FUEGO

FUEGO

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Apagar nuestro fuego
Libido…
Me corroe por el cuerpo
Pensamientos que otros dirán pecaminosos
Adrenalina…
Acciones que otros dirán incorrectas…
Nuestros cuerpos entregados al fuego de una pasión
Incontrolable…
Peligro…
Desenfreno…
No podemos…
No debemos…
Este mal… lo sabemos
Parece no importarnos
Nos juzgarán…
No nos importa…
Sumergidos en esta pasión carnal…
Nos calcinamos en el fondo de una pasión fulgurante…
Nuestros cuerpos desnudos…
Ardientes en llamas
Pasión…
Frenesí…
Locura…
Cuerpos que se desean…
Entregados

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El probador de caballeros

El probador de caballeros

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—Mañana voy a pasar por Burgos. ¿Nos vemos?

Magüy se lanzó a la piscina, sin agua, y hasta sin cabeza, ¡pero qué demonios! tenía claro que aquel tipo le estaba gustando más de lo necesario, y eso en cierta manera le incomodaba. Necesitaba averiguar que tan real era aquello que estaba sintiendo por ese completo desconocido lejano. Nada menos que un señor de Burgos. Así que tecleó la pregunta y pulsó enter…

Para un hombre como Carlos, o para cualquiera, qué más da, es difícil rechazar una cita con una mujer hermosa. Pero se dijo que lo prudente era no quedar, si no era seguro que lo fuera.

Ambos eran empleados de sendas empresas que colaboraban entre sí. Se conocían solo de hablar por teléfono y de intercambiar correos electrónicos. Durante mucho tiempo, su relación había sido estrictamente profesional. La prueba es que casi todos los correos de él empezaban por “de acuerdo con el mensaje anterior”. A eso luego sumaban dos o tres líneas de texto de información concisa y así avanzaban las relaciones entre sus “respectivas compañías”. Claro que siempre se tutearon desde el segundo o tercer mensaje, porque eso era lo habitual, no porque hubiera entre ellos ningún tipo de trato personal. Hasta que un día, donde tenía que poner 12.000, Carlos escribió 120.000. Ese cero adicional multiplicó por diez las posibilidades de establecer otro tipo de relación, cuando ella le llamó por teléfono. Y, quién podía imaginarlo, era extraordinariamente simpática.

—Perdona que te moleste: he visto en tu email anterior una cifra que se sale de lo habitual y he querido asegurarme, porque creo que es fácil confundirse. ¿Me confirmas esos 120.000? ¿Me lo confirmas?

Cuando ella dijo ¿me lo confirmas?… algo recorrió la columna vertebral de Carlos. Era como si le hubiera dicho: ¿me lo confirmas, papito? Vamos, confírmamelo bien… Carlos se dijo que necesitaba salir más, que jamás nadie había encontrado una connotación erótica a un término tan concienzudo y profesional como el verbo confirmar. Pero es que, había que oírselo a ella.

—Te lo confirmo con mucho gusto.

—¿En serio? ¿Vais a comprar diez veces más en abril? —dijo ella contenta de semejante incremento de negocio.

—¡Ay, no, no! ¡Qué va! Perdona, me he distraído. ¿Qué íbamos a hacer con tantos espacios publicitarios en ese mes? Me confundí cuando lo escribí y ahora he estado a punto de ratificarlo otra vez.

—¿Sabes que si no te digo nada tu empresa habría tenido que pagar un montón de dinero?

—¡Uf! Menos mal que me lo has dicho. ¡Cuánto te lo agradezco!

—Sí porque a mi empresa le habría encantado esta situación. He ido en contra de mis intereses, pero me he imaginado que sería un despiste. ¡Y aun lo repetías! -decía muriendo de risa, pero de un modo que no resultaba ofensivo.

Un minuto después los dos se reían, y él sentía una irrefrenable propensión a tratar de gustarle. Pero no era preciso, ella había tomado la iniciativa.

En ese momento, Magüy ya había lanzado una moneda de la suerte al aire, divertida e ilusionada. Si salía cara, iría a buscarlo, si era cruz, iría a conocerlo. Y es que hacía años que nadie le gustaba así. Tenía claro que no era el momento de poner más piezas al puzzle de su vida, más bien de extraviar algunas fichas sobrantes. Estaba tranquila, tenía sus necesidades cubiertas en todos los sentidos. Era querida y carecía de traumas ni problemas para relacionarse con el mundo en general. No buscaba romances de película, ni un amante clandestino.

