El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 7

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 7

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Berg se quedó mirando a Ripli, que de la impresión se había quedado pasmada. Tampoco él sabía muy bien lo que tenía que hacer. Aun así, salió del árbol y se plantó delante de ella. Casi eran igual de altos. Luego, aprovechando que ella se le había quedado mirando muy fijamente, intentó comunicarse con  Ripli ayudado de su chip. La primera intentona resultó algo ridícula.

—¡Nou teña meido! ¡Nou venio  fare le  naida! —Se dio cuenta de que aquello sonaba muy raro—. Pasa palabra —añadió entonces en lengua belenusina.

Lo cierto es que aprender un nuevo idioma intergaláctico en tan poco tiempo no era una tarea fácil. A Berg le estaba costando bastante acostumbrarse a esa forma de hablar tan diferente de la suya. Pero tenía que seguir intentándolo.

—¡Quiero decir que no me tenga miedo, que no voy a hacerle nada malo! ¡Espero que usted a mí tampoco! —dijo al fin con una pronunciación casi correcta.

—¡Oh, Dios mío! ¡Esto es algo extraordinario! ¡Si hablas como yo! Esto no puede ser casualidad… ¿Tu civilización ha visitado mi planeta? ¿O es que acaso tienes poderes telepáticos? —La teniente seguía con la boca abierta, aunque ahora por motivos bien diferentes: no comprendía cómo alguien en el otro extremo del universo podía conocer el lenguaje terrícola.

—¡Que va! ¡Ya me gustaría, no se crea! Nada de eso. Todo es gracias a mi chip.

—¡Qué maravilla de invento! ¿No? Me gustaría saber cómo funciona —la científica que llevaba dentro se moría de curiosidad—. ¿Y dime? ¿Dónde estoy? ¿Por aquí son todos como tú? ¡Pero si pareces un lagarto gigante! ¡Y, además, bípedo…!

—¡Reptiliano, si no le importa! Y sí, se puede decir que aquí en Althea, que es la capital del planeta Belenus, hay muchos como yo. ¿Y usted, de dónde viene?

—Provengo de una galaxia muy lejana llamada Vía Láctea. Mi planeta se llama Tierra, pero hace mucho que no voy por allí. En realidad, se trata de una larga historia. Pero dejémosla para otro momento. Ahora lo que necesito cuanto antes es reprogramar a la Prometheus y regresar a la Tierra. Por cierto, yo soy la teniente Elena Ripli. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas? A Jonás ya veo que lo conoces.

La conversación había alcanzado un grado de fluidez más que aceptable. Se estaban entendiendo bien.

—Mi nombre es Berg Smirnok. Y dígame… ¿Prometheus es el nombre de su nave?

—Eso es. Veo que eres muy listo.

—Prometheus es muy guay. Pero tiene que saber que no soy el único que la ha visto. ¡Hasta el ejército está ya metido en el ajo! Tiene que marcharse de aquí antes de que la descubran. Si la pillan, jamás regresará a la Tierra, se lo garantizo. Estoy seguro de que más de uno ha pensado para usted planes muy siniestros.

—¡No me digas! ¡Nunca lo hubiera sospechado!

Entonces Jonás maulló y comenzó a ir alternativamente de las piernas de Ripli a las patas de Berg. Parecía encantado con el encuentro entre la humana y el reptiliano.

—¿Sabe, teniente? Su mascota es muy molona. Las que nos gastamos por aquí no son tan pacíficas. ¡Cómo te descuides te arrancan un dedo de un bocado!

—¡Gracias por el aviso, Berg! ¡Lo tendré en cuenta, si es que decido alargar mi estancia en este planeta!

Entonces Berg se quedó pensativo. Se le había pasado el entusiasmo al acordarse de su hermana. Ripli se dio cuenta de que había algo que preocupaba a su nuevo amigo.

—¿Qué te pasa? Te has puesto muy serio.

—¡Es que…! ¡Es que…  yo también estoy metido en buen lío! ¿Sabe?

Y la puso al corriente de todo lo ocurrido desde el abelenizaje hasta ese momento, incidiendo especialmente en el hecho de que la policía tenía a Cris y que no podía volver a casa sin ella.

—¡Anda! Pero si resulta que eres tan solo un niño. ¿Cómo no me había dado cuenta?

—Mi madre siempre me dice que soy demasiado alto para mi edad. ¡Será por eso…!

—Vale —dijo Ripli—. Yo te ayudo a recuperar a tu hermanita y tú me ayudas luego a dar esquinazo a todos esos que me persiguen. ¿Te parece una buena idea?

—¡Sííí! ¡Sííííí! —contestó Berg con vehemencia dando palmas al modo reptiliano.

—¡Pues no se hable más! ¡Manos a la obra!

Entonces oyeron el motor de un transporter y corrieron a esconderse tras unos matorrales de romerisco gigante. Al frotarse contra las ramas un olor campestre inundó el ambiente.

—Tu planeta huele muy bien. —Ripli todavía tenía grabado en la pituitaria el aire viciado de la Nostramo y, en menor medida, de Prometheus.

—Teniente —reflexionó Berg—, estamos en un bosque, en plena naturaleza. ¡Normal que huela bien! Pero no diría eso mismo si la llevara a tres o cuatro sitios que yo me sé…

Interrumpieron la conversación al observar que Tontinus y Holt se les acercaban. Todavía tenían a Cris en su poder y discutían de manera acalorada. Como siempre, el inspector no era capaz de admitir su error.

—¡Holt! ¿Ve como aquí no hay nada? ¡Ya le dije que ese bgramido ingfragueptiliano pgrocedía de otgra pagte!

—¡Se equivoca, Tontinus! Estoy segura de que salió de por aquí.

—¡Ya vegá! ¡Pog su culpa nos iguemos con las manos vacías! ¡Se la va a ganag, se lo adviegto! ¡Le pondgré un parte pog este incidente!

—¡Mire, teniente! —le dijo Berg a Ripli—. ¿Ahora que están distraídos, por qué no aprovechamos para ir a por Cris? ¡Por todas las Deidades Reptilianas, teniente, el grito que soltó! —se guaseó el chico—. ¡A mí todavía me zumban los oídos! Por cierto: la felicito por tener tan buenos pulmones. —El niño se había vuelto a animar—. Porque usted también tendrá pulmones, ¿no?

