto de una corrala se puede llamar vivienda, del arrabal de Tetuán de las Victorias de Madrid, para ser el quinto hijo, primer varón al que sucedieron cuatro más en los seis años siguientes, de una familia muy humilde que había venido aquí desde los carrascales de Extremadura, huyendo de la miseria y del régimen casi feudal que los caciques y terratenientes aplicaban a los jornaleros del campo, como eran mi padre y mi madre, para abrazarse al no mucho más lucrativo que pude alcanzar un trapero.

Ha vuelto a amanecer otro día de calor infame e insoportable en nuestro campamento de Dar Drius. Por la tarde, un implacable sol nos cuece los sesos con sus insufribles rayos que ponen el ambiente a más de cuarenta grados a la sombra, aunque pocas sombras hay en estos terrenos desérticos e inhóspitos a los que llegué reclutado como trompeta en el Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara 14 en el fuerte Cabrerizas de Melilla.

Es 23 de julio de 1921 y hace dos días, los 691 hombres que componemos el regimiento, participamos sin éxito en el intento de auxilio a la posición de Igueriben, en el desastre total en que se ha convertido la retirada de nuestras tropas al mando del general Silvestre de Annual, y a las que debemos proteger cargando a caballo contra el ejército enemigo de las tribus rifeñas, para cubrir el repliegue de nuestros compatriotas que son masacrados a tiros con impunidad desde las alturas de los cerros.

Llevamos combatiendo y cargando a galope sobre el enemigo desde las primeras horas de la mañana para proteger los flancos y la retaguardia de la columna en retirada de más de cinco mil soldados que ayer abandonó Annual y ya debemos haber sufrido la pérdida de más de setenta compañeros.

Ahora mismo, por la tarde, el convoy ha sido atacado de nuevo por las fuerzas rifeñas al intentar vadear el río Igan, y nuestro teniente coronel, pistola en mano, nos ha arengado llamándonos a la hora del sacrificio y demostrar que no somos unos cobardes para que nuestro ejército pueda cruzar el cauce del río y acabar con los rebeldes que con tanta sangre y dolor nos están hostigando sin descanso.

Desde que hemos recibido la orden, es la cuarta carga que realizamos contra este enemigo atrincherado que parece que se multiplica. Los caballos están extenuados por el cansancio y hemos tenido que poner pie en tierra para seguir combatiendo. Nos hemos lanzado a luchar cuerpo a cuerpo, siendo imposible, por falta de espacio, utilizar  nuestras carabinas Máuser y lo estamos haciendo con nuestros sables.

A mi alrededor veo caer camaradas y amigos, lo que me da más fuerza para continuar con lágrimas de rabia en los ojos. Siento la sombra de una figura y el roce de una chilaba en mi espalda. Algo frío se posa en mi cuello. De repente, el  cegador sol ha desaparecido y todo se ha vuelto negro. Tan negro como el cabello y los ojos de Teresa a la que ya nunca podré volver a ver.

De los 691 hombres adscritos, entre jefes, oficiales, suboficiales, cabos, soldados, trompetas y veterinarios, al Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara 14, acuartelados en la región de Nador en los alrededores de la ciudad de Melilla, durante la retirada del destacamento español y que ha pasado a la Historia como el Desastre de Annual, al que tuvieron que proteger del 20 al 23 de julio de 1921, se produjeron en el combate contra el ejército al mando de Abd el Krim la muerte de 523, fueron heridos 67 y 25 fueron hechos prisioneros.

Loa y honor a estos valientes que dieron su sangre por España bajo el mando de un generalato corrupto que quince años después cruzaron de África a la península para volver a inundarla de sangre, dolor, miseria y muerte.

 

© Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Agosto de 2018

Evaristo

Evaristo

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Yo era una niña cuando oteé por primera vez a Evaristo. Vivíamos en un primer piso, y me pasaba las horas muertas en la ventana escudriñando a unos y a otros. A los más reticentes, hubiera jurado conocerles por dentro: sus maneras de comportarse al hablar con algún conocido, los gestos, la forma de caminar, los movimientos mecánicos, incluso me hablaban de sus estados del alma, de su forma de ser.

