Un verano en la aldea

Un verano en la aldea

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Llevo tres horas en camino desde que salí de la capital y aún me quedan otras tres horas de carretera para llegar a mi aldea natal.

Me llamo Javier. Tengo 45 años y vivo en Madrid. Trabajo en una multinacional y siempre que puedo intento coincidir mis vacaciones con las fiestas de mi aldea.

Me gusta escaparme hasta allí. Dos semanas completas en las que disfruto, del verde de mi tierra, del olor de la hierba mojada, de la tranquilidad de la aldea. Poder pasear con tranquilidad y ver a los vecinos trabajar en sus campos, con las lechugas, las patatas, los grelos, las cebollas,…etc.

Llego cansado del viaje a casa de mis padres y lo primero que hago después de saludar a mi madre, es darme una ducha bien fresquita y dormir un rato para disfrutar de la tarde. Para las fiestas aún quedan un par de días y mientras tanto quiero disfrutar de la paz y de los míos.

Un par de horas más tarde y después de haber comido, ayudo a mi madre a limpiar la cocina de leña, en donde tantas veces nos hemos reunido a celebrar fiestas familiares o degustar los ricos manjares de mi abuela y de mi madre. Como en la cocina de leña, no se come en ningún lado.

Por la tarde, aprovechamos para ponernos al día y paseando la acompaño al Centro Sociocultural para la reunión quincenal de palilleras de Camariñas. Desde que enviudó hace bastante tiempo, el grupo la mantiene bastante animada.

Mientras ella está en el Centro, yo aprovecho a dar una vuelta. Me ha dicho que no me preocupe, que su amiga María la acompañará a casa como siempre. Entonces aprovecho para ir al campo de la fiesta, a tomarme una cervecita a la tienda-bar de Josefa, mientras veo al abuelo sentado en el banco viendo a su nieto jugar con el nieto del Cojo, el de la Botica. Porque aquí se sigue llamando Botica no Farmacia.

De repente, un puñetazo me hace girar la cabeza y ver la mesa que está al fondo. La peña de los jubilados está jugando a una partida de dominó y uno de ellos, llamado el Bizco, se ha enfadado porque ha vuelto a perder una vez más.

Al acabar decido a andar por los caminos un poco y por cada sitio que atravieso es un vecino que me saluda. Es lo bueno que tiene la aldea, aquí todos nos conocemos y cualquiera ayudaría a otro si estuviese en un aprieto.

  • ¡Anda! ¡Unas ovejas! Hacía años que no veía unas -.

Detrás de ellas, veo corriendo a Oliveira, su dueño.

-¡Oliveira! ¿A dónde vas tan deprisa vecino?-.

  • Estas ovejas, que cualquier día me matan de un disgusto. ¡Estaros quietaaaassss! Ufff, menos mal que se han parado en la pila. Te dejo, Javier, no se me vayan otra vez a escapar-.

Y allí va, rápido como una flecha, se dirigió hasta ellas y las encaminó hasta su sobrino donde estaba esperando con el resto del rebaño.

Yo seguí mi camino, e inesperadamente vi a lo lejos una chica pelirroja menuda muy sonriente y sentí una punzada en mi estómago como si la conociese de toda la vida. Seguí caminando y nuestras miradas se cruzaron. Yo le regalé un hola y ella a mí una dulce y tímida sonrisa que me dejo embobado. Tan embobado que consiguió que me diese contra la única cabina de teléfono que quedaba en la aldea. No la volví a ver.

Después de aquella torpeza, decidí volver a casa. No sin antes pasar por casa de mi amigo Rogelio y ver a sus dos princesas, dos vacas rubias gallegas, como las llama él, Mariana y Rubia. Y siempre acabo llevándome un cántaro de leche fresca recién ordeñada.

Y llegó el día del patrón… Bombas de palenque, pasacalles de la banda de música, misa en la capilla, procesión y lo mejor… la sesión vermouth.

Por la noche, después de la cena, quedé con Rogelio para tomar unos “cacharros”.

Recordamos viejos tiempos y anécdotas y cuando comenzó la orquesta a tocar nos animamos a echar unos bailes.

Él se dirigió hasta Rosita, la hija de la panadera. Llevaban un tiempo viéndose y los deje a su aire.

