El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 12

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 12

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Cuando todos se marcharon en busca del supuesto monstruo alienígena, Ripli salió de su escondite junto con los dos niños reptilianos.

—Nunca me hubiera podido imaginar que una reptiliana tan seria como la subinspectora Holt llevase a cabo una interpretación tan magistral para salvarle el pellejo, teniente Ripli —dijo Berg aguantándose la risa.

—Ya lo creo —contestó Ripli—. Se merece un óscar a la mejor actriz por esa actuación tan brillante.

—¿Qué es un óscar? —preguntó Cris, que siempre estaba deseosa de meter su pequeño hocico de reptil en todo.

—¡Pues qué va a ser, Cris! ¡Seguro que algún tipo de condecoración que deben de dar en la Tierra! —repuso Berg convencido de que su hermana era una ignorante—. ¿A qué sí, teniente?

Ripli, que en ese momento necesitaba sus cinco sentidos para poner a punto a la Prometheus y despegar cuanto antes, sopesó si le merecía la pena sacar a Berg de su error. Llegó a la conclusión de que no era el momento de entretenerse en largas explicaciones. De modo que contestó de manera escueta.

—Algo así, guapo. Bueno… más o menos —dudó un instante, aunque después de todo no era una mentira tan grande.

Ripli abrió la cabina con el mando a distancia y ella y los niños subieron a la nave.

—¡Oh, por dentro es todavía mucho más bonita! —exclamó Cris que seguía cargando con Jonás en todo momento.

—¡Pero cuántos mandos! ¿Teniente, me enseñará a conducirla?

La teniente optó por la respuesta fácil.

—¿Tienes más de dieciocho años?

—Todavía me faltan unos pocos —contestó Berg desilusionado.

—Entonces, ya sabes que la contestación es no. Pero puedes ayudarme a reprogramar a la Prometheus.

La cara de Berg se iluminó. La siguiente cosa que más le gustaría hacer después de pilotar la nave, era toquetear los mandos, aunque fuera en parado.

—Este que va a hablar ahora es Icarus, el ordenador de abordo. No le tengáis miedo, es un poco limitado en sus prestaciones, pero inofensivo. —Mientras hablaba la teniente había apretado el botón de on para reactivarlo.

—Buenos días, teniente Ripli. Bip. ¡Por la memoria de Neil Armstrong! Bip.  ¡El primer humano en pisar la luna! Bip. ¿Quiénes son estos lagartos tan feos? Bip —dijo al ver que llegaba acompañada.

—Sin ofender, que somos reptilianos —saltó Berg como impulsado por un resorte. Ya estaba bien de tanto cachondeo con el temita.

—Son mis amigos —dijo Ripli en un tono serio.

—Siendo así, nada que objetar. Bip. La pondré al corriente de los datos. Bip. Amanecerá en unos treinta minutos. Bip. ¿Dispuesta a pasar otro día en este estupendo planeta? Bip

—No, Icarus. En realidad, nos vamos a marchar ahora mismo. Proporciona a este gentil muchacho reptiliano las coordenadas de la Tierra mientras yo compruebo la secuencia de ignición.

—Teniente, le recuerdo que esta lanzadera es unipersonal. Bip. Con tres individuos y Jonás, no habrá manera posible de hacerla despegar. Bip.

—Tranquilo, Icarus, que ellos se quedan. Solo han subido para ayudarme. Berg, en cuanto Icarus te dé las coordenadas, las introduces en este navegador. Y fíjate bien en los decimales, no me vayas a mandar a la otra punta del universo.

—No se preocupe que soy el mejor en mates de toda la clase. Lo haré a la perfección.

—¿Y yo? ¿En qué la puedo ayudar, teniente? —le preguntó Cris que también quería ser útil.

—Ya lo estás haciendo, cielo. Tienes a Jonás bajo control y eso ya es una gran ayuda. Pero si quieres hacer algo más, serás la vigía: mira la pantalla y me avisas si se acercan los militares. —Cris se mostró encantada con el encargo.

Al cabo de unos pocos minutos, mucho antes de lo que había calculado, Ripli tenía la nave lista para volar de nuevo. ¡Por fin había llegado el gran momento! Después de tantas idas y venidas, y tantas aventuras descabelladas, la teniente Ripli podría marcharse. Un sentimiento de profunda añoranza por su planeta natal la embargó por completo. Deseaba, anhelaba con todas sus fuerzas regresar a la Tierra para siempre. Ya estaba cansada de tanto viaje interestelar y deseaba retirarse a una casita tranquila donde poder dedicarse a su afición favorita, el cultivo de hortensias replicantes. Esta vez no habría tormenta magnética capaz de desviarla de su destino.

