Original idea para iniciar a los niños en la lectura.

Original idea para iniciar a los niños en la lectura.

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Al escuchar a sus alumnos decir que “leer es un rollo”, esta profesora ideó una sutil estrategia para atraparlos en la lectura.

Introducir a niños y adolescentes en la lectura a veces resulta complicado. En una época en la que tienen diferentes estímulos, los libros parecen estar abocados al desinterés. Sin embargo, en las escuelas e institutos siguen buscando métodos para que la lectura sea una afición más.

Algunos maestros y profesores lo intentan y como la protagonista de esta historia, una profesora valenciana llamada Nay, buscan la técnica adecuada para atrapar a sus alumnos.

Para la profesora fue una cuestión no solo personal, sino una obligación. Entiende que cuando sus alumnos le dicen eso de que “leer es un rollo” ella tiene que buscar soluciones y hacerlo atractivo.

Así que decidió hacerlo de forma sutil. No con imposiciones ni recomendaciones directas, sino haciéndoles ver que podía ser atractivo. Así que decidió ponerse a ella como ejemplo, captar su atención y despertar su interés. Aparte de considerar la lectura “fascinante”, entiende que su obligación como maestra es lograr que a sus alumnos les parezca interesante.

Por ejemplo; durante dos semanas llevaba el Kindle a clase y, cuando llegaban los alumnos les dice cosas como: “un segundo, termino esta página y empezamos la clase, que está muy interesante”.
Una vez tenía atrapados a los alumnos en esa incógnita, buscó lo que les podía agradar. No buscaba leer por leer, ni imponer ciertos libros, sino hacer que ellos se sientan partícipes y en base a eso hablar de anécdotas de estos libros.

Publicó la idea en twitter. El hilo se hizo viral. En las redes sociales se ha aplaudido el resultado final: muchos alumnos le pidieron libros adaptados a sus gustos. Incluso una madre le ha dicho que su hijo no para de pedir un ebook como el que ella lleva a clase.

Fuente El Periódico

 

 

 

 

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Retrato de un escritor

Retrato de un escritor

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Te miro con la ceniza entre mis dedos mientras mis ojos se llenan de ti. Aún te recuerdo como si fuera ayer, nuestra primera vez mirándonos de frente, escrutando ambos a quién tenía enfrente. Tu timidez te delataba, tu mirada hacía aguas en un mar de sensibilidad y a tu piel me acerqué.

Antes, mucho antes, había devorado tus entrañas de escritor, el sable con el que tejes tus historias, la tinta con la que te acercas con tu no decir diciendo todo, tu amalgama de colores con los que observas la vida en distancias cortas.

Me empeciné en seguirte, olfatear tus huellas en un Mediterráneo en calma como la lasitud de tus renglones cuando coses sentimientos controlando que tu yo más íntimo no se note, que apenas se sienta, pero no sabías que tu menuda figura, tu gran pluma te delataba.

Y llegó aquel marzo madrileño, de soles tibios donde nada parece lo que es, te encontré al final del puente, de negro chocante como chocante tu mirada expectante. Esperé a escuchar tu nombre en bocas ajenas y cuando lo oí, me abalancé a tus brazos a estrechar al hombre mago de palabras suaves bajo la caricia de la mirada tierna de una mujer con cabellos de plata que atisbaba una incipiente complicidad entre su amigo y aquella espontánea que se lanzaba sin más preámbulos que el grito de tu nombre mientras en su boca se emplazaba la sonrisa de siempre.

Después, me dispuse a descubrir cómo era ese hombre de hogaza y pan blanco desde el amanecer en carne y hueso y, al final, certifiqué mi presentimiento.

Cuando un hombre es auténtico, dentro y fuera son lo mismo y ese hombre, de gestos menudos, mirada apocada y voz templada, era el mismo que mis ojos descubrieron cuando lo leí por primera vez.

Una vez me dieron un gran consejo “Trabajo, mucho trabajo, ilusión y humildad” y tú, mi caro amigo, cuando el alba despega y el horno dora sus primeros panes, tú, mi querido Jordi Hortelano, ya llevas tu traje de escritor cosido a tu piel.

