Cuarto planeta (Parte II)

Cuarto planeta (Parte II)

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El personal se mostraba alterado. Tenía que romper ese circulo.. circulo… círculo…

Continua…

Segunda parte

Tendría que encontrar la fórmula, porque no podía exponerse a tener conflictos en el momento de la inauguración de la exposición. Estaba malhumorada por la reunión y por no haber recordado la hora y por el desplante de Elena hablando en un modo tan altivo con el que se había dirigido a ella y a los compañeros. Pero no pensaba pasarse el resto del día dando vueltas a ese tema. Entró en el parking y se dirigió a su coche, después de pulsar el botón de apertura de su mando a distancia. No había hecho más que sentarse cuando sintió que alguien sujetaba su cabeza Sintió como taparon su nariz con un trapo húmedo . Un sopor la invadió poco a poco y sus piernas y brazos no respondían. La cabeza le daba vueltas y más vueltas cayendo en un profundo sueño. Natalia despertó bruscamente, miró alrededor, reconoció el lugar y pensó que aquello ya lo había vivido, había vivido esa situación, la misma historia hace un tiempo . Echo la vista a su alrededor. Ni rastro de su bolso ni de las llaves del coche.

Estaba preocupada, asustada. Salió del coche, con dificultad al menos estaba cerca de casa. Tendría que subir y llamar al portero de la finca para que le diera le diera sus llaves. Cruzó la calle al tiempo que un coche iba hacia ella en su misma dirección a toda velocidad. Natalia se paró en seco cuando el coche la alcanzó. Alguien se aproximó y sintió sus manos sobre su cabeza empujándola hacía dentro. El vehículo se abrió. La voz en alto silicio la de ella -Sube, -dijo la voz que salía del coche

No sabía quién era quien la introdujo en el coche.

-Lo siento, no he podido recogerte antes. Vaya día.

Natalia quedó en silencio. Estaba abrumada, confundida y enfadada

-No sabía porque estaba sentada en aquel coche con una persona desconocida. Se preguntaba porque iba vestido de esa manera, le parecía familiar su cara, aunque la máscara que llevaba le tapaba más de la mitad de la cara,unos leotardos dorados y una capa con rosas completaban su atuendo. Al mirar alrededor se dio cuenta del lío que había en la calle y la gente curiosamente iba vestida de forma muy parecida a la de aquel hombre. Era como si todos supieran donde iban, todos iban vestidos de forma parecida a los que había visto por la mañana, al salir de casa, en el ascensor. La cabeza no le dejaba centrarse. El hombre seguía hablando.

-Menos mal que he podido recogerte. Un poco más y,  -¿Recogerme?   ¿Dices? Recogerme ? Pero tú que te has creído ¿cómo te pasas?

-Por qué me hablas así ?

  • Cómo quieres que te hable ? me raptas, no me secuestras, casi me atropellas, ¿cómo quieres que te trate? todavía no sé quién eres…

-Cómo que te he secuestrado ? ¿cómo? ¿qué? cuándo? cuéntame eso. Dime ¿qué está pasando? ¿qué está sucediendo?

En ese momento Natalia comprendió.

-Eres Manuel, eres Manuel. y empezó a pegarle .

-Pero déjame porque me pegas?

Natalia estaba enfurecida, no comprendía porque estaban pasandole y estas tras cosas. Se se vino abajo no pudo más y se deshizo en lágrimas delante de Manuel justo aquello que no quería que no se produjera, justo lo que no había dado lugar a esta situación. Manuel por otro lado no entendía nada no sabía por qué estaba viviendo aquello. Estaba desbordado. Él tampoco entendía nada.

Continuará.

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Obsesión, bergamota y cayena picante

Obsesión, bergamota y cayena picante

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Imaginaba como  sería mostrarse desnuda frente a un hombre, clavaba sus ojos verdes en el espejo, absorta, descubriendo su cuerpo reflejado, tras el paso de sus propios dedos, mientras se soñaba cabalgando sobre el pan caliente del panadero.