El que más me cautivó fue el galán de doña Asunción, nuestra vecina del segundo piso. En aquel entonces aún era joven y apuesto. Pasaron años en la misma actitud. Jamás le vi subir a su casa, y sí despedirse quitándose el sombrero para, después, besar con un leve roce de labios la mano de la mujer que en esos momentos parecía una dama, aunque en la convivencia vecinal fuera insoportable. A doña Asunción la podías ver por las escaleras y darte ganas de vomitar por su mero aspecto: tez ajada, amarillenta. Su ropa olía mal, no tenía apenas cabello. Todo le molestaba, cuando era ella la que mortificaba al resto de la comunidad.

Sin embargo, en los encuentros con Evaristo dejaba una estela de perfume delicioso en el portal, la piel era tersa y de buen color. Su pelo semejaba un frondoso jardín de orquídeas en forma de mariposas brillantes. Al ver Evaristo se la iluminaba la cara con una sonrisa. Sus movimientos eran delicados, así como la musicalidad de su voz al dirigirse a él.

Un buen día, estudiando yo primero de carrera, él desapareció de escena. En el decorado surgió un nuevo acompañante. Nada que ver con el anterior, y sí muy cercano a la verdadera doña Asunción. Éste subía a su casa y preparaban unas grescas que nos tenían a todos escandalizados. Una noche, mi padre tuvo que llamar a la policía. Cuando ésta llegó, era demasiado tarde. Él la había estrangulado. Por los periódicos nos fuimos enterando de los pormenores. En ese momento entendí muchas cosas, sobre todo la más importante: las apariencias son sólo eso. Engañan y ciertas situaciones a veces no son tan fáciles de comprender, y menos para juzgar. Lo único decente que tuvo esa mujer atropellada por las circunstancias, los maltratos de un marido que terminó matándola, fue aquel caballero que la cortejó durante los años en los cuales el esposo estuvo en la cárcel por ladrón y no sé cuántas cosas más.

El verano en que me licencié, me salió trabajo en una de las bibliotecas municipales situadas, para la estación, en los parques de la ciudad. Principalmente los visitantes más asiduos eran los chavales de doce y trece años y, esporádicamente, algún adulto. A primera hora de la mañana se formaban largas colas para coger los libros. En una de ellas encontré de nuevo a Evaristo. No habían pasado los años por él, sin embargo, se me antojó triste al apreciar las ojeras que jalonaban sus ojos a pesar de ir bien vestido con termo, corbata y sombrero de verano. Sus ademanes seguían siendo exquisitos y, con suma educación, me preguntó qué libros de poemas había en la biblioteca ambulante.

A partir de aquí comenzó una extraña relación con este hombre. Cada mañana a las diez en punto estaba esperando. Me regalaba una dulce y tímida sonrisa y, mientras yo buscaba su pedido, me contaba alguna anécdota de su vida. Después, se sentaba en un banco frente a la biblioteca. Al observarle, ofrecía una estampa muy hermosa aquel hombre que entraba en la ancianidad con porte y serenidad mientras se concentraba con agrado en la lectura; los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles iluminaban su silueta.

Si tenía algún hueco libre, me acercaba a charlar con él. Así pude conocer a poetas maravillosos como Francisco Pino, Oliverio Girando o Cesar Vallejo. Incluso saber que él era poeta. En alguna ocasión me leyó algún poema suyo: “Yo sólo creo en los placeres de la cama/ y en la irremediable soledad del alma” *… Entre sus versos intuí la forma que él tenía de ver el mundo, el desgarro de su lírica y su crispación ante el engaño y el desamor. Poseía, además, un fino e irónico humor al narrarme pasajes de su historia más personal. Era un descreído de la vida, se burlaba de ella, pero palpé que al fin y al cabo era un buen hombre.

Se había casado dos veces y en ambas fue abandonado, sin embargo, los hijos de los dos matrimonios fueron a vivir con él hasta que se independizaron. Ahora, me decía, con una leve nostalgia, que vivía solo y el silencio a veces le pesaba demasiado.

Me moría de ganas por preguntarle por doña Asunción, pero siempre había algo que me echaba hacia atrás. Él era tan comedido, delicado y cauto, que me intimidaba. Sí notaba que necesitaba hablar, oír su propia voz y yo, lo único que podía hacer por él, era acompañarle, escuchar sus sabias y cifradas palabras.