Desafío Espeluznante (El gato negro)

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Y se enamoró de las palabras

Y se enamoró de las palabras

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No podía pegar ojo. Las letras tomaban forma en su cabeza creando las palabras que no le dejaban dormir. Ponía letras a todas sus acciones. Palabras a todos los sabores. Si besaba, no disfrutaba del contacto, sino de la palabra “besar” que se formaba en su cabeza hasta oprimirle las neuronas contra la garganta. Nadie conocía tanto las palabras como ella, que había nacido de las letras. Nadie disfrutaba tanto del sonido al pronunciarlas como ella. Se deleitaba con cada movimiento de labio, con cada matiz diferenciador de significado entre palabras aparentemente sinónimas. Se pasaba los segundos buscando antónimos para cada palabra que veía escrita en el vagón y disfrutaba de la lectura como nadie. Pensaba que los libros no debían tener portada, sino mostrar sus letras al mundo, ser un caramelo sin envoltorio que adorne su contenido. Las palabras solas se bastan para adornarse a sí mismas, para ser canallas y dulces a la vez. Una palabra no es igual en cualquier momento del día, no es lo mismo pronunciarla en Cáceres que en Cádiz. Amaba tanto las palabras que obviaba los colores, no veía monumentos ni flores, se enamoraba de cada trazado, de cada curva y de la sonrisa torcida de la Ñ.

Qué desastre. Qué cornada. Amar aquello que destroza todo. Querer aquello que nace de la nada. Enamorarse de las palabras. Amar las letras por encima de la vida y abrazarse a ellas como si fuesen la muerte más bonita del cementerio.

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YO ESCRIBO

YO ESCRIBO

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Ayer, le dije a una de las personas que quiero: He publicado un cuento en Facebook, trata de una margarita. Si, ya sé, me contestó, hace mucho tiempo que lo escribiste. Bueno, he cambiado algunas cosas, ¿Te lo leo? La persona me miró sonriendo e hizo lo mismo que hacen todas las personas que me rodean. Me concedió unos minutos que eran suyos y me escuchó.

Quisiera describir la sensación que tuve dentro porque desde siempre he vivido mucha soledad en mi entorno. Tal vez eso sea pedir un reconocimiento que no merezco, porqué al fin y al cabo escribir es una afición mía y para hacerlo no le pedí permiso a nadie ni nadie me lo reprocha.

Sé que las palabras, las letras, las creaciones son de uno mientras están en la mente y son un proyecto, pero cuando las expresas, cuando salen de ti, ya no te pertenecen, son de los demás y entre los demás habrá quien vibre con ello y quién no. Los que escribís me entenderéis.

Escribo porqué al hacerlo me descubro. Buceo dentro de mí para dar forma a la belleza que poseo y eso lo hacemos todos los que escribimos. Es esa sensación esa necesidad de abrir, crear,  compartir, contagiar… es, evolucionar, llegar a los demás y fusionar. Cuando alguien nos lee y se emociona crea unidad. Escritor y lector son uno solo y a veces esto queda dentro y eso es bueno porqué sin unidad no se puede evolucionar.

Hay muchas formas de expresar lo mejor que tenemos dentro para los demás. Por ejemplo: cocinando. Muchas veces, a las personas les satisface más una mesa bien preparada, mas, no les pidas que escuchen algo que has escrito. Es curioso.

Somos variopintos y no todas las fórmulas conquistan a las mismas personas. No todos los perfumes incitan los mismos sentidos, pero las letras y sus millones de combinaciones nos unen, aunque sea para leer una esquela mortuoria. Casi diría que estamos construidos con letras y sin ellas la ignorancia camparía a sus anchas.

Así que, pensándolo bien, quienes nos leen nos conocen, nos descubren. Aunque no estén de acuerdo con lo que expresamos, por unos momentos hemos caminado juntos. Quienes creen conocernos y no nos leen, se pierden lo mejor que poseemos: el poder de mover las letras.

 

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Huellas blancas sobre el papel

Huellas blancas sobre el papel

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Pasaban las horas como humo de tabaco, desvaneciéndose en el aire. Frente a él una pantalla que se le antojaba infinita, miraba fijamente hacia ese lugar donde las miradas se exilian de los ojos y posaba sus dedos sobre el teclado  notando como cada uno de ellos no lograba sentirse a gusto sobre cada una de las teclas.

Al lado del pc un grupo de folios esperaban ansiosos ser conquistados por la pluma hábil de su dueño. Una pluma de pulso dulce, muñeca firme y sueňos de tinta que solían derramarse sobre un papel ahora tan blanco como la mente de su amo. El escritor la cogió y posó la punta sobre la hoja para iniciar su andadura por las venas de una nueva historia, pero no pudo siquiera hallar el movimiento que obligara a su mano a inaugurar el baile de las palabras sobre el vientre de uno de sus folios.