—¡Claro que tengo pulmones! A ver si te vas a creer que los reptilinos sois los únicos.

—¡Reptilinos no, reptilianos!

—¡Bueno, repti lo que sea! ¡Qué más da! —dijo la teniente restándole importancia a su equivocación—. Iremos por detrás de esos matorrales para que no nos vean.

Tontinus y Holt, enfrascados en el rifirrafe, no se dieron ni cuenta de su maniobra y al cabo de unos beleniminutos Ripli y Berg llegaron al transporter patrulla.

Cris no había resistido el cansancio y dormía plácidamente en al asiento trasero. Berg la sacudió por el hombro. Ella se pegó un buen susto y a punto estuvo de emular a la teniente en aquello del grito, pero su hermano reaccionó a tiempo de hacerle callar.

—¡Chissst! ¡No pasa nada, Cris! ¡Venimos a buscarte!

—Pensaba que a lo mejor te habías olvidado de mí —le respondió haciendo un puchero—. Te prometo que yo no les he contado nada, Berg. De verdad que no.

—Ya lo sé, Cris —dijo Berg mientras le ayudaba a bajar del transporter, ya que el vehículo era muy alto.

Cuando Cris estuvo en el suelo y pudo ver a Ripli y a Jonás puso los ojos como platos, pero no dijo nada porque venían con su hermano en el cual, a pesar de todo lo que le hacía rabiar, tenía plena confianza. Y más ahora que había regresado a buscarla.

—Te presento a la teniente Ripli y al gato Jonás, del lejano planeta Tierra —le dijo Berg en cuanto volvieron a estar a cubierto.

—¡Hola, Cris! —dijo Ripli saludando con la mano al mismo tiempo—. ¿Tú también puedes entenderme? —Cris asintió con la cabeza.

Como ella había nacido unos beleniaños después, tenía instalada de serie la última versión del chip y no necesitó actualizarlo.

El gato, también la saludó a su manera: ni corto ni perezoso, se le subió de un  salto y empezó a ronronear en su regazo. Y allí estaban todos ellos reunidos, formando un cuarteto de lo más particular. Como equipo no tenían precio: una niña y un preadolescente reptilianos en compañía de una mujer terrícola con su bonita bola peluda con ojos.

—Jonás es un bichito muy mono —dijo Cris en el idioma de la alienígena—. Me encanta que tenga un pelo tan suave. Da mucho gusto acariciarle la barriguita ¿Y… vosotros sois los alienígenas? —se atrevió por fin a preguntarle a Ripli.

—Eso parece —repuso la teniente muy concisa.

—¿Sabe? Cuando sea mayor seré astronauta como usted. —Y Ripli sonrió complacida.

—¡Eres asombrosa, Cris! —intervino Berg—. Has utilizado tu chip para hablar en el idioma terráqueo sin equivocarte ni una sola vez. ¿Cómo lo has hecho? Si me hubieras oído a mí cuando lo intenté al principio te hubieses partido de la risa.

—Pues no sé. Me ha salido solo —contestó con humildad.

Entre tanto, Tontinus seguía insistiendo en que por allí no había nada y ordenó a Holt que volvieran al transporter. Él se montó, como siempre le gustaba hacer, en el asiento del conductor y puso en marcha el vehículo, dejándole a ella el del copiloto. A pesar de que apenas habían dejado sola a Cris durante los pocos beleniminutos que duró su infructuosa búsqueda, la subinspectora, que siempre se mostraba muy diligente, echó una ojeada al asiento trasero para cerciorarse de que Cris seguía durmiendo como un bebé.

—Inspector —dijo en un tono circunspecto—, tengo algo muy importante que decirle.

—¡Déjeme adivinag! ¿No me diga que pog fin ha guepagado en lo apuesto que soy?

—¡Ojalá fuera eso, señor! —Se daba cuenta de que acababa de meter la pata y trató de arreglarlo sobre la marcha—. No quiero decir con esto que usted no sea un reptiliano atractivo, claro que no…

¿Pero qué le estaba diciendo a ese tío…? Eso no era propio de ella. Holt no llegó a terminar la frase. Prefería mil veces que se le llenarse la boca de estiércol antes que decirle alguna otra frase aduladora a Próculo Tontinus, aunque que fuera por equivocación, así que le soltó la bomba a bocajarro:

—Inspector Tontinus, siento decirle que la niña, Cris, ya no está con nosotros.

Tontinus frenó en seco. Por suerte llevaban los cinturones puestos, lo que les evitó dejarse los dientes en el cristal delantero.

—¿Me está diciendo que la hemos pegdido?

—Eso es, inspector. Veo que lo ha comprendido. Ha debido bajarse del transporter mientras estaba estacionado.

—¿Pego qué vamos a haceg ahoga? —gritó mientras se echaba las zarpas a la cabeza de manera un tanto violenta.

—Inspector, tenga cuidado no se vaya a sacar un ojo —le dijo Holt ajena a su desesperación.

Tontinus cambió de táctica y comenzó a darse coscorrones contra el volante. Aquel caso no hacía sino irle de mal en peor. Se dio cuenta de que había llegado el momento de hacer un alto en el camino para reflexionar.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 6

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Berg se enfadó mucho cuando vio que Cris no lo esperaba en el lugar donde la había dejado. Su hermana no aprendía y siempre acababa metiendo la pata. La culpa era de sus padres, que la mimaban demasiado por ser la pequeña de la casa. Incluso antes de romper el huevo, ya le hacían mucho más caso que a él. Todavía se acordaba de cómo le daban la vuelta regularmente seis veces al día para que se desarrollara de manera perfecta, sin asimetrías. Siempre se preguntaba si con él habrían tenido el mismo cuidado. A veces pensaba que en algo se debían haber equivocado sus padres al incubar su huevo y que por eso había salido tan rarito. Se sentía incomprendido… Y encima, aunque siempre fuera su hermana la que la liara parda, era él quien terminaba llevándose la bronca. Eso de que por ser el mayor tuviera que ser responsable de todo era un rollo patatero. ¡Es que no había derecho! Si por él fuera, la dejaría sola en el bosque a ver si se espabilaba de una vez. Pero era realista: tenía que encontrarla antes de volver a casa. Si regresaba sin ella sus padres nunca se lo perdonarían.