Yo, por el contrario, estuve un rato observando el panorama, hasta que una mano me tocó por detrás…

Era  Berta, mi novia de la adolescencia. Me sorprendió verla tan radiante, tan guapa. La invité a tomar algo y nos pusimos al día. Era mirarla a los ojos y volver a ser un loco adolescente. Hablamos sobre nuestra vida y ella me comentó que por trabajo, andaba entre Barcelona y Madrid.

  • ¡Qué bien! – Pensé para mí

Después de un rato charlando de cosas banales, no aguantaba más, y acabé preguntándole si estaba casada y para mi sorpresa me dijo que se había divorciado hace poco.

Decidí no perder la oportunidad y la invité a bailar. Me propuse esa noche intentar recuperar aquello que perdí hace tanto tiempo.

Y así fue, estuvimos bailando durante horas, compartiendo risas con Rogelio y con Rosita, al compás de las canciones del momento o de los clásicos que nunca fallan: “Bienvenidos”, “La Barbacoa” o la mítica: “Miña Terra Galega”.

Bien entrada la madrugada, decidimos volver a casa. Rogelio, llevó a Rosita hasta su casa. Y yo acompañé a Berta…mientras caminábamos, nos vinieron muchos recuerdos a la mente, muchas risas. Al llegar, me invito pasar al porche y me ofreció una copa de vino que yo acepté gustosamente.

Disfrutamos de la estupenda noche que hacía, deleitando un buen vino. Nos preguntamos tantas cosas, que hoy en día si lo pienso aún no recuerdo mucho de lo que hablamos aquella noche. Pero, de lo que sí, que no nos olvidamos es de aquella atracción que nunca desapareció entre nosotros.

Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos fundimos en un cálido y profundo beso. La noche con ella fue pasional y romántica, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien.

A la mañana siguiente, le comenté que tenía que volver a Madrid en dos días y que volviese conmigo. Ahora que nos habíamos reencontrado, no quería perderla de nuevo. Ella aceptó sin dudarlo. Desde ese momento, Berta y yo retomamos una historia sin  final.

 

 

 

 

 

 

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EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

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Aquel día la noche le cayó encima sin darse cuenta. Caminó sin descanso desde bien temprano con la intención de hacerse con una buena lista de pedidos. Amaneció con el cielo despejado y así siguió hasta que sobrevino la oscuridad sin ser anunciada por el crepúsculo.

Estaba tan absorto en su tarea que no fue consciente de lo mucho que se había alejado de las zonas habitadas. El sol le había golpeado con fuerza mientras estuvo visible. Hasta que no notó su ausencia no comprobó los efectos que andar todo el día bajo él le habían dejado en su cuerpo. Estaba fatigado y sediento. Tenía la boca seca por la falta del líquido elemento y de tanto hablar.

Se sentó en un banco. Sacó la libreta del maletín y contó los pedidos. Sonrió satisfecho. Se encendió la luz del porche de la casita que tenía justo detrás. Era pequeña y coqueta. La zona estaba llena de viviendas unifamiliares casi todas iguales. Parecían clonadas. Se distribuían simétricamente de dos en dos. La que ahora tenía frente a él era diferente. Más vieja. Era como una casita Victoriana en miniatura. Desentonaba totalmente en el entorno. Decidió que sería la última visita del día. Con un poco de suerte allí le podrían dar una baso de agua y dejarlo llamar a un taxi.

Golpeó con energía tres veces. Nadie contestó. Repitió la operación y la puerta cedió abriéndose lentamente. Mientras lo hacía emitía un chirrido que le puso los pelos de punta. Se adentró con prudencia esperando encontrar a alguien detrás de ella. «Quizá sea un niño y por eso no lo veo», pensó. Ya le había ocurrido en otras ocasiones. Con todo el cuerpo dentro del recibidor se dio cuenta que sudaba y esta vez no era por culpa del astro rey.

¡Buenas noches! Suba, suba.

Alzó la vista y al final de una escalera empinada se encontraba una mujer que le hacía señas para que subiera. De repente se quedó paralizado. Los ojos se le abrieron como platos y dejó caer el maletín que llevaba.

La mujer que lo esperaba solo vestía un salto de cama de color negro con transparencias. Intentó tragar saliva pero no pudo generarla, así que se tuvo que conformar con carraspear.

Buenas noches señora. Ya sé que quizá sea un poco tarde…

¡No le escucho! Haga el favor de subir.