Abandonó ese refugio donde se encerraba a crear, consideraba que escribir por escribir era empañar la virginidad de la superficie escogida para plasmar sus letras  y prefirió abandonar el campo de batalla esperando refuerzos. Salió de la habitación, buscó en el estuche un disco de Duke Ellington y en cuanto las notas empezaron a bailar a ritmo de Jazz se preparó una copa y se sentó en el sillón cerrando los párpados  para ver mejor las cosas que importan de verdad. Estuvo un buen rato disfrutando del sonido del piano que sesgaba el silencio con un corte limpio y elegante y cuando sintió que su alma empapada ya estaba preparada para gotear letras volvió a ese paraíso que había creado para llevar a cabo su pasión más férrea, escribir. Tomó asiento de nuevo para volver a repetir paso por paso la ceremonia del creador ante el preparto de su obra, pero no supo encontrar en la yema de sus dedos la fertilidad suficiente como para preñar aquella pantalla ni el abono necesario para sembrar su semilla sobre el papel.

Su capacidad creativa cojeaba, tenía todas las herramientas necesarias y disponía del lugar apropiado donde utilizarlas pero le faltaba el convencimiento de culminar con éxito su empresa. Se incorporó de nuevo y abandonó la estancia, esta vez para acercarse a la librería que había adquirido en una tienda de muebles exclusiva, y leer a Don Gabriel García Márquez, sabía que con un solo tramo de una de sus novelas, el que para él era el genio de las letras, le iba a proporcionar el material suficiente para recuperar la ilusión por escribir.

Hojeó “La hojarasca” y se paró en la página que el viento le indicó. Ya no pudo dejarlo, en cuanto inició su andadura por las entrañas de las letras del genio no pudo menos que leerselo desde el principio. Cuando lo hubo terminado, horas después, lo depositó en el hueco que había dejado libre en la estantería y se sintió insignificante, una mota de polvo sobre la pureza absoluta del arte del que en su opinión era el Dios de la literatura. Esta vez leer a Don Gabo no le había servido, cada vez tenía más claro que las musas le habían abandonado y decidió sentarse en el sofá a esperar que alguna de ellas tuviera a bien pasarse por su casa y besar sus dedos.

Entretuvo su tiempo en contarse cuentos con ínfulas de historia, barajando posibilidades que pudieran agradar al lector, se olvidó incluso de su nivel de exigencia para consigo mismo, tenía que darle a sus seguidores algo que masticar con los ojos, debía escribir un texto para desafiosliterarios.com, tenía una columna semanal y no quería fallarles, por pocos que fueran tenía que satisfacer su avidez y agradecerles como fuera su fidelidad. Pero aún así, viendo que la inspiración había hecho las maletas para abandonarle, decidió entrar al cuarto donde siempre escribía para apagar el ordenador y dejar desierta su columna, sentía que escribir cualquier cosa era engañarles a ellos y engañarse a si mismo. Al acceder a la estancia y acercarse a la pantalla vio un grupo de letras reunidas en el centro mirándole con cierto aire de desaprobación, frunciendo el tronco una “t” y una curva una “a”. No tardaron el resto de letras del alfabeto en formar frente a él con la mirada desafiante hasta que una por una se fueron colgando de la pantalla para dejarse caer suavemente sobre el cúmulo de folios que aguardaban ser usados ya pálidos por el olvido. Jugaron sobre ellos sin dejar la más mínima huella en ninguna de sus pisadas y en un descuido, aprovechando que la estupefacción le estiraba al hombre la barbilla, se le subieron a los brazos y a la cintura para ir esparciéndose traviesas por todo su cuerpo. Muchas le escalaron el torso hasta la mente mientras algunas de ellas, las más inexpertas, chocaban con la nuez al llegar al cuello ante las risas de sus compaňeras. Otras las más sutiles, le resbalaban divertidas por los brazos hacia los dedos haciendo un tatuaje  sobre sus huellas dactilares.

Inmediatamente, tras la primera avanzadilla otro pelotón de letras repetidas, escudadas por muchos signos de puntuación ejecutaron un proceso idéntico que sus compañeras de avanzadilla y así fue el hombre siendo  invadido por innumerables letras que en equipo lograron moverle los pies hasta la silla y  doblarle las rodillas hasta lograr sentarlo frente a la pantalla. Una vez lo lograron vio el escritor como muchas de ellas formaban una cadena para tirar de una cuerda que levantaba sus dedos sobre un teclado mudo sin una sola letra sobre su piel. Los sostuvieron levitando sobre ellas, con arduos esfuerzos eso sí, alguna letra no lo resistió y cayó desmayada, y las primeras que se habían levantado en rebedía fueron posándose hasta quedar de nuevo impresas sobre cada una de las teclas. Fue entonces cuando fueron destensando las cuerdas las demás hasta que cada uno de los dedos de él estremeció con sus caricias a cada una de las letras que le esperaban ansiosas para explicar esta historia.

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