En ese momento tan trascendental tuvo un pensamiento para Holt. La subinspectora le había prestado una ayuda inestimable a la hora de despistar a sus enemigos. Tal vez se había metido en un lío al ayudarla, pero estaba segura de que ella encontraría la manera de salir bien parada de toda aquella locura.

La teniente se abrazó por última vez a Berg y a Cris, ya que les había tomado mucho cariño.

—Estaré aquí mismo —le susurró al oído a la niña instantes antes de besarle la mejilla.

—¡Sí! Pero ya no la veremos nunca más —dijo la niña con lágrimas en los ojos—. ¿No puede llevarme con usted? ¿Sabe que la subinspectora tenía razón? Los besos hacen cosquillas. —Y sonrió con timidez al mismo tiempo que seguía llorando.

—¡No, cielo! Sabes muy bien que no puedo llevarte. En mi planeta no podrías llevar una vida normal. Pensarían que eres un bicho raro, como me ha pasado a mí con Tontinus y esos militares que solo quieren cazarme para convertirme en un espécimen de laboratorio.

Cris negó con la cabeza en señal de desaprobación. No le gustaba nada pensar que a su nueva a amiga terrícola le pudieran hacer aquellas cosas horribles.

—No tienen ningún derecho, teniente. Usted también es una reptiliana, o cómo se diga en su lengua.

—Nosotros somos seres humanos —dijo Ripli emocionada—. Y sí, Cris: siento tener que despedirme, pero tienes que quedarte aquí, con tus padres y con tu hermano. ¡Con los de tu especie! Dentro de unos años serás una reptiliana adulta. Tal vez entonces, si algún día tienes hijos, podrás contarles que una vez conociste a una terrícola que se perdió por el espacio, terminó en Belenus y se convirtió en tu amiga para siempre.

—Sí, pero no la creerán. Se burlarán de ella… —intervino Berg sin poder contenerse.

Era lo que solía pasarle a él. Lo característico de sus amigos es que eran muy guasones y en ocasiones se reían de él porque no se tragaban las cosas que les contaba. Es que tenía una fantasía prodigiosa.  Resultaba bastante rarito por lo exagerado que era, así que no les podía culpar por ello. Salvo por ese pequeño detalle eran unos tíos fenomenales, los mejores amigos del mundo.

—Aunque esta vez hay pruebas gráficas —dijo entusiasmado al recordar las imágenes que había tomado—. Por fuerza ahora me creerán. ¡No te preocupes Cris! ¡Te dejaré las fotos para que tú también lo puedas demostrar!

—Además —añadió Ripli—, he pensado que Jonás se podría quedar con vosotros. Así sería una prueba viviente de todo lo que ha sucedido.

—¡Hala…! ¿Sííííí? ¿De verdad? ¡Qué bien! ¡Muchas gracias teniente! —dijo Cris loca de contenta.

—No se preocupe teniente, que yo vigilaré que cuide bien de él, como hermano mayor que soy.

—Creo que estará encantado con la idea. Ya es hora de que deje atrás la época de astronauta. Diez años en el espacio son demasiados para un gato. ¡Toda una vida! Se merece tener una vejez tranquila. Además, tengo entendido que le fascina esa dieta vuestra a base de gusanos vivos —bromeó la teniente—.  Seguro que será muy feliz aquí.

A Ripli también se la veía encantada con la idea de deshacerse del peludo que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado. ¡Una preocupación menos! Jonás, que continuaba todavía en el regazo de Cris, ronroneó de placer. Parecía feliz con la idea.

—También tengo algo para ti, Berg. Se trata del cuaderno de bitácora de la Nostramo. Cuando lo escuches podrás conocer todas mis aventuras. Pensaba llevarlo de vuelta a la Tierra, pero creo que es mejor que te lo quedes tú.

—Cuando sea mayor estaré muy honrado en dar a conocer su historia a todo Belenus. Estoy seguro de que el planeta entero alucinará con ellas. Cyrus, el protagonista de Zórtex, a su lado parecerá un simple aficionado.

Se despidió de Ripli con un apretón de manos, como hacen los mayores. Luego bajaron de la lanzadera dejando a la teniente sola.

—Dicen que la vida surgió del polvo de las estrellas. Quizás no estoy volviendo a casa. Quizás me estoy marchando de ella —dijo Ripli muy solemne antes de accionar el cierre de la cabina. Una lagrimita indiscreta rodó entonces por su mejilla. En el fondo, había tenido mucha suerte al aterrizar en Belenus. Allí dejaba los mejores amigos del universo.

—¡Dese prisa, que pueden volver en cualquier momento! —le gritó Berg—. ¡Ya verá cuando se den cuenta de que no hay ninguna cueva ni ningún monstruo! —río divertido.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero…. ¡Ignición!

Los motores se encendieron y de ellos salieron unas potentes llamaradas y un estruendo portentoso. El aparato, poco a poco, se fue elevando.

