La luna en agosto XXXIV (y fin)

La luna en agosto XXXIV (y fin)

3.00 Promedio (64% Puntuación) - 6 Votos

Abrió con la llave, sin encender la luz, y fue directa a recostarse en el sofá. Se quería conceder unos minutos antes de enfrentarse al cúmulo de recuerdos que sin duda le traería la alcoba, que a partir de ahora ya no compartirían.

De repente, sucedió lo inesperado. Tropezó con las piernas de Ignacio. Este las hizo retroceder sobresaltado, ya que en ese momento dormía a pierna suelta. Ella también se asustó, pensando que tenía un extraño metido en su casa y quiso gritar pidiendo auxilio, pero su garganta paralizada por el miedo no la obedeció.

Estalló un momento de tremenda confusión, con ruidos de objetos cayendo por doquier y sintió, llena de temor, que alguien se movía con soltura por su salón. Pero al fin, se hizo la luz —Ignacio, a pesar del caos reinante, consiguió encenderla—, y entonces, sus miradas se encontraron en medio del terrible desorden que ellos mismos, en su aturdimiento, habían  provocado.

Es difícil precisar lo que sintieron.

—¡Maldito seas!, ¡qué susto me has dado! —le dijo Alicia en un tono bastante menos airado de lo que sus palabras indicaban. Lo cierto es que se alegraba muchísimo de que estuviera allí.

—Perdona, Alicia, no pretendía asustarte —contestó él, con tono suplicante, a fin de hacerse perdonar  su torpeza, aunque no cabía en sí de gozo, al ver, también, que Alicia había regresado.

De pronto, ya no existía ningún resquicio de resentimiento entre ambos. Esos pocos días que habían pasado separados les habían bastado para comprender lo mucho que se amaban, que se necesitaban, que no podían estar el uno sin el otro.

Se estuvieron mirando a los ojos durante mucho rato, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de su reencuentro. Después de esa mirada tan tierna, Ignacio, cediendo a un impulso,  agarró a Alicia por la cintura y la atrajo hacia sí, en un abrazo lleno de deseo y ternura.

Ella se dejó llevar  y se sintió invadida por un sentimiento de serenidad y confianza que anuló todas sus defensas y la hizo olvidar todos los rencores que hasta hacía tan poco anidaban en su corazón. Fue, de nuevo, la primera en hablar.

—Parece que al fin has vuelto.

—Tú también —repuso él. Una sonrisa, apenas disimulada, perfilaba sus finos labios.

—Sí, pero tú te marchaste primero —terció Alicia, insistente.

—Te he buscado sin descanso durante toda esta semana, ¡qué imbécil soy! Me pasé casi todo el tiempo en Valdetoro  y para cuando llegué a Fontina te habías vuelto a marchar   —continuó, ya con la tensión inicial aflojada, al ver que la situación se iba volviendo cada vez más favorable a sus intereses.

Un sollozo de felicidad se le escapó de forma involuntaria de la garganta y lo fue a ahogar sobre el hombro de ella. Siguió diciendo:

—Creí que me iba a volver loco por no encontrarte. Menos mal que has vuelto, así podré decirte todo lo que querías saber —en ese momento, se dispuso a confesarle todas sus culpas, una por una.

»En realidad mi gran error fue marcharme sin darte ninguna explicación. Bueno…, mi segundo gran error —añadió—, el primero fue olvidar lo mucho que te quiero.

Alicia le miró fijamente a los ojos y le dijo:

—Yo también te quiero, pero han pasado cosas… —en ese momento le dedicó a Alberto un sentimiento de nostalgia, pero era una añoranza ya lejana, como si todo hubiera ocurrido mucho tiempo atrás, en otra vida, quizá. Su único y verdadero amor lo tenía enfrente y bien asido para que no se le volviera a escapar.

»Lo cierto, es que no vuelvo sola…, hay otra persona… —Ignacio, por un momento, puso cara de susto ya que no comprendía lo que Alicia trataba de decirle.

Mientras, ella se acarició el vientre, todavía plano, que no dejaba traslucir el milagro de la vida que escondía.

—Sé que tú nunca has querido tener hijos, pero… —ahora, los ojos de Ignacio se iluminaron.

—¡Calla…!, no digas más. ¡Tú no sabes…!, yo…, yo tenía mis razones, pero ahora veo lo absurdas que eran. Es…, es maravilloso, una gran noticia. Me hará muy  feliz ser su padre, ¿si es que todavía quieres seguir conmigo…?

Ella se tomó unos segundos para contestar. Cuando al fin lo hizo, su voz era un hilillo apenas audible debido a la emoción del momento, pero aún así sonó firme.

—¿Sabes…?, cuando venía de regreso a casa pensaba que nunca volvería a verte. Creí  que me habías abandonado. Pero, ahora que te he vuelto a encontrar…

Tras una breve pausa, prosiguió hablando.

—¡Me parece tan absurdo todo lo que nos ha pasado!, ¡creo que la luna nos ha trastornado! Olvidemos estos días pasados…, ¡han sido una auténtica pesadilla!

—Y ¿qué hay de…?, ¡ya sabes…! —dijo  Ignacio titubeante y con cierta preocupación, refiriéndose al origen inicial de sus desavenencias.

—¡Ya te lo he dicho!, ¡olvidémoslo todo!, ¡todo!, ¡vivamos como antes!, ¡tengamos a nuestro hijo…! —repuso ella, sintiéndose también algo culpable por su breve aventura con Alberto.

Se apretó contra él un poco más y continuó susurrándole casi al oído:

—Nos merecemos ser felices, tú también te mereces ser feliz. ¿Crees que no lo sé…? Emilio hace mucho que me lo contó todo…

Alicia ya no pudo reprimir más sus emociones y lloraba de forma queda por todo lo que les había pasado en las últimas semanas, pero sobre todo lloraba por la infancia que le había sido hurtada a Ignacio.

Entonces, sin dejar de pensar en ello habló de nuevo.

—Pobrecito, nunca has tenido una familia como Dios manda, pero ahora ya la tienes, somos, ¡seremos nosotros…!

Mientras decía esta última frase, Alicia cogió la mano de Ignacio y la posó sobre su vientre. Le miraba a los ojos y vio como su mirada se empañaba mientras trataba de contener unas lágrimas de emoción que este, al fin, dejó que fluyeran con libertad. Pero esas lágrimas le sabían muy diferente de tantas otras que había derramado a lo largo de su vida, no eran tristes, no ardían; por el contrario sabían a dulzura, esperanza y felicidad, estados de ánimo con los que había estado muy poco familiarizado hasta hacía tan poco tiempo; se demoró un buen rato en saborearlas ya que representaban un buen presagio para el futuro.

—¡Te amo! —fue capaz de expresar al fin Ignacio, con la voz rota por la emoción.

A continuación, la abrazó con una ternura infinita. En ese momento, sorteando las nubes que cubrían el cielo de la noche apareció por la ventana una luna grande, redonda y roja que los iluminó a los dos con su luz fría y pálida. Era la luna de agosto.

 

3.00 Promedio (64% Puntuación) - 6 Votos
La luna en agosto XXXIII

La luna en agosto XXXIII

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

El sábado, Alicia y Lola tampoco madrugaron mucho. Llevaban dos noches sin apenas dormir porque habían tenido mucho que contarse. Ahora ya estaban al corriente de sus vidas respectivas.

Alicia se encontraba muy a gusto en casa de su amiga pero pensó que si se marchaba el domingo llegaría a casa con el tiempo demasiado justo. Apenas podría descansar del viaje antes de volver al trabajo. Por ese motivo cambió sus planes otra vez, y esa misma tarde, nada más comer, y tras una cariñosa despedida de su amiga emprendió el regreso.

El trayecto era algo largo, pero si sus cálculos no le fallaban a eso de las dos de la madrugada podía encontrarse en casa y dormir con placidez en su cama. Todavía le quedaría un día entero para reponer fuerzas antes de abrir el lunes la peluquería. Así que, si más dilación, comenzó el mismo viaje que había iniciado hacía algunos días, pero en sentido inverso. Parecía que hacía años que había salido de su casa. Al cabo de unas tres horas, más o menos, se encontró con el cartel que indicaba el desvío a Fontina. Una oleada de nostalgia la embargó por completo y tuvo que someter con gran esfuerzo a su voluntad para no tomarlo y continuar rumbo a su casa.

Había muchos kilómetros que recorrer y Alicia no estaba acostumbrada a conducir tantas horas seguidas, así que tuvo que hacer varias paradas a lo largo del trayecto. Además tenía que ir picoteando constantemente algo: caramelos, chicles, algún bollo, porque si no, su estómago, que todavía no se había reconciliado del todo con su nuevo estado, protestaba y le entraban nauseas con cierta frecuencia.

Todo ello hizo que su llegada se retrasara más de lo previsto, algo pasadas las tres de la madrugada, Alicia llegó por fin a su apartamento. Su estado de ánimo ya no estaba, ni mucho menos, tan abatido.

Ahora que regresaba a casa comenzaba a olvidar la terrible apatía y desesperanza que había llegado a sentir en determinados momentos no tan lejanos. La negrura, que hasta hacía tan poco parecía cubrir su existencia por completo, dejaba paso a una nueva etapa colmada  por una nueva ilusión, la de ser madre.

Comprendía que la vida, tal como la había vivido hasta ahora tocaba a su fin. De repente, se había convertido en una persona adulta, con responsabilidades mucho más trascendentales que la de su propia existencia. Había aceptado de forma insoslayable el reto de traer un hijo al mundo y comprendía que esa decisión iba a producir cambios notables en su vida.

Se dio cuenta, por primera vez en cierto tiempo, de que ya no sentía ninguna animadversión hacia Ignacio. Hasta era capaz de reconocer que con él había sido muy feliz. Era muy posible que todavía lo amase, pero la había abandonado y debía enfrentarse a ello. Sabía que le costaría, lo añoraría mucho, pero las cosas se habían dado así, parecía que era ya algo sin remedio.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La luna en agosto XXXII

La luna en agosto XXXII

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

A primera hora de la mañana, tal como tenía previsto, Ignacio salió en el tren que le llevaría de retorno a hogar. Se preguntó si todavía lo tendría, al fin y al cabo, el piso era de Alicia y él había vivido allí en calidad de consorte. Pero, de momento, no tenía otro sitio a donde ir, y, además, todas sus cosas las seguía teniendo allí.

Alicia también regresaría pronto, porque a ambos se les acababan las vacaciones y el lunes debían volver a sus respectivos trabajos. Le pareció que lo más conveniente sería ir a casa y esperar allí su regreso. Tendrían que hablar sobre ellos, sobre los últimos acontecimientos.

Ahora que se acercaba el momento clave ya no estaba tan seguro, ni mucho menos, de que Alicia fuese a disculparlo con tanta facilidad. Pero debían comportarse como seres civilizados y si ella no lo perdonaba no le quedaría más remedio que aceptarlo. Le pediría unos días para buscarse otro  lugar donde vivir y se marcharía de su casa. «¡Bastante daño le he hecho ya!», pensaba contrito.

El viaje de vuelta, todo lo contrario que el de ida, se le había pasado en un suspiro. A la hora de comer ya había llegado el tren a la estación. Pensó en su nevera vacía y se comió un bocadillo allí mismo.

Luego tomó el autobús para volver a casa. Se dio una ducha que lo dejó como nuevo  y le hizo olvidar todas las veces que lo había hecho en el deprimente baño de la pensión.

A continuación, se echó a descansar. Luego, como el calor no invitaba para nada salir a la calle, se puso a ver la tele para distraerse. Esta vez, tuvo algo más de suerte que en las anteriores ocasiones, porque, aunque antigua, estaban pasando una buena película de cine negro. Se mantuvo entretenido con ella durante un buen rato.

Después sintió hambre de nuevo, pero la nevera seguía vacía, así que se decidió salir a comprar algo en el súper que había al lado de casa: cosas elementales como pan, leche, huevos, patatas… Se haría una buena tortilla ya que la cocina se le daba bien.

Ya por la noche, una vez hubo cenado volvió a encender el televisor, pero sin  prestarle mucha atención, ya que no podía sino darle vueltas y más vueltas a su complicada situación. En un arranque de optimismo, se decidió a cambiar las sábanas, por si Alicia volvía también esa noche.

Luego pensó en la inutilidad de ese gesto, ya que lo más probable era que si ella regresaba, a él le tocara dormir solo en el sofá. Aun así lo hizo. Luego se recostó en el sofá y mientras se iba devanando los sesos con todas esas cuestiones, el agotamiento le hizo quedarse dormido. Al cabo de un tiempo, se medio despertó, pero como no le apetecía irse a la cama sin Alicia, apagó la tele, y también la luz para evitar que le comieran los mosquitos. Volvió a quedarse profundamente dormido en el sofá, exhausto como estaba, con las piernas estiradas, tan largas como eran.

 

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La luna en agosto XXXI

La luna en agosto XXXI

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Más o menos, a la misma hora en que Alicia había partido de Fontina, salía Ignacio, montado en la grúa de Paco hacia allí.

Tenía la cabeza y el corazón revueltos  y esas alturas ya no sabía demasiado bien si estaba haciendo lo correcto o estaba dando un nuevo traspié. Sus sentimientos rebullían en su interior como si su cabeza fuera una olla a presión presta a estallara en cualquier momento.

Tras tantos días de espera,  su paciencia estaba al borde del agotamiento, y no sabía cómo podría encajar un nuevo fracaso en su, hasta ahora, infructuosa búsqueda. Estaba loco por llegar a Fontina y encontrarse con Alicia.

Todavía no había imaginado en su mente cómo iba a producirse dicho encuentro. De todas formas, creía que el solo hecho de llegar hasta ella, cuando parecía que se la había tragado la tierra, debía constituir una prueba irrefutable de su amor.

El trayecto, por esa carretera infernal y en la grúa, se le estaba haciendo eterno. Ignacio no veía el momento de alcanzar su particular tierra prometida, pero al fin, al filo de las seis y media, llegaron. Paco tuvo la amabilidad de dejar a Ignacio en la pensión y luego se dirigió al taller de Alberto.

Cuando Ignacio entró en el hostal, cargado con su pequeña bolsa de viaje y preguntando en el mostrador por Alicia Lamata, María no necesitó atar muchos cabos para darse cuenta de que tenía ante ella al mismísimo Ignacio Guerrero, culpable de todos los desaguisados que se habían ido sucediendo de forma paulatina a su alrededor en el espacio de tan solo unos pocos días.

Pese a todo, sintió cierta lástima por él, en lugar del resentimiento que cabía esperar. Vio que no era nada más que un muchacho desesperado por encontrar a su novia, de la que resultaba obvio que seguía enamorado, ya que de lo contrario, nunca habría sido capaz de seguirle la pista hasta allí.

Aunque era un joven bastante atractivo, moreno, con el pelo muy corto, alto y de complexión fuerte, se dio cuenta de que sus rasgos tenían grabada esa dureza que solo da el haber tenido una vida amarga.  También sus ojos, de un color algo indefinido, aunque tirando a marrones, destilaban tristeza a raudales.

Sintió mucho tener que decirle que Alicia ya se había marchado esa misma tarde y que no le había dicho una palabra de adónde se dirigía. Además, le comentó que cuando Paco hacía un servicio a esas horas acostumbraba a hacer noche allí, para que se fuera haciendo a la idea de que a él, sin medio de locomoción, le tocaría hacer lo propio.

Tuvo que morderse la lengua para no contarle nada acerca del embarazo de Alicia, pero haciendo gala de la discreción que siempre la había  caracterizado calló, aunque le quemara la boca, pensando con acierto, que ese era un asunto privado que tendrían que resolver ellos dos.

Ignacio se quedó descompuesto al saber que Alicia se había marchado poco antes de llegar él, y tardo un cierto tiempo en reaccionar. De todas formas, resignado ante una situación sobre la que no podía actuar, le rogó, con una serenidad  que ni él mismo se la creía, que le diera la misma habitación que había ocupado ella, con la esperanza de encontrar algún rastro de ese aroma tan añorado.

A María, la petición de Ignacio le pareció razonable, e incluso, por qué no decirlo, casi anticuada de puro romántica, y no puso ningún impedimento sobre la misma. A su pesar, comenzaba a sentir cierta simpatía por él. ¡Qué pena que hubiera tardado tanto en llegar!

Como era todavía muy pronto para pensar en la cena o recluirse en la habitación, Ignacio se dedicó a explorar el lugar en el que se hallaba, el cual encontró infinitamente más interesante y atractivo que Valdetoro. Pensó, que en su obligado retiro, Alicia había corrido mucha mejor suerte que él, pero no se sintió contrariado sino que se alegró de forma sincera por ella.

Paseando sin rumbo fijo fue a parar a La Fuente del Sauce, no llegando a sospechar en ningún momento que ese lugar había sido mudo testigo de todos los pesares y alegrías  por los que había pasado su amada mientras había permanecido en Fontina.

Regresó a la pensión al anochecer y tan solo las particulares circunstancias de aquel día evitaron que Alberto, que había terminado muy tarde en el taller y al que, además, todavía le pesaban los recuerdos de lo vivido allí la tarde anterior,  no fuera ese día, de visita, a su lugar favorito.

Este echó el cierre y subió directo a su casa. Él y Paco tenían cierta amistad, aunque solo fuera coyuntural y relacionada con el trabajo, pero este último distaba mucho de sospechar que en esos pocos días que llevaban sin verse, Alberto se hubiera enamorado perdidamente de la novia del pasajero que había traído consigo. Por otra parte, era muy poco aficionado a los chascarrillos, de modo que no comentó nada a acerca de su improvisado acompañante. Fue una suerte para todos, porque de haberse enterado de que Ignacio andaba por allí, seguramente hubieran tenido algo más que palabras.

Ignacio y Paco cenaron temprano en la pensión y se fueron pronto a la cama, ya que afuera no había nada que hacer y al día siguiente debían emprender temprano el camino de regreso.

Una vez en la habitación, Ignacio comenzó a husmear cada rincón como si fuera un lobo en celo, buscando el rastro de su hembra perdida. Pero lo cierto es que la habitación estaba inmaculada y en su olor neutro no fue capaz de reconocer ningún vestigio de Alicia. Después, presa de una terrible desazón consiguió dormir algo a duras penas.

A la mañana siguiente se levantó a la hora convenida con Paco, tomaron un frugal desayuno y emprendieron el regreso a Valdetoro que le resultó tan penoso o más que la ida, pues ahora sus esperanzas se habían esfumado por completo.

Cuando hubieron vuelto, Ignacio pensó que no sería capaz de soportar otro día más, con su noche correspondiente en Valdetoro, pero no le quedaba otra. Por pura inercia volvió a coger la misma habitación en la que se había alojado durante toda la semana y se le levantó un poco el ánimo, pensando que por fin, al día siguiente retornaría a su casa.

Volvió a hacer lo mismo  que había hecho todos los días que había estado recluido en ese inhóspito pueblo, caminar hasta reventarse los pies y tomar alguna que otra caña en algún antro miserable, tan frecuentes por ahí.  Se acostó pronto, pensando en que tendría que madrugar para coger el tren y durmió con cierto alivio, pensando que ese maldito pueblo al que tanto había llegado a aborrecer, quedaría para siempre sepultado en el lugar de los recuerdos desgraciados.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
La luna en agosto XXX

La luna en agosto XXX

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto

Sus vidas, aun y con todas sus diferencias, no dejaban de tener cierto paralelismo. Lola acabó su carrera de historia del arte, pero debido a que no tenía salidas muy prometedoras, fuera de dar clases, bien en secundaria o bien en enseñanza universitaria, aprovechó la ayuda de su acomodada familia para montar por todo lo alto una tienda de antigüedades.

Tuvo muy buena aceptación, sobre todo por un público de cierto nivel adquisitivo. De esta forma, había sido capaz de compaginar pasión con negocio.

En general, salvo la primera época en la que apenas cubría gastos, y en la que sobrevivió, otra vez, con la ayuda inestimable de la familia, había acabado yéndole muy bien, incluso había podido recompensar con el tiempo a los suyos, en especial a sus padres, con ciertos detalles más que generosos por su parte.

Su próximo deseo era abrir una galería de arte. De momento, el proyecto estaba apenas iniciado, pero estaba poniendo toda su ilusión en ello.

A Alicia, en cambio, le había costado algo más abrirse camino. Aunque también había acabado conciliando, al igual que su amiga, la obligación con la devoción. Primero había empezado trabajando por cuenta ajena en un salón, aunque los sueldos en el sector no eran demasiado boyantes.

Su único afán había sido abrir su propia peluquería, pero para eso necesitaba tener ciertos ahorros, y tan justa de dinero como solía ir, no era tarea fácil. Su familia también la ayudó cuanto pudo, pero era gente mucho más modesta que la de Lola. Sin embargo, juntando los pequeños capitales de todos —padres, hermanos y abuelos—  a los suyos propios, más un pequeño préstamo que le concedió el banco, eso sí, poniendo como aval la vivienda familiar, al final consiguió su propósito. Su responsabilidad había sido muy grande, ya que si las cosas le hubieran ido mal sus padres podrían haber perdido el piso, que constituía su única posesión material.

Aunque al principio se mataba echando horas, por no querer contratar a nadie más hasta que las cuentas estuvieran claras, le fue, quizá, mejor de lo hubiera pensado en un principio.

Era verdad que los seis u ocho primeros meses apenas le daba para sufragar costes       —suerte que todavía vivía con sus padres y no tenía que preocuparse de necesidades más perentorias—, pero al poco, una vez  hubo reembolsado la mayor parte de la inversión, empezó a obtener modestos beneficios, a pesar de que no, por ello, dejaba de devolver a sus familiares, poquito a poquito, el dinero que entre todos le habían dejado.

Lo cierto era que público no le había faltado desde el primer momento, ya la situó en un barrio del extrarradio, donde vivían muchas familias, pero había pocos negocios y la acogida fue extraordinaria desde el principio.

Con el tiempo, cuando se ya estabilizó del todo su economía, busco un modesto apartamento en la zona y se mudó, dejando a sus padres desconsolados por su marcha.

Ella trató de convencerles diciéndoles que era ley de vida, que los hijos, llegado el momento tenían que volar solos, y pese a que no parecían convencidos del todo, no les quedó más remedio que aceptar la voluntad de su hija, y fue, al encargar los armarios empotrados para su nuevo hogar en la carpintería de Emilio, cuando conoció a Ignacio y comenzaron la relación. A los pocos meses invitó a Ignacio a trasladarse a vivir con ella. Desde entonces y hasta el momento actual, pese a algún altibajo ocasional la relación había sido sólida.

Claro está, que Ignacio no había sido ni mucho menos su primer novio, pero sí con el que había llegado más lejos y con el que había establecido un proyecto de vida en común y que ahora se hallaba amenazado de muerte.

Sin embargo, en las cuestiones de amoríos Lola parecía haberse llevado la peor parte. Había pasado varios años siendo pareja de un pintor de poca monta. Lo que le faltaba de talento lo suplía con su exagerado ego y su mal carácter. La había tenido amargada, haciéndola incluso sentirse culpable por sus fracasos continuados.

Aunque había llegado a estar muy enamorada de él, al final, lo había abandonado porque sus extravagancias, impropias de un artista de segunda como él, y su temperamento taciturno hacían la convivencia más que difícil.

Por eso, ahora que veía a su amiga ante una situación similar a la que ella había pasado no hacía tanto, volcaba en ella toda su solidaridad y empatía, aunque había sido del todo  sincera al decirle que no pensaba que ellos hubieran puesto el punto final a su relación.

 

 

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto
A %d blogueros les gusta esto: