Un día para olvidar, capítulo 2

Un día para olvidar, capítulo 2

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En casa se habían quedado su hermano Juan y su cuñada Gemma, esta era un poco más persona que la mujer de su hermano Javier, mientras, cuidaban a su madre y le hacían creer que todo estaba bien. Por desgracia o por suerte, en aquel momento para ella los períodos lúcidos pasaban rápido y volvía a su mundo interior, un mundo en el que no había cabida, en el que cada vez se sumergía más a menudo y le costaba más salir de esa zona nebulosa en que se mantenía ajena al mundo.

Gemma estuvo recogiendo lo que habían preparado para la cena de nochebuena, que había quedado intacto, era una mujer activa y no podía estar mano sobre mano, además tenía un mal presentimiento y a medida que pasaban las horas sin noticias de Ramiro, ese presentimiento se acentuaba. Juan no hacía más que dar vueltas arriba y abajo de la casa, cosa que estaba sacando de quicio a Gemma, entendía perfectamente que estuviese nervioso, pero sería más productivo, ayudándola a ella o sacando a su madre a pasear para distraerla, que desgastando las baldosas del suelo.

—Juan, por favor, ¿puedes parar un poco de dar paseos? Cariño, todos estamos nerviosos, pero no por eso aparecerá antes.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo, esto me huele muy mal, no entiendo cómo se ha podido perder de esta manera —le dijo bajando la voz para que no lo escuchara su madre.

Le costaba pensar que le hubiese pasado otra cosa que no fuera que se había despistado, aunque en su fuero interno sabía que aquella era la más improbable de todas las hipótesis. Ramiro era un niño grande y como niño que era,  sus costumbres eran fijas, su día a día era uno calcado del otro, por eso todos en la casa tenían esa sensación en la boca del estómago. Todos menos Marina, en su mundo apenas se daba cuenta de que su hijo hacía más de dieciocho horas que no aparecía por casa, ella, que desde que con tres añitos, los pediatras detectaron que Ramiro padecía una discapacidad intelectual, debido a un medicamento prescrito durante el embarazo, no se había separado de él en ningún momento. Ahora, solo en alguna esporádica ocasión se daba cuenta que no estaba, pero no recordaba cuánto tiempo hacía desde que lo había visto por última vez, así que preguntaba por Ramirito, así le llamaban en casa, ocasionalmente, entonces Juan le decía que acababa de salir, que en un rato volvería y ella volvía a sumirse en su mundo de sombras nuevamente.

Juan accedió a la recomendación de su mujer y sacó a su madre a pasear, más por él que por ella, pero tenía que hacer algo. Mientras tanto, Gemma terminaba de ordenar la cocina esperando una llamada de su cuñada, se ponía en la piel de ella y la verdad era que no podía dejar de admirarla, a sus treinta y dos años llevaba tiempo haciéndose cargo de una madre enferma y un hermano que, aunque se valía perfectamente por si mismo, había que estar pendiente de él, ya que si no le decías que comiera él no comía, y si no le decías que se duchase él no sabía que lo tenía que hacer, incluso le tenía que ayudar con el afeitado, la maquinilla eléctrica no la sabía hacer servir y con las desechables se cortaba, así que cada dos o tres días su hermana incluso lo afeitaba.

Gemma se quedó pensativa, se estaba nublando, el tiempo se había vuelto desapacible y húmedo, los nubarrones cada vez oscurecían más la montaña y el olor a tierra mojada se sentía en el ambiente, de pronto un escalofrío atravesó su columna vertebral, cruzó los brazos abrazándose a sí misma, no sabía bien si para darse calor o ánimos, así que por hacer algo cogió un par de troncos y los echó en la chimenea atizando las brasas para que a continuación prendieran y caldearan un poco más la estancia, nadie se había acordado de avivar el fuego y este prácticamente se había apagado. Viviendo en una casa rural la calefacción eléctrica no tenía sentido, en la chimenea se quemaban todos los rastrojos y troncos de la poda de los árboles del pequeño huerto que tenían detrás de la casa y que ya solo acogía unos cuantos frutales, que cada vez más se iban retorciendo en nudosas y viejas ramas, como si se solidarizasen con Marina, ella los había cuidado siempre con tanto cariño que ahora notaban que no eran las mismas manos las que lo hacían, perdían vitalidad al mismo ritmo que lo hacía ella.

 

Javier después de llegar a su casa se arrepintió de haberse ido, no había estado a la altura. No obstante, vio a Montse revolverse inquieta en el sofá, para ella aquello no tenía la menor relevancia, ya que ella no empatizaba con la familia de su marido. Tampoco era un secreto; hacía tres o cuatro visitas al año y con eso cumplía, en realidad siempre pensó que no estaban a su altura. No le supuso ningún esfuerzo marcharse, así que llegó a su casa y tranquilamente se fue a dormir. Habían quedado con su familia para comer el día de navidad en un restaurante bastante lujoso y quería estar perfecta. No así Javier; en aquel momento tenía una sensación de culpa y remordimiento, un desasosiego que no lo dejaba en paz. Se puso en pie de pronto y le dejó una nota a su mujer. Una nota en la que le decía que sintiéndolo mucho aquel día no estaba para fiestas, que lo excusase ante sus familiares, pero tenía que estar con sus hermanos, no podía dejarlos solos en aquellas circunstancias.

