De Inanición

De Inanición

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Donde la fría noche, la hoguera es día.
Los pasos con miedo del indefenso,
perfila el iluso hacia el fuego intenso.
Su aurora cobija su piel tan fría.

La llama se extingue, tiene que comer
y angustia le llega, se va a recoger:
leña, a su amo, para verle crecer.

Vuelve el calor, y renace aquel día,
la vida prosigue (sino oscurece).
Más leña le da, el hombre obedece,
la llama se acrecienta ¡le quemaría!

En leña le ordena que pare su andar,
¡ese es su alimento!, comienza a escapar,
y ya sin esclavo se va a agonizar.

Penumbra se queda, en la oscuridad;
el rojo se extingue, es ya una burla.
El alba renace y al ruido calla.
Queda evidente su gran ingenuidad.

Esclavos ¡sois libres!, podéis ya marchar,
que el día no os absorbe, no os pide humillar.
Ya todo es visible, solo hay que admirar

y pensar, que el monstruo que aflige murió:
muerto de hambre, pues no diste atención.
No hablaste, ni peleaste, porque lección
llegó a tiempo, al padre que concibió

al hijo nefasto: tú eres culpable,
pues permitiste ser manipulable
por un egoísta irrazonable.

No estaban jamás antes que nosotros
los entes que llaman como “demonios”.
Somos soberbios como también necios,
rezamos bondad y mal a los astros,

que ignoran rezos por ser imperfectos,
de seres que evaden su propia culpa.
El propio pensar germina una sopa,
forjando el reflejo de sus adentros.

Que por desgracia no son controlados,
pues, horizonte seco de bondades:
Bien, olvidado; males, preservados.

Y a estos principios se mueven los mares,
donde sin saberlo estamos ahogados.
Es bajo el chantaje de quien escondes.

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EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

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Sobrevivía con testarudez a los nuevos tiempos. Todo el mundo le decía que ya no tenía futuro, que era una reliquia del pasado y que debería estar en un museo o en los libros de historia como una más de las profesiones que habían desaparecido con la nuevas tecnologías. Pero él se empeñaba en seguir haciendo las cosas como siempre, como le habían enseñado y como las llevaba practicando desde hacía más de tres décadas.

En aquello era el mejor. Nadie le ganaba. Algunos se le aproximaron però nadie llegó a hacerle sombra. Imposible imitarlo. Él era sobre todo perseverante, constante, creativo y diferente. Unas virtudes cada vez menos valoradas. Ahora estaban de moda otras relacionadas con la espectacularidad y la velocidad. Todo tendía a ser para un consumo compulsivo y de corta duración. El éxito se alcanzaba a la misma velocidad que llegaba también el fracaso. Mantenerse arriba ya no era lo más importante. Ahora se trataba de sustituir continuamente al producto que había alcanzado la cima antes de que éste iniciara el descenso del olvido o del cansancio.

Él seguía creyendo que el placer estaba precisamente en todo lo contrario. En saborear las cosas poco a poco. En digerirlas lentamente para que se asienten bien en nuestro interior. Así lo pensaba y así lo seguía haciendo. Si permanecía en la empresa es porque su números seguían demostrando que el método que empleaba seguía estando vigente, aunque era el único que lo defendiera.

Era vendedor de libros a domicilio. Cuando entró a trabajar en la editorial más importante se sintió la persona mas feliz del mundo. Aquello colisionaba frontalmente con lo que le decían sus amigos:

¿Estás seguro?

Siempre he querido dedicarme a eso.

Es un trabajo duro y muy poco agradecido. ¡Nadie quiere ser vendedor de libros!

Pues yo sí. Me gustan los libros y poder distribuir ese placer creo que es una labor muy digna.

Naturalmente no tuvo ningún problema para obtener el trabajo. Sólo se presentaron dos personas al puesto y su entusiasmo era tal que el entrevistador no tuvo ninguna duda.

Ahora todo era diferente. La empresa había tenido que adaptarse a las nuevas necesidades y el negocio principal ya no era vender libros a domicilio. Se vendían a través de plataformas en la red y la mayoría en formato digitales.