Aunque turbado, no pudo evitar volver a mirarla, fijándose en los pocos detalles que desde esa distancia podía apreciar. Pero su mente ya había compensado esa carencia añadiendo imaginación. Quiso convencerse de que se trataba de una mujer de mediana edad, tremendamente atractiva y con una curvas que apenas podían esconder la diminuta prenda que llevaba. Se fijó en los zapatos de tacón de aguja que llevaba y se preguntaba quién se atrevería a salir a la calle así. Pronto se daría cuenta que no era esa la intención de la anfitriona.

Comenzó a ascender torpemente mientras notaba como el corazón luchaba por salir de su cavidad. Golpeaba tan fuerte que casi podía tocarlo con las manos. Como hipnotizado prosiguió con la inspección. Recorrió con la mirada cada centímetro de sus piernas. Sobrepasadas la rodillas imaginó que al final de aquellos muslos estaría la joya de la corona protegida por unas sensuales braguitas que harían juego con el picardías. Una huérfana ráfaga de viento entró por la puerta haciendo que la falda del cortísimo camisón alzara el vuelo.

En ese momento tropezó y se dio bruces contra los escalones. Ella acudió a auxiliarlo. Se agachó para ayudarlo a incorporarse. Vicente levantó la cabeza y se encontró de lleno con un paraíso que confirmaba sus pensamientos y del que no se pudo desprender por el resto de sus días. Ni siquiera ahora, mientras se lo explicaba a su superior, podía evitar excitarse.

¡Pero sigue, sigue! No te pares ahora. No me dejes así…

«Necesito un vaso de agua»

Yo te traigo uno de vino que será más emocionante —se apresuró a contestar su jefe.

No me ha entendido. El vaso de agua se lo pedí a ella.

Sin recordar cómo, Vicente se encontró empotrado en el sofá de lo que supuso que era la sala de estar. Era tan bajo y desvencijado que las rodillas le quedaban casi a la altura de los ojos. Era imposible incorporarse sin ayuda. Hubiera estado más cómodo sentado en el suelo. Una solitaria lámpara con la pantalla de un desgastado color rojo era la única fuente de luz. Estaba sobre uno de los pocos muebles que se podían vislumbrar en aquella penumbra de burdel.

Disculpe usted. No quería molestarla a estar horas.

No me molestas. Agradezco tu visita.

Tengo la garganta seca. ¿No podría darme un vaso de agua?

¿Y tú, qué me vas a dar?

Verá, soy vendedor de libros…

Crees que voy vestida para leer algún libro.

Nada más decir esto, la mujer se aproximó a Vicente tanto que casi le puso los pechos en bandeja. Aquella visión lo volvió a perturbar de tal manera que le provocó otro intento fallido por tragar saliva. Este fue doloroso y se notaba la garganta totalmente irritada.

No sé adónde iba usted o qué pretendía hacer. No tenía intención de interrumpirla. Pero necesito beber un poco de agua…

¿Qué estás insinuando? !Soy una señora!

Verá. No quería ofenderla. Pero si hablamos de insinuación…

Quizá tú seas uno de esos…

…De esos que tienen sed. Sí.

Me refería de esos a los que les gustan los hombres .

¡Noooo!

¿No te gusta lo que ves?

¡No se puede imaginar lo que me gusta! Por eso necesito agua, para no desfallecer. No quiero perderme esta visión.

No tengo.

¿No tiene agua?

No tengo dinero.

¿Cómo dice?

Para comprarte libros.

No se preocupe por ello. Yo se los regalo todos, pero por el el amor de Dios, deme un vaso de agua.

 

Noticias del año 2050

Noticias del año 2050

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El primer clavo de titanio y las primeras prótesis de caderas sorprendieron. Después de un tiempo las personas naturalizaron las piezas dentales artificiales.
El riñón y el hígado creados en laboratorios, y funcionando con éxito en los primeros trasplantados, asombró a la comunidad científica mundial.
Ya en el 2030, las nanopartículas se incorporaban a los humanos a partir de los 18 años para reproducir continuamente las células que el cuerpo necesitaba: según tipo y cantidad. Se había logrado obtener la fuente de la eterna juventud, de la inmortalidad.
Afortunadamente quebró el mercado negro de órganos. Las industria cosmética dejó de investigar y producir cremas antiedad.
Desafortunadamente la población mundial triplicó su volumen en el último lustro y los alimentos comenzaron a escasear.
El Papa preside la Iglesia Católica desde el año 2013. Todo parecería indicar que los reyes europeos se perpetuarán en sus tronos.