Llegó a casa de su madre casi a mediodía, al entrar por la puerta, Juan, por unos segundos, pensó que era Ramiro, estaba a punto de preguntarle dónde había estado cuando vio que era Javier.

—Ah, ¿eres tú? —dijo con malestar.

—¿Esperabas a otra persona? —respondió con igual tono.

—Pues claro, no te pongas mordaz que no te pega, Ramiro no ha aparecido, pero ni siquiera has preguntado por él.

—No me has dado tiempo, no estés a la defensiva, estoy aquí, ¿no?

—Está bien, tenemos que estar unidos, pero no creas que voy a olvidar el desplante de anoche.

Javier agachó la cabeza mientras su mirada se posaba en algún punto indeterminado de la alfombra, movió el pie intentando sacar una inexistente mancha para evitar a toda costa el contacto visual con su hermano.

Fuera, el día cada vez se oscurecía más. Un espantoso trueno sobrecogió a los dos hermanos, se miraron esta vez y Javier preguntó por su hermana menor. Juan le informó que se había ido a pegar carteles y todavía no había vuelto, que estaba a punto de llamarla cuando él había aparecido por la puerta.

 

En el pueblo, el grupo que se había formado estaba de vuelta. Habían salido a la desbandada sin un plan de búsqueda, sin nadie que coordinara la expedición, cosa que Alex imaginaba. Nadie quiso escuchar a un poli de ciudad, así que se sumó a la búsqueda como un vecino más; pensó que cuando vieran que las cosas no salían como esperaban se decidirían a dejarle actuar como le habían enseñado en la academia. No se había separado de Yoli en ningún momento, a ella no le parecía necesario, pero él la convenció y le dijo que si aparecía era mejor que él estuviese a su lado, por si había que hacer algún informe, (aquello no era del todo cierto, no era capaz de decirle que una de las posibilidades era que Ramiro estuviese muerto). Alex les dejó muy claro que si lo encontraban y estaba herido, sobre todo, que no lo tocasen. Les avisó que podía ser peor. Gracias a las benditas series de policía de la tele, todo el mundo estuvo de acuerdo.

De pronto empezó a tronar y a caer una lluvia torrencial. Yolanda quería seguir buscando a toda costa pero Alex se negó rotundamente; casi a la fuerza la obligó a volver; con esa lluvia no podían caminar por el monte, se hundían los pies en el fango y no quería sumar una desgracia más, le dijo inflexible.

Casi a la fuerza la condujo a su casa con una promesa: en cuanto escampara haría venir a los perros rastreadores y las patrullas que hiciesen falta. De aquella manera no podía seguir, le dijo. Además no había comido nada en todo el día y si quería ayudar tenía que alimentarse, sin fuerzas no sería de mucha ayuda, con eso la acabó de convencer.

Invitó a Alex a pasar cuando llegaron, le presentó a su otro hermano, puesto que a Juan ya lo conocía, se saludaron aunque con cierto recelo. Javier recelaba de todos los hombres que se acercaban a su hermana, cosa que a ella le indignaba, pero aceptaba por ser el que siempre había estado allí para ella, el más cercano en edad y cómplice de sus travesuras infantiles.

Se dieron la mano como caballeros, pero ninguno se quitaba ojo de encima. Yoli se daba cuenta que sin conocerse de nada había una tensión entre ellos inexplicable, así que le dijo a su cuñada que llevase a su madre a la cocina que tenían que hablar. Una vez solos invitó a Alex a explicar los planes de búsqueda, este se metió a fondo, intentando agradar al hermano tanto como a ella e intentando que lo que decía no sonase ni demasiado optimista, ni demasiado pesimista, cosa que era bastante complicado dadas las circunstancias.

Terminado el discurso se dispusieron a cenar algo, había sido un día muy duro y estaban exhaustos, ninguno tenía hambre, pero como les dijo Alex, en aquel momento no podían desfallecer, y alimentarse bien era primordial para todo lo que les esperaba. Sin querer ser fatalista les dijo que estuviesen preparados para cualquier noticia, mala o buena, también les dijo que haría todo lo que estuviera en su mano para que aquel caso se esclareciera lo antes posible, dicho esto, Alex declinó la invitación a cenar con ellos, aludiendo que tenía trabajo que hacer y se marchó.

 

Cuando Alex llegó a comisaría, bien entrada la noche, lo primero que hizo fue poner en marcha un dispositivo de búsqueda urgente. Estaba dada la voz de alarma pero el protocolo que se había seguido era el normal; pidió perros rastreadores, patrullas de montaña, etc. Movilizó los refuerzos necesarios para escudriñar el monte de arriba abajo, aunque llevaba lloviendo torrencialmente toda la noche, esperaba, cuando dejase de llover, hallar alguna pista que diera con su paradero.