Por eso, no era normal que alguien llamara su interés de un modo tan devastador. Alguien al que ni siquiera conocía, pero ni falta que le hacía. La atracción que estaba sintiendo por él no se basaba en su aspecto físico. Esta era la peor de las señales de alarma que se puede sentir antes de una hecatombe. Él podría tener cara de mochuelo desplumado, que Magüy ya iba sin frenos, no podía parar a pensarlo. Necesitaba verlo, tocarlo, olerlo y medirle la temperatura corporal como lo hacen las madres, con los labios o los dedos. Y si resultaba ser un mochuelo con tendencia a murciélago, lo querría más, porque comprendía que él la necesitaría aún más.

No es que lo viera como a un hijo. No le inspiraba sentimiento maternal alguno, aunque sí que es cierto, que sentía un deseo irrefrenable de darle el pecho, ese tiquitiqui del demonio no la dejaba dormir, apenas respirar. Solo pensaba en él. En poder mirarle a los ojos y comprender que estaba hecho para ella. Que las muescas de sus engranajes encajaban a la perfección en el otro. Como esas piezas de joyería que se dividen en dos partes y solo se puede apreciar el dibujo al completo, cuando están unidas.

—Me debes tu puesto de trabajo, quizás. Si un día voy a Burgos, a ver cómo te portas.

Cuando Carlos colgó el teléfono le dolían un poco las mejillas de tanto sonreír sin parar, ya que la charla se había prolongado bastante. Pero le fastidiaba que su llegada no tuviera fecha.

Se acabaron los “de acuerdo con el email anterior” y empezaron los “Buenos días, Magüy”. Al día siguiente, “hola, Magüy”. Y al tercero, Carlos ya no hizo más progresos. Fue ella la que instauró el chat como medio de comunicación.

A partir de ahí comenzó la relación de trabajo más divertida que Carlos había tenido nunca. Las bromas de ella le sorprendían continuamente y era frecuente que Carlos acabada la conversación se observase a sí mismo riéndose solo, como aquel día en el que un compañero entró en su despacho y lo pilló casi llorando de risa con la mirada puesta en algún punto indeterminado de la pared. Llegó a sentir tal grado de confianza con ella que los chateos pasaron entonces del horario laboral al nocturno y a los fines de semana. Empezaron a darse informaciones personales

Ella le halagaba constantemente. Le recordaba el día en que leyó su primer email en el que él le decía que estaba seguro de que con la participación de ambos generarían “el sistema de colaboración más eficaz posible en beneficio de ambas empresas” ella ya había notado algo especial en él.

—Te leía y notaba un tiquitiqui —decía—. Este tío me va a gustar.

Él arqueaba las primeras arrugas de la frente. ¿Era el tiquitiqui lo que él se imaginaba? ¿Tan elegante y sensual era la prosa empresarial que utilizaban a base de cortar y pegar las fórmulas que todos en su profesión empleaban como para que ella sintiera el tiquitiqui? En realidad, era el equivalente a lo que le pasó a él durante su primera conversación telefónica. Aquel “confírmamelo, papito”, que ya no sabía si el papito lo había dicho ella o no, él creía que no, pero ya no estaba seguro. Un caso misterioso casi.

Y ahora tenía ante él aquella propuesta:

—Mañana voy a pasar por Burgos. ¿Nos vemos?

Mientras le preguntaba a qué hora se pasaría por su oficina, él se preguntaba si era conveniente tener esas confianzas porque… ¿y si era fea como un avestruz?

—Déjate de oficinas. He ahorrado a tu empresa unos cuantos millones y a ti te salvé de un despiste. ¿No me vas a invitar a un café? ¡Quedemos fuera! Ya hemos superado nuestra época “corporativa”, ¿no? Busca un café chulo de tu ciudad y llévame a allí. Pero necesito que esté lo más cerca posible de unos grandes almacenes.

«Esta va lanzada con su tiquitiqui», se dijo. Bueno, pues si era fea le daría igual. Nadie es perfecto. Realmente era muy simpática y, sobre todo, era una mujer especial, que desbordaba gracia e inteligencia, además de mucho… tiquitiqui.

Cuando llegó, se reconocieron en seguida. Y, vaya, no encontró en ella parecido con un avestruz. Se dieron dos besos en la mejilla, después de la cual ella le miró sonriente, parecía satisfecha, y tomando su cabeza entre las manos, de pronto le dio un beso en la boca. Él estaba sorprendido ante tan pocos preámbulos. Después se sucedieron otro y otro, y luego ya fue uno solo de duración indeterminada.