El día en que se perdió la juventud

El día en que se perdió la juventud

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La esperó delante de la puerta durante más de una hora. El frío de la noche estaba comenzando a hacer mella en él y, para colmo, su último cigarrillo se había terminado hacía más de dos horas. La tentación por regresar al interior del local había sido demasiado fuerte en varias ocasiones, pero los vapores del alcohol que, a aquellas horas tan avanzadas de la noche, ya habían comenzado a desaparecer, le aclararon la mente lo suficiente para saber lo que tenía que hacer. A la par que exhalaba un inmenso suspiro, guardó las manos en el interior de los bolsillos de su chaqueta vaquera y comenzó a caminar por la calle medio desierta. En tan solo un par de minutos su silueta ya se había fundido con la oscuridad de la noche.

La tarde había comenzado de una manera excelente. Al fin habían conseguido que toda la pandilla de sus tiempos de juventud se reuniese al completo, algo que les había llevado meses organizar. Al principio se sintió extraño. Todos aquellos muchachos y chicas jóvenes que fueron en un día inseparables, los que él guardaba en su memoria de una manera tan fiel, se habían convertido en un grupo de treintañeros de lo más diverso. Ante él se hallaba un grupo de maduritos casi sin pelo, mamás que solo hablaban de las maravillas de sus hijos, casi todos con algún quilo de más. En su fuero interno, sintió que él era el único que aún conservaba la frescura y lozanía de tiempos atrás y, en cierto sentido, se sintió reconfortado. Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, también iba modificándose su mirada hacia ellos, ya no le parecían tan mayores, ya no los sentía tan deteriorados y, en última instancia, tuvo que asumir que su propio aspecto sería similar al de aquel grupo de viejas amistades nacidas todas en el mismo año. Lo único que le diferenciaba de ellos era que él aún conservaba la libertad que le confería su soltería.

Unas cañas y un buen picoteo fueron todo lo que hizo falta para que volviésemos a ser los de siempre. Los años no habían pasado, todos volvimos a tener catorce, quince, dieciséis años… Y de esa manera nos comportábamos mientras caminábamos por las calles de un garito a otro, mezclados con una juventud ansiosa por liberar el cuerpo de los estudios de la semana y una madurez que pretendía escapar por cualquier resquicio, resistiéndose a abandonar de una vez por todas la tan apreciada edad de cometer todo tipo de locuras sin temor a remordimientos.

En el último local al que entraron, de algún modo, se comenzó a encontrar fuera de lugar. Un after con música estridente, estrambótica, donde la juventud bailaba con un frenesí fuera de lo normal, enajenada como si se tratase de una gran horda de zombies de ojos vacíos que se movían entre espasmos y litros de sudor. El vaso de ginebra que llegó a sus manos destilaba un sospechoso olor que le hizo dudar, incluso a distancia, de la calidad de aquella bebida. Quedó abandonado en una de las repisas que estaban repartidas aquí y allá.

Se fijó en Lucía, su gran asignatura pendiente de los tiempos del instituto. Tenía que reconocer que el paso de los años había efectuado un gran poder sobre ella, volviéndola incluso más atractiva aún si cabe. La mirada de ella se clavó en la suya con gesto travieso. Se acercó a ella y, rodeándola con su brazo por la cintura, no hizo falta palabra alguna para que, juntos, abandonasen el lugar. Acababan de traspasar la puerta, asomados al frío de la noche, cuando ella le pidió que la esperase un momento, tenía que pasar por el cuarto de baño. Un apasionado beso antes de girarse y él se quedó con mirada de bobo ilusionado, mientras la contemplaba desaparecer engullida de nuevo por la marabunta de zombies epilépticos.