Una vez que tuvo todo preparado, salió a desayunar. Salió sin una idea preconcebida, era un hombre metódico. Siempre hacía las comidas en el bar de al lado de la comisaría, pero esa mañana ni siquiera se dio cuenta que se había alejado más de lo normal; caminaba ensimismado en sus pensamientos, concentrado en el problema que se le avecinaba, nunca pensó tenerse que enfrentar de esa manera al dolor de una familia, un dolor que le estaba afectando demasiado… de nuevo.

—¿Qué tomará el agente? —preguntó Maruja displicente.

Se la quedó mirando como si la mujer, en realidad, fuera un fantasma o un extraterrestre, no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí.

—Capitán —sonrió Maruja al decirlo— le pongo algo o ¿ha venido a pasar el rato?

—Inspector, solo soy inspector —aclaró sin darse cuenta de la mofa de la dueña de la cafetería—. Un café con leche y un cruasán, gracias.

Maruja se fue a preparar el encargo, cuando volvió se lo puso delante, entre el periódico y él, y, sin pedir permiso, se sentó a la mesa.

—Puede sentarse, está usted en su casa —reaccionó por fin.

El retintín de Alex no le pasó inadvertido, pero le daba igual, estaba acostumbrada a lidiar con todo tipo de personas y un inspector de tres al cuarto llegado de la gran ciudad no la asustaba a ella, aunque seguiría llamándole capitán, “le va bien el grado”, pensaba.

—Gracias, lo sé —contestó ligeramente agresiva— ya que está aquí, capitán, le quiero preguntar cómo va la búsqueda de Ramiro, ¿lo han encontrado ya? ¿Tienen alguna pista, por lo menos?

—Lo siento, no puedo darle ningún tipo de información, usted no es familiar del desaparecido.

—A mí no me vengas con tecnicismos. Esto es un pueblo pequeño, nos conocemos todos y somos como una familia… Bueno, casi todos —puntualizó insolente—. Además, veo que no está de servicio, o sea, que se lo estoy preguntando a un amigo, ¿o me equivoco con usted?

—No, no estoy de servicio, pero eso no quiere decir que pueda ir dando información de un caso sin el consentimiento explicito de sus familiares más directos.

—Mire, capitán…

—Inspector, ya le dije antes que solo soy inspector.

—No se enfade, le estoy dando categoría, además, te queda bien lo de capitán, te veo — poniéndole una mano en el brazo lo tuteó de repente, podía ser su madre, no se iba a andar con remilgos, haciéndolo callar cuando empezaba a protestar—. Mira, te lo voy a decir claro, esa criatura tiene que aparecer, así que en vez de estar tomando cafecitos ¿por qué no estás pateando el bosque?, o el pueblo o lo que sea que haya que patear hasta que aparezca.

—Mire, doña Maruja, lo primero, no puedo ni debo darle explicaciones, me doy cuenta que no soy santo de su devoción, pero hago mi trabajo lo mejor que puedo, no tenemos pistas, no tenemos un rastro que seguir, por lo tanto vamos a ciegas, pero no descartamos ninguna vía de investigación, se está montando un dispositivo, estoy esperando que lleguen los perros y el material necesario, los voluntarios están peinando la zona, por el momento no podemos hacer nada más.

—Sigues con tu palabrería de policía de ciudad, resumiendo, que no tienes ni idea, vaya, mucho policía de ciudad, mucho material, muchos perros, pero na de na —se levantó Maruja y se fue rezongando para atender a los demás parroquianos y a las “marujas” de turno, que con la excusa de comprar el pan, se ponían al día las unas a las otras.

Alex salió de la panadería-cafetería con ganas de dar un puñetazo en algún sitio, eso era lo más ingrato de la profesión, por mucho que hicieras, apenas había tenido tiempo de dar una cabezada, que vale, que no era culpa de nadie, pero que encima le dijeran que no hacía nada porque estaba tomando un café, lo necesitaba algo más fuerte que el de la máquina de la comisaría, para despejarse un poco y seguir con el ritmo de trabajo que se había impuesto, aquello lo superaba, otra vez le llegaban a la mente las palabras de su instructor: “te implicas demasiado” pero se había hecho policía para eso, para ayudar, ¿cómo hacer para no implicarse?, se preguntaba.

 

La mañana de Yoli no había empezado mejor, apenas había podido cerrar los ojos en toda la noche, se imaginaba a Ramiro en las peores circunstancias, lo veía en un país de esos en que las vidas humanas no valen nada, un ricachón necesitaba un trasplante de algún órgano y se lo habían cogido a su hermano, cuando volvía a cerrar los ojos lo veía tirado en una cuneta, incluso siendo el objeto de culto de una secta y Ramiro el cordero a sacrificar para una ofrenda a algún Dios pagano. Se levantó muy temprano, se duchó y preparó café para sus hermanos y su cuñada que todavía estaban allí, recogió la casa y levantó a su madre para llevarla al centro de día, en pocos días le concederían una plaza en una residencia, ya que su estado cada vez era más precario. Circunstancia que le daría a ella un respiro, menos mal, pensó, si no fuera así no podría hacer todo lo que tenía pensado, lo primero, pedir unos días en la empresa donde trabajaba, si no se los daban se iría, para ella la búsqueda de su hermano era primordial. Después de eso se uniría a la investigación, decidió, aunque antes hablaría con sus hermanos, ellos tenían que volver a sus vidas, ella intentaría mantenerlos informados, les dijo, pero no podían dejar sus obligaciones, así que los convenció, aunque a regañadientes, pero lo hizo.