—Cris. Cris. ¿Dónde te has metido?

No se atrevía a levantar la voz: alguien más podía estar en el bosque. La oscuridad de la noche jugaba a su favor, pero no podía saber si había alguien acechando.

—¡Uh, uh! ¡Uh, uh! —ululó un pacífico buhono.

El agudo sonido del ave lo sobresaltó, aunque en cuanto fue capaz de reconocerlo se calmó y continuó a su bola.

—Hermanita, no te escondas que ya he vuelto a por ti —cuchicheaba desesperado por encontrarla cuanto antes—. Contesta si me oyes. ¡Venga! Que sé que estás ahí… ¡No seas tan borde! ¡Seguro que estás escondida y muerta de la risa viendo lo preocupado que estoy! ¡Cuándo te pille, verás…! ¡Que ya me estás casando con tus tonterías!

Sin darse cuenta, al seguir su rastro, estaba deshaciendo el camino recorrido y acercándose de nuevo a la nave. De pronto unas voces llamaron su atención. Se le cayó el alma a los pies cuando vio a Cris con Tontinus y Holt junto a la nave.

—¡Teléééfono! ¡Mi caaasa! —la chiquilla volvía a gimotear como una magdalena.

—No te pgreocupes, nenita. Estagás de vuelta antes de lo que te imaginas. Pego dime: ¿Quién te ha tgraído aquí?

—Ya le dicho que no hay manera de hacerle hablar.

—¡Cállese, que no hablo con usted! —dijo Tontinus mientras se pasaba la zarpa por el carrillo abofeteado.

La paciencia no era una de las virtudes del inspector y parecía que el destino había decidido ponerle a prueba con los acontecimientos de aquella noche. Nada estaba saliendo como él esperaba. Justo en aquel momento vio a lo lejos un transporter que se acercaba y sintió un poco de alivio. Por lo menos todavía quedaba alguien capaz de cumplir sus órdenes al pie de la letra.

—¡Migue eso, Holt! Ahí llega la patgrulla que pidió.

Pero en contra de lo esperado, lo que llegó fue un transporter militar. Aparcó allí mismo y de él descendieron al instante dos oficiales del ejército belenusino. Sabido era que su atuendo característico consistía en unos pantalones elásticos de color fucsia fosforito y una casaca de satén naranja, lo que hacía que se les distinguiera enseguida incluso en plena noche. Más que un uniforme militar, aquello parecía una venganza.

El oficial de mayor rango se dirigió directamente a Tontinus:

—Coronel Rody Quartich —Se colocó la mano abierta sobre el hocico para saludar al modo castrense—. Me acompaña el capitán Meir Farrus. —Al oír su nombre, hizo lo propio—. He sido designado por la Alta Comandancia de Althea para tomar el mando de esta misión. A partir de este momento nosotros nos haremos cargo del OVNI.

—¿Cómo? ¿Qué quiegue decig con eso? —dijo incrédulo Tontinus, que después de todo lo que llevaba pasado en la última belenihora no se esperaba un nuevo revés.

El estupor se le reflejaba en el rostro. Había movido hilos para que aquello no trascendiera a otras instancias, pero era evidente que alguien se había ido de la lengua. Ya ajustaría él cuentas cuando diese con el responsable…

—Lo que ha oído inspector… ¡Qué Lowell, el guerrero protector del ejército de Belenus, le asista! ¿Pero qué le ha ocurrido en la jeta? ¿Parece que haya tenido que vérselas con un poderoso enemigo? ¿Y ese desastre de uniforme? ¡He visto tropas más presentables que usted después de las más exigentes maniobras…! Con sinceridad, espero que dejara a su oponente mucho peor de lo que está usted.

Holt miró al suelo con disimulo al oír las palabras del coronel, ya que también era responsable, al menos en parte, de la facha que traía el inspector.

—¡Pgróculo Tontinus! ¡A su segvicio! No se pgreocupe, que esto no es nada cogonel, un pequeño tgropezón sin importancia —dijo servil, tratando de disimular el cabreo.

—En cambio usted… usted… está radiante, bellísima, si me lo permite —dijo mirando a la reptiliana directamente a los ojos totalmente cautivado por su hermosura.

—Subinspectora Greena Holt, a sus órdenes, coronel Quartich.

—Greena. Greena —repitió como si fuera música para sus oídos—. ¡Qué nombre tan bonito! Nada de coronel Quartich, usted llámeme Rody a secas.

El inspector Tontinus no pudo evitar ponerse verde de furia al ver al coronel tontear de esa manera con Holt, mientras que a ella también se le subía el verde. Encontraba que el coronel era un reptiliano muy fornido y apuesto, con un tren superior envidiable y unos cuartos traseros la mar de atléticos. Además, había pronunciado su nombre de una manera tan seductora y tenía unos modales tan exquisitos, que al idiota de Tontinus ya se le podía pegar algo de aquello. Estaba casi comprometida, de lo contrario pensaría muy seriamente en coquetear con aquel reptiliano.

Quartich, ya con un tono mucho más formal se dirigió de nuevo a Tontinus:

—Váyanse usted y la subinspectora. Llévense también a la niña. Aquí ya no pintan nada. Deben despejar la zona para que podamos operar. Es una orden.

A Tontinus no le quedó más remedio que obedecer a una autoridad superior, aunque por dentro le hirviera la sangre y estuviera a punto de explotar. Holt, que llevaba de la mano a Cris, y Tontinus se dirigieron a pie hasta donde habían dejado aparcado el transporter patrulla. Pero el inspector no estaba dispuesto a darse por vencido así como así. Pelearía con garras y dientes con tal de recuperar un caso que creía suyo por derecho propio. A esas alturas ya estaba maquinando un plan.