No obstante, una tarde en que yo estaba cerrando ya la biblioteca, se personó y me contó que venía del médico. Debí poner cara de susto porque enseguida me tranquilizó contándome que su dolencia venía de antiguo y que había aprendido a vivir con ella: sufría depresiones y el psiquiatra de vez en cuando le cambiaba el tratamiento. Me reconoció con renuencia que las pastillas no eran suficientes si no se acompañaban por una fuerza interior de búsqueda de valores espirituales. Los antidepresivos podían atenuar el dolor, pero no eran capaces sin la voluntad del enfermo de recuperar los alicientes que daba la vida, y él ya no tenía ganas de luchar ni de buscar. Su tiempo había pasado.

Aquella confesión me dejó desconsolada. Le noté totalmente entregado a su desgracia y yo no supe qué decir. Pero no me hizo falta pues Evaristo, con la amabilidad que le caracterizaba, se ofreció a acompañarme hasta el autobús y de paso, me narró el trozo más importante de su vida: doña Asunción…

Se conocieron siendo muy jóvenes y, su historia no tuvo nada de insólito y sí mucho de común con otras que suceden a diario. Evaristo era un chico muy apuesto, de buena familia y con gran éxito entre las mujeres, aunque él nada hacía. Afirmaba que era la timidez junto a su buena conversación lo que más las atraía. Sin embargo, sus ojos se posaron en la menos adecuada. Asunción fue una mujer que le amó demasiado o demasiado poco, según se mire. La relación entre ellos resultó tóxica y dañina. Ella era incapaz de ser fiel a nadie. Le gustaba flirtear demasiado, quizá porque se supiera, en aquellos momentos, atractiva y que, junto a su amor por una mal entendida libertad, un buen día se largó, dejándole con dos niños. Tiempo después, quiso volver, pero él sólo la ofreció amistad sincera, un hombro donde llorar penas y un corazón que la hiciera respetarse así misma… En voz queda, me explicaba: “Compréndeme, era la madre de mis hijos”.

Nunca llegó a entender el fracaso estrepitoso con las dos mujeres con las que se desposó, ni su falta de voluntad para liberarse de las redes del amor, ese eterno desconocido que marchitó su corazón. Cuando se enteró de la muerte de Asunción, él murió también… Escribió su último poema y rompió la pluma con la que siempre dibujó carencias y deseos.

Al acabar de relatarme ese pedazo de su vida, ya se había ido mi autobús. Las luces de la ciudad, los barrenderos y el silencio era el único rastro de vida que quedaba a esas horas. Sentados en la parada como dos estatuas, enmudecimos. Pasé mi mano por su hombro. En poco más de tres horas había envejecido una barbaridad. Me impresionó profundamente, no ya su historia sino su actitud al rato de terminar de hablar porque me dio las gracias de una forma, con un tono revelador de despedida, de agradecimiento tan profundo y sincero por haberle escuchado que, cuando a los tres días leí en la prensa el suicidio de un hombre, supe que era él.

A la semana de su desaparición, recibí una carta. El sobre contenía sólo un poema:

“Puede que sea la tristeza/ que nace con los brotes del otoño y muestra/ su talante umbrío cuando caen las tardes. / Tal vez la soledad que cubre de penumbras y algodones grises/ que empapan el silencio de lágrimas calladas y bajan/ entre surcos que la piel ampara. / O ¿por qué no? Las ilusiones entre cortinas mecidas por la brisa/ que son tan largas de dolores que el tiempo no las abandona y afloran/ los odres de recuerdos que al pasar han fundido en blanco y negro. / Puede que sea tanta la tristeza de este otoño/ que me da igual que muera yo o que mueran otros/ sólo me abrigo en la esperanza y sueño.” *

Al terminar de leerlo, me hundí en una dulce y triste nostalgia.

Nunca olvidaré que tuve el privilegio de conocer a un venerable anciano, víctima de sus sentimientos. Un hombre honrado y un caballero… un tímido seductor.

*El poema es de Luis Alfredo Alcocer.

 

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