Echó en falta un cigarrillo en aquellos momentos, pero se obligó a esperar a aquella musa de su juventud que prometía una noche espectacular, con el morbo añadido que proporcionaba el hecho de que fuera una mujer ya casada. Esperó durante los diez primeros minutos, emocionado, jugueteando con los pies para calmar el frío de la noche. Para cuando había pasado media hora, comenzó a sentir el deseo de ir a buscarla, pero se contuvo. Ella le había dicho que la esperase y confiaba en ella. Después de una hora en pie, objeto de todas las miradas de los jóvenes que entraban y salían sin cesar, fue cuando decidió que, estaba claro, aquella mujer se la había jugado. Pensó durante unos segundos en si habría perdido parte de su capacidad natural para interpretar el lenguaje corporal y, sin dar tiempo a pensar más, se alejó en la oscuridad de la calle.

En el baño de aquel antro ruidoso, rodeada de niñas con sobredosis de hormonas y jadeos sin disimulo provenientes de detrás de varias de las puertas del aseo, Lucía perdía la noción del tiempo delante de un espejo que a sus ojos solo mostraba el paso de unos años que no habían tenido tregua con ella y de una rutina que la había devorado por completo. Con gran nerviosismo, se esforzaba por componer y recomponer aquel rostro surcado de incipientes arrugas y mostrarse ante aquel chico que tantas veces había recordado desde que terminaron el instituto con la verdadera cara que debía reflejar su edad interior. Desparramados sobre una encimera encharcada, sus cosméticos rodaban, eran elegidos para luego ser sustituidos por otros, se borraban, se volvían a utilizar.

Para el momento en que dio por satisfecho su trabajo, salió al exterior con su mejor sonrisa y una disposición más que apropiada para el objetivo de aquella noche. Solo el frío viento de la calle le dio la bienvenida. Ni rastro de aquel muchacho que había esperado durante tantos años. No llegó a ver su silueta perderse en la oscuridad de uno de los extremos de la calle, con porte taciturno y las manos guarecidas en los bolsillos.

Suspiró al frío aire de la noche y puso rumbo a su casa en la dirección contraria a la que él había tomado.

