Entrevista a ARTURO ORTEGA IBAÑEZ

Entrevista a ARTURO ORTEGA IBAÑEZ

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Arturo Ortega apareció un buen día en mi camino digital. ¿Qué es lo que me pasó con él? Algo muy raro: me pareció un escritor. Así, sin más.  Entonces empecé a leerlo. Con ese espíritu que hay en mí de científico loco, empecé a aplicarle  la duda metódica de Descartes para llegar al conocimiento. Ya, ya lo sé. La literatura no es lo mismo que la física o la biología. Pero quise poner en duda mis propias intuiciones y empecé a leerlo todo lo que vi de él, pero predispuesto en contra, tomando postura de abogado del diablo. Al cabo de un rato, eché mi espalda sobre el respaldo del sillón y tuve que reconocerlo. Mis primeras intuiciones se estaban confirmando. Era sólido, solvente, riguroso… ¡Había encontrado un escritor! Entonces me puse en contacto con él mediante el messenger y estuve por preguntarle: <<El  doctor Livingston, supongo.>>

Sabía que sería serio, y que podría ser para él difícil de aceptar el trato que nos caracteriza a la gente de Desafíos Literarios, que es algo así como un chute de amistad y confianza inmediatas. Pero  yo estaba dispuesto a comprender eso, que por otro lado es lo normal, lo atípico es lo nuestro. Resultó ganador de uno de nuestros desafíos y mantuve con él una interesante conversación en la que  me habló de sí mismo y de su novela, BOTAS DE HULE. No dudó en venir en a la presentación de nuestro libro de relatos, EL AÑO EN QUE ESCRIBIMOS PELIGROSAMENTE. Arturo pareció salir de allí transformado. Absolutamente convertido en  uno de nosotros. Para mí es un honor y un orgullo enorme contar con este caballero al que estoy seguro que le espera un gran éxito con una novela realmente muy completa e interesante.

 

1. Defínete si te atreves.

Soy una persona que se esfuerza en implementar el potencial que Dios me ha dado para ser feliz, en favorecer que los demás lo sean y en contribuir con mis capacidades a mejorar sus vidas mediante un legado que transcienda mi muerte. Cuando se falla en alguno de estos propósitos no se puede hablar de éxito en la vida. No obstante, siempre hay lugar para el arrepentimiento y el perdón, y vuelta a empezar. Yo he necesitado pedirlo muchas veces y reinventarme otras tantas para seguir adelante. Lo vivido me ayuda a escribir.

Efectivamente, soy cristiano y no me avergüenzo de aquello que creo.

2. Estás en un momento muy especial como escritor. ¿Me equivoco?

Siempre he escrito. Cuando me jubilé y tomé la decisión de escribir Botas de Hule, mi primera novela, fui consciente de que era imprescindible afilar otra vez mi lápiz. Lo hice. Creo que ahora estoy maduro para eclosionar como creador de historias. Detrás de cada una de ellas hay preparación, método, esfuerzo, tenacidad, sacrificio y anhelo de ser mejor escritor. Soy muy apasionado en todo lo que hago y esto se deja ver en cada uno de mis proyectos literarios.

3. He leído en desafiosliterarios.com varios fragmentos de tu novela y la definiría como ambiciosa e interesante. ¿De dónde ha salido la idea de esa trama que parece tener un buen ritmo, pero también cierta complejidad?

Debo empezar aclarando que lo publicado hasta el momento de Botas de Hule corresponde a un borrador anterior al texto definitivo. La propia novela explica en sus comienzos que es una historia inspirada en acontecimientos que fueron o pudieron ser reales. ¿Qué es real? La presencia de una enfermera española que respondió en 1979 al llamado del Frente Sandinista para que profesionales sanitarios y maestros acudiesen a Nicaragua para revertir la caótica situación que dejó tras de sí Somoza, y años después formó parte del movimiento guerrillero M19 de Colombia. Botas de Hule no es la biografía de Isabela, personaje inspirado en ella, aunque estoy seguro de que se reconocerá a lo largo de la misma, pero al crear este personaje me he esforzado en preservar su intimidad y anonimato. De todo aquello que ella me compartió en su día surgió la semilla de esta novela. Detrás del relato hay tres años de documentación e investigación. Todo lo que se cuenta si no fue pudo ser real.

4. ¿Hay cierta dosis de violencia en tu novela?

