Se acabó la función

Se acabó la función

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¿Tanto para acabar así?

Hace menos de dos horas, mi mayor encrucijada, era decidir si ponerme un traje de chaqueta, o un vestido para una reunión.

Diré que el congreso, al que debía de asistir, me era indiferente, solo anhelaba impresionar a Marcos.

Ahora mi dilema, y mi pregunta es, ¿saldré de esta?, seguro que no, la cosa está difícil, y mi función está a punto de acabar, el telón se cierra, ahora me doy cuenta que esto se ha convertido en un antes, y en un después.

Estoy en medio de la nada, un cristal me atraviesa el pecho de un lado a otro, ocurrió en un momento, ni siquiera llegué a rozar la piedra del mechero, cuando mi pulgar quiso hacerlo, sentí que el coche volaba conmigo dentro, me agarré fuertemente al volante, como si eso hubiese servido para frenar el impacto, ahora sé que no es así.

No sé qué pensaría Marcos en estos momentos si me viera, pero de lo que estoy segura,es que quedaría impresionado, que ironía la mía.

Fuera del coche veo a bastante gente, e incluso algunos me hacen fotos, uno de mis sueños de pequeña era ser famosa, y que me hicieran muchos retratos, no pensaba que aquel sueño se convertiría en algo macabro, me siento observada, quiero salir de aquí, esto parece un experimento, como si estuviera dentro de una película de terror, donde yo soy la protagonista.

Un señor que veo al otro lado de la ventana, intenta decirme mediante una mímica lamentable, que me quede quieta, ¿dónde voy a ir?, junto a ese hombre se coloca una señora, y ambos empiezan a realizar su función particular, deduzco que lo que intentan decirme es que vendrán pronto a rescatarme.

No se si lo que siento es dolor o que es, ahora me dan ganas de reír por la absurdez de todo, lástima que al intentarlo, el pecho me presione y sienta un ahogo que me parte en dos.

Sé que no voy a salir de esta, y me jode, la verdad, tengo muchas cosas que me hubiera gustado hacer, y en estos momentos me doy cuenta que estoy encarcelada para siempre, que el telón se cierra y la función ha terminado.

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El corazón encharcado

El corazón encharcado

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Y se paró el momento,
en un camino sangrante .
Donde el dolor en su alma,
clavo sus garras hirientes,
destrozando el corazón de la que estaba presente!

Mirad, ¡está aún dormido!
No hagáis ruido, que descanse.
Que el infinito dolor se ha calmado, que no vuelva a molestarle!

Su blanca mano pasó,
acariciando su frente.
Con dulzura sopesó, que aún estaba caliente!

La ternura fue el hilo,
para hacerle una corona .
El beso tan desmedido,
¡le hizo herida en su boca!

Los recuerdos que eran vagos y estaban tan escondidos,
manaban como agua fresca .
¡Que de repente quemaban en un cuerpo dolorido!

El vientre primera cuna .
Ojos iluminando niñez .
Sus limpias manos,
encaminaron los pasos .
Manantial fueron sus pechos,
¡para alimentar su ser!

Eres pedazo de mí
Sangre que mis venas lleva .
Afán que mi vida llena.
Amor que tan fuerte es,
¡convirtiéndose en condena!

El camino se iba andando,
con baches, con polvo, y piedras .
Pero calzados de unión,
se convertía en llanuras .
A veces de decepción, a veces de amarguras.
Y siempre era su amor,
¡el triunfador sin reservas!

El abrazo que llegaba,
fundía a los dos en uno.
Cuál chimenea encendida, lo acogía en su regazo.
El lecho en su corazón, el hielo en la noche fría, fundía llena de amor

Y ahora permanecía,
tan inerte, tan callado.
La madre era esa mar,
de lágrimas contenidas .
El dolor, cruel cuchillo.
El robo de su pequeño, ¡eran como horas perdidas!

Carmen Escribano.

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La rotonda

La rotonda

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  • “¡Mira el chulo ése! ¡Va listo si cree que se va a salir con la suya!”

 

Dos rotondas, le faltaban dos putas rotondas hasta llegar a casa. Después de un día especialmente denso, la interminable cola de vehículos que se interponía entre él y la primera de las dos últimas rotondas le había sacado a Santiago ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro cuando subimos a nuestro automóvil. Llevaba más de cinco minutos de reloj esperando “pacientemente” a que le tocase su turno de ingresar en la rotonda. Conocedor de lo mal que gestionaban el acceso a las rotondas todos los conductores de España, menos él, había decidido mantenerse en el carril derecho de la recta que desembocaba en la susodicha rotonda. Total, debía tomar la segunda salida y él sí conocía perfectamente las reglas de circulación en las rotondas.

 

Su “paciencia” estaba empezando a agotarse cuando vio a lo lejos, por el retrovisor izquierdo, un BMW cambiando de carril y avanzando a toda velocidad hacia la rotonda. “¡Qué falta de respeto hacia los demás! ¡Qué prepotencia!”, pensó, “¡Y lleva camino de alcanzar la rotonda cuando me toque a mí! ¡Pues lo lleva claro!”

 

Efectivamente, Santiago comprobó que la rotonda estaba despejada para él en el preciso momento en que el bólido del capullo llegaba a su altura, entrando los dos en paralelo a la rotonda. “¡Seguro que además va a querer tomar la misma salida que yo y se me va a cruzar sin respetar mi prioridad!” Así que Santiago, para enseñarle a ese listillo que no puede conducir como le salga de los cojones y salirse con la suya, ajustó la trazada de forma que ambos coches fuesen milimétricamente en paralelo y se mantuvo en alerta para ver cómo reaccionarían el BMW y su soberbio dueño cuando se encontrasen el acceso al carril exterior bloqueado.

 

Tras dos maniobras infructuosas (y temerarias) para adelantar a Santiago, en el último instante el BMW clavó los frenos en mitad de la rotonda y Santiago tomó su salida, con una sonrisa triunfal y una carcajada tan diabólica que casi no le dejó escuchar el tremendo golpetazo a sus espaldas. Cuando miró por el retrovisor interior vio el autobús. Se había subido literalmente sobre un amasijo de hierros, del mismo color que lucía momentos antes el BMW.

 

Aquel día en la ciudad murieron dos personas: Luis Goicoechea, 25 años, arrollado por un autobús en una rotonda, velado por familiares y amigos, e incinerado dos días después. Y Santiago Ruiz, 55 años, muerto casi al mismo tiempo que Luis, y que sobrellevó su muerte como buenamente pudo, en soledad, disimulándola durante otros 22 años más…

 

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JEROME WHITEHEAD

JEROME WHITEHEAD

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JEROME WHITEHEAD
Antes que Jerome Whitehead desapareciera de este mundo, corrió la voz que los vientos jamaiquinos lo habían rescatado, llevándoselo una madrugada hacia donde nadie sabía. Atribuyeron su muerte a la adicción a la hierba colombiana, hongos alucinógenos y cocaína. Nadie sospechó que un par de sicarios lo achicharraron vivo en un ajuste de cuentas por no pagar deudas e infringir el código de los traficantes citadinos. Cuando el fiscal de turno ordenó el levantamiento de su cuerpo, solo recogieron pedazos de carne chamuscada y lo identificaron por el par de dientes de oro que adornaba su dentadura y porque una paisana reconoció en su tobillo derecho el tatuaje de una isla. Fue remitido a la morgue para la autopsia de ley y al no ser reclamado, enterraron lo poco que de él quedó.
Se habituó a armar encerronas en el cuarto miserable donde recogía sus huesos para dormir. Los interminables días de drogas, alcohol y sexo promiscuo con adictas que cambiaban la piel por momentos de alucinaciones le alteraron el juicio tropical y nunca imaginó que el brazo largo del narcotráfico limeño lo alcanzaría para ponerlo en su sitio.
Cuando cantaba las canciones de Bob Marley en su pueblo nativo, donde la costa de arenas blancas se moja con el mar cristalino del Caribe, alguien vio su potencial y lo convenció de abandonar las playas, el agua de coco y las morenas que morían por su apariencia. Engañado por un falso empresario llegó a Lima dispuesto a convertirse en el rey del reggae nocturno de la calle de las pizzas en Miraflores. Una noche disfruté su performance y al terminar se me acercó para ofrecerme una tarjeta de presentación y animarme a buscarle contratos. Fue el inicio de la amistad que terminó abruptamente cuando la magia negra del vicio le guiño el ojo.
Siempre que podía me daba una vuelta por el local donde actuaba y lo esperaba para invitarle un sangúche de lechón con salsa de cebolla y un par de cervezas. Aprovechaba para disfrutar sus ocurrencias típicas. En su media lengua, mezcla de jerga peruana e inglés hablado entre dientes, nos reíamos abiertamente al contarme que era capaz de ver respirar a los cocoteros, visualizar las notas musicales en el horizonte y escuchar el sonido estereofónico de las olas. La seriedad a veces lo asaltaba y la melancolía lo golpeaba con rudeza. Me hablaba del pica pica de los zancudos y de una hermosa jamaiquina llamada Georgette, a la que había dejado embarazada por confiar en Mr. Bermúdez, el empresario que le pintó pajaritos en el aire y le fregó la vida. Jerome vendió lo poco que tenía para afrontar el capital inicial del proyecto. No bien pisó Lima descubrió el engaño y tuvo que recursearse con su guitarra y facha estrafalaria. Ingresó al mundo de los músicos callejeros, deambuló sin éxito hasta que las calles y plazas barranquinas notaron su talento. Casi sin uñas que comerse, un alma caritativa le ofreció el estelar de un pequeño local en Miraflores. Fue el salvavidas milagroso que evitó se ahogara pero no le impidió entrar al mundo sin retorno de las drogas y malas compañías.
Cuando anochecía en su Jamaica adorada, y luego de fumar marihuana, Jerome Whitehead acostumbraba untarse el cuerpo desnudo con ron agrícola de la Martinica. Llevaba su mecedora a la orilla de la playa y esperaba que los primeros zancudos lo picaran, en ese instante sabía que estaba listo para ir a dormir. Se enjuagaba en las tibias aguas de su mar bendito, recogía la mecedora y se acostaba para caer en el sueño profundo donde sus ronquidos competían con la tormenta tropical para ver quién descuajeringaba las palmas de la cabaña. Al día siguiente estaba presto para romperle las caderas a su Georgette e iniciar la jornada de taxista en su carro viejo.
─Mr. Serrney, lo que te voy a contar casi nadie lo sabe ─me dijo una noche.
Acostumbrado a sus exageraciones, poco me sorprendía lo que pudiera decirme.
─Bob Marley una vez me dio la mano y no la lavé en tres días.
Así era Jerome Whitehead. No sé si fue un alienígena de carne y hueso o un ser puro, honesto y algo estrambótico. Su sencillez era tan grande como los enormes drets que le alcanzaban las rodillas y que más de una vez se enredaron en ellas, En una ocasión se le atascaron en la puerta del Ford y casi se desnucó al poner el motor en marcha.
Jerome, con seguridad tienes merecido el fuego purificador que un par de desalmados te infringió, pero tus errores no le quitan al anochecer de tu vida la bohemia de tu destino escrito en estas tierras. Mucho menos descuelga la hamaca en que nos mecías rítmicamente en las noches de bares. Te inspirabas para cantarle a capella a tu Georgette y yo me veía obligado a quitarte la boina rastafari y exigir la franciscana propina bien merecida. Apuesto doble contra sencillo que en el cielo de los rastas haces dúo con tu maestro y entre nubes de hachís le cantas a la dama caribeña que nunca va a ver tu regreso…

So, woman, no cry
No, no, woman, woman, no cry
Woman, little sister, don’t shed no tears
No, woman, no cry

El lamento de tu vibra ahumada por el incienso de tus amanecidas, buen Jerome, incomprendido y estafado, recala en el océano lejano, más allá de mis tierras, las tuyas, quisiera mías, perdidas en los caminos de los rones que nunca nos tomamos. En aquellas donde piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros echaron raíces para fundar ese paraíso apellidado Bacardí.
En donde quiera que estés, limón, hielo y Coca Cola. Ten paciencia y espérame. Demoraré bastante en llegar pero lo haré, mientras tanto llora por Georgette mientras yo amo a mi mujer…

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La dulce venganza

La dulce venganza

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Abrió los ojos, solo la oscuridad le acompañaba. Sus pupilas se adaptaron y a los segundos percibió una luz extremadamente débil que se colaba por una fisura lateral que demarcaba una línea delgada, casi que perfecta. Respiró hondo, un aroma que nunca antes había sentido le inundó los pulmones. Quiso moverse, pero sus extremidades estaban inmovilizadas. Trató de incorporarse, más un fuerte tirón en el cuello se lo impidió. Intentó hablar, sin embargo sus labios no se despegaban. Entonces su mente viajó hacia ese último recuerdo en el que su mundo murió, ese instante en que se desmoronó en el suelo luego de probar ese champán que de sorpresa había encontrado en su habitación. Entendió todo y concibió su nueva y mortal realidad. No cayó en la desesperación, no habría razón. Al fin, ella lo había encontrado; después de tantos años y de tanto daño, consumaba su venganza. No sintió arrepentimiento, quiso sonreír al escuchar caer las primeras paladas que sellarían su última morada.

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