Ya no necesitaban vendedores como Vicente. Él seguía atendiendo a su clientes de forma regular y les sugería los últimos títulos que habían aparecido en el mercado en función de sus gustos. Era lo más parecido a un médico de cabecera. Conocía tanto a sus clientes que sabía en todo momento lo que necesitaban en función de su estado de ánimo. Así cuando los hijos eran adolescentes siempre llevaba un libro de aventuras imposibles donde los protagonistas eran rebeldes y luchadores de causas perdidas. A unos recién casados les sugería un libro de cocina a él y a ella una novela donde la protagonista era una mujer fuerte y determinada. Si la confianza había sobrepasado el pasillo o la cocina y lo hacían pasar a la sala de estar, se atrevía a sugerirles un libro de contenido erótico mientra daba sorbos al café. A la abuelas les regalaba libros de viajes que nunca habían podido realizar o de jardinería. Si la vista ya no les permitía disfrutar de la lectura, él perdía diez minutos y les leía algún pasaje de un delicioso paseo en góndola por los canales de Venecia o a lomos de un camello visitando la ciudad perdida de Petra.   

Su técnica consistía en eso. En conocer a sus clientes, en relacionarse con ellos. Atenderlos y perder el tiempo que fuera necesario par crear un vínculo especial y humano. La necesidad por leer surgía de forma natural y en consecuencia ahí estaba él para satisfacerla. La personalización era tal que sus clientes no pisaban una librería desde hacía años.

Sus nuevos jefes le decían que era un especie en extinción. No porque no fuera beneficiosa su fórmula, sino porque lo que de verdad se había transformado era la forma de consumir. Los que habían cambiado eran los clientes. Vicente lo pudo comprobar con el paso del tiempo. A medida que sus compradores pasaban a mejor vida o se alejaban de ella por culpa de un cerebro ausente de memoria y razonamiento, se fue quedando sin trabajo. Los hijos preferían una tableta electrónica que un conjunto de hojas de papel encuadernadas.

¡Hasta aquí hemos llegado! Vamos a cerrar esta línea de negocio.

No me veo haciendo otro trabajo.

Tienes dos opciones: o te reciclas o te jubilas.

El reciclaje consistía en transformarse en vendedor de enciclopedias. En realidad se trataba de colocar todo tipo de artilugios y enseres para justificar la compra a plazos de una colección de tomos que nadie consultaría. El objetivo eran personas de edad avanzada que quedaban deslumbradas ante la cantidad de regalos que recibían a cambio de comprar una ristra de pesados volúmenes que ocuparían un espacio principal en la librería del comedor. Por ello se comprometían durante años a pagar unas cuotas abusivas. La casa se les llenaba de cacharros de cocina, de colchones tan duros donde era imposible soñar y de máquinas contra el dolor o para ejercitar unas piernas fatigadas de caminar tantos años por los tortuosos caminos de su existencia.

¡No me gusta engañar a la gente!

Es todo legal.

Es un atropello.

¡No te pongas puritano! ¿Acaso no tuviste problemas con la justicia por culpa por no saber frenar tu lujuria?

Aquello fue diferente. Era joven y me engatusaron.

Se refería a un episodio que sufrió al principio cuando empezaba a buscar clientes puerta a puerta. Su entusiasmo le llevaba a no seleccionar los barrios donde ofrecer sus servicios y esa imprudencia le ocasionó más de un problema.

 

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La sombra

La sombra

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Recuerdo el día que la conocí. La primera impresión fue desagradable. Tuve un mal presentimiento. La sombra trepaba la pared de cerámicas blancas del baño de niñas, en la escuela. Crecía cada vez más. Por momentos perdía su forma. Había ocasiones en que la oscuridad la devoraba y luego, reaparecía. Cuando los ojos eran sorprendidos por la repentina e intensa luz que rebotaba en el espejo, paredes y techo, tardaban unos segundos en adaptarse al cambio. Entonces, la sombra era más oscura y grande que antes como si hubiera absorbido parte de la oscuridad, como si la hubiera vencido.
La sombra tenía poderes. Podía hipnotizar y asustar a cualquiera que la mirase de reojo. Las alumnas más pequeñas eran su blanco predilecto. Parecía estar esperando el inicio de las clases para espantarlas. Más de una se orinaba encima.
Esa sombra había perdido su reflejo, todo rastro de humanidad, salvo la forma que a veces conservaba.
Según me contaron, yo había venido a reemplazar a la antigua celadora del colegio, de eso hace ya quince años. Ella había muerto en circunstancias misteriosas. Había sido la misma directora quien la hallara tendida en el piso del baño de niñas, en medio de un charco de sangre. Hay quienes creen que es un alma en pena. Sólo tendrá paz cuando descubran a sus asesinos o asesinas.

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Sin abrir los ojos. Salmos laicos

Sin abrir los ojos. Salmos laicos

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Bucear en pensamientos. Sentir y callar. Calmar los latidos Contenerme al respirar.

No es fácil. Atrapado, y solo, en la oscuridad. Debo avanzar, sin abrir los ojos en aguas turbias. Sin poder llorar.

Si me vieras perdido en el mar de barro, vendría bien tu mano amiga, Puedes aliviar mi dolor.

No me voy a ahogar, pero pesan la vida y el fango. 25 de abril de 2.017

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TODA UNA VIDA

TODA UNA VIDA

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Reconocía la canción que escuchaba, aunque no sabía de dónde procedía. Esa melodía le reconfortaba en aquel que parecía ser el último momento de su larga vida.

Tenía los ojos cerrados. No los podía abrir aunque pusiera en ello todo el empeño. Una poderosa fuerza se lo impedía. Esta había entrado en forma de frío líquido por las venas. Notó cómo entraba y subía por el brazo. Al instante se quedó sumida en un sopor relajante y agradable. Sintió como se separaba de su cuerpo y se observó allí tumbada en la cama. Tenía el ceño fruncido, la piel con un tono azulado y la respiración lenta y dificultosa. El aire apenas llegaba a los pulmones y la garganta emitía sonidos sordos que rompían el silencio, ahora sí, sepulcral. Lo que veía era un cuerpo agonizando y en cambio ella estaba sosegada. Invadida por una paz que jamás había experimentado. No comprendía esa contradicción, aunque ya no le importaba. Esa formaba parte de un mundo del que se alejaba.

No estaba sola en la habitación. Una mujer menuda y laboriosa estaba pendiente de todo lo que allí sucedía. Era la misma enfermera que la había cuidado de forma extraordinariamente cariñosa las últimas semanas. Milagros no era un familiar, pero la quería como si lo fuera. Era como su “Ángel de la guarda” allí dentro. Sabía que hacía más de lo que le correspondía. La vio nerviosa y agitada mientras comprobaba que no era una falsa alarma. Le cogía de la mano, le susurraba cosas al oído, le secaba el sudor frió. Daba vueltas por la habitación pensado en el siguiente paso. Dudaba. Una lágrima desbordó los enormes ojos negros. No pudo reprimirla.

Aguanta un poco, Elena. Ahora vengo.

Salió a toda velocidad y se dirigió a la enfermería. Cogió su teléfono móvil y se puso a buscar una canción. Recordó una conversación que había tenido con Elena hacía poco más de un mes. Le acababan de informar de que a aquella entrañable anciana le quedaban pocas semanas de vida. Le había cogido cariño. Sobraban los motivos para ello.

Elena. ¿Qué música te gusta?

Toda. Me da mucha vida.

¿Qué quieres escuchar ahora?

Me gusta Antonio Machín.

Cada vez que tenía oportunidad, Milagros se la llevaba a su despacho y le ponía canciones de Antonio Machín. Elena respondía con agradecimiento infantil: sincero y alegre. Movía los brazos intentando coger el compás de la música. Hacía un año que la silla de ruedas le impedía bailar.

Regresó corriendo a la habitación. Elena seguía respirando aunque su lividez era ya muy evidente. Le puso el teléfono en la oreja y comenzó a sonar el famoso bolero “Toda una vida”. Le cogió la mano. Sonrío al ver que tenía las uñas perfectamente pintadas. «Elegante y presumida hasta el final», pensó. Se moría con la misma dignidad que había vivido.

Elena dejó de respirar en el mismo instante que finalizó la canción. Lo último que escuchó fue esa suave melodía. El último sentido que perdió fue el oído.

Observaba el cuerpo ya inerte. Comprobó por última vez cuánta ternura había en Milagros. Ya no sentía dolor. Pensó que pronto se reuniría con todos sus seres queridos. Un destello. Nada.

 

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