Pasó por la panadería de Maruja, le dijo que le hiciera un bocadillo, ya que no pensaba volver hasta que Ramiro no apareciese, y se fue directamente a comisaría, allí estaban distribuyendo las zonas a rastrear por los voluntarios que se iban apuntando.

Fue directamente hacía el despacho de Alex, este la hizo pasar inmediatamente. Cada vez que la veía, no sabía qué le pasaba pero se alegraba, quizá más de la cuenta y en aquel momento eso era contraproducente, no había sanado todavía de su última experiencia, menos debía involucrarse con ninguna persona implicada en un caso suyo, y ese caso era suyo, eso lo tenía claro, por mucho que le hubieran dicho desde la central que si era necesario le enviarían algún especialista y, si hacía falta, también un psicólogo.

—¿Se sabe algo de mi hermano?

Alex se la quedó mirando con ternura, aquella criatura tenía algo que le deshacía los huesos, le mermaba la voluntad y lo dejaba sin habla, tanto que…

—Lo siento —tardó en contestar algo más de lo normal— esto… están llegando los perros, ya he distribuido a los voluntarios, ahora, en cuanto lleguen los de la científica, intentaremos buscar alguna pista o alguna huella, si recuerdas algo, por insignificante que parezca, me llamas, a la hora que sea.

Yolanda se quedó sin palabras, ella que iba pensando tirarle la caballería por encima en aquel momento no supo qué decir.

—Has debido levantarte muy temprano para que te haya dado tiempo de todo eso.

—No me he acostado, he dado una cabezada en esa butaca —señaló con la barbilla un incómodo sillón que había en una esquina de la oficina. Yolanda la miró pensando que así tenía las ojeras que tenía, supo que algo había pasado cuando lo vio tan desaliñado, aunque tampoco esperaba eso, las pocas veces que se habían visto, siempre iba impecable, no era el típico gentleman, sino que era una elegancia algo más de andar por casa, siempre lo había visto con jerseys gruesos, hacía mucho frío en aquellas latitudes y suponía que no estaba acostumbrado, en las grandes ciudades no sabían lo que era el frío, pensaba, sus tejanos siempre impolutos y, lo que le sorprendía más, que solía calzar mocasines, nunca lo había visto con zapatillas deportivas o botas de montaña que era lo que usaban los hombres de por allí, y eso que imaginaba ella que para su trabajo serían más cómodas y sobre todo, llevaría los pies más calientes, sonrió, a pesar de aquellos pensamientos tan inoportunos dadas sus circunstancias, pero la vida sigue, pensó, esto va a ser duro, Yoli, se dijo, debes continuar, ser fuerte, no desfallecer en la búsqueda, pero tampoco negarte una sonrisa.

 

Cuarto planeta (Parte II)

Cuarto planeta (Parte II)

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El personal se mostraba alterado. Tenía que romper ese circulo.. circulo… círculo…

Continua…

Segunda parte

Tendría que encontrar la fórmula, porque no podía exponerse a tener conflictos en el momento de la inauguración de la exposición. Estaba malhumorada por la reunión y por no haber recordado la hora y por el desplante de Elena hablando en un modo tan altivo con el que se había dirigido a ella y a los compañeros. Pero no pensaba pasarse el resto del día dando vueltas a ese tema. Entró en el parking y se dirigió a su coche, después de pulsar el botón de apertura de su mando a distancia. No había hecho más que sentarse cuando sintió que alguien sujetaba su cabeza Sintió como taparon su nariz con un trapo húmedo . Un sopor la invadió poco a poco y sus piernas y brazos no respondían. La cabeza le daba vueltas y más vueltas cayendo en un profundo sueño. Natalia despertó bruscamente, miró alrededor, reconoció el lugar y pensó que aquello ya lo había vivido, había vivido esa situación, la misma historia hace un tiempo . Echo la vista a su alrededor. Ni rastro de su bolso ni de las llaves del coche.

Estaba preocupada, asustada. Salió del coche, con dificultad al menos estaba cerca de casa. Tendría que subir y llamar al portero de la finca para que le diera le diera sus llaves. Cruzó la calle al tiempo que un coche iba hacia ella en su misma dirección a toda velocidad. Natalia se paró en seco cuando el coche la alcanzó. Alguien se aproximó y sintió sus manos sobre su cabeza empujándola hacía dentro. El vehículo se abrió. La voz en alto silicio la de ella -Sube, -dijo la voz que salía del coche

No sabía quién era quien la introdujo en el coche.

-Lo siento, no he podido recogerte antes. Vaya día.

Natalia quedó en silencio. Estaba abrumada, confundida y enfadada

-No sabía porque estaba sentada en aquel coche con una persona desconocida. Se preguntaba porque iba vestido de esa manera, le parecía familiar su cara, aunque la máscara que llevaba le tapaba más de la mitad de la cara,unos leotardos dorados y una capa con rosas completaban su atuendo. Al mirar alrededor se dio cuenta del lío que había en la calle y la gente curiosamente iba vestida de forma muy parecida a la de aquel hombre. Era como si todos supieran donde iban, todos iban vestidos de forma parecida a los que había visto por la mañana, al salir de casa, en el ascensor. La cabeza no le dejaba centrarse. El hombre seguía hablando.