EL SAGRADO MISTERIO DE LA TRINIDAD DE LAS INTELIGENCIAS. Fragmento

EL SAGRADO MISTERIO DE LA TRINIDAD DE LAS INTELIGENCIAS. Fragmento

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Luego estaban las conversaciones con mi amigo el científico, que, bueno, eran como esas comidas para adelgazar que te dejan con hambre, por muchos vasos de agua que te bebas. Mi amigo el científico tenía el pobre una conversación que alimentaba el espíritu pero no lo satisfacía. Era un hombre sin duda inteligente, sencillo y sano. Además, hay que decir que su amistad era de las más verdaderas y desinteresadas que jamás haya conocido. Por eso no valía para nada. Porque las buenas amistades son las que sirven para algo, es decir, las falsas.
– Desde luego, hijo mío, mira que eres raro -me decía Carmen ante este tipo de comentarios míos-. Si es que piensas demasiado. Si no pensaras tanto serías más feliz.
– Tampoco te creas que pienso tanto. Pero es que yo prefiero pensar un poco más y ser menos feliz.
– Pues no sé para qué. No profundices, hijo, que profundizas mucho. Tú lo que tienes que hacer es administrarte el tiempo. Una parte del día piensas. Pero luego ya, el resto, descansas.
– Y hago abdominales.
– ¡Eso! ¡Genial!
Quiero recordar aquí que cuando yo le exponía a Anabel alguna de estas teorías, ella parecía entenderlo ya que torcía sus labios zumbones hacia un lado, como sonriendo con maldad. Yo lo interpretaba como un asentimiento, aunque no podía estar seguro.
Una vez sentenció peinándome con los dedos el pelo revuelto:
– Jorge, Jorge, Jorge… El atormentado. ¿Qué quieres saber? ¿El origen de todo? No está aquí. No está al final del rellano. No está en Madrid.
También me llega el recuerdo del sueño y de la palabra leprino, que no aparecía en el diccionario. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel si sabía lo que quería decir leprino.
Anabel odiaba aburrirse. Por eso le bastaba con entender las cosas a la española, o sea, más o menos. Su cabeza no necesitaba conocer todos los pasos de la demostración, como le ocurría a mi amigo Carlos con sus formulaciones matemáticas. Para ella los razonamientos intermedios eran siempre irrelevantes, y si la conclusión de su interlocutor era errónea a ella le sonaba a errónea en seguida. Menos analítica pero más astuta.
Me sorprendía que hubiera tres tipos de inteligencia tan distintos como los de Carmen, Carlos y Anabel.
Carmen: la que de verdad sabía vivir, conocía su papel en el mundo y nos ganaba las partidas a todos de un modo aparentemente simple, con esos ojos dulces, inocentes… Pero perfecta heredera de todo el saber que las madres españolas conservadoras de clase acomodada provinciana han sabido transmitir a sus hijas durante generaciones. La vida es simple para ella y la sabe manejar como nadie.
La inteligencia de Anabel quedaba patente por su realismo y por su intuición para distinguir lo que es auténtico y lo que no. Su individualismo casi felino. La complejidad de su carácter, aparentemente equilibrado. No se vanagloriaba jamás de sí misma. Sabía luchar en la vida y por eso se veía abocada a hacerlo continuamente. El mundo se volvía siempre hostil a su alrededor. Sin embargo no había nada en ella de perdedora. Anabel vivía en favor de sí misma con todas sus fuerzas. Alguien habría podido elucubrar respecto al masoquismo de una personalidad como la suya, aparentemente atraída por los problemas y por los mundos turbios y adversos. Yo no lo creo. Anabel sabía disfrutar aunque no siempre lo hiciera. Simplemente vivía en su medio ambiente y, a su manera un poco descreída y amarga, amaba su mundo igual que un marino ama la mar, con su belleza y sus peligros. Igual que te puede fascinar una jungla de verdosos claroscuros y fieras acechantes.
Mi amigo el científico era el campeón de la inteligencia en su acepción más objetiva: aquélla que miden los test. Incontaminada de ideas, sólo análisis y conclusiones. Sin embargo, su conversación dejaba bien claro que poseía la imaginación, la intuición y la lógica necesarias para encontrar explicación a todos los problemas y misterios del mundo. También la sensibilidad para disfrutar con el verdadero placer superior: el intelectual. Nadie debería engañarse pensando que mi amigo era un mero recopilador de datos. Él mismo los producía. Yo siempre le decía que todas sus opiniones, sus hipótesis, sonaban no ya a acertadas, sino a rigurosamente ciertas. Nunca tenía frases atinadas. Sólo descubría realidades de una certeza exánime y fría. Eso me llevó a pensar que, en la vida, los que tienen el ingenio no son los que tienen la razón. Que es imposible que la verdad resplandezca, porque los guiños de la mentira brillan más. Parecía que Carlos no tomase parte del todo en la vida, como si estuviese por encima de ella, o por debajo. Pero finalmente no era así y su vertiente animal, como él mismo decía, se resentía con frecuencia amargándole con sus reclamaciones mal atendidas.
Tres personalidades muy distintas. Tres tipos de inteligencia.
Carmen era la única que sabía entender la vida y se deslizaba como sin esfuerzo sobre los problemas. En cierto sentido era por eso la mejor.
Junto a Anabel, todos parecíamos ridículos y chatos. Pequeños. Tontos. Conocerla era admirarla sin saber exactamente por qué. También ella parecía, visto así, la mejor.
Mi sabio amigo era un cerebro tal, que a su lado ninguna cabeza podía resistir la comparación. Dejando a un lado el hecho de que fuera un hombre y las otras dos unas chicas muy guapas, refiriéndonos tan solo a la materia gris, él era el mejor.
En resumen: los tres eran superiores a los tres. El Señor reparte sus dones para que todos tengamos nuestra faceta excelente. Lo que importa no es la capacidad que se tiene, sino el modo en que se ha elegido utilizarla, con sus ventajas y sus carencias. Y queda claro para mí que no nos sobra tanto cerebro como se dice ahora. Yo no admiraba realmente a nadie. Tampoco a Carmen y Anabel quizás porque al ser mujeres me provocaban otro tipo de admiración distinta de la verdadera admiración, que creo que no he sentido nunca pero la puedo intuir. Creo que nadie admira realmente a nadie.

Nadie admira realmente a nadie. Esto es importante. Es la prueba de que todos andamos en la tibia mediocridad.
Un domingo por la mañana, al zapear con el control remoto del televisor, escuché el fragmento de una homilía. «¿Cómo vamos a creer en Dios si ni siquiera somos capaces de encontrarlo en nuestros semejantes?» -preguntaba el sacerdote. Yo creo que hace falta mucha fe para encontrar a Dios en un semejante.

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