Mientras tanto, Berg, que había contemplado toda la escena oculto tras la maleza, se dio cuenta de que estaba metido en un buen lío. Ahora que sabía que a su hermana estaba con el pesado de Tontinus tenía que pensar en algún plan para arrebatársela. Pero de momento no se le ocurría nada. Por suerte, el lugar donde se encontraba estaba muy resguardado por la vegetación y constituía un escondite perfecto para descansar un poco y aclararse las ideas. Se sacó la mochila de la espalda y la dejó caer a sus pies. Luego se sentó en el suelo y se recostó sobre una roca. Tanto ir y venir le estaba pasando factura y ya estaba muy cansado. Nunca había invertido tanto tiempo en una de sus aventuras. Por lo general, antes de la medianoche belenusina ya solía estar de vuelta. Pero desde el primer momento había intuido que esta ocasión sería especial. Y no le estaba defraudando en absoluto…

Cerró los ojos para concentrarse y sin querer se quedó dormido, pero al cabo de unos instantes se levantó de un brinco, sobresaltado al notar que algo suave y peludo le rozaba las patas.

—¡Por el Reptiliano Mayor! ¿Pero qué es esto?

—¡Miauuuuu! ¡Miauuuuu! —Jonás se fue directo a olisquear la mochila.

Berg se relajó al comprobar que el felino estaba mucho más interesado en su cena que en él.

—¿Sabes que eres un animal muy raro? ¡Nunca había visto ninguno igual! —Se dio cuenta de que era totalmente inofensivo. Además, lo encontró muy gracioso—. ¡Mírate, si pareces una bolita de belenoalgodón con ojos! ¿De dónde habrás salido? —Entonces ató cabos—. ¡Ah, creo que ya lo sé! ¿A que tú también has llegado en esa nave? Parece que tienes hambre…

—¡Miau! ¡Miauuuuu!

El gato volvió a restregarse por las patas de Berg, que no pudo resistirse a acariciarlo con cuidado de no hacerle daño con las garras. Jonás se dejó querer. Hacía un par de días que andaba perdido y no le venía nada mal que alguien le prodigase unos cuantos mimos. El minino se lo agradeció con un dulce ronroneo. Y allí, en medio de aquel bosque de abedulanos, bajo la clara y redonda luna de Belenus, a quien todos conocían como Sámsara, acababa de nacer una bonita amistad intergaláctica entre un gato terrícola y un reptiliano belenusino. Berg selló de manera oficial el vínculo amistoso con Jonás ofreciéndole su cena al hambriento animal. Después de todo, había sido una buena idea llevarla.

En eso, el niño oyó crujir unas ramas y vio que alguien más se estaba acercando. Hablaba en un idioma extraño. Comprendió al instante que no podía ser otro que el extrabelenusino. El corazón se le aceleró de nuevo y corrió a esconderse en el tronco hueco de una gruesa encinaria. Le costó meterse porque la abertura era algo estrecha.  Se raspó un poco la piel, pero como la tenía recubierta de escamas coriáceas, apenas le dolió.

Una vez estuvo a salvo dentro del árbol, se dio cuenta de que su chip cerebral también le proporcionaba conocimientos de astrolingüística, aunque parecía que no estaba actualizado porque algunas palabras no las tenía registradas. Inmediatamente se descargó la nueva versión oprimiendo un botón disimulado bajo la piel de su sien izquierda, pero como la anchura del tronco era algo justa para su envergadura, tuvo que contorsionarse para lograrlo. Por suerte, estaba dotado de una gran flexibilidad y lo consiguió en unos instantes. Luego ya pudo traducir mentalmente todo lo que decía Ripli.

—¡Psssss, psssss, psssss! ¡Ven aquí, minino! ¡Vuelve con mami, Jonás! ¡No seas un gato malo! ¡Si tienes que estar muerto de hambre!

El gatito había estado perdido desde que saltó de la nave la noche del abelenizaje. Ripli dudaba de que hubiera podido procurarse algún alimento por su cuenta.

Berg entendió de manera intuitiva que Jonás tenía que ser el nombre de su reciente amiguito. Cris y él también solían poner nombre a sus mascotas, pero nunca habían tenido una tan graciosa como aquella.

—¡Oh! Ya veo que no has perdido tanto el tiempo como yo pensaba —dijo Ripli al darse cuenta de que estaba comiendo del táper—. ¿Y eso qué es? ¡Sí parecen objetos manufacturados! —Se acercó a la fiambrera y a la mochila para observar mejor los detalles.

Ese pequeño descubrimiento la hizo ponerse algo sentimental, ya que le recordó su infancia, cuando ella también llevaba una fiambrera con la comida metida en la mochila para ir a la escuela. Pero no se recreó durante mucho tiempo en la nostalgia. Enseguida retornó al momento actual. Se cabreó un montón al pensar que Icarus se había equivocado otra vez: estaba claro que sí había vida inteligente en aquel planeta. Ya estaba harta de tratar con un ordenador tan petardo. ¡Si sería anormal!

Berg estaba asombrado con la presencia de Ripli. Desde su escondite podía ver al alienígena sin que este lo viese a él, de manera que se dedicó a observar su aspecto sin perder detalle. Para empezar no tenía pelos ni escamas, es decir, que su piel era repugnantemente lisa. Le resultaba muy raro. Pese a su aspecto tan peculiar, ya le había perdido el miedo. Si le hablaba con tanto cariño a Jonás no podía ser un mal reptiliano. Aunque, ahora que lo pensaba: ¿no se había referido a sí mismo como mami? ¡Entonces debía de ser una reptiliana o lo que los Dioses Reptilianos entendiesen que fuera…!

Cuando Jonás se hubo saciado por completo fue directo hasta la encinaria donde estaba escondido Berg y comenzó a husmear en el agujero por donde él se había introducido.

—¡No! ¡No lo hagas, que me va a descubrir por tu culpa! —Haciendo caso omiso de las palabras de Berg, el gato se coló y de un brinco se le subió en brazos—. ¡Oh, por todos los demonios del inframundo reptiliano! ¡Ahora si que la has hecho buena, Jonás! —le recriminó entre dientes.

Ripli fue detrás del gato. Cuando vio que desaparecía por la oquedad metió la mano para atraparlo, pero como ni así alcanzaba, miró dentro del tronco. Entonces ella y Berg se encontraron por fin cara a cara.

—¡Aghgggggh! —el alarido de Ripli resonó con una fuerza inusitada en el corazón de la noche belenusina.