-Menos mal que he podido recogerte. Un poco más y,  -¿Recogerme?   ¿Dices? Recogerme ? Pero tú que te has creído ¿cómo te pasas?

-Por qué me hablas así ?

  • Cómo quieres que te hable ? me raptas, no me secuestras, casi me atropellas, ¿cómo quieres que te trate? todavía no sé quién eres…

-Cómo que te he secuestrado ? ¿cómo? ¿qué? cuándo? cuéntame eso. Dime ¿qué está pasando? ¿qué está sucediendo?

En ese momento Natalia comprendió.

-Eres Manuel, eres Manuel. y empezó a pegarle .

-Pero déjame porque me pegas?

Natalia estaba enfurecida, no comprendía porque estaban pasandole y estas tras cosas. Se se vino abajo no pudo más y se deshizo en lágrimas delante de Manuel justo aquello que no quería que no se produjera, justo lo que no había dado lugar a esta situación. Manuel por otro lado no entendía nada no sabía por qué estaba viviendo aquello. Estaba desbordado. Él tampoco entendía nada.

Continuará.

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

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Raquel entró con sigilo y con miedo. Corrían tantas historias sobre aquel lugar, leyendas urbanas según la Dra. Casagrande, que habían construído una imagen dantesca de la cuarta planta de aquella institución. Nunca antes la había visitado a pesar de estar tentada en numerosas ocasiones. Los diferentes empleados, visitantes y residentes relataban espantosos y espeluznantes sucesos. Ninguno se había podido corroborar, pero dado el delicado equilibrio emocional de los que allí moraban, era fácil aceptarlos como verdaderos porque se precibía como una opotunidad de protesta y resitencia ante la posibilidad de establecerse allí de forma permanente. Era la ocasión para reprochar las decisiones de los familiares ansiosos por quitarse el problema de encima. Era como una guerra psicológica que empezaba el mismo día que los hijos resolvían que ya no podían atender a sus padres nonagenarios en condiciones normales en su propia casa. Casi siempre se llegaba a esa conclusión después de varios meses, incluso años, de entradas y salidas del hospital como consecuencia de caídas accidentale, deterioros funcionales, inestabilidad mental, ausencia súbita de signos vitales o una simple gripe que a esas edades era capaz de provocar un quebranto definitivo.

Le sorprendió no encontrar ningún enfermo por los pasillos, con los ojos desorbitados y desgreñados, gritando y enarbolando sus batas y pijamas como armas peligrosas, mientras los celadores intentaban contenerlos y devolverlos a sus respetivas habitaciones. Se adentró por los pasillos com la misma tranquilidad que lo hacía en el primer piso. Las enfermeras que encontraba por el pasillo vestían igual y la saludaban con una sonrisa si cabe más cariñosa. Incluso los gritos sordos que salían de las habitaciones se parecían, pero en este caso no entendía nada de lo que decían. A medida que avanzaba se le desmontaba la idea preconcebida que tenía y eso la reconfortó un poco pensando que su abuela no estaría tan mal allí. Sí percibió que hacía más frío pero pensó que sería para tener más controlados los gérmenes teniendo en cuenta el delicado equilibrio de los inquilinos. Para todo encontraba una respuesta con la que pretendía calmar los remordimientos que sentía.

Cuando entró en el cuarto —no podía tener otro nombre aquel habitáculo indecente— se le vino abajo todo el optimismo que se había generado durante el trayecto inicial. Cuantro paredes, sin ventilación y sin ventanas, ocupadas por dos camas entre las que apenas quedaba un pasillo donde se tenía que entrar de perfil si no se querías quedar trabado. Aquel cuchutril no debería tener más de diez o doce metros cuadrados.

Encontró a su abuela bajo una montaña de mantas con los ojos cerrados y completamente inmóvil por el peso de aquel ropaje. La besó con cariño mientras se le derramaba una solitaria lágrima que se aposentó sobre el rostro de Elena. Esta reaccionó con una emocionada sonrisa a la vez que le indicó que se le acercara al oido.

¿Cómo estás Raquelita?

Triste, muy triste, abuela.

Estoy bien aunque no lo parezca.

¿Por qué lo hiciste?

¿A qué te refieres, hija?

Al espectáculo… A decir que habías sido tú quien había matado a tus compañeras.

En ese momento entró la enfermera con energía como dando por concluido el «modo noche» como si a la mayoría de los enfermos de allí les importara o supieran distinguir si era de noche o de día.

¿Eres familiar de Elena?

Si, soy su nieta preferida.

Pobrecilla, lo que le ha pasado.

Todavía no me lo creo.

Poco importa ya. Ahora no habla ni se comunica. Está en su mundo, en otra dimensión inaccesible para nosotros. Pero le vendrá bien tu compañía.

Vendré cada día, se lo prometí.

Puedes venir cuando quieras, pero ya ves que el espacio es muy limitado.