Quartich y Tontinus, seguidos de la tropa, regresaron al lugar donde había estado posada la nave tan pronto como oyeron el ruido de los motores, pero ya era demasiado tarde para que pudieran hacer nada más que observar embobados como se perdía sobre el claro amanecer de Belenus.

 

 

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 11

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 11

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—Como supongo que ya sabrán, el inspector Tontinus me dio permiso para que me marchara a casa mientras él continuaba con las pesquisas.

En ese momento Tontinus la miró sorprendido. ¿Cómo era posible que supiera que había mentido a Quartich y encima le siguiera la corriente? ¡Acaso había llegado por fin a su corazoncito! ¿Aún había una esperanza para él?

—Cuando aguardaba a que viniera a recogerme otro transporter patrulla, alguien me asaltó por detrás. Fue tan de repente que no lo vi llegar y tampoco me dio oportunidad de sacar mi arma reglamentaria para defenderme…

—¡Permítame un inciso, subinspectora! —dijo Quartich movido tan solo por la curiosidad—. ¡Por favor, no se ofenda!  ¿Pero dónde lleva usted el arma cuando… viste de esta manera?

Se puso verde porque le daba vergüenza formular la pregunta de una manera tan directa. No quería que ella le tomara por quien no era. Se vanagloriaba de haber respetado siempre a las reptilianas incluso en un ambiente tan machista como el del ejército. Holt, que se dio cuenta de su azoramiento, continúo por ese camino. Pensó que era una buena manera de desviar su atención.

—¿Se refiere al vestido que llevo? Le parece demasiado ceñido, ¿no? Le confesaré una cosa —dijo poniendo morritos y lanzándole la lengüecita bífida de aquella manera que Tontinus encontraba tan encantadora—: no es que suela ir así vestida cuando voy a trabajar. Pero el inspector me llamó de improviso en mi noche libre para que lo acompañara en esta misión y no me dejó tiempo para ir a cambiarme. No sé por qué, pero creo que usted jamás haría algo así a sus subordinadas.

Entonces decidió desplegar todas sus dotes de seducción. Se contoneó delante del coronel mientras le hablaba. No quería revelarle que en realidad no iba armada, algo que Tontinus tenía que saber por fuerza. Esperaba que, igual que ella había tapado su mentira, él le devolviera el favor ahora. Cruzó los dedos de su garra, porque con Próculo Tontinus nunca se sabía…

—Claro está, que una reptiliana policía que se precie siempre tiene un recurso a su alcance para esconder su arma. No pretenderá que le confiese mi pequeño secreto. ¿Verdad, coronel? No sería apropiado. Además —añadió por si acaso insistía—, me temo que en algún momento de la refriega se me debió de caer: ya no la tengo.

Dijo esto mirando por el rabillo del ojo la temida reacción de Tontinus ante su flagrante mentira, pero esta no se produjo. Parecía que por una vez había captado el mensaje. Por su parte, el coronel, turbado por el cariz que estaba tomando la conversación, decidió dejar el asunto del arma a un lado.

—¡Cuéntenos, subinspectora! ¿Qué pasó después?

—¡Eso! —por fin Tontinus se atrevió a meter baza—. ¿Qué le ocuguió? ¡Estamos impacientes pog sabeglo!

Quartich lanzó una mirada de desaprobación a Tontinus que le hizo temblar de la cabeza a los pies. Había que ver cómo ese reptiliano destilaba autoridad por todos los poros de sus escamas.

—El asaltante, me llevó por… por allí.

Señaló de manera improvisada la dirección opuesta a donde había dejado a Ripli y a los niños, que seguían los acontecimientos atentos a la magistral actuación de la reptiliana.

—¿Y después…? —preguntó Quartich cada vez más intrigado.

—Me llevó a su guarida, una especie de cueva. Estuve un rato allí, tumbada en el suelo y sin poder ver nada a causa de la oscuridad reinante. ¡Como comprenderán estaba aterrorizada y temiendo por mi vida!

—¡Muy comprensible! —intervino el capitán Farrus, simplemente para demostrar que seguía allí.

—Sí, muy comprensible, en efecto —corroboró Quartich—. Por favor, continúe con su estremecedor relato, subinspectora.

—Entonces, ese ser inmundo y repugnante —Holt puso cara de asco y suspiró—, ese monstruo, ese engendro, se apartó de la entrada y al penetrar algo de luz lo pude ver a un palmo de mi cara.

Para resultar más creíble, recurrió a los evocadores recuerdos de cuando sufrió el pequeño asalto por parte de Jonás, e hizo una descripción muy exacta del gato, salvo por el tamaño, ya que en su relato acabó convertido en un felino gigante de dos metros.