No muy lejos de allí, Tontinus y Holt, que seguían ocultos en el bosque, se preguntaron llenos de curiosidad y horror qué o quién habría sido el causante de aquel pavoroso aullido.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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Ais Eich

Ais Eich

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Bueno. Corría el año nosecuantos, más o menos. La Tierra parecía sufrir su última glaciación y era barrida por un viento que arrastraba los copos de modo que asemejaba una suerte de nevada casi horizontal, acompañada de los silbidos de aquel vendaval infame. Unos tipos barbudos cubiertos con pieles llegaron andando a la explanada, junto a un árbol muerto y unas rocas enormes.

-Ñmnñ jeñs `ñknsflnnfb- dijo su líder.

-¡Ja! “pi`ppopoosfnqqnn`knqg- respondieron los otros.

El  diálogo continuó así de animadamente en aquel protolenguaje que podría traducirse más o menos así:

-`sdfsfbñrbfnabv-´ñknna!!

-¡Vaya viento!

-El aire chilla desgarradoramente como cuando te comes vivo un niño enemigo ¿verdad?

-¿Qué dices?

-Que el viento silba entre las rocas como las brujas ardiendo en el fuego purificador.

-¿Cómo? -le respondió poniendo una mano en la oreja a modo de trompetilla.

-Que hace un viento que brama y aúlla entre las rocas como el terrible canis lepophagus del pleistoceno.

-Tío, déjalo, ya me lo dirás en otro momento, que no te oigo bien. ¿No ves que el viento ruge como en la guerra de los dioses?

-¿Qué dices?

-¿Cómo?

-¡No te entiendo!

-¿Quién?

Llevaban un rato chillándose mutuamente los dos guerreros hasta que el jefe de la tribu les impartió sendos garrotazos y por un momento perdieron el frío. Levantó su mano y su garrote y hablo pausadamente como si un dios orase con él. Y dijo:

-Sois un par de gilipuertas.(*)

(*N del T:  Respecto a la palabra gilipuertas. El término laddnkgslñskxww no goza de un amplio consenso entre los lingüistas respecto a su significado concreto. La raíz laddnkg puede significar “cazador de moscas en la nieve”, o también puede ser un mueble zapatero de IKEA, pero finalmente hemos creído que  el término gilipuertas expresaba la idea de modo claro  para el lector contemporáneo).

Abandonaron a los dos muertos y siguieron hasta la cueva que había a la izquierda y entonces fue cuando el jefe les dijo.

-¡Jo, qué diferencia! -y se frotó las manos- Que bien se está aquí, en esta caverna. Jarukk, enciende una hoguera, anda.

-Que yo sepa no hemos descubierto el fuego aun, jefe.

-¡Tú eres laddnkgslñskxww! No estamos en la prehistoria. Ya hay internet fuera de este valle, así que fíjate si conocemos el fuego.

-¿Internet?

-Sí. Incluso he estado mirando con mi teléfono móvil un sitio que se llama Desafiosliterarios.com, que es la web de los nuevos escritores.

-Mola, mola -dijeron todos- ¡Mola, mola!

-Pues sí que mola, sí. Ahora van a crear una nueva sección de relato histórico llamado “Relatos con historia”.

-¡Mola, mola! ¡Mola, mola! -repetían aquellos terribles guerreros y agitaban la cabeza como el que dice que sí, que sí.

-Vamos a escribir un relato cada uno y contaremos algo en un contexto histórico que nos interese.

-¡Mola, mola! ¡Mola, mazo, mola!

Y todos se sentaron y untando la punta de un colmillo de mamut (entre todos, porque el colmillo pesaba 150 kg) con la sangre de un canis lepophagus empezaron a escribir en la pared de la cueva. Todos sacaban la lengua cada vez que escribían una O y hacían el recorrido con la punta, y su jefe los miraba como diciéndose, dioses, vaya tropa tengo.

-¿Pero os  habéis registrado ya en desafiosliterarios.com?

-Si es que son laddnkgslñskxww, ¿eh, jefe?-se aventuró a opinar Jarukk

-Podéis preguntar también a Ángeles Cantalapiedra. Lo de la piedra suena más a lo nuestro, pero si vuestro relato va de romanos o de aztecas, por ejemplo, también podéis preguntarle a ella y a Enrique Brossa.

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 5

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 5

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Próculo Tontinus penetró en la zona que él mismo se había asignado con la esperanza de ser quien diera con el hallazgo. No lo podía remediar: era como el aceite, siempre tenía que quedar por encima de los demás. Tampoco le importaba el método a emplear, como acababa de hacer al reservarse para sí el mejor territorio, donde realmente pensaba que se encontraría la nave. A eso que muchos llamarían ser tramposo, para Tontinus era simplemente tener sentido práctico. Si tenía que avasallar a alguien lo hacía sin más, como en aquel caso del asesino de ancianas.

Aquello sucedió precisamente cuando acaba de incorporarse a su actual puesto. Era novato pero el mal genio ya le fluía por las venas. No dudó ni por un momento en ningunear el buen trabajo de sus subordinados, que consiguieron resolver el asunto de forma admirable, para ponerse él todas las medallas. Y en efecto, aquello le valió su primera condecoración. También le costó un expediente sancionador a su segundo de abordo de entonces: un tipo demasiado brillante. No dudó ni por un instante en ponerle la zarpadilla para mandarlo a la calle a dirigir el tráfico. Destruir de esa manera la carrera de su competidor fue despiadado, pero totalmente necesario bajo su punto de vista.

Greena Holt también sobresalía del montón, no le cabía duda, pero el hecho de que fuera fémina lo cambiaba todo. Dado el machismo imperante en el cuerpo, del que él, por cierto, era un claro exponente, en la práctica resultaba imposible que le pasara por encima. Además, estaba loquito por ella. A veces se preguntaba qué era lo que tenía esa reptiliana para hacerle perder el sentido. Sería su mirada seductora, su escultural figura, esa forma tan graciosa de mover las ancas al caminar o lo peleona que era: con ese genio que estallaba a la primera de cambio. En esos casos solía lanzar su lengüita hacía él de una manera tan graciosa…

Lo único que tenía claro era que cuanto más lo rechazaba ella más necesidad tenía él de conquistarla. Sabía que por ese motivo se había puesto en ridículo en alguna que otra ocasión, pero no le importaba. Se la trabajaba a pico y pala con la esperanza remota de que algún día cayera rendida a sus garras. Aunque a veces le incomodaba que tan solo lo considerase un pagafantas. Soñaba con que su momento llegaría tarde o temprano y entonces todo habría merecido la pena.