El trasfondo de la novela es una España donde los atentados de ETA están presentes, una Nicaragua donde ha triunfado una revolución enfrentada por la Contrarrevolución financiada por los EEUU, y una Colombia donde los movimientos guerrilleros intentan provocar cambios sociales y políticos mientras son combatidos por el ejército. Sería impensable que las dos protagonistas no se vieran inmersas en situaciones violentas, a veces muy violentas. Pero también hay lugar para el amor, la bondad, la amistad, la fe, la redención y la esperanza en Dios. Desprende un perfume positivo a medida que se acerca a su final, que es lo que permanece en nuestro mundo interior cuando finalizamos la lectura.

5. ¿Tu novela es para pasar el rato distraído, para dar placer o la sensibilidad estética, para transmitir valores, para reflexionar…?

Por encima de todo, Botas de Hule huye del panfleto. Sin embargo, no me avergüenza admitir que enfrenta el “realismo divino”. A lo largo de la historia Él está presente: la mayoría le ignora, o tienen ideas equivocadas sobre quién es Él; unos pocos le reconocen en los acontecimientos y actúan en consecuencia. Me limito a presentar los hechos tal y como son, sin añadir juicios de valor. Es una novela que se lee de un tirón, entretiene y permite reflexionar en situaciones que pueden tener coincidencia con nuestras propias vivencias, aunque no sean tan dramáticas. Es por tanto una novela de valores cristianos que puede interesar e interesa a todos los lectores, aún a los no cristianos.

6. La maldición es un tema dominante en tu novela ¿Por qué?

Irune, la otra protagonista de la historia, plantea un sofisma en el inicio de la novela: asume que Dios es malo e injusto, y desde esa falsa premisa juzgará todo lo que le sucede como una maldición divina. De esta manera induce al lector a considerar que sobre ella recae un castigo que no merece. Además, lo presenta a Dios como un ser cruel porque la ha impulsado a creer que Él estaba interviniendo en los acontecimientos para que terminaran de mejor manera, para finalmente descubrir que esa convicción era una falsa percepción subjetiva. Creía hablar con Dios, pero Él no intervenía en la conversación. No era un diálogo.

El planteamiento de Irune es erróneo y falso. Todo lo que ella padecerá a partir del estallido de la bomba no será una maldición, un castigo injusto de Dios, sino el resultado de una decisión que jamás debería haber tomado: colocar la bomba y esperar que la magia de Dios la librara de las consecuencias. Su incapacidad para ver esto y asumirlo, la hundirá en la desesperanza del sufrimiento injusto.

7. En tu novela siempre llueve. ¿Es un fenómeno atmosférico propio de los escenarios tropicales o tiene algún otro propósito literario?

Efectivamente, las tormentas tropicales son habituales en estos países y casi siempre llueve, pero en Botas de Hule son además un guiño a los lectores cristianos, habituales de la Biblia. En 1ª Reyes 19 se narra un episodio del profeta Elías, escondido en una cueva, al que se le invita a salir porque va a tener un encuentro con Dios. El texto narra una serie de fenómenos atmosféricos terroríficos que anuncian la presencia divina, pero ninguno de ellos es Dios. Finalmente, un silbo apacible predispone al asustado Elías para que pueda escuchar la voz divina.

La novela empieza con una tormenta que hace caer al suelo a Irune, y desde ese momento la acompañara siempre: continuamente llueve sobre ella o tiene nubes oscuras sobre la cabeza, y tiene la percepción de que los fenómenos atmosféricos son manifestaciones de la cólera divina y de la maldición a la que la ha castigado. Al final de la novela reaparecerá el mismo silbo apacible que escuchó Elías en la cueva.

8. ¿Te documentas en la lectura, en viajes, escuchando historias de la vida real o simplemente recoges los datos que te dicta tu fértil imaginación?

La narración discurre por países que no conozco y con acontecimientos que en su día yo seguí desde lejos. La enfermera real me concedió varias entrevistas. Los datos que ella narraba los contrastaba con abundante documentación. Mi “fértil” imaginación, como tú dices, hizo el resto. Ha sido un trabajo arduo, pero que me ha llenado de momentos muy felices. Cada capítulo con sus escenas podía ocuparme todo un mes, sin embargo el final de la novela lo escribí de un tirón, prácticamente en un solo día, conmovido por lo que tecleaba sin descanso y al releer lo escrito no pude contener las lágrimas. Reflejaba exactamente lo que deseaba contar cuando soñé con esta historia, y aun lo superaba con creces, y le di gracias a Dios.

