Retal III

Retal III

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A merced del viento, a bordo de alguna hoja de otoño que se ha separado de la primavera para dejarla partir, para dejarla libre y despedirse con colores de la última puesta de sol. Hoy anochece más tarde.

Primavera baila desnuda bajo la mirada inquieta de un otoño furtivo que no se atreve a acercarse, que debe irse pero es incapaz de no mirar. Entonces el olor a tierra mojada, el cantar de los grillos y las bicicletas que pasean con el buen tiempo son la prueba evidente. Debe irse y quizás jamás volver.

Es extraño no mirar atrás, pues en sueños te veo e inundas mis días como si se tratara de un eterno argumento al que recurro para no olvidar; como el mes de abril que llora siempre mirando al ayer; el mes de los poetas, de lo que fue y no será. Hoy ya no me lamo las heridas, rastreo tu olor y solo me lleva a la tierra más honda y al barro, a un lamento de cinco minutos que tiñe el cielo de negro, aunque ya no le temo.

A merced del viento me siento aquí en medio, del verde de mayo, del contar largo de las horas aunque con el recuerdo del otoño en las pestañas, como el rocío en las flores de madrugada que juega a caer o no caer, a irse, a volver…

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Se me borró la sonrisa

Se me borró la sonrisa

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Se me borró la sonrisa cuando aún era una niña, entre osos de peluche y muñecas por vestir, entre cazuelas pequeñas dentro de una cocinita, entre bicis y patines, entre leotardos calados y lazos en las coletas.

Se me borró la sonrisa cuando perdí la inocencia, cuando a marchas forzadas me llegó la madurez. Se me borró trabajando en la escuela, en la casa y en algún que otro sitio donde no debía estar, se me curtieron las manos y mi tez se ensombreció.

Se me borró justo el día en que padre fue a la guerra, en un Oriente cercano que yo dentro de mi ignorancia no sabía ni siquiera situar. Nos lo quitaron de golpe, sin darnos alternativas, se lo llevaron al frente, en misión humanitaria, unas bonitas palabras que para mí tenían el mismo significado que si me hubieran dicho te lo vamos a matar.

Ya no tenía sonrisa cuando llegó la llamada que tanto habíamos temido los que quedamos en el hogar. Solo quedaron las lágrimas dispuestas a ser derramadas sobre el rostro de una niña a la que demasiado pronto le robaron la felicidad.
Tantos años he vivido con esta extraña mueca en la cara, que a veces finjo que es risa que ya llevo tatuada. Nadie ha podido cambiarla, se ha quedado para siempre, y se viste con más arrugas que las que muestra mi frente.

Algunas veces sueño que me devuelve el espejo una sonrisa tan limpia como la que solía tener. Y despierto cubierta de lágrimas que resbalan por la almohada, ni rastro de esa sonrisa que desearía tener. La conozco, solamente, por las antiguas fotografías de mi niñez, cuando no solo enmarcaba mi rostro sino que me aportaba una luz que hacía que hasta mis ojos brillasen. De mi mente, hace tiempo que se olvidó.

Se me borró la sonrisa y sueño, sueño con que llegue el día en que la vuelva a recuperar.

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Retal II

Retal II

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La perpetuidad de la memoria.

Ecos en la distancia,
Reflejo del paso de los años a su antojo…
Bocas de muerto que hablan por sí solas,
Peones de la nostalgia,
Océanos que lloran en dirección al cielo,
Cansados de no encontrar orilla donde echar el ancla,
De ser simples imágenes, vanas palabras…
De molestar a quien ya no mirar atrás.

Les llamo recuerdos, aquellos que carcomen el alma
Que no te dejan cerrar capítulo,
Que han hecho demasiados agujeros en el pecho,
Segura estoy que por ellos me observan,
Lamentan lo ocurrido,
Pero jamás se rinden,
No quieren caer en el olvido,
No quieren ser ríos perdidos,
Quieren un principio y un final,
Que si hay muerte en la historia que sea digna de recordar.

Brindo con ellos por cada pérdida,
Por cada beso contra él mármol,
Por amar al fin y al cabo,
Por ser al fin tan culpable como ellos,
Por no querer cambiar de infierno,
Por haberme quedado abrazada a la simple nada,
Al eco del silencio,
Al susurro de los desterrados.