Ahora, sin embargo, se concentraba en buscar cualquier rastro de la nave o de su ocupante. El inspector no destacaba por su valentía precisamente, pero no estaba intimidado ante la posibilidad de encontrarse cara a cara con aquella criatura del espacio, ya que confiaba en el poder de su arma de rayos láser. La había utilizado con anterioridad y sabía lo que era capaz de hacerle a cualquier ser vivo. Si era de carne y hueso y sangraba, podría neutralizarlo sin problemas llegado el caso. En otro orden de cosas, también se preguntó, tan solo como curiosidad científica, qué aspecto tendría, si sería capaz de respirar el aire de Belenus y otras cosas por el estilo.

Llevó a cabo el rastreo con parsimonia y de manera exhaustiva. No había ninguna prisa. Dividió la extensión en cuatro partes, fiel a su mentalidad cuadriculada, y fue revisándolas una a una y por orden. Ya iba por la tercera zona y no había descubierto nada. Empezó a desesperarse. ¿Es que no iba a encontrar nada anormal en aquel maldito bosque?

En eso que la luz de Sámsara asomó por detrás un espeso nubarrón y se le cortó la respiración al ver por primera vez la aeronave, que resplandecía en la oscuridad de la noche con un fulgor plateado, a unos trescientos belenímetros de donde se encontraba. —¡Oh, Grgan Salvadog de los Gueptilianos! ¡Ya te tengo! —dijo exultante—. ¡Ahoga sí que sí! ¡Pog fin egues mía!

Soltó una risita sardónica en señal de triunfo, pero enseguida se dio cuenta de que aquel claro pertenecía a la zona asignada a Holt. Tenía que darse prisa para llegar antes que ella, no le fuera a jeringar el hallazgo. Echó a correr, aunque no era algo que se les diera demasiado bien a los reptilianos, debido a la particular conformación de sus caderas que los hacía bambolearse de lado a lado. En aquel momento deseó ser tan veloz como el campeón belenolímpico de los cien belenímetros lisos. No había avanzado ni cinco zancadas cuando se hizo un lío con las patas y fue a parar de bruces al suelo, justo en el único charco que había a la vista.

—¡Pog todos los Dioses del Univegso Gueptiliano! —exclamó furioso—. Nota mental: llamag mañana mismo al ayuntamiento paga pedig que agueglen estos caminos de tiega.

Él era así, capaz de pensar en cualquier solución disparatada con tal de no reconocer su torpeza. Se levantó de manera desmañada dando todavía algún que otro traspié y luego se sacudió el barro como mejor pudo. Todavía estaba tratando de adecentarse cuando sonó su intercomunicador.

—¿Pero qué quegán ahoga? ¿Es que no pueden dejag que me lama las heguidas en paz? —En realidad lo único que tenía herido Tontinus era el orgullo.

—Holt a Tontinus. Hay novedades. Repito: Holt a Tontinus. ¡Conteste! Hay novedades. Cambio.

—Tontinus a Holt. Espego que sea impogtante. He descubiegto la nave y me diguiijo hacía ella. Me está distgrayendo de mi objetivo. ¿¡¡¡Me oye bien!!!?: ¡¡¡me está distgrayendo de mi objetivo!!! —hablaba a la subinspectora a voz en cuello: ni podía ni quería disimular su enojo—. Cambio.

—Holt a Tontinus. Estupendo, venga hacia aquí y nos vemos. Le espero. Ah, y… no hace falta que grite, que casi le oigo sin necesidad de intercomunicador. Cambio.

—Tontinus a Holt. ¿Cómo dice? ¿Qué significa ese «venga hacia aquí»? ¿Dónde está usted ahoga mismo? ¡Explíquese mejog! Cambio.

—Holt a Tontinus. Pues lo que ha oído, que le espero en la nave. Es exactamente donde estoy.

«¡Maldita sea! ¿Cómo ha podido pasag? ¡Ella ha llegado pgrimego! Esta gueptiliana es todavía más lista de lo que yo cgreía».

—Y eso no es todo, inspector —continuó Holt ajena todavía al estado de cólera que se había desatado en Tontinus—. Estoy con una niña. Solo sé que se llama Cris. Se niega a contarme nada más. No para de llorar y de decir incoherencias. Cambio.

—Tontinus a Holt. No… no haga nada hasta que yo llegue. ¿Me ha oído bien?: ¡Nada! ¡Bajo ningún concepto! Cogto y ciego.

Terminó de recomponerse y luego se dirigió hacia la nave caminando. Ahora que sabía que Holt ya le había ganado por la zarpa no tenía ningún sentido seguir corriendo. Cuando llegara el momento ya pensaría en algo que le hiciera quedar por delante de ella. «¡La iniciativa les llega a los que saben espegag!». Era una frase que se decía a sí mismo cuando las cosas no le salían bien, algo que en los últimos tiempos le estaba ocurriendo con más frecuencia de la que deseaba.

Llegó en cinco beleniminutos. De cerca, la visión de la lanzadera le dejó con lo boca abierta e hizo que se olvidara del enfado durante un momento. Se trataba de un cacharro verdaderamente imponente, no tanto por el tamaño, que no era espectacular, como por su estructura y acabado. En el fondo estaba de suerte. Ese caso podría dar un gran impulso a su carrera llevándolo bien. ¿Cuántos inspectores tendrían una oportunidad como esa a lo largo de su vida profesional?

—¿Qué le ha pasado, inspector? —dijo Holt conforme vio el estado en que llegó—. ¡Si tiene barro hasta en el DBI!

—¡Nada que necesite usted sabeg! —dijo evasivo y otra vez con un humor de cocodráctilo al recordar el percance.

—Si usted lo dice… —respondió indiferente al malhumor de Tontinus—. ¿Qué quiere que hagamos ahora?