El mundo desapareció para Magüy durante los 60 minutos que duró el tercer beso. Cuando separó sus labios de él, abrió los ojos y descubrió que no estaban solos. La gente los miraba, seguramente alucinados por la duración del beso, ¡a esas edades, cómo es posible! -pensó más de uno. No eran adolescentes, pero así se sentían. Era él, tal como lo imaginaba. Sin aditivos, ni adornos ficticios. Respiró aliviada por el acierto de lanzarse a la piscina, desde luego no le pareció un mochuelo. No eran unos extraños, se sentían cómplices de algo bueno y tierno. Carlos era perfecto para ella, incluso se reconoció a si misma en ciertos aspectos de su personalidad. Sus sonrisas y las miradas cruzadas de ambos, les hacía mostrarse al mundo como un gran pieza completa, un cubo de rubik con todas sus caras formadas por cada uno de los colores que lo componen.

Cuando por fin se tomaron algo de tiempo para respirar, recordaron que estaban en plena calle y repararon en que de hecho deberían tener frío. Ella miró a su alrededor y cuando vio los grandes almacenes, le tomó de la mano y tiró de él, casi corriendo, como una niña que tiene prisa por enseñarle a papá un dibujo que le ha hecho.

–¡Vamos, corre! Tengo poco tiempo, pero quiero hacerte un regalo.

–¿Un regalo?

Subieron por las escaleras mecánicas, riendo a carcajadas, sin saber por qué. Al llegar a la sección de caballero, ella atravesó la planta tomando distintos modelos de pantalones. Unos jeans, unos marrones, otros verdes…

–¿Quieres regalarme unos pantalones?

Un dependiente se acercó y ella dijo.

-Quiere probarse estos pantalones. ¿Tiene de su talla?

Mientras el dependiente buscaba ella comenzó de nuevo a besarle. Y le dijo al oído:

–No quiero regalarte ningún pantalón. Solo quiero que te los pruebes…

A los pocos instantes llegó el dependiente con los pantalones de la talla de Carlos. Ella casi se los quitó de las manos mientras le preguntaba por el probador y hacia allí se dirigieron de inmediato mientras el dependiente se les quedaba mirando.

Ella cerró la puerta del probador, le volvió a besar en los labios y se sentó en el taburete.

–Vamos, pruébatelos.

Carlos se sintió un poco cohibido, pero ella, aprovechando que estaba sentada, le desabrochó el cinturón y en el tiempo en que se dice uno, dos y tres, Carlos se vio en el espejo con los pantalones en los tobillos.

–¡Qué piernas tan peludas! -dijo siempre con su sonrisa cogiendo uno de sus muslos con las dos manos.

–Bien… Esto… Esta situación, como dicen en las películas, es un tanto inusual… _sonrió él nerviosamente.

–Bueno, si te da corte que te vea en calzoncillos sin apenas conocernos, no te preocupes.

Y de un tirón bajó sus calzoncillos hasta donde estaban sus pantalones, dejando al descubierto toda su dotación, que ella no tardó mucho en sopesar, examinar y en darle todo tipo de muestras de cariño y delectación morosa, hasta que por fin decidió hacer lo que sin duda tenía previsto desde que le anunció su visita.

El desenlace se hizo esperar. Por este motivo cuando el dependiente los vio salir del probador les miró con una expresión de sorpresa. Ella le dejó los pantalones, que no llegaron a desplegar sobre un mostrador y le dijo:

  • –Vaya, déjeme decirle que estos pantalones no son lo suficientemente buenos para mi chico. Vamos a seguir buscando. Unos que estén a su altura ya sabe, que le encajen como un guante, que realcen bien su perfecto trasero, o mejor ¿sabe qué? póngame media docena de los más caros, quiero probárselos en el hotel. Y mañana traeré los que no sean de nuestro agrado.

Carlos no sabía si reír, o salir corriendo, pero apretó las manos de ella, no estaba dispuesto a dejarla marchar. Suspiró y se preparó mentalmente para disfrutar de su destino inmediato, el que les aguardaba en su preciosa habitación de hotel barato.

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El abrazo

El abrazo

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El abrazo

Los pechos, los labios y las piernas se rozan. Cada piel siente la ajena como propia. Un torrente de sudor estalla al mismo tiempo que esas caricias se proyectan sobre las paredes de la habitación en penumbra. Son sombras chinescas moviéndose al compás de un blues profundo y desgarrador, una interminable súplica que reclama la posesión del otro. Parece un baile silencioso y sincopado formado por los nerviosos jadeos y cortas frases que, en realidad, se esparcen hasta resonar por cada rincón.
En un momento del encuentro, sentido como eterno, varios gritos escapan de una de esas gargantas y acuchillan el aire que los envuelve. Son desgarradores y gozosos, reclamantes de muchos otros, urgentes por prolongarse más allá de la vida. Emanan desde la profunda sima donde esta nace. Entre espasmos, viajan por cada milímetro del cuerpo tan deprisa como lo hace la luz por el espacio. Arqueando la espalda y traspasando la pelvis, concluyen hasta llegar a navegar en armonía por el gigantesco cosmos que hay más allá de cada mirada. Es un universo que los amantes han engendrado entre besos y caricias, es la vida que recrean cuando explota dentro de sus bocas. Sienten por igual que en aquella unión solo existe un mismo vientre por el que mana toda la pasión.
Una vez desfallecen, ruedan cercanos hacia los extremos de la cama, hacia los confines de un territorio al que pronto desearán volver.