Sigue…

En ocasiones, cuando se acariciaba, mordía con rabia algún trozo de pan. Se figuraba que parte del sabor y el olor del muchacho, estarían mezclados con la masa horneada, y que de algún modo, al morderlo, la esencia de Salvador entraría en ella, como el Espíritu Santo al comulgar. Imaginaba a su panadero con el mandil y las manos llenas de harina, agarrando sus muslos y torneándolos a la par… dándole forma humana al fuego divino que abrasaba su piel, amasando sus pechos como dulces “mediasnoches” que cobraban forma entre sus manos.

Soñaba con sentarse en su regazo y hablarle al oído, mientras él rodeaba su cuerpo para despojarla de su ropa, y allí mismo, tumbada sobre la mesa, entregarse extasiada a él, con las piernas encaramadas en la encimera, como mártir consentida que espera ser travesada por la espada de un ángel justiciero o vengador, y pagar, pagar con gusto su pecado.

Pero la realidad es que estaba sola frente al espejo. Ella a solas con sus voluptuosos pensamientos, preparándose para una cita incierta. Ya que Salvador no estaba al tanto del fuego interno que calentaba las entrañas de la dulce y cándida Monny.

Noches atrás, en la comunidad, se había formado un gran revuelo. Al parecer, una nota con una extraña receta había aparecido entre las hojas del suelo en el patio de naranjos, junto al pozo de piedra. Margot, la compañera de cuarto de Penny, fue la afortunada descubridora. Nada más hallarla se inclinó con rapidez y la atrincheró entre sus manos, como un preciado tesoro al que solo ella debería tener acceso. La leyó en silencio y acto seguido corrió a su cuarto, ocultando la nota entre la blusa y el pecho. A simple vista, se trataba de una sencilla receta de cocina, una mezcla de condimentos para un asado quizás. Aunque algo dentro de ella se despertaba rugiendo como fiera dormida. Y se sintió llena de emoción, sin saber muy bien porqué.

El tiempo entre aquellas paredes parecía pasar despacio, mucho más despacio de lo que las impacientes hormonas de las novicias deseaban. Y ocurrió lo que tenía que suceder, que la imaginación de las chicas voló sin remedio, buscando refugio en lugares más cálidos.

20 gotas de aceite esencial de almendras dulces.

2 gotas de alcohol de romero en flor.

10 gotas de agua de rosas + 1 de agua bendita.

5 gotas de perfume de bergamota, una ramita de lavanda, 1gr de cayena molida y media cucharilla de miel de castaño.

Frotar previamente el frasco con guindilla antes de poner a macerar todos los ingredientes.

La joven Margot se deslizó como un ladrón sigiloso hasta las despensas del convento y reunió cada uno de los elementos necesarios, llevándolos hasta su cuarto ocultos en un paño de cocina. Dispuso todos los ingredientes de tal receta sobre la mesilla de noche, y fue rellenando el frasco siguiendo cuidadosamente las instrucciones allí escritas. Los dejó reposar todo el día, mientras afuera se dedicaba a las tareas propias de la comunidad, el estudio y la contemplación. Al caer la noche cuando se retiró a dormir, descalza ya, deshizo el nudo de su ligero hábito y lo dejó caer al suelo y se recostó impaciente, desnuda en la cama, sin dejar de mirar el frasco.

Aquella receta despertaba gran interés en la impulsiva muchacha, que en lugar de pensar en asados, pensaba en perniles. Destapó el frasco con miedo, como si esperara que pudiese brotar de él un genio o un extraño maleficio. Al hacerlo, el perfume de aquellas esencias inundó la estancia, tornando el aire algo plomizo y dulzón. El calor de su cuerpo bajo las mantas de lana le hizo destaparse sofocada, y dejó su figura desnuda a la vista, ofrecida a sus propias manos en misión de reconocimiento.

Volcó unas gotas del elixir sobre su dedo índice, y humedecido, lo pasó por su boca para probarlo. La punta de su lengua se apresuró a recorrer la comisura de sus labios, haciendo que cambiara de expresión varias veces en pocos segundos. Un dulce picor punzante se apoderó de sus sentidos. La mezcla se prometía interesante, se sintió jovial dejando caer algunas gotas también sobre su ombligo. Las gotas siguieron el cauce natural de su cuerpo hasta llegar a la zona sagrada e intocable, esa que una chica como ella, jamás debería tocar con intenciones impuras… Margot apretó los muslos intentando atrapar las gotas que se deslizaban por sus ingles hasta las sábanas. El calor de la guindilla y la suavidad de los aceites esenciales, facilitaron el roce de su dedo índice, que patinaba sin pudor, sobre el pequeño botón impuro, culpable de su arrebato.

La puerta se abrió de golpe, y Monny sorprendió a Margot jugando con su expresivo cuerpo, un torso cálido y pletórico que dibujaba gozosamente bajo sus dedos. Abrió los ojos de par en par y asustada cerró la puerta de nuevo… Se quedó quieta observando a la muchacha, no supo que decir, pero pudo sentir el galope agitado de su corazón. Margot más impulsiva, aunque algo avergonzada, le sonrió, y extendió su brazo ofreciéndole el frasco ya abierto…Y con un susurro que apenas podía entonar con sus temblorosos labios le dijo… ¿Quieres probar? Continuará…

Obsesión, jabón caliente

Obsesión

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Obsesión, jabón caliente

Obsesión, jabón caliente

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Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos sus deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… (sigue)

Pero no siempre el maestro resulta ser un experimentado guía, ni el aprendiz tan cándido, como se presupone…Y es que nunca hay que infravalorar a unas manos inexpertas, ni a una torpe boca, hambrienta…

La mañana de aquel domingo de noviembre se propuso muy fría. Los últimos pronósticos del hombre del tiempo no habían sido nada alentadores. La gente se aprovisionó de leña y víveres para esperar sin miedo, a lo que se prometía la peor nevada en 50 años… La naturaleza salvaje tan solo se hacía eco de la fuerza interior de aquella criatura, desecha en deseos de probar la carne erecta de su adonis panificable, y encontrar así, sentido a la vida misma, y a la torcida voluntad de Dios.

Monny se levantó urgida en dirección al baño, a la búsqueda de su pastilla de jabón de aceite de magnolia. Al tenerla entre las manos comprendió que ya iba siendo hora de reponerla, desgastada de tanto uso…

Y es que la lozana y novicia andaluza, a falta de otros instrumentos con los que jugar, encontró un amable consuelo en la magnolia jabonosa. La delicada y aterciopelada pastilla de jabón que hundía sin compasión en el agua hasta humedecerla, para acto seguido deslizarla sinuosa y rítmicamente, y dejarla atrapada  durante unos segundos entre la curvatura ondulante de sus muslos. De atrás hacía delante… como una ancha lengua lamiendo un incitante helado. Así, tal y como le habían recomendado las hermanas mayores de la comunidad, con el fin de asegurarse una correcta higiene, nada más.

Los impetuosos labios vaginales de Penny afloraban como molletes recién horneados… gruesos, de borde redondeando. Luciendo como impacientes mofletes que desean ser pellizcados. Penny disfrutaba jubilosa de su pequeño descaro volcánico, ese con el que la madre naturaleza le había obsequiado por ser mujer. Su anatomía perfecta le proveía de un sinfín de terminaciones nerviosas, receptivamente dispuestas para deleitarse con el menor roce… El pequeño botón al que ella misma no sabía ponerle nombre, sobresalía como un caramelo que se sostiene derretido entre los labios. Empapando de azúcar todo el borde algodonado de su piel.

Desde que Penny conoció a Salvador, cada una de sus caricias correspondían a un pensamiento fijo, una imagen, la del hijo del panadero. Frente al espejo engarzaba sus dedos con su cabello ondulado. Desnuda, dejando ocultos sus pezones tras una briosa cabellera rojiza y ensortijada. Suspiraba, imaginando como sería mostrarse desnuda frente a un hombre. Volvía a suspirar y clavaba sus hechizantes ojos verdes en el espejo, absorta, redescubriendo su limpio y caliente cuerpo reflejado, tras la caricia de sus párvulas manos, mientras se soñaba cabalgando sobre el apetecible pan caliente, del panadero.

Continuará….

1ª Parte: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/obsesion/

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Obsesión

Obsesión

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Cuando Monipenny dejó del convento por primera vez, tenía dos cosas claras:

Los hombres, no se miran.

Los hombres, no se tocan.

Monipenny salió un día a la calle, con faldas y casi a lo loco. Sin la coraza que le proporcionaba la protección de aquellos muros de piedra. Tapias que tan celosamente guardaban al convento y a sus novicias. Debería estar de regreso a eso de las siete y media, la hora de la decencia, ni más ni menos. Pero aquel día el sol brillaba como nunca, reflejándose descaradamente en los mofletes sonrosados de Penny, que percibió sin darse cuenta, los efectos lascivos de la primavera en su mirada. No es que tuviera la sangre alborotada, ni que quisiera descarrilarse, es que le apetecía más que nada en el mundo, comerse aquellos labios con los que soñaba cada día con sus noches correspondientes.

Nuestra Penny era mona y estaba viva, y las sensaciones le brotaban de abajo hacía arriba. Sentía que algo por dentro le mordía las entrañas cada vez que veía a Salvador Ledesma, el hijo del panadero de la calle del Pez. Le venía ocurriendo cada primer domingo de mes, justo cuando obtenía permiso para salir e ir a buscar el encargo mensual de la madre superiora. Esperaba que Salvador la mirara como se mira a una mujer, no a una joven novicia que duda de su cuerpo, de sus posibilidades y hasta de su fe. Al salir del convento y pisar el callejón se santiguaba una y otra vez. Pero no lo hacía encomendándose a ninguna protección celestial, todo lo contrario, lo que deseaba que sucediera era muy terrenal.

Quería ser amada, que Salvador abrazara sus huesos y su carne. Que hundiera sus dedos en su cuerpo, como si deseara perforar un gran bloque de mantequilla y derretirlo. Fundirse estrechada contra su cuerpo y evaporarse, diluirse como gotas de agua que se pierden en la tormenta. Parece ser que en una ocasión, el chico le mostró cierta parte de su cuerpo, la dureza de su sexo escondido, contenido tras el pantalón. Fue un accidente totalmente premeditado, para ponerla a prueba. Para ver que tan fuerte era su fe y su vocación religiosa. Poco duró su contención y fortaleza, en realidad, no tenía intención de hacerse la digna. Desde ese día, Monipenny tuvo claro, que era mujer y que deseaba con fervor estar con un hombre a solas y desde luego, que ese santo varón no tuviera aspecto de profesor, ni confesor, ni mucho menos que vistiera sotana.

En aquellos días el calor se apropió de Penny. Un rubor ardiente se extendió por su cuerpo, se apoderó de sus candorosos pechos que luchaban por salir de su prisión monacal, explorar, incluso hacer estallar los botones de su blusa, y entregarse… Entregarse al universo para ser engullida por el mundo mismo, ser devorada por la pasión y el vicio incontenible de la carne. Monnipenny frotaba inocentemente su entrepierna con la bolsa de bollos comprados al panadero… cerraba los ojos y mordía sus labios, imaginando ser poseída por el miembro enhiesto de Salvador.

Pero Salvador le repetía… ¡No te obsesiones! ¡No soy ningún apolíneo, solo soy el hijo del panadero! Lo que pasa es que tú ¡te has enamorado, alma de Dios! y ya no sabes distinguir. Y volvía a repetir, ¡No te obsesiones, ¡No te enamores!, ¡No sufras!, ¡No me quieras!, ¡No me extrañes!… ¡No es para tanto, mujer!

Definitivamente era el rey del “No”. Y así se lo hacía saber, aunque en el fondo, estaba deseando deshacerse de todos esos remilgos y amarla de una vez por todas, con todas sus erectas consecuencias. Ella en cambio, era la chica del “sí”… siempre decía, “sí”.

Sí a todo, pero no a todos. Monipenny tenía claro que era él, el chino incrustado en la suela de su zapato, y que esperaría pacientemente, a que él sintiera lo mismo. A que experimentara en su cuerpo ese dolorcito, ese pellizco comprimido a la altura del ombligo que le calentaba el alma… y ciertas partes del cuerpo.

Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos los deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

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LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

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Raquel entró con sigilo y con miedo. Corrían tantas historias sobre aquel lugar, leyendas urbanas según la Dra. Casagrande, que habían construído una imagen dantesca de la cuarta planta de aquella institución. Nunca antes la había visitado a pesar de estar tentada en numerosas ocasiones. Los diferentes empleados, visitantes y residentes relataban espantosos y espeluznantes sucesos. Ninguno se había podido corroborar, pero dado el delicado equilibrio emocional de los que allí moraban, era fácil aceptarlos como verdaderos porque se precibía como una opotunidad de protesta y resitencia ante la posibilidad de establecerse allí de forma permanente. Era la ocasión para reprochar las decisiones de los familiares ansiosos por quitarse el problema de encima. Era como una guerra psicológica que empezaba el mismo día que los hijos resolvían que ya no podían atender a sus padres nonagenarios en condiciones normales en su propia casa. Casi siempre se llegaba a esa conclusión después de varios meses, incluso años, de entradas y salidas del hospital como consecuencia de caídas accidentale, deterioros funcionales, inestabilidad mental, ausencia súbita de signos vitales o una simple gripe que a esas edades era capaz de provocar un quebranto definitivo.

Le sorprendió no encontrar ningún enfermo por los pasillos, con los ojos desorbitados y desgreñados, gritando y enarbolando sus batas y pijamas como armas peligrosas, mientras los celadores intentaban contenerlos y devolverlos a sus respetivas habitaciones. Se adentró por los pasillos com la misma tranquilidad que lo hacía en el primer piso. Las enfermeras que encontraba por el pasillo vestían igual y la saludaban con una sonrisa si cabe más cariñosa. Incluso los gritos sordos que salían de las habitaciones se parecían, pero en este caso no entendía nada de lo que decían. A medida que avanzaba se le desmontaba la idea preconcebida que tenía y eso la reconfortó un poco pensando que su abuela no estaría tan mal allí. Sí percibió que hacía más frío pero pensó que sería para tener más controlados los gérmenes teniendo en cuenta el delicado equilibrio de los inquilinos. Para todo encontraba una respuesta con la que pretendía calmar los remordimientos que sentía.

Cuando entró en el cuarto —no podía tener otro nombre aquel habitáculo indecente— se le vino abajo todo el optimismo que se había generado durante el trayecto inicial. Cuantro paredes, sin ventilación y sin ventanas, ocupadas por dos camas entre las que apenas quedaba un pasillo donde se tenía que entrar de perfil si no se querías quedar trabado. Aquel cuchutril no debería tener más de diez o doce metros cuadrados.

Encontró a su abuela bajo una montaña de mantas con los ojos cerrados y completamente inmóvil por el peso de aquel ropaje. La besó con cariño mientras se le derramaba una solitaria lágrima que se aposentó sobre el rostro de Elena. Esta reaccionó con una emocionada sonrisa a la vez que le indicó que se le acercara al oido.

¿Cómo estás Raquelita?

Triste, muy triste, abuela.

Estoy bien aunque no lo parezca.

¿Por qué lo hiciste?

¿A qