AL FIN LIBRE. Parte 2. El desenlace

AL FIN LIBRE. Parte 2. El desenlace

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Cuando hubieron salido todos, se dirigió con paso cansino hasta el despacho contiguo y se sentó con los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza entre las manos. En ese momento y ya sin testigos no pudo evitar derrumbarse. Su cuerpo convulsionó y comenzó a llorar de manera un tanto espasmódica. Tras aquel desahogo que duró apenas un par de minutos, se sirvió una copa bien colmada de brandy. A continuación, aspiró su aroma con deleite como si fuera un catador profesional y la bebió de forma pausada, paladeando cada sorbo hasta vaciarla. Luego se recostó sobre el respaldo de la silla e hizo un breve balance de lo que había sido su vida. «¡Tantos años dedicados a la empresa! ¡No merezco este final! Estos cerdos de CAVITEX creen que me han vencido, pero no saben de lo que es capaz un hombre cuando se le acorrala». Abrió el primer cajón y extrajo de él el pliego del contrato. Lo tomó entre las manos y sin mirarlo siquiera lo hizo trizas en un momento para después recoger los pedacitos en un montón que dejó en una esquina de la mesa. Entonces se levantó y se dirigió a hacia la ventana. La abrió y una ráfaga de brisa fresca se coló de lleno en la estancia, llevándose de un plumazo todas las malas vibraciones que se habían acumulado en los últimos tiempos. Se asomó y pudo contemplar el skyline de la ciudad. La vista era maravillosa aunque había cambiado bastante con el correr de los años. Rememoró entonces su juventud y se sintió invadido por una agradable sensación que quiso identificar con la felicidad. Sin embargo, de repente recordó todo lo que había sacrificado por sacar adelante la empresa y la saliva que tragó en ese instante se le volvió amarga como la hiel. «¡Siempre quise volar libre! ¡Ahora es el momento y nadie me lo puede impedir!». Sin pensárselo más, se encaramó a la ventana, no sin cierta dificultad, y dio un paso al frente. Un precipicio de cincuenta pisos se abrió ante sus pies y cayó… cayó mientras gritaba al mundo «Libre, libre al fin».

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AL FIN LIBRE. Parte 1. La derrota

AL FIN LIBRE. Parte 1. La derrota

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La derrota era inminente. Pese a ello, el hombre no pareció amedrentarse lo más mínimo. Adoptó un aire grave y transido de dignidad que supo transmitir sin aparente esfuerzo a la concurrencia. A continuación, desde su puesto privilegio como presidente de la empresa, se dirigió a los suyos.
―Sabéis que para mí sois mucho más que mis trabajadores: sois también mis amigos, mi familia. Comprenderéis que me resulte muy difícil dar este paso. ―En ese momento fue mirando a los ojos de todos los presentes, los cuales asentían de forma unánime todas y cada una de sus palabras―. Sin embargo, no hay más solución. Las fuertes pérdidas de los últimos años me obligan a aceptar la oferta del grupo CAVITEX, que hasta ahora había sido nuestro competidor más directo.
Un murmullo de desaprobación llenó por completo la sala, pero el hombre continuó su discurso sin inmutarse, aunque unas gotas de un sudor helado comenzaban a perlarle la frente.
―Creedme si os digo que esto lo hago por vosotros. A mí nada me importa ya, pues lo tengo todo perdido. Pero me he encargado personalmente de que vuestros puestos de trabajo se conserven, de lo contrario, el contrato que firmaré dentro de un rato quedaría sin validez legal. ―Hizo una breve pausa para secarse el sudor con el pañuelo y, de paso, aflojarse el nudo de la corbata que comenzaba a asfixiarlo―. Así que estáis a salvo ―añadió en nuevo intento por satisfacer a sus empleados.
De repente sintió que las piernas le temblaban y que se le escapaba cualquier rastro de vigor, pero trató de concentrarse de nuevo en la audiencia.
―No sufráis por mí, yo también he ido guardando unos ahorrillos a lo largo de estos años de bonanza. Con eso me bastará para lo que me queda de vida: total, ya soy un pedazo de viejo ―en cualquier otra persona aquellas palabras hubieran sonado lastimosas, pero en su boca parecieron tan solo serenas y realistas, no hacían sino constatar una realidad―. Además, no tengo mujer ni hijos a los que rendirles cuentas. Reconozco que eso me quita un peso de encima, amigos míos: soy libre como un pájaro ―añadió para finalizar.
En aquel momento sonó una estruendosa ovación que le arrancó una sonrisa apenas visible. Sin embargo, se prolongó durante tantos segundos que terminó por incomodarlo y les pidió con un gesto que pararan, aunque el silencio aún tardó un poco en invadir la sala de reuniones
―Eso es todo lo que tenía que deciros. Ahora os ruego que me dejéis solo. Necesito unos minutos para despedirme de todo lo que ha sido mi vida hasta ahora. ¡Ah! ―apostilló con determinación cuando ya se marchaban los directivos de la empresa―, trasmitid mi mensaje a todos vuestros subordinados. Lo dicho para vosotros también es válido para ellos.

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Despertar

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Se levantó tarde. Quería creer que su cuerpo podía aguantar las mismas dosis de alcohol, risas y sexo que hacía unos años. Pero las resacas posteriores le pronosticaban que no, que se engañaba, que estaba confundiendo las ganas con las posibilidades. Le sorprendió la alegría de su mujer, a la que encontró muy bella. Una breve conversación sobre la noche anterior. Había llegado tarde, muy tarde, pero la época inquisitorial y de reproches ya había cerrado el libro en su matrimonio. Además, no estaba para palabras de más. Tenía que presentar su último diseño al director general de una gran empresa y andaba muy justo de tiempo. Solo acertó a decirle a su mujer que la noche había sido idéntica a tantas otras, “como siempre , la cena con los mismos temas de siempre, una larga sobremesa de asuntos laborales y unas copas en el último local de moda. Y mientras algunos volvíamos a casa, los solteros y separados, ya sabes, intentando cerrar la noche con alguna conquista pasajera.”
Cogió su cartera y salió de casa recordando los pormenores de la noche anterior, esos detalles que quedan siempre recogidos en le letra pequeña que finaliza los documentos. No había errado en el carácter general, pero sí en los detalles. La caravana que atenazó sus prisas le permitió recuperar, entre las ligeras brumas del alcohol, los aspectos no detallados a su mujer, que a las copas, rápidas, le siguió la visita al prostíbulo habitual donde cerraban la noche. Solteros, separados, y los casados y bien casados. Como siempre, solo Juan, uno de los socios de su empresa, se resistió a ese final de cena. Las alegaciones ya eran conocidas, el trabajo del siguiente día y que sus mujeres valían más, infinitamente más, que cualquiera de aquellas mujeres que le regalaban falsamente sus cuerpos. Y sí, estaban de acuerdo en lo segundo, él miraba a su mujer y la veía resplandeciente, capaz de levantar el ánimo y demás órganos a cualquier hombre. Y ahora las prisas, su estado y ciertos nervios empezaron a darle la razón también en el aspecto laboral. Se jugaba mucho con aquellos diseños que presentaba a un posible comprador. Le apremiaba el tiempo. Pero le distrajo y le sacó alguna sonrisa la broma que le habían hecho a Juan sin que este la percibiera. No quería asistir al burdel con ellos pero el burdel había marchado con él. Le habían colocado una tarjeta de aquel local en uno de los bolsillos de la americana, rota en dos partes, eso sí, para que pudiese justificar un rechazo si su esposa lo descubría. Pobre Juan.
Afortunadamente, llegó solo cinco minutos tarde a su cita laboral. Nada que no pudiese arreglar el valor de sus diseños. Pero no era su día. Con las prisas se había olvidado de introducir aquellos planos en su cartera. El día anterior se vanaglorió de su labor enseñándoselos a su mujer. ¡Mierda! Y ahora tendría que justificar ese error imperdonable ante aquel empresario de mirada adusta, – no lo consiguió- y después, ante el resto de socios de su empresa. Confundido, condujo el coche de vuelta a casa. No quiso pasar por la empresa para analizar las pérdidas económicas que podía ocasionar aquel descalabro – las personales ya las reconocía -.
Abrió la puerta y sorprendió a su mujer en la ducha. ¡Estaba tan bella! Quizás tendría que pensar en abandonar aquellas cenas con las que quería engañar a su madurez. Le sobraba el traje, hoy se veía ridículo, y se dirigió a su dormitorio para cambiarse de ropa, para acomodarse a su mujer. Estaba decidido, iba a dejar aquellas noches. Un fragmento de tarjeta rota en el suelo de su habitación le demostró la razón que tenía el pobre Juan y lo equivocado que había estado él pensando que su cuerpo podía aguantar las consecuencias de aquellas noches.

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Photo by daniel.julia

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