¿Por qué hace tanto frío aquí?

Ja, ja, ja. Ya sé a qué te refieres. Las malas lenguas dicen que para adaptarse al frío de la muerte que en muchos casos es inminente aquí.

¡Qué crueldad!

La verdad es que llevamos semanas con la calefacción averiada.

No sé qué pensar. Tiene muy mala fama esta planta.

No te precupes, bonita. Son chismes y habladurías infundadas. Tu abuela va a estar bien cuidada aquí. Ya lo verás. Ahora déjame un momento que tengo que tomarles las constantes.

Salió al pasillo y comprobó que había un poco más de movimiento. Se le ocurrió caminar por ellos para echar un vistazó al resto de habitaciones y comprobó que todas eran iguales con la diferencia que en algunas la vida exterior podía entrar todavía por unos pequeños ventanucos. Cabizbaja no podía dejar de pensar en el día anterior cuando su abuela se autoinculpó de los crímenes. No lo entendía, pero ademas sabía que era imposible, que ella no había sido. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta no dejaba de atormentarla.

Ya estoy aquí de nuevo. Puedes abrir los ojos.

Tenemos que ser muy discretas o nos descubrirán…

No te preocupes ahora estamos solas.

Acércate.

Elena le dio un cariñoso tirón de orejas acompañado después de un beso silencioso.

Ya sabes que no me gusta que vayas diciendo por ahí que eres mi nieta favorita.

Pero lo soy, ¿no?

Pero eso no se dice, queda mal.

Yo nunca miento y hablando de mentiras me vas a decir de una vez por qué montaste aquel drama que te ha llevado aquí.

Deberías saberlo, Raquel.

No entiendo.

Lo he hecho por ti. Para protegerte.

Protegerme a mí. ¿De qué?

De ti misma y de la justicia.

Pero ¿qué dices? ¡A ver si te has vuelto loca de verdad!

Dijiste que habías sido tú. Lo vi en tu mirada.

¡¿El qué hice yo?!

Pues eso, matarlas para evitar que me eharan de la habitación. No te culpo lo has hecho por mí, es mi culpa.

Definitivamente estás loca. ¡Yo nos las maté!

Vamos no me tomes el pelo —Elena abrió esta vez los ojos completamente.

¡Yo nos las maté, ni tú tampoco!

Entoces, ¿a qué te referías cuando dijieste que habías sido tú?

Yo presioné a la dirección y a la doctora para que no te trasladaran a otra planta. Para que te dejaran allí, para que no te dieran el alta porque aún no estabas recuperada del todo. Ellos me decían que necesitaban la cama porque había gente más necesitada esperando. Fui infinidad de veces a su despacho implorando comprensión, incluso lo perseguí hasta su casa. Y lo mismo hice con la Dra. Casagrade.

¿Qué..qué… me estás contando mu…mu…muchacha? —tartamudeó Elena.

Creí que habían decidido cerrar la habitación por culpa mía, por haberlos presionado tanto y que te enviarían a casa sin estar bien del todo. Por eso me puse histérica…

Elena ya no pudo contestar. Lloró todo lo que no lo había hecho durante años. Se derrumbó por completo cuando comprendió la dramática situación y lo que era peor: había emprendido un camino sin retorno. Pasadas unas horas dejó de llorar. Se secó las lágrimas ceremonialmente ,miró a su nieta y la abrazó como si fuera la última vez que lo haría. Se le acercó al oído y le dijo:

Quedas liberada de visitarme. Ya estoy muerta.

No dijo nada más. Se dió media vuelta en la cama y dejó que la mirada se le perdiera en la pared. Era blanca y sin ninguna decoración pero a ella ya no le importaba porque así iba a dejar su mente. También dejó de hablar. Raquel la abrazó desconsolada. Se tumbó en la cama junto a su abuela y no dejó de abrazarla hasta que las interrumpió la Dra. Casagrande.

¿Cómo está tu abuela?

Raquel se incorporó y se secó como pudo el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Vealo usted misma —contestó con cierta insolencia.

No llores, tu abuela estará bien. Yo me ocuparé de que así sea.

Mi abuela no se ha vuelto loca, ella no ha matado a las ancianas, es incapaz de hacerlo… Tiene que sacarla de aquí.

Nada me gustaría más. Todo está en manos de la policía… Pero su confesión no ayuda y además desde ayer que se ha quedado como en un esatado de ausencia total. No habla, no se comunica de ninguna manera. Siempre está con la misma postura. Está como cataléptica.

No sé que significa esa palabra, pero no es verdad. Ahora mismo está llorando.

Es una acto reflejo. Suele pasar.

La convesación fue interrumpida por una llamada que entró en el teléfono móvil de la doctora.

Debería venir a mi despacho inmediatamente —le habló al otra lado el director del centro.

Estoy con una paciente. ¿Es urgente?

Mucho. Ha vuelto a ocurrir.