Tapando los agujeros de nuestro bote,
Ahogándonos en un vaso de agua,
Luchando a capa y espada con lo invisible,
Regocijándonos en nuestro dolor,
Indispuestos,
Endebles,
Cobardes a buen grito de pulmón…

Porque ya somos la herida misma,
Porque no hacemos mudanza en lo de siempre,
Porque tememos a la desdicha de lo desconocido,
Del fracaso inminente,
De los nuevos arrebatos,
De una puesta de sol que nos permita quedarnos,
Que nos invite a pasar el rato,
Un rato o toda una vida,
Un siempre sin disfraz,
Un antifaz de pon y también de quita.

Supongo que llegará un día,
Cuando pueda cerrar los botones de mi camisa,
Y ya no sienta vergüenza por enseñar mis guerras,
Cuando ya me cure,
Al menos a medias,
Cuando esté orgullosa de mis cicatrices,
Y brinde junto a ellas.

Yo que ya firmé trato con las despedidas,
Que ya no creo en contratos y su mal pagar,
Yo que aun busco mi lugar,
Que ya no echo de menos ni de más,
Yo que cumplo cadena perpetua junto a ella…

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El cuadro

El cuadro

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Cuando lo vi, aquella soleada mañana de domingo, supe que tenía que ser mío. Me había levantado temprano, como solía ocurrirme a menudo desde hacía un tiempo. Lejos habían quedado ya las largas mañanas de colchón durante mis fines de semana, cuando el desayuno y el almuerzo se convertían en una única comida. Quedaron reservadas para los ya pasados tiempos de mi juventud y la desazón que me producía el hecho de saberme ya un adulto con responsabilidades me impedía malgastar un segundo de más en la cama.

Precisamente ese era el sentimiento predominante aquella mañana, sentado frente a mi taza de café y al periódico del día, que me hizo recordar los grandes tazones de leche con cacao que, humeantes, me preparaba mi madre cada mañana cuando aún era un niño con ilusiones. Creo que la palabra que podría encajar mejor en la definición de ese sentimiento sería añoranza. Una brutal añoranza del pasado se había apoderado de mí, poco a poco y a lo largo de los últimos años, cargando mi espalda como con un lastre que me hacía que me replegara un poco más sobre mí mismo cada mañana.

Decidí despejar las ideas saliendo a dar un paseo. Las callejuelas del centro de Madrid siempre habían tenido un extraño poder curativo en mí y la mañana, radiante en aquella espléndida primavera, resultaba muy propicia para ello. Mis pasos, al principio lentos por la rémora de la apatía, se fueron transformando en un ágil caminar según iba avanzando por las calles y estas se iban volviendo cada vez más estrechas a mi paso. Fueron esos resueltos pasos los que me llevaron, sin que lo hubiese planeado, al Rastro.

El bullicio y la algarabía que había en el lugar, que siempre me había resultado mágico y bohemio, terminaron de alcanzar el resultado esperado de mi caminata. Una muchedumbre animada caminaba por entre los puestos, observando, conversando, riendo. Las terrazas estaban repletas de personas que disfrutaban del magnífico sol, algunas aún con el primer café de la mañana, mientras que otras ya habían dado paso a la alegría y el placer de unas cañas compartidas.

Fue allí, entre la multitud, cuando lo vi. Estaba apoyado contra el lateral de uno de los tantos puestos de arte del mercadillo, podría decirse que casi dejado con descuido, y nadie parecía prestarle atención a su paso. A mí, sin embargo, me cautivó. El tiempo se detuvo durante unos instantes en los que dejó de llegar hasta mis oídos el bullicio del gentío. De pronto, me sentí transportado a otro tiempo y a otro lugar. Pude apreciar en mi nariz el aroma a campos de cereal recién segado, a pan recién hecho, a noches de calor, a la paja mojada tras una lluvia de verano, a infancia y felicidad.

Dirigí mis pasos hasta él para apreciarlo mejor. Aquel cuadro, sin que tuviera en apariencia nada de particular, había conseguido evocar en mí tales sensaciones que supe de inmediato que se vendría conmigo a casa. Deslicé los dedos por el rugoso lienzo, cubierto por aquellos colores tan cálidos, y fui capaz incluso de escuchar la dulce voz de mi abuela llamándome con cariño para comer.

Lo coloqué en un lugar de honor en mi dormitorio, aquel que hasta entonces había ocupado la pequeña televisión que trataba, sin lograrlo, de aportar una pizca de recreo a mis noches. Ahora, cada vez que me invade la añoranza, no tengo más que introducirme en ese extraño paisaje que, sin embargo, representa tanto para mí. En él está reflejada mi juventud.

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Lluvia

Lluvia

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Llegará un día que nuestros recuerdos

 serán nuestra riqueza.

Paul Géraldy

 

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado… Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.

 

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