9. ¿Te obsesionan tus propias historias?

Mientras escribo cualquier escena, mi consciente y mi inconsciente trabajan al unísono. Por eso mi mujer me recrimina que estoy siempre en las nubes y mis sueños están repletos de imágenes que terminaran por convertirse en palabras. Durante días puedo estar luchando por encontrar la palabra exacta que mejore radicalmente el texto escrito. No existe trabajo más esforzado ni valiente que la edición de cualquier texto, pero nada produce tanto placer ni satisfacción que cuando se alcanza la excelencia que se persigue.

10. ¿Qué es exactamente lo que te hizo querer comunicarte escribiendo?

Desde muy niño he sido un “cuentahistorias”. En segundo de bachillerato descubrí que podía escribirlas y que gustaban no sólo a mis compañeros sino también a la profesora de lengua, que en cada clase me hacía ponerme de pie y leer lo último que había escrito. Descubrí la fascinación que en otros provocaba el uso adecuado de las palabras. Desde entonces no he dejado de escribir.

11. ¿Eres metódico o te dejas llevar a la hora de escribir?

Soy muy metódico. Escribo la sinopsis completa con el principio y el final. Defino cada escena con su correspondiente sinopsis. Creo una ficha de los personajes principales. Establezco la línea temporal que se convertirá en documentación de consulta: cada año, cada mes y a veces cada hora están definidos para la trama y los personajes. De un vistazo compruebo la edad y situación de cada personaje y los acontecimientos locales, nacionales y mundiales que tienen lugar en ese momento. Nada es al azar, pero al finalizar el primer borrador se reajustan “las miguitas de pan” para sorprender al lector y todo encaje.

12. ¿Tienes algún tabú o algo sobre lo que jamás escribirías?

Todo lo humano me es cercano y me interesa. En el relato de Botas de Hule no me cohíbo cuando describo relaciones sexuales, aunque procuro afrontar estas situaciones con elegancia.

13. ¿Cómo conociste desafíosliterarios.com y qué es lo que te hizo querer formar parte?

Yo no descubrí desafiosliterarios.com, Enrique Brossa me descubrió y contactó conmigo por Messenger. Me preguntó si era escritor y me ofreció potenciar mi carrera literaria a través de desafíosliterarios.com. Inmediatamente me deje seducir por él, como tantos de nosotros ¿no?, y al poco tiempo publicaba en mi propia columna. Siempre le estaré agradecido por haberme captado para un colectivo tan mágico como he tenido ocasión de comprobar en la presentación del segundo volumen: “El año que escribimos peligrosamente”. Admiro a todos mis compañeros y me siento apreciado, como también todos ellos lo son para mí.

14. De pequeño soñabas con ser…

Primero, periodista. En Valencia no había escuela de periodismo. Me resultó más fácil estudiar Filosofía y Letras. De adolescente soñaba con ser un gran novelista.

15. ¿Tienes algún objeto fetiche o talismán en tu mesa de escribir?

Me gustaría decir que sí y mostrarme “original”, pero solo tengo el PC (siempre escribo en el ordenador), el portátil para documentación y una estantería con diccionarios sobre el uso del español, ideológico, etimológico de la lengua castellana, sinónimos y antónimos, corrección de estilo, y numerosos libros y apuntes de consulta y documentación.

16. ¿Sigues algún ritual antes de ponerte a escribir?

El más sofisticado de todos: que mi mujer y mis nietos me permitan quedarme a solas, aunque sea un momento, y que las interrupciones sean las menos posibles. Cuesta trabajo finalizar la frase cuando la dejaste a medio terminar y retomar el hilo, minutos u horas después, de lo que deseabas contar. Exagero un poco pero hay mucho de verdad en lo que digo. No es tan complicado: sujeto, verbo y predicado, Nacieron para ir juntos y no deben sorprenderse cuando se reencuentran después de haber estado perdidos, por tiempo indefinido, unos de otros…

17. ¿Te pertenecen todas las frases que has escrito o sientes que has copiado un poco alguna vez?

El término plagio es muy fuerte. Cuando has leído, estudiado y admirado a un autor, y son muchos, y relees aquello que has escrito, te descubres utilizando palabras y frases que te retrotraen a la obra literaria que te impactó. Mi reacción es sentir que les rindo homenaje. Al citar de memoria, creo que no les robas nada que es únicamente suyo. Me gusta la frase de que “avanzamos sobre hombros de gigantes”.

18. ¿Te gusta el momento literario actual? ¿Por qué?

Es un momento apasionante, no sólo para los autores consagrados sino también para aquellos que sienten deseos de aprender a escribir, y aun muchos otros que además se animan a escribir una novela. Hay verdadera pasión por la escritura creativa. Abundan por doquier los cursos. Es imprescindible tener el lápiz bien afilado y yo recomiendo vivamente los cursos que imparte Enrique Brossa.

19. Para finalizar, ¿cuál es tu próximo proyecto?

Estoy documentando las luces y las sombras de una pequeña comunidad evangélica española, desde el comienzo de la guerra civil hasta la muerte de Franco. Fueron tiempos difíciles de persecución y amenazas, en los que eran imprescindibles la fe y la confianza en Dios. La novela también contempla la aparición de las iglesias “Filadelfia” dentro del pueblo gitano y el gran despertar espiritual que para ellos supuso este acercamiento a Dios. Está inspirada en acontecimientos que fueron o pudieron ser reales.

HACIENDA «LA MALVARROSA».

HACIENDA «LA MALVARROSA».

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Hacienda La Malvarrosa, San Ramón (NICARAGUA), miércoles 22 de junio de 1960.

El padre de Hipólito Fuensanta Millán, Mariano Fuensanta, poseía un pequeño cafetal a las afueras de la ciudad de San Andrés, una población de poco más de dos mil habitantes, distribuidos entre las dos calles que bordeaban la carretera hacia la cercana Matagalpa, capital del distrito al norte del país.

Una mañana de abril de 1958, Heriberto Zapata, el oficial de la Guardia Nacional, entró en el pequeño rancho donde Mariano Fuensanta se encontraba sentado a la mesa con sus tres hijos y Gabriela Millán, su mujer. Se colocó a su lado, depositó junto al plato de gallopinto un documento de cesión de propiedad y el revólver, y dijo sin levantar la voz:

—Firma o muere. Tú eliges.

Aquella misma tarde abandonaron la pequeña hacienda en un viejo camión Ford propiedad de su primo Alberto, quien los acogió durante unos días en La Malvarrosa,  a veinte kilómetros de San Andrés, hasta que Hipólito consiguió trabajo. Era propiedad de un español, José Ibáñez Mora, oriundo de Valencia, que había hecho una gran fortuna tras emigrar en 1937 bajo la dictadura de Anastasio Somoza García, padre de Luis Somoza Debayle, el dictador con quien continuó enriqueciéndose. En 1957 adquirió en la sierra, a buen precio, los terrenos donde levantó el cafetal.

En plena tormenta había llegado a San Andrés montado en un gran Cadillac rojo. Heriberto Zapata se ofreció a transportarlo hasta la sierra en su Ford Ranchero oficial. El camino desde San Ramón se empinaba enseguida, era una intrincada senda que atravesaba cafetales pertenecientes a familias ricas, cuyos braceros vivían en la miseria. A los pocos kilómetros, el camino se transformó en un sendero de cabras entre dos muros de follaje y lianas, el oficial detuvo el Ford Ranchero y le dijo a Don José que debían continuar a pie. Los nubarrones parecían asentarse sobre el terreno, la lluvia no cesó durante todo el trayecto, resbalaban de continuo en el barro. Cruzaron un lecho de varios arroyos que recogían las torrenteras de las montañas.

—No me preocupa que los terrenos sean de difícil acceso —dijo expulsando una nube de humo que había aspirado de un Montecristo—. Haré construir una carretera asfaltada que facilite el tránsito de camiones con mi café. Somoza estará encantado de complacerme. —Y le guiñó un ojo a Heriberto Zapata que asintió con la mano en alto porque le faltaba el resuello.

