Retal II

Retal II

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La perpetuidad de la memoria.

Ecos en la distancia,
Reflejo del paso de los años a su antojo…
Bocas de muerto que hablan por sí solas,
Peones de la nostalgia,
Océanos que lloran en dirección al cielo,
Cansados de no encontrar orilla donde echar el ancla,
De ser simples imágenes, vanas palabras…
De molestar a quien ya no mirar atrás.

Les llamo recuerdos, aquellos que carcomen el alma
Que no te dejan cerrar capítulo,
Que han hecho demasiados agujeros en el pecho,
Segura estoy que por ellos me observan,
Lamentan lo ocurrido,
Pero jamás se rinden,
No quieren caer en el olvido,
No quieren ser ríos perdidos,
Quieren un principio y un final,
Que si hay muerte en la historia que sea digna de recordar.

Brindo con ellos por cada pérdida,
Por cada beso contra él mármol,
Por amar al fin y al cabo,
Por ser al fin tan culpable como ellos,
Por no querer cambiar de infierno,
Por haberme quedado abrazada a la simple nada,
Al eco del silencio,
Al susurro de los desterrados.

Tapando los agujeros de nuestro bote,
Ahogándonos en un vaso de agua,
Luchando a capa y espada con lo invisible,
Regocijándonos en nuestro dolor,
Indispuestos,
Endebles,
Cobardes a buen grito de pulmón…

Porque ya somos la herida misma,
Porque no hacemos mudanza en lo de siempre,
Porque tememos a la desdicha de lo desconocido,
Del fracaso inminente,
De los nuevos arrebatos,
De una puesta de sol que nos permita quedarnos,
Que nos invite a pasar el rato,
Un rato o toda una vida,
Un siempre sin disfraz,
Un antifaz de pon y también de quita.

Supongo que llegará un día,
Cuando pueda cerrar los botones de mi camisa,
Y ya no sienta vergüenza por enseñar mis guerras,
Cuando ya me cure,
Al menos a medias,
Cuando esté orgullosa de mis cicatrices,
Y brinde junto a ellas.

Yo que ya firmé trato con las despedidas,
Que ya no creo en contratos y su mal pagar,
Yo que aun busco mi lugar,
Que ya no echo de menos ni de más,
Yo que cumplo cadena perpetua junto a ella…

El cuadro

El cuadro

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Cuando lo vi, aquella soleada mañana de domingo, supe que tenía que ser mío. Me había levantado temprano, como solía ocurrirme a menudo desde hacía un tiempo. Lejos habían quedado ya las largas mañanas de colchón durante mis fines de semana, cuando el desayuno y el almuerzo se convertían en una única comida. Quedaron reservadas para los ya pasados tiempos de mi juventud y la desazón que me producía el hecho de saberme ya un adulto con responsabilidades me impedía malgastar un segundo de más en la cama.

Precisamente ese era el sentimiento predominante aquella mañana, sentado frente a mi taza de café y al periódico del día, que me hizo recordar los grandes tazones de leche con cacao que, humeantes, me preparaba mi madre cada mañana cuando aún era un niño con ilusiones. Creo que la palabra que podría encajar mejor en la definición de ese sentimiento sería añoranza. Una brutal añoranza del pasado se había apoderado de mí, poco a poco y a lo largo de los últimos años, cargando mi espalda como con un lastre que me hacía que me replegara un poco más sobre mí mismo cada mañana.

Decidí despejar las ideas saliendo a dar un paseo. Las callejuelas del centro de Madrid siempre habían tenido un extraño poder curativo en mí y la mañana, radiante en aquella espléndida primavera, resultaba muy propicia para ello. Mis pasos, al principio lentos por la rémora de la apatía, se fueron transformando en un ágil caminar según iba avanzando por las calles y estas se iban volviendo cada vez más estrechas a mi paso. Fueron esos resueltos pasos los que me llevaron, sin que lo hubiese planeado, al Rastro.

El bullicio y la algarabía que había en el lugar, que siempre me había resultado mágico y bohemio, terminaron de alcanzar el resultado esperado de mi caminata. Una muchedumbre animada caminaba por entre los puestos, observando, conversando, riendo. Las terrazas estaban repletas de personas que disfrutaban del magnífico sol, algunas aún con el primer café de la mañana, mientras que otras ya habían dado paso a la alegría y el placer de unas cañas compartidas.

Fue allí, entre la multitud, cuando lo vi. Estaba apoyado contra el lateral de uno de los tantos puestos de arte del mercadillo, podría decirse que casi dejado con descuido, y nadie parecía prestarle atención a su paso. A mí, sin embargo, me cautivó. El tiempo se detuvo durante unos instantes en los que dejó de llegar hasta mis oídos el bullicio del gentío. De pronto, me sentí transportado a otro tiempo y a otro lugar. Pude apreciar en mi nariz el aroma a campos de cereal recién segado, a pan recién hecho, a noches de calor, a la paja mojada tras una lluvia de verano, a infancia y felicidad.

Dirigí mis pasos hasta él para apreciarlo mejor. Aquel cuadro, sin que tuviera en apariencia nada de particular, había conseguido evocar en mí tales sensaciones que supe de inmediato que se vendría conmigo a casa. Deslicé los dedos por el rugoso lienzo, cubierto por aquellos colores tan cálidos, y fui capaz incluso de escuchar la dulce voz de mi abuela llamándome con cariño para comer.

Lo coloqué en un lugar de honor en mi dormitorio, aquel que hasta entonces había ocupado la pequeña televisión que trataba, sin lograrlo, de aportar una pizca de recreo a mis noches. Ahora, cada vez que me invade la añoranza, no tengo más que introducirme en ese extraño paisaje que, sin embargo, representa tanto para mí. En él está reflejada mi juventud.

Lluvia

Lluvia

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Llegará un día que nuestros recuerdos

 serán nuestra riqueza.

Paul Géraldy

 

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado… Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.

 

La muñeca.

La muñeca.

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Reacomodando el desván en que se han ido acumulando a lo largo del tiempo tiliches y trebejos. Encontré cosas que son prácticamente inútiles (Pues la tecnología ha hecho lo suyo) desde vestimenta de la abuela hasta zapatos pasados de moda, también bisutería que no recordaba que existiera – Mucho menos utilizara-.

Cuadros con personajes que son totalmente desconocidos, lámparas, cajas, fotografías, algunos artículos escolares que mis hermanos debieron olvidar durante las tardes que subían a jugar.
De las paredes color violeta cuelgan paisajes que muestran memorias de tiempos remotos, recuerdos de un pasado inexistente hasta hace un par de horas.

Entre las cajas llenas de cuentos, revistas, libros, adornos, retazos de tela y frascos diversos, me he encontrado con una figura especial, que conozco,

De pronto veo una mirada fija, del color del caramelo. Llegan mil imágenes al pensamiento y siento algo parecido a la alegría envuelta en nostalgia. Un poco maltrecha y con alguna mancha de hollín causada por el tiempo y el abandono encuentro una muñeca.

¡Mi primera muñeca! ¡La compañera de mi infancia y adolescencia!

Tome entre mis manos ese hermoso tesoro, observe cada detalle de su cara. Aún tenía la sonrisa con que solía recibirme cada que regresaba de la escuela. Y entonces, se desbordaron los recuerdos de una niñez llena de juegos y travesuras.

Fue regresar el tiempo, observar desde otra perspectiva la infancia.- ¿Recuerdas aquella ocasión en que hurtamos galletas para alimentar a un perro callejero? ¿El día que nos regañaron por romper la maceta favorita de mi abuela? ¡Cuánto gusto te daba que llegara de la escuela para practicar peinados en tu cabello rojizo! ¡Y aquella ocasión cuando nos fugamos para vivir en un parque cercano! La aventura duró apenas unas horas, pues al llegar la noche estábamos acurrucadas en la cama.
Cuando la abuela partió al cielo, me acompañaste y enjugaste mis lágrimas mientras me observabas con mirada tierna como diciendo- ¡Siempre estará contigo!

¡Qué curioso! hoy se porque las muñecas son las mejores amigas de la infancia. Saben guardar secretos, sonríen y se dejan tomar en brazos. Nos ponen atención y nos consuelan en nuestros errores sin cuestionarnos.

¡Hay tanto que aprender de ellas!
No sé, quizás debemos comenzar por escuchar sin cuestionar, sonreír ante las adversidades, mirar con calidez a nuestros semejantes, ser leales y silenciosos con los secretos que nos confían…algo parecido a mi muñeca.

Claudia Santillán Velázquez.

Tristeza

Tristeza

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La justicia es el medio

por el que las injusticias

establecidas son sancionadas.

Anatole France.

I

 —¿Cómo que murió? —Pablo no da crédito a las palabras de la encargada del geriátrico.

—Estaba muy deprimido y no quería comer. —responde la mujer—. Siempre es difícil aceptar la muerte. Mirá que acá es frecuente pero aún así no puedo acostumbrarme.

—¿Cuándo fue? — pregunta Pablo.

—Hace diez días.

—¿Quién se hizo cargo?

—El sobrino que pagaba la cuota. No quiso llevarse sus cosas. Nos dijo que regaláramos lo que sirviera y el resto a la basura.

—Se ve que mucho no le importaba —dice Pablo.

—En realidad…¡nada! Mientras vivía no vino nunca. Vos sos el único que lo visitaba. ¡Ah, a propósito! Revisando sus cosas encontramos algo que, suponemos, es para vos.

La mujer le alcanza una carpeta con una nota abrochada en la que se puede leer, con letra temblorosa, “Para entregar a Pablo”.

 

II

 Raúl saluda a los tres hombres con un fuerte apretón de manos y los acompaña hasta la puerta de su oficina.

Cuando se queda sólo, da rienda suelta a su euforia. Acaba de cerrar el negocio de su vida. Son directivos de un importante country de zona sur y aceptaron su propuesta para prestar el servicio de vigilancia en el predio. Es el contrato más importante que consiguió su empresa de seguridad en sus diez años de actividad.

Se sirve un vaso de whisky y enciende un cigarro Cohiba. Mientras suelta despacio las bocanadas de humo,  piensa que al final, le ganó al destino. Quince años atrás, cuando su jefe le sugirió que pidiera la baja poniendo fin a su carrera en la Fuerza, sintió que todo se derrumbaba. No tuvo alternativa. Llevaba poco tiempo de casado, con un hijo de tres años, y debía pensar en su familia. Un comisario retirado lo llevó a trabajar a su empresa y lo puso a cargo de la seguridad de una fábrica textil. Cinco años trabajó con él, hasta que aprendió el funcionamiento y decidió crear su propia empresa. No le fue mal todo este tiempo y, a partir de ahora, el futuro se presentaba promisorio. Podía enterrar definitivamente su pasado y olvidar sus miedos y angustias.

Llama a su secretaria y le entrega todos los datos para que prepare la documentación.

 

III

Pablo sube al colectivo y elige el asiento del fondo. Le parece mentira que ya no verá más a Simón. Cierra los ojos y vuelve a la tarde en que lo conoció. Fue al geriátrico con un grupo de jóvenes de una iglesia, en la semana de Navidad, invitado por una chica que a él le gustaba mucho. Católico por tradición, no practicante, aceptó para acercarse a ella. Cuando llegaron, la encargada los hizo pasar al comedor, donde tenía reunidos a los abuelos, y les cantaron unos villancicos. Pablo los observaba sin participar, —ni sabía las canciones—, pero le llamó la atención un hombre que se mantenía alejado del grupo. Cuando los visitantes entregaron a cada uno un regalito, tomó un paquete y se acercó al hombre.

—¿Por qué se mantuvo tan alejado? —le preguntó— ¿No le gustaron las canciones?

—Porque soy judío y ellos hablan de Jesús —respondió—. ¿Y vos por qué no cantabas?

Pablo vuelve a sonreír, como en aquel entonces, al recordar el diálogo.

—Porque no me sé las letras —le dijo—. Además Jesús también era judío. Me llamo Pablo.

—¡Pablo! ¡Hermoso nombre! Yo soy Simón, Simón Roitman

Ambos se rieron y siguieron conversando hasta la hora de irse. Cuando se despedían Pablo le dijo:

—¡Chau Simón! Otro día la seguimos.

—Cuando quieras. Aquí me vas a encontrar siempre.

Pablo abre los ojos y comienza a hojear la carpeta. Los jóvenes de la iglesia no volvieron más al lugar, y la chica nunca le dio bolilla. Pero él siguió visitando a Simón. Había algo que los conectaba. Pasaban horas charlando de mil temas, mientras jugaban al ajedrez o a las cartas. Sólo una vez se puso muy serio cuando le comentó que su apellido era Miguens y que su segundo nombre era Raúl, como su papá, pero en seguida se le pasó.

Nunca hablaba de su historia. Las veces que Pablo le preguntó sobre su vida, sobre su familia, siempre eludía la respuesta. Y aunque se reían mucho, en sus ojos había una tristeza que no lograba descifrar.

Se pregunta por qué no se dio cuenta que estaba tan bajoneado. Ahora ya está. De nada sirve enrollarse con eso. Es fácil sacar conclusiones con el diario del lunes.

Cierra la carpeta, mira por la ventanilla. Ya tiene que bajarse. Siente nauseas.

 

IV

—¡Qué bueno que llegaste Pablo! —dice Raúl— ¡Estaba por descorchar un espumante! Decile a tu mamá que sirva la comida que tengo una noticia bomba.

—Ahora le digo —responde Pablo, mientras abre una carpeta y desparrama sobre la mesa varios recortes de diarios, amarillentos, cuyos titulares dicen

 

POLICÍA MATÓ A UN JOVEN Y DENUNCIAN 

CASO DE “GATILLO FÁCIL”

En lo que va del 2000 es el sexto caso. En esta oportunidad

la víctima es Pablo Roitman de 22 años

CASACIÓN CONFIRMA EL SOBRESEIMIENTO DEL

OFICIAL PRINCIPAL RAUL MIGUENS

El tribunal confirmó el fallo de Primera Instancia

que consideró legítima defensa

SIMÓN ROITMAN, PADRE DE PABLO PIDE JUSTICIA

Afirma que la víctima nunca tuvo armas y que la

mencionada en el expediente fue “plantada”.

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