Podgría contagme exactamente lo ocuguido, Holt. ¡Cgriatuguita,  si vas en pijama! ¡Estagás muegta de fgrío, con lo que todavía guefgresca en Althea pog las noches!

—Me la encontré a unos cincuenta pasos de aquí entre unos matorrales. Como ya le he dicho, solo sé su nombre. No hay manera de que suelte prenda. Luego me di cuenta de que la nave estaba aquí mismo y me acerqué a investigar sobre el terreno. Me da la impresión de que la niña se ha perdido. ¿Qué hacemos con ella, jefe?

—Hummm… Déjeme pensag un momento… ¿Qué podgríamos haceg? ¿Llamag a una patgrulla paga que la lleve a comisaguía, le hagan entrag en calog y le ofgrezcan algo de comeg, quizás? —Se regodeó en el sarcasmo y disfrutaba de lo lindo humillando a Holt—. ¡Un poco de más de iniciativa, subinspegtoga, que hay que ganagse el sueldo!

Esta vez, sí: intimidada por el tono de Tontinus, Holt cumplió de inmediato la orden implícita del inspector.

—Eso es —asintió ya satisfecho y en un tono más suave—. Nos ocuopaguemos más adelante de devolvegla a su casa. Ahoga, a veg qué hacemos con este tgrasto —dijo refiriéndose a la nave—, que lo pgrimego es lo pgrimego.

—¿Cómo se atreve, Próculo Tontinus? ¿Pero qué me está diciendo del liguero…? ¡Será sinvergüenza! ¡Deje ya de mirarme las patas, so fresco! ¡Cómo siga con esa actitud le denuncio al sindicato! ¡Es que ya no le tolero ni una más!

En ese momento le soltó una sonora bofetada que casi le vuelve la jeta del revés.

—¡Para que aprenda modales!

Nunca en su vida había consentido que nadie abusara de ella y el inspector no iba a ser el primero de la lista.

Pego pego… ¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loca pog completo? ¡Que eso duele! Me ha entendido mal, Holt. No dije liguego sino pgrimego: ¡PGRI-ME-GO! —aclaró Tontinus tratando de mejorar la pronunciación, sin conseguirlo del todo. Aunque sí lo suficiente para sacar a Holt de su error.

—¡Upss…! —se disculpó Holt al ver la marca que le había dejado en el carrillo—. Lo siento, inspector. ¡Espero no haberle hecho mucho daño! Aunque quizás sería una buena idea que lo tratase un logopeda. Solo para que no le sucedan esta clase de malentendidos.

Un sonoro ¡Brrrrrrrrrrr! fue toda la contestación que obtuvo de Tontinus.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 4

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 4

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La subinspectora Greena Holt subió al transporter patrulla en donde la aguardaba Próculo Tontinus desde hacía escasos beleniminutos. Cuando la llamó estaba disfrutando de una suculenta cena en La Taberna de la Lombriz, la mejor gusanería de toda la ciudad en compañía de su novio, Clark Humble, aunque ella solía preferir El Corazón del Reptiliano, que era un restaurante mucho más íntimo y romántico. Por culpa de la urgencia del inspector no pudo pasar por casa a cambiarse de ropa. Cuando él la vio acercarse, todavía de tiros largos, con ese vestido tan ajustado que resaltaba la firmeza de sus pectorales y esos tacones de aguja, que dotaban de mayor rotundidad a su caderamen, no pudo reprimir un silbido de admiración. ¡Qué buena estaba la condenada! Ninguna tenía esos colores tan vivos en las escamas ni unas garras tan finas y elegantes como las suyas.

—Hola, Tontinus. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Ya no puede una salir a cenar tranquila ni cuando está fuera de servicio?

—Tenemos que pratrullag esta noche. Me ha llegado un chivatazo. —Arrancó el transporter sin hacer caso del enfado de su compañera—. Tenemos que ig al bosque.

—¡Pues qué bien! —Holt no pudo disimular el sarcasmo.

Intuía que su Clark había estado a un tris de pedirle matrimonio y por culpa de la inoportuna llamada de Tontinus se le había aguado la fiesta. Todavía recordaba cómo se le pusieron los ojitos cuando tuvo que dejarlo solo en el restaurante. Menos mal que era un solete y comprendía que el trabajo era lo primero.

—Espero que esta noche hagamos algo de provecho. De lo contrario jamás se lo perdonaré, inspector.

—¿Quizás he integumpido una cita impogtante, subinspectoga? —Sonrió con cinismo al hacerle la pregunta. Muy bien sabía que sí.

—Váyase a la porra, imbécil —respondió con descaro mientras le hacía una peineta. Pero como iba conduciendo, él no se dio cuenta.

Desde que se conocieron, habían pasado ya unos cuantos años. Tontinus y Holt habían coincidido en la academia y después estuvieron en destinos separados. Se reencontraron cuando ella se trasladó a la comisaría del distrito oeste. Al principio el tipo no le cayó mal. Sin embargo, conforme lo fue conociendo empezó a sentir un creciente desprecio hacia él. Le parecía el reptiliano más engreído y prepotente que había conocido, además de un machista redomado. Era el típico que se adjudicaba todos lo méritos cuando las cosas salían a pedir de hocico y escurría el bulto echando las culpas a los demás cuando se torcían. En su opinión, como investigador era pésimo, aunque gozara de gran prestigio en el cuerpo, y para colmo de los colmos se creía todo un donjuán. ¡Seguramente que en su casa no tendría espejos!

La llegada a su destino puso fin a la discusión.  Antes de salir del transporter Tontinus dijo:

—Ya que ha venido sin el unifogme podguíamos fingig que somos una pagueja de enamogados. Así no levantaguíamos sospechas y si nos abgrazágamos seguía aún más cgreíble. ¿No le paguece, Holt?

—Estará de broma, ¿no? —Tan solo de pensar en esa posibilidad se le había revuelto el tercer estómago—. Déjese de estupideces y vaya al grano. ¿A qué morros hemos venido al bosque?

—¡Huy, pegdone! ¡Qué no se lo había dicho! Guesulta que un infogmante anónimo ha llamado hace como una media hoga a comisaguía para decig que ha visto a un seg de apaguiencia muy extgraña pog este bosque. Casualmente es donde dicen que ese chico…

—¿Berg? ¿El de esta tarde?