Don José, como todos le llamaban, residía en una gran mansión a las afueras de Managua, junto a las de los generales del ejército, en la carretera que conducía desde el aeropuerto a la capital. Nunca regresó a la nueva propiedad. Al frente de la misma, colocó a Honorato Ruíz, hombre de confianza. Medía como dos peones, uno encima del otro; lucía siempre una cazadora de cuero marrón con el logo del ejército del aire de la Marina estadunidense, pantalones de camuflaje, un revolver colgado de un cinto repleto de balas, un sombrero de fieltro marrón con una cinta negra; y calzaba botas camperas de media caña. Estaba acostumbrado a mandar sin que nadie le replicara, y los peones, unos cincuenta, entre hombres y mujeres, le temían porque era despiadado. Gente de resecos huesos a flor piel, invadidos de barro, de ropas desgastadas y pies descalzos, la mayoría aquejados de fiebre, malaria o disentería.

Honorato Ruíz vivía con su mujer, una mulata espléndida, de grandes pechos; y un mastín que le acompañaba siempre, en una inmensa casa de madera de una sola planta, rejas de hierro forjado en las ventanas, una gran puerta maciza de roble y un tejado a dos aguas de tejas rojas, cuya chimenea siempre echaba humo con olor a churrasco. La casa disponía de agua corriente y electricidad que Don José hizo traer en su día sobre postes que bordeaban la nueva carretera.

Siete colinas de distintos tamaños constituían el núcleo de la hacienda; formaban un valle atravesado por un riachuelo de aguas bravas. En semicírculo, a mitad de la cuesta, se encontraban las barracas de los peones. Y alrededor, por doquier, las plantaciones de café que invadían cada pulgada de terreno, mezcladas, a su vez, con la selva que las abrazaba.

El día que Mariano Fuensanta fue a pedir trabajo, el encargado le dijo que pagaban dieciséis córdobas por día[1], y doscientas cuarenta córdobas[2] en semillas, cada seis meses. Dos años después, el 22 de junio de 1960, nació el hijo menor, Hipólito, en una de las miserables chozas habilitadas para los trabajadores. A los tres años, una viruela le dejó la cara marcada y estuvo a punto de matarle, como a su hermano Joaquín, cinco años mayor que él. En cuanto tuvo conocimiento, Hipólito Fuensanta supo lo miserable que era su vida y la de su familia. De niño nunca estuvo escolarizado y junto a los hermanos trabajaba tanto como los mayores, incluida la madre, de sol a sol, sin distinción en días, semanas o meses. El 13 de marzo de 1971, el hermano mayor murió de pulmonía, tras haber trabajado, con el resto de la familia, cargando sacos de café de La Malvarrosa a un convoy de camiones estadunidenses, bajo una tormenta que se mantuvo activa durante toda la jornada de trabajo.

—Os voy a joder a todos —les había gritado Honorato Ruíz—, como no esté terminado antes del anochecer. A nadie le sienta mal un poco de lluvia, gandules.

Tiempo después Mariano Fuensanta intentó capitanear la reivindicación de los peones con el propósito de obtener mejores condiciones de vida y un salario digno. Una madrugada de enero de 1974, Heriberto Zapata embistió contra la puerta y le sacó a empujones. Gabriela y sus hijos, amedrentados, salieron a la calle y vieron como el oficial de la Guardia Nacional y Honorato Ruíz  que llevaba el revolver en la mano arrastraban a Mariano Fuensanta por los brazos. Tras ellos, el gran mastín gruñía enseñando los dientes. Nunca más supieron de Mariano. La madre, viéndose en la necesidad de alimentar a los hijos, le rogó a Honorato Ruíz que les permitiera seguir trabajando en la hacienda, a lo que él contestó:

—De acuerdo, pero debéis recoger los mismos kilos que cuando tu marido estaba con vosotros. ¿Oíste? No será difícil porque era un vago y un inútil.

Todos se tragaron las lágrimas y la rabia, y se esforzaron en que no notara la ausencia del padre. Varios meses después el mastín apareció ahorcado de una de las ramas del gran árbol de ceiba que había junto a la mansión de madera. Nadie supo quién, ni de qué modo, lo habían acometido, era imposible acercase al animal sin que este atacara. Los hermanos volvieron la vista a Hipólito, que entonces contaba catorce años de edad; sonreía con mirada de hiena, pero a ninguno se le pasó por la cabeza que había sido él porque consideraban que no tenía agallas para semejante proeza, puesto que siempre evitaba las peleas y se escondía.