LA INSTITUCIÓN (15)

LA INSTITUCIÓN (15)

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El inspector Mendoza y el director seguían en el despacho del segundo intentando establecer racionalmente lo hechos. Al director le costaba dar crédito a lo que escuchaba pero como no tenía ningún argumento en contra de las evidencias que le presentaba el policía y ante la inesperada y sorpresiva confesión de Elena, no le quedaba más remedio que admitirlo, aunque su vocación científica le empujaba a pensar que todo aquello estaba lleno de lagunas. Además conocía bien a sus pacientes y jamás hubiera pensado que Elena fuera capaz de algo así. Pero poco a poco su inicial resistencia a aceptar los hechos tal y como se le mostraban, fue cediendo ante los convincentes razonamientos del Inspector. Ahora lo que más le intrigaba no era el porqué, sino el cómo. Cómo Elena podía haber envenedado a sus compañeras. En ese momento hicieron acto de presencia en la habitación la Dra. Casagrande acompañada por el agente Fernández.

Buenos días doctora, como le dije nadie estaba libre de sospechas y las mías se han acabado confirmando.

Me cuesta creerlo.

El delito, como la estadística, es tozudo y acaba por imponerse siempre la verdad.

Nadie pasa de la noche a la mañana de tener una mente clara y provilegiada a convertirse en una enajenada asesina sin haber mediado algún trauma de por medio.

Todo apunta a Elena. Tenía motivos, oportunidad y al final ha confesado…

¿Y cómo lo ha hecho ?—preguntó el director.

El inpector Mendoza entonces adoptó la postura de ilustrado que tanto le gustaba sobre todo cuando tenia ante él a personas a las que se les suponía un nivel superior de conocimiento y en este caso, además, cinetífico. En un tono académico pasó a relatarles las conclusiones a las que había llegado, no tanto por la pruebas conluyentes, sino por lo que su olfato de sabueso y su habilidad para juntar piezas de un puzle imposible.

La autopsia dice que fueron envenenadas.

Eso es irrefutable —sentenció la doctora.

Creemos que Elena les cambio la medicación.

¿Cómo?

Cambiaba el contenido de las cápsulas por el cianuro. Ayer la señora de la impieza encontró restos de esas cápsulas en el suelo.

Pero para eso se necesita tiempo y buen tino con las manos.

Ambas cosas le sobraban a Elena.

Vamos a suponer que eso fuera así —comenzó su disertación la doctora—. Que Elena cogiera las capsulas de la medicación en un descuido de sus compañeras, que vaciara su contenido y lo substituyera por cianuro. Que esa delicada operación lo hiciera con pericia y sin derramar nada. Pero ¿de dónde sacó el veneno? Necesariamente tuvo que tener un cómplice…

Esa es la parte que nos queda por aclarar, pero le aseguro que lo haremos.

Ya me dirá cómo si Elena ha perdido la cabeza. Creo que todo son conjeturas…

Pero tenemos la confesión.

Oportuna confesión diría yo…

Y qué hacemos con los sospechosos detenidos —preguntó el agente Fernández.

Los seguiremos investigando por si eso arroja algún dato más, pero los vamos a tener que soltar.

¿Y se pueden incorporar sus trabajos? —se interesó el director.

Por supuesto, aunque yo los obsevaría de cerca…

Los policías salieron a la calle. A pesar de ser mediodía el sol seguía ocultado dentrás del manto de niebla que se había instalado y que se resitía a disiparse. Era bastante habitual en aquella ciudad que hubieran días enteros sin ver el sol. Días grises y pesados por un cielo plomizo. El frío en lugar de desaparecer cuando el día empujaba las horas, este parecía golpear con más fuerza como para asegurase que nadie olvidara aquella insoportable climatología. Se metía dentro del cuerpo y no había prenda capaz de aislarlo. Mendoza tenía ganas de jubilarse entre otros motivos para poder abandonar definitivamente aquel lugar. Nunca entendió cómo pudo aceptar el traslado allí y mucho menos que su fiel ayudante le siguiera.

Vamos a meternos en un bar a tomar un café.

¿Usted está convencido de lo que ha expuesto allí dentro?

Mira, Fernández, aquí los días en invierno son casi todos iguales. Tristes y fríos. ¿No tiene ganas de abandonar este lugar?

Pero no le he pregutado eso yo…

¿Para qué vamos a llevar la contraria a los hechos? Hay indicios, motivos y lo más importante una confesión…

Sí, no deja de repetirlo y eso es lo que no me gusta…Es demasiado evidente.

Es la realidad.

¿Pero es la verdad?

¿Y a quién le importa en este infecto lugar? Todo seguirá Igual. Elena ya estaba sentenciada en ese lugar antes de su confesión.

LA INSTITUCIÓN (14)

LA INSTITUCIÓN (14)

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La despertaron los gritos provenientes de otras habitaciones y las frases inconexas de su compañera de habitación. Al abrir los ojos se encontró con el techo más bajo y una nebulosa en el ambiente más propio de la atmósfera tétrica de un cementerio que de una habitación. Miró a su compañera que emitía unos sonidos incomprensibles con la mascarilla del oxígeno puesto. Con sus incontrolados movimientos había conseguido poner a tope el suministro. Al no poder aceptarlo se intentó sacar la máscara quedándode a medio camino. El vapor se escapaba formando un neblina que flotaba sobre sus cabezas. «Bonita forma de empezar la carrera final», pensó Elena. No podía avisar a las enfermeras porque allí no había timbre ya que las inquilinas no sabrían ni cómo utilizarlo. Tampoco podía avisar de viva voz porque en teoría se había vuelo loca. Había entrado en una etapa de demenecia total habiendo, incluso, perdido el habla también.

La habitación era increiblemente más pequeña, huérfana de ventanas y la temperatura extremadamente baja. Se calentaban con montañas de mantas. Era los más parecido a una cámara mortuoria. Los enfermos que ocpupaban aquellas istancias no se movían nunca de la cama así que poco les importaban el espació o la iluminación. Hacía tiempo que habian cerrado los ojos al exterior. La vida interior tampoco les funcionaba, estaba fundida en negro, vacía, ausente de todo raciocinio y sentiniento. A Elena se le haría muy larga y pesada la estancia allí por el resto de sus días. Se consolaba con la promesa de que Raquel la visitaria todos los días aunque todavía no tenía pensado cómo se comunicarían sin levantar las sospechas de los auxiares de aquella siniestra cuarta planta.

***

Parece que el caso se ha resuelto de forma espontanea.

Verá, Sr. director, algó habrá influido la presión de mis interrogatorios —protestó el inspector Mendoza.

Nosotros estamos sorprendidos y compungidos.

Porque no son profesionales. Siempre hay que plantearse la solución más sencilla.

Pero Elena parecía tan prudente, racional y buena persona que no nos lo acabamos de creer.

Es lo que tiene la enajenación total…Son muchos años, mucho sufrimiento, desesperación, abandono…mucho tiempo pensando y esperando en la llegada de la huesuda con capucha y guadaña que sus frágiles cerebros no pueden resistirlo…

Pero Elena no era así. Era fuerte, pertinaz, luchadora, sociable, alegre, con unas ganas enormes de vivir y con una claridad de pensamiento que ya quisieran muchos de los que nos gobiernan.

Usted como médico ya debería saber lo inescrutable que es el cerebro. Yo como investgador de muchos años de experiencia y habiendo conocido a los más desalmados y sanguinarios asesinos del país, le puedo decir que el móvil y la motivación simpre es el más obvio. Lo que tenemos delante de la vista y que muchas descartamos por ser demasiado evidente, acaba siendo la pista que nos conduce al criminal.

En le caso de Elena no creo que sea así.

¿A quién beneficiaba las muertes?

Pretende decirme que a ella.

Claro. Ella quería quedarse en esa habitación a toda costa. Como tenía la amenza de abandonarla porque el centro necesitaba más camas, ella conseguía habilitar otras …

Pero tres en una semana y todas en su habitación…No parece una decisión inteligente y Elena lo era.

También se podría considerar una coartada en un psicópata, pero creo que este caso es más por necesidad imperiosa. Es el crimen de un perturbado. ¿Además quién tenía la oportunidad?

¿Ella?

Claro. Podía aprovechar cualquier despiste para envenenarlas.

Pero, ¿cómo?

                                                                             ***

Después del último juramento que le hizo su nieta, Elena se puso a gritar como una poseída. Cogía todo lo que encontraba, que era poco, y lo lanzaba contra la pared. Raquel, incrédula, no sabía qué pensar y mucho menos cómo reacionar.

¡Sacadme al demonio que llevo dentro!

¡Abuela! ¿Qué te aocurre?

Raquel salió al pasillo también gritando y llorando deseperadamente. Pedía ayuda y reclamaba la presencia de la Dra. Casagrande. Esta llegó acompañada de todo el personal disponible incluyendo dos celadores jóvenes y fuertes. Entraron en la habiatación y se encontaron a Elena totalmente enajenada. Gritaba, se autolesionaba, reía, lloraba y no dejaba de repetir:

¡Él me obligó a hacerlo! Yo no quería pero el diablo me ha poseido.

¡Elena tranquilízate! —le ordena la Dra. Casagrande.

¡Fui yo, pero no quería! Él me obligó. Yo las maté. Las envenené.

La tuvieron que reducir entre todos y la atarón a las barreras laterales de la cama. Elena notó un imneso dolor en esa maniobra, pero siguió con la representación. Nunca se había dedicado al teatro, pero viendo lo bien que lo hacía quizá no hubiera sido una mala decisión, aunque ahora ya era tarde. Notó cómo una aguja penetraba por uno de sus brazos y cómo después se le nubló la vista. Los párpados le pesaban y le costaba articular palabra. Ya no podia gritar.

A ver, ¿qué te pasa Elena?

Yo las maté.

A tus compañeras de habitación.

Sí, yo las envenené, pero no quería…

¡Elena!, no te duermas todavía…

Una fuerza que me salía de dentro me obligó a hacerlo. Era el mismísimo Demonio. Lo tenía dentro. Escuchaba voces que me decían: «acaba con ellas o ellas acabarán contigo»

Ya no pudo decir nada más. Lo próximo que recuerdó es haber amanecido en una habitación diferente. Sabía que se econtraba ya en la cuarta planta. La jugada le habia salido bien. Ahora solo faltaba confirmar que todas las acusaciones irían contra ella.

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