—Era… era negro y peludo y con unos colmillos así de grandes —dijo extendiendo los miembros superiores cuanto pudo—. Además, tenía unas garras enormes, capaces de partir a un reptiliano por la mitad de un solo zarpazo —seguía adornando su narración con todos los detalles que se le iban ocurriendo.

Pego entonces —se atrevió a decir Tontinus, que espantado ante los hechos que narraba Holt olvidó por un momento las miradas amenazantes de Quartich—, es un vegdagego milaggro que haya conseguido salig con vida de esa cueva.

—Así es, inspector —Holt continuaba añadiendo dramatismo al asunto—. El monstruo se quedó dormido y yo aproveché para escapar de la cueva. Pero luego tropecé con una rama y me caí al suelo. Entonces él se despertó y vino hacia a mí, pero yo reculé como pude y me escondí en un hueco entre unas rocas, donde el monstruo no cabía. Luego, enfurecido por mi astucia metió su zarpa con muy malas intenciones, y yo le aticé el mordisco más grande que pude. En aquel momento se retiró retorciéndose de dolor y yo corrí y corrí y seguí corriendo como una posesa, hasta llegar a donde estaban ustedes. Fue entonces cuando mis fuerzas flaquearon y me desvanecí en los fuertes brazos del coronel.

Terminó su relato poniéndole ojitos lánguidos a Quartich. No se atrevió con la mirada zalamera porque hubiera resultado demasiado obvio para todos los presentes. Con tanto halago, al coronel se le aceleró el pulso y se le subió el verde. Pero al verse tan cerca de su objetivo trató de centrarse de nuevo en él: capturar a ese alienígena y trasladarlo junto a su nave al área 31. Lo que el ejército o el gobierno hiciese después con ellos ya no era cosa suya. Él se limitaría a cumplir órdenes. Con esa actitud demostraba hasta qué punto era un militar disciplinado y bien entrenado.

—Y dígame, subinspectora: ¿Cree que hay alguna probabilidad de que ese monstruo, ese ser gigantesco y extraño que la secuestró, sea el alienígena de esta nave?

—¿Qué si estoy segura, coronel? ¡Segurísima! No me cabe ninguna duda de que se trataba de él.

En esas, llegaba el destacamento que esperaban. En total eran unos ocho o diez reptilianos y cinco vehículos entre los que destacaba un descomunal destructor CTX25 último modelo y una grúa Saurona BTH40, la más grande de entre todas las que disponía el ejército. Al verlo, Holt intuyó de inmediato las intenciones de Quartich. Tenía que impedir a toda costa que se llevaran la nave de allí o Ripli estaría perdida y jamás podría regresar a su planeta. Entonces improvisó sobre la marcha.

—Coronel, ¿no cree que sus soldados deberían buscar primero a la niñita reptiliana antes de llevarse la nave? —esta vez empleó un tono lastimero—. ¡Estaba muy cerca de la cueva cuando la vi por última vez! ¿Se imagina si ese ser llegara a atraparla? Seguro que no encontraríamos de ella ni un cachito así de pequeño —dijo mientras lo indicaba con un gesto—. Lo he visto actuar y sé que se la podría tragar de un solo bocado…

—¿Por qué no nos habló antes de la niña? ¡Estoy seguro de que no la ha mencionado hasta ahora! —inquirió Quartich confuso.

—Lo siento, coronel —se disculpó Holt con lágrimas en los ojos—. Estaba tan aturdida… que no lo he recordado hasta este mismo momento. ¡Pero prométame que hará todo lo posible por salvar a esa criatura inocente! Tiene usted que hacerlo, por la reliquia del Huevo de la Gran Madre Reptiliana, aquella que puso el primero de nuestra especie. Emplee a sus reptilianos para rescatar a Cris de las garras de ese terrible monstruo. Es una niña tan dulce e indefensa que se lo merece todo. ¡Piense en sus padres, coronel…!

Como vio que ya casi lo tenía en el bote pero que aún estaba dudando, añadió:

—Yo he estado allí y les puedo guiar hasta ese lugar. ¡Por favor se lo pido, coronel Quartich! No interponga su fama a la vida de una niña inocente. Cuando esté a salvo, ya podrá volver aquí y llevarse su nave. No habrá nada que se lo impida. Al fin y al cabo, la nave seguirá aquí, no creo que pueda moverse sola —concluyó su perorata con un cinismo impropio de ella, pero las circunstancias así lo requerían.

El coronel Quartich quedó plenamente convencido ante esos argumentos incontestables. Si salvaba a Cris, lo aclamarían como a un héroe y además luego podría terminar de cumplir la misión que se le había encomendado. Ya se veía luciendo los galones de general y la Medalla de la Primigenia Orden de los Reptilianos de Belenus, la condecoración más codiciada de todo el Imperio.