—¡Subinspectoga! ¡Haga el favog de no integumpigme mientgras le hablo de una misión oficial! Sí, efectivamente, me guefiego a ese Begg, o cómo se llame…

A pesar de su deficiencia no se cortaba ni un pelo al hablar. Quizás otro en su lugar trataría de adecuar el vocabulario empleado a sus limitaciones, pero él no. Su ego le impedía reconocer cualquier fallo en su persona.

—¡Pegdón! ¡Quiero decir perdón, señor inspector! Le prometo que no volverá a ocurrir —dijo aguantándose a duras penas una carcajada.

Sabía que Tontinus tenía esa mala dicción por culpa del frenillo y eso tenía un pase. Al fin y al cabo, nada podía hacer para evitarlo, no era culpa suya. Pero esa manera de restregarle por la cara su inferioridad en el escalafón había sido lo más ridículo que le había oído últimamente. Mucho más incluso que lo de hacerse pasar por una pareja.

—Bien. Puesto que mi prgimega pgropuesta no le ha gustado pasaguemos al plan B: usted explogagá a fondo esta zona y yo esta otgra —dijo señalándoselo todo en un plano—. ¡Si no hay novedad, nos veguemos aquí dentgro de una belenihoga!

Holt puso una mueca de asco cuando se dio cuenta de que Tontinus le había guiñado el ojo al hablarle mientras se relamía con su enorme lengua bífida, pero ya no dijo nada más. Poco a poco se había ido acostumbrando a pasar de sus gilipolleces. No le merecía la pena discutir por tan poca cosa y mucho menos con un tonto de la cola como él. Algún día encontraría un mando superior que sabría darle su merecido. Si se trataba de una reptiliana, mejor que mejor. Así la vengaría por todas las afrentas que tenía que aguantarle a diario.

Se bajaron del vehículo y se separaron. Tontinus se dirigió al norte y Holt fue en sentido opuesto. Se adentró en la vegetación sin volver la vista hacia su molesto compañero y se sintió aliviada. Tras aguantarlo durante todo el día y parte de la noche, la soledad era una bendición. ¡Nadie sabía la paciencia que tenía que gastar con él! ¡No paraba de tirarle los tejos a cada momento! Daba igual la cantidad de calabazas que le había dado, ni que supiera que ella tenía novio. Tampoco parecía importarle nada ponerse en ridículo cada dos por tres.

Estaban llegando a la estación templada y la noche era maravillosa. Las estrellas brillaban en el cielo y en el bosque se respiraba quietud y sosiego. Sámsara, la preciosa luna de Belenus, luminosa y de un rosa pálido, la más grande de todo el año, lucía en el cielo en plenitud, imponiendo su claridad al gris ceniciento de las escasas nubes que en ese momento surcaban el cielo.

La subinspectora aspiró con deleite el aroma herbáceo que impregnaba la idílica noche. Ojalá no estuviera ahí en una misión con el idiota de Tontinus, sino dando un paseo romántico con Clark. Podrían ir bien agarrados por la cintura, pegaditos y diciéndose al oído cosas bonitas y haciéndose carantoñas. Holt pensó que ese podría haber sido el momento y el lugar ideal para que su novio le pidiera formalmente la garra. Un suspiro brotó de su jeta. Acaba de separarse de él y ya estaba echándole de menos. Clark la hacía muy feliz. Era el mejor reptiliano del mundo, además de uno de los más guapos que había conocido. Estaba enamorada hasta las ancas.

Pero Holt, que era muy profesional, dejó sus divagaciones a un lado y abrió bien sus ojos de tres párpados a ver si había algo fuera de lo normal. Inspeccionó a fondo la zona que le había asignado Tontinus y no observó nada llamativo. Bajo los abedulanos, de follaje plateado, cuyos troncos esbeltos apuntaban hacia el cielo, todo seguía tranquilo. En un par de ocasiones oyó ruidos, pero cuando se acercó con sigilo a mirar de dónde provenían, resultó ser la propia fauna del bosque, que estaba habitada por muchos animalillos que salían por la noche para cazar o ser cazados, pero que, en cualquier caso, resultaban inofensivos para los reptilianos.

Sin embargo, en la siguiente ocasión que oyó algo raro y se acercó para observar más de cerca, apenas pudo contener un grito de sorpresa: «¡Por la Gran Madre Reptiliana! ¡Pero si es una cría! ¡Qué morros hace aquí sola!». Holt no lo podía creer: la niña, de unos cinco o seis beleniaños, estaba escondida entre unos arbustos e iba en pijama. Se pellizcó una vez para comprobar que era verdad. No lo hizo una segunda porque se había hecho un rasguño con su propia zarpa. Con la manicura recién hecha no podía cometer esos excesos expresivos o se arrancaría todas las escamas en un plis plas.

Se aproximó un poco más sin dejarse ver. Una vez que estuvo lo bastante cerca para hablarle sin necesidad de gritar, le preguntó con voz suave:

—¿Cómo te llamas, cielo?

Cris se sobresaltó al oírla. No esperaba que nadie la encontrara en el escondite donde la había dejado Berg. Ahora tenía miedo por lo que pudiera pasar. Además, sabía que estaba en un brete porque, hiciera lo que hiciera, estaría desobedeciendo sus órdenes y había sido muy explícito con ellas.

—Me llamo Cris. Mi caaasa —acertó a decir entre sollozos.

—Claro que sí, guapa. No te va a pasar nada malo, que para eso soy policía.

Holt quedó desconcertada al comprobar que sus palabras no solo no habían tranquilizado a Cris, sino que la hicieron llorar todavía con mayor desconsuelo. Estaba pensando qué debería hacer, cuando al mirar por encima de la niña, se vio sorprendida por la visión del codiciado artefacto por el que Tontinus había echado a perder su «gran noche». Se trataba de una majestuosa nave espacial, de un gris plateado que refulgía bajo la tenue luz de Sámsara con un esplendor inigualable. Entonces la subinspectora decidió aproximarse cuanto antes a la nave y llamar luego a Tontinus, quien sin duda debería reconocerle el mérito de su descubrimiento. Eso sería una buena compensación por haber tenido que interrumpir la cena íntima con su novio.

 

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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