Honorato Ruíz reunió a todos los peones frente a la gran casa de madera y desde la balaustrada del porche los conminó a que denunciaran al culpable si no querían sufrir las consecuencias; todos se mantuvieron cabizbajos con la mirada fija en el suelo, convencidos de que el culpable no se delataría a sí mismo y el castigo caería inexorablemente sobre todo el grupo pero, como era tiempo de cosecha, Honorato Ruíz se abstuvo de represalias porque necesitaba que el trabajo no bajara el ritmo. Enterró al perro junto a las casas de los peones como advertencia de que el asunto quedaba pendiente de represalias.

A partir de aquel momento Honorato Ruíz comenzó a advertir pequeños hurtos dentro de la casa, sin que nunca se descubriera quién era el autor. Un domingo el dinero que tenía en un pequeño cofre para pagar a los peones desapareció y, con él, Hipólito Fuensanta. Convencido de que había sido el adolescente, llamó a la madre y a los hermanos y, tras azotarlos con una vara de mimbre, los echó de la hacienda con la promesa de matarlos si los volvía a ver.

Heriberto Zapata  recibió la orden de decretar la búsqueda y captura de Hipólito Fuensanta, pero este ya se había unido a la guerrilla del Frente Sandinista, se había convertido en un miembro de la nueva familia y había abandonado el territorio hacia los montes del municipio de León, al nordeste del país. En enero de 1975 participó en el ataque al cuartel de la Guardia Nacional de Weslala, tomado al asalto. Fue la primera vez que Hipólito Fuensanta saqueó a los muertos: guardaba los dientes de oro que arrancaba a los guardias en un pequeño saco; en ambos brazos portaba los relojes, uno encima del otro. Luego todo eso lo mal vendió.

Seis meses después cumplió quince años.

En julio de 1977, tras la retirada de la Guardia Nacional y la toma de la ciudad por los sandinistas, se constituyó el comité de Coordinación y Reconstrucción del Municipio de San Ramón con la misión de regular las necesidades de la población civil. Después de que los milicianos sandinistas tomaran al salto el cuartel de La Guardia Nacional, en una casa que hacía funciones de cárcel, interrogaban a los detenidos.  Los ojos de todos ellos denotaban temor, o, mejor dicho,  evidenciaban la posibilidad de la muerte. Se había decretado que todo prisionero acusado de ser mercenario recibiría la ejecución inmediata. Hipólito Fuensanta siempre se ofrecía voluntario para ejecutar las sentencias llamadas eufemísticamente “sin dolor”, mediante el tiro en la nuca. Colocaba la pistola junto al oído del prisionero que con los ojos vendados se encontraba de rodillas; le golpeaba en la sien y disparaba al aire. El condenado caía aturdido hacia adelante sin entender qué pasaba, preguntándose si estaba vivo o muerto. Hipólito Fuensanta esperaba con el dedo índice en los labios, solicitando silencio a todos los testigos de la malvada representación; cuando el infeliz se incorporaba, le disparaba en la nuca y soltaba una carcajada, coreada por los presentes.

En la madrugada del 2 de agosto de 1977 se inició un incendio en la casa del responsable de La Malvarrosa. Honorato Ruíz, la mujer y el hijo de cuatro años, morían calcinados al no poder abrir la gran puerta de entrada. Alguien la había atrancado desde afuera colocando una barra de hierro atravesada. Nadie dudó que Hipólito Fuensanta hubiera tenido algo que ver, porque los peones no le habían olvidado, y se había creado la merecida fama de hombre sin piedad, por todos los territorios que el Frente Sandinista conquistaba.

Su compromiso con la revolución hizo que se ganara la simpatía de los comandantes, por lo que, tras el triunfo y la llegada al poder, le respaldaron para que fuera admitido como miembro militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, lo que le habilitó para ocupar cargos en la nueva administración de Nicaragua. Rápidamente solicitó el puesto de delegado del Frente Sandinista en la ciudad de El Rama, puerto de entrada de los buques que, desde La URSS y Cuba, transportaban alimentos y armas para la revolución. Expropió la gran casa, junto al puerto flotante, del representante de la compañía naviera que controlaba los atraques, y pronto impuso su ley: los capitanes de los buques le suministraban cajas de ron y cajetillas de tabaco cubano; vodka, latas de caviar y de cangrejo ruso que después revendía en los hoteles, restaurantes y pulperías de todo el país, amasando en poco tiempo una gran fortuna. Había conseguido todo aquello por lo que había luchado en la vida, y era envidiado por todos.

[1] Cincuenta céntimos $.

[2] ocho $.

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