Entonces Quartich instó a Holt que los guiara inmediatamente hacia la guarida del alienígena y ordenó a todos que la siguieran. Tontinus, que también esperaba sacar tajada del éxito del coronel Quartich, se sumó a la batida. Holt consiguió así que el lugar quedase completamente despejado para Ripli y los niños.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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En aquel momento quiso flotar (fragmento)

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

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En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
 
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
 
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
 
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían los cascos de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
 
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado porque la calle se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
 
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
 
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
 
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
 
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros tal como estaba decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
 
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder determinar en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel  hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
 
Le sobresaltó la voz de un policía:
-¿Se encuentra bien?
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
Bajo la cabeza.
-Ya estoy mal.
 
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
 
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
 
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada. 
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
 
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
 
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.
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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 10

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 10

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—¡Venga Holt, que ya tendrá tiempo para eso! —Berg tuvo que zarandearla por los hombros para que saliera de la ensoñación romántica en la que había caído.

—¡Ay, sí, que hemos de continuar! Actuaremos antes de que esto se llene de militares porque como lleguen a desplegarse, esto se pondrá imposible. ¡Tengo una idea! Usted, teniente… ¿Cuánto tiempo necesitaría para poner a punto a la Prometheus y despegar?

—A ver, déjeme pensar… Unos ocho o diez minutos para obtener las coordenadas, otros diez o doce para la reprogramación, unos quince más para comprobar todas las secuencias de ignición… creo que eso es todo. En total, entre treinta y cinco y cuarenta minutos.

—Bien. Siendo así creo que mi plan puede funcionar. Me inventaré algo para que dejen la zona libre. En cuanto quede despejada, póngase manos a la obra, Ripli. Tiene que hacer todo lo más rápido que pueda y si es necesario que le echen una mano los niños. Me consta que Berg puede serle de gran ayuda. También Cris, que es muy lista, puede encargarse de alguna tarea.

La niña le dedicó una gran sonrisa al ver que se acordaba de ella, porque hacía mucho rato que se aburría al oír hablar a los demás entre sí sin poder meter baza en esas cosas de las que no tenía ni idea.

—Cuando sea mayor seré policía como usted. ¿Sabe que es casi tan guapa como mi mamá?

—Mírala, qué mona. Cris, eres un cielo —dijo Holt, que se sintió halagada por la comparación.

—¿Pero hace un rato no me dijiste que querías ser astronauta? —dijo la teniente decepcionada por ese repentino cambio de parecer.

Cris trató de arreglar su pequeña metedura de pata con una enorme dosis de ingenuidad.

—¡Claro, seré las dos cosas! Una astronauta policía. ¿Es que no se puede?

Los demás le rieron la gracia a la niña. Entonces Holt decidió pasar a la acción de inmediato. Pero antes tuvo un parlamento con sus amigos.

—Teniente Ripli —le dijo con solemnidad—, creo que ha llegado el momento de la despedida. El encuentro con usted ha sido breve en el tiempo, pero la llevaré para siempre en el corazón. Por su valentía y coraje, de ahora en adelante será mi ejemplo a seguir.

—Subinspectora Holt, gracias por mostrarse tan comprensiva conmigo y, sobre todo, por tenerme en tan alta consideración. ¡Créame, si le digo que yo también la estimo mucho!

—Las gracias no se merecen, Ripli. ¡De verdad que no! Estoy segura de que si hubiera estado en mi lugar habría actuado de la misma manera. Entre féminas tenemos que ayudarnos. Además, si de paso, lo que hago fastidia en algo a ese imbécil de Próculo Tontinus, mejor que mejor. ¡Ojalá pudiera llevárselo a la Tierra con usted! Belenus sería sin duda un lugar mejor —dijo esbozando una media sonrisa.

—Holt, la aprecio, pero no hasta ese punto. Me parece que a Tontinus tendrán que seguir aguantándolo en Belenus —respondió Ripli sonriendo también.

Las dos oficiales se abrazaron de manera efusiva. Si las cosas salían según el plan de Holt aquella sería la despedida definitiva.

—¡Adiós, teniente Ripli!

—Adiós, subinspectora. ¡Que la fuerza la acompañe!

Entonces se separó de la teniente y les habló a los niños.

—Cris, Berg, vosotros permaneceréis aquí, en Belenus, por lo que estoy segura de que lo nuestro es tan solo un hasta luego. Chicos, sois unos reptilianos excepcionales. Tú, Berg, eres el muchacho más inteligente y decidido que conozco y sé que estás llamado a hacer grandes cosas cuando seas mayor. ¿Quién sabe si algún día ganarás el Belenonobel en alguna de las Ciencias?

Berg la miraba embobado, porque nadie hasta el momento, ni siquiera sus padres o alguno de los profesores más afines a él, había hablado acerca de sus aptitudes en unos términos tan entusiastas.