Toman aliento. Se arañan la palma de la mano estirando los brazos. Ríen. Satisfechos y sorprendidos por lo que han sentido, se giran hasta que los ojos se encuentran, perdiéndose en un mar de bonanza y provocando que un posterior abrazo, entre infantil y maternal, los traiga de vuelta a la realidad.

Marzo 2016

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Mal de amores

Mal de amores

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Es hielo abrasador, es fuego helado,

                                                                              Es herida que duele y no se siente,

                                                                              Es un soñado bien, un mal presente,

                                                                              Es un breve descanso muy cansado

                                                                                             Francisco de Quevedo

Si, me embrujaste con tus ojos negros

y tu actitud distante y altiva

no hizo sino encender una chispa

que prendió en todo mi ser este fuego.

Por favor rompe ya este silencio

que me tiene atrapada y cautiva.

Háblame de ti y también de tu vida

y hazme en tu corazón un hueco.

Hazlo ya o no sé que será de mí,

pues con este abrasado corazón

que sabe que sin ti no podrá vivir,

 

a ningún lugar que no estés tu puedo ir

y consumida ya por esta pasión,

solo me queda, de amor, saber morir.

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Resaca de amor

Resaca de amor

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Aquella noche sintió que era reina. En el corazón quedaban cosidas las heridas entre dos tiempos congelados y en sus ojos, las miradas habían adormecido. Hasta aquella misma tarde se guardaron en el lugar del tiempo y del espacio, en el que se guardan las pequeñas cosas para ser recordadas en el momento oportuno y volver a vivirlas como si acabasen de ocurrir. Recordó también como apagaron el fuego del placer sin volver la vista atrás, rompiendo el futuro de ambos.
Regresó caminando lentamente entre los susurros del viento. Marcando el ritmo con decisión. Recorriendo los caminos del parque por última vez aquella tarde, absorta en ella misma y en sus pensamientos. No prestando atención a otra cosa que no fuera ella misma. Y así envueltas las emociones, llegó a casa, recuperando los recuerdos sin saber muy bien lo que acababa de ocurrir. No le importaba en absoluto, más bien al contrario. Era la primera vez que no se había detenido y sólo se había dejado llevar por el momento y su corazón. Se alegró por ello. Entonces se dio cuenta. No sabía sí volvería a verle y, pensó sí sus besos serían buenos en sus labios tanto tiempo deseados. Sin embargo sentía una fuerte atracción que la llevaba a volver sobre sus pasos una y otra vez, vagando sin rumbo. Mientras llegaba a casa podía recordar. Sin palabras, sin tener que sentirse obligada a explicar nada, solo rendirse al momento, viviendo exactamente el instante. La resaca de un amor adormecido en un frío y largo invierno rescata, entre los recuerdos, sus nombres enterrados por el tiempo.
La memoria es perezosa y selectiva. Recoge una y otra vez aquella época enredada en los almacenes de aquello que quedó sin acabar y otra vez vuelve sobre los hechos, hasta hacerlos suyos. Deteniendo el tiempo para saber que fue de cada uno de ellos. De cada uno de sus besos. Para saber de cada paso dado. Para saber cada canción cantada y cada una de las palabras que dijeron en el mismo orden que se habían guardado.
Quedaron desde ese momento liberados por el tiempo. Perdida la razón, perdido el control, colgando las palabras entre los azules y los blancos de las estelas del mar.
Se preguntan cómo han podido llegar hasta aquí sin la presencia del otro a su lado. Se preguntan por ese silencio y, entre risas se van contando sus vidas. Ella esperando que llegue la noche, él que amanezca el día.
La vida regresa y les conecta de nuevo. En apenas dos horas se despierta el magnetismo de las almas, se reconocen de inmediato. En unos instantes los dos quedan envueltos en un halo misterioso de belleza, que todo lo impregna de impaciencia y de deseo. Se desbordan entre los besos regados de caricias que rasgan la piel, mientras se extienden los susurros entre sus cuerpos y se entrelazan ansiando los placeres de sus cuerpos. Laten en la misma dirección, a una velocidad que multiplica las sensaciones, recuperando unas manos cálidas. Entre risas divertidas regresan años enteros. Solos con sus miradas libres de miedos. Estampan sus bocas en un sólo gesto. Arrancan la pasión en un abrazo que ya no se contiene y prendidos, quedan uno del otro en un tiempo imperfecto para otros.

Photo by kamilamove

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