—Y tú, Cris —continuó hablando la subinspectora—, eres la niña más buena y más lista que hay en todo Belenus. Y claro que se puede ser astronauta y policía a la vez. Si nadie lo ha hecho hasta ahora, tú serás la primera… ¡Seguro que podrás!

—Ahora me toca hacer mi trabajo —añadió muy solemne—. En cuanto todos se hayan ido, ya sabe, teniente: ¡manos a la obra!

Holt se desgarró el maltrecho vestido y las medias de rejilla y se pringó toda con tierra. El efecto conseguido fue estremecedor: parecía que le había pasado por encima un transporter de los grandes.

—No tengo ni idea de qué es lo que se propone —dijo Berg—, pero sea lo que sea lo que se le haya ocurrido, sepa que confiamos es usted.

—¡Qué remedio! De perdidos, al río —repuso Ripli algo escéptica.

—No sea así, teniente Ripli. Tenga un poco más de fe. Estoy seguro de que la subinspectora va a poner toda su carne de reptil en el asador —dijo Berg tratando de animar a la teniente, que aún no las tenía todas consigo.

—¡Claro que sí! Lo siento, subinspectora, pero es que después de todo lo que llevo pasado estoy un poco baja de moral. No me malinterprete, agradezco de todo corazón lo que está haciendo por mí, pero hasta que no deje atrás Belenus en mi lanzadera no podré sentirme a salvo.

—No hace falta que se disculpe. Me pongo en sus escamas y la comprendo perfectamente, teniente. Le deseo toda la suerte del universo.

Por fin Holt se marchó de allí y, dando un pequeño rodeo para no descubrirles, llegó tambaleándose hasta la nave.

—¡Ayuda! ¡Socorro! ¡A mí…! ¡Ayuda, oficiales!

De una manera un tanto teatral, se acercó hasta los dos militares y Tontinus, que todavía permanecía con ellos, y fingió desmayarse. Tontinus quiso sujetarla al vuelo, para hacerse el héroe con ella, pero fue Quartich quien demostró ser más rápido de reflejos y terminó agarrándola él.

—¡Pero si es la subinspectora…! —dijo el coronel Quartich.

—¿Qué le habrá podido pasar a esta reptiliana? —exclamó el capitán Farrus.

El coronel estaba desconcertado. No sabía qué le urgía más, si atender a la desvalida Holt o abroncar al inepto de su jefe. Se decantó por lo último.

—¡¡¡¡Tontinus!!! ¿No me acaba de decir que había enviado a la subinspectora Holt a casa a descansar? ¡Explíquese!

—Hummm… ¡Yo…! ¡Yo…! ¡Yo no tengo ni idea, cogonel! —dijo Tontinus, más asombrado si cabe que Quartich, mirando al suelo y tratando de escurrir el bulto como siempre solía hacer cada vez que tenía uno de esos momentos «Belenus trágame».

Mientras tanto la subinspectora fingió que volvía en sí.

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado…? Ah, si es usted, coronel Quartich.

Holt estaba disfrutando de aquel momento de desquite con Tontinus. Además, en los robustos brazos del coronel no se estaba nada mal. ¡Por suerte, su novio no estaba allí para verla!

—Parece que tan solo está un poco magullada. Menos mal —dijo Quartich tomando la iniciativa—. ¿Pero cuéntenos? ¿Qué le ha pasado?

Remoloneó un poco en los fornidos y acogedores brazos del coronel, pero al final se deshizo del abrazo de Quartich y se incorporó. Se arregló un poco el vestido y comenzó con su fantástico relato.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 9

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 9

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Tontinus no había regresado de inmediato junto a la nave, sino que se había tomado un tiempo para meditar. Los sonidos nocturnos del bosque habían desatado su lado más romántico. Pensó sobre todo en la relación con Holt. Su obsesión le estaba afectando mucho más de lo que jamás hubiera pensado. Encima, que pese a todos sus esfuerzos ella no le hiciera caso, constituía una tortura que lo tenía sumido en un abatimiento total. ¡Hasta el caso del alienígena y la desaparición de Cris habían pasado a un segundo plano! Estaba enamorado sin remedio. ¡Colado hasta las ancas!

¿Pero qué más podía hacer si ya lo había intentado todo? Y ella, erre que erre. Haciéndose la estrecha y mirándole por encima del hombro, como si él no fuera lo bastante bueno. Se tocó la cara. La tenía un poco hinchada y todavía le dolía el bofetón que le había soltado por culpa de aquel desgraciado malentendido. ¡Y además le dijo que fuera al logopeda, la muy…! ¡Si total, no era para tanto aquel defectillo suyo! ¡En su casa siempre le habían entendido a la perfección! ¿O no?

¡Pero aquello con Holt tenía que mejorar! Le iba en ello, si no la vida, que sería demasiado decir, sí la autoestima y su orgullo masculino, que ahora mismo tenía bajo mínimos. Si la vía directa no funcionaba, quizás tendría que pensar en algún modo indirecto de despertar su interés. Entonces recordó a aquella tentadora amiga suya conocida por poner los ojitos zalameros a todo reptiliano viviente. No era tan atractiva como Holt que, aunque a veces se comportara como una desaborida, quisquillosa y estirada, había que ver la clase que tenía. Pero si la subinspectora pensara que él cortejaba a otra reptiliana, tal vez se pondría celosa y le prestaría más atención. ¡Eso era! Llamaría a su amiga en cuanto tuviera un hueco, quizás en cuanto ese asuntillo de la nave espacial estuviera resuelto del todo. Ahora tenía que concentrarse en el caso.

Estaba a punto de salir hacía la nave cuando le sonó el móvil. Al mirar la pantalla vio que era su madre. La verdad es que la quería y la respetaba como la reptiliana que había puesto su huevo, pero a veces se ponía muy pesada. ¿Qué tripa se le habría roto a esas horas?

—¿Qué pasa madgre? ¿Pog qué me llama tan tagde? ¿Le ocugue algo?

—¿Qué me va a ocurrir, Próculo? ¡Fíjate la hora que es y todavía no has vuelto a casa? ¿Se puede saber por dónde andas?

Madgre, no se ponga así que ya soy un gueptiliano adulto. Hace vaguias décadas que me afeito las escamas de la caga.

—¡Sí, pero todavía vives conmigo y tengo derecho a saber dónde estás! ¡Parece mentira, mal hijo!

Pego, madgre… si es que estoy en una misión secgreta. No puedo decigle nada más. ¿No compgrende que es guidículo que siendo inspectog y a mi edad, tenga que seguig dándole explicaciones?

—¿Ridículo? ¡Ya te diré yo lo que es ridículo! ¡Que una madre pase toda la noche en vela porque a su hijo no le importa un pito lo que le ocurra: eso sí que es ridículo!

—¡Jobag…! ¿Es que no ve que estoy tgrabajando? ¿Cómo quiegue que se lo diga?

—¡Estoy segura de que si tu padre viviera todavía te comportarías mejor y nos guardarías un respeto! ¡Ya hablaremos por la mañana tú y yo!

Tontinus oyó un clic seguido de bip, bip, bip…

—¿Segá posible? ¡Mi pgropia madgre me acaba de colgag! ¿Qué segá lo pgróximo? ¿Que me denuncie en la comisaguía? ¿Y qué escamas pintagá mi padgre en todo esto?

Tontinus se quedó cabizbajo tras la reprimenda que acababa de recibir. Ya podía prepararse para la que le iba a caer al llegar a casa. A veces envidiaba a otros reptilianos cuyas madres parecían tiernas y afectuosas, no como la suya, que era la «antimadre» por excelencia. No podía decir que no fuera una buena reptiliana, pero parecía que su lema fuese «nunca cariñosa, siempre regañona». Había sido así desde siempre, incluso cuando él era un huevo. De hecho, había llegado a saber que en una ocasión ya próxima a su nacimiento estuvo a punto de hacerle rodar escaleras abajo porque tardaba demasiado en eclosionar. Gracias a que su padre se interpuso entre ella y el huevo, de lo contrario a saber qué secuelas le hubiera podido ocasionar semejante trompazo. Pero Tontinus tenía claro que no iba cambiar siendo ya una octogenaria. Deprimido pero resignado ante lo que no tenía remedio, el inspector decidió volver a la acción.

Cuando llegó, Quartich y Farrus estaban organizando un dispositivo para trasladar la nave al área 31. Todo el mundo sabía que en esa área se llevaban a cabo experimentos militares y científicos pretendidamente secretos.

—Inspector Tontinus, no es bienvenido en este momento. ¿No le dije alto y claro que se marchara? ¿Qué parte de esa orden no entendió usted?

—Lo siento cogonel —dijo poniendo cara de circunstancias, lo que, dado su estado de ánimo, tampoco le costó mucho—. La situación ha cambiado pog completo. La niñita que estaba con nosotgros, Cgris, se ha pegdido y mi pgrioguidad es encontgragla cuanto antes. ¡Quédese usted con la nave y deje que me ocupe yo de la niña, pog  favog!

—Sí, ya oímos el comunicado de Holt y en cuanto llegue el destacamento que estamos esperando, ordenaré a algunos de los reptilianos que organicen una exploración para encontrarla. ¡Mientras tanto puede buscarla usted! —le concedió Quartich a pesar de no estar convencido del todo—. Pero cómo le vea interfiriendo en nuestro trabajo o dirigiendo su mirada hacia la nave, aunque sea una sola vez, lo mando a tomar el viento desértico de Actínia. ¡Queda usted avisado! Y, por cierto. ¿Cómo es que no ha venido también la subinspectora?

—¿La subinspegtoga…? —repitió para darse tiempo a pensar una respuesta coherente—. ¡Oh…! Ya que me lo pgregunta, le digué que se encontgraba demasiado cansada paga continuag y la envié a casa a dogmig. Y por lo otgro no se pgreocupe, ya no estoy integuesado lo más mínimo en esa nave —mintió sin cortarse ni una escama.

—Lástima —dijo Quartich en quien Holt había causado una honda impresión—. Me hubiera gustado despedirme de ella. Además —admitió ya sin tapujos—, da gusto gozar de la compañía de una reptiliana tan guapa como ella en cualquier circunstancia. ¡Qué caramba!

Tontinus le lanzó a Quartich una mirada de pocos amigos. Lo único que no necesitaba era más competencia. Sin embargo, no dijo nada ya que no quería desvelarle al coronel la debilidad que sentía por la subinspectora.

Holt, que seguía la conversación escondida junto Ripli y los niños perdió los nervios.

—¡Será hijo de cocodráctila este Tontinus! ¡Pedazo de mentiroso! ¿Cómo puede menospreciar así mi trabajo? ¡Está echando a perder mi reputación!

Berg y Ripli tuvieron que emplearse a fondo para contenerla porque estaba decidida a salir del escondite y partirle su hocico de reptil allí mismo. La bofetada que le había atizado cuando se produjo aquel malentendido acerca del liguero era una caricia en comparación con la tunda que deseaba propinarle en aquel momento.

—¡Dejadme, que le voy a dar su merecido! ¡Lo mato! ¡Es que yo lo mato ahora mismo! —decía mientras pataleaba sin parar, tratando de librarse de ese lío de brazos y zarpas que la retenían contra su voluntad.

—¡Tranquilícese, Holt! ¡Con esa actitud no solucionará nada! —afirmó Berg tratando de convencerla, al mismo tiempo que seguía sujetándola por detrás—. ¡Además, si sigue gritando así nos descubrirá! ¡Por favor, baje la voz!

—¡Toma ya! —añadió Ripli—. Y yo que hubiera pensado que los reptilinos serían de sangre fría.

—Reptilianos, teniente. ¡Acuérdese: reptilianos! —esta vez fue Cris quien la corrigió—. ¡A ver si se le mete en la cabeza de una vez!

—Bueno, lo que sea —contestó Ripli harta de tanta corrección. Reptilinos, reptilianos… ¿Qué más daba? No era momento de pararse en esas tonterías.

—¡Caray, subinspectora…! ¡Menudo temperamento que se gasta! ¡Cualquiera le tose! ¡Ya me hubiera gustado tener a bordo de la Nostramo a alguien con tanto brío como usted!

—¿La Nostramo? ¿Y eso qué es? —preguntaron todos a coro.

—Hummm… Creo que es demasiado largo para contarlo ahora. Quizás mejor en otro momento.

—Teniente Ripli —Holt adoptó un aire muy serio—. Sé que esta decisión me puede costar la carrera y quién sabe cuántas cosas más: pero la ayudaré a regresar a su planeta. ¡Que le den al imbécil de Próculo Tontinus!

—Subinspectora —dijo Ripli con la mirada vidriosa, conteniendo a duras penas las lágrimas por la emoción—, nunca le podré agradecer bastante lo que está a punto de hacer por mí.

Luego la abrazó y quiso darle un beso en la mejilla. Al principio, Holt, que desconocía esa costumbre humana, retrocedió temerosa, pero Ripli la sujetó hasta conseguir su propósito. En cuanto lo hizo, la subinspectora sonrió complacida.

—¡Anda! ¿Esto qué es? ¡Pero sí hace cosquillitas!

—Se llama beso. En la Tierra es algo muy popular. Todo el mundo se besa constantemente: los padres con los hijos y viceversa, las parejas, los amigos…

—¿Ah… las parejas también? —Holt sonrió con picardía—. ¿Cree que si se lo hiciera a mi Clark le gustaría?

—¡Pues claro, pruebe en cuanto tenga ocasión! ¡Ya verá qué bien! —la animó la teniente.

La subinspectora se quedó embobada al acordarse de su novio y del anillo que pronto luciría en su dedo anular. Esa caricia que acaba de enseñarle la terrícola era la caña. Estaba convencida de que a él le encantaría. Además, aunque Clark hubiera salido con otras reptiliana antes que con ella, algo en lo que no le gustaba pensar porque se la comían los celos, al menos en lo del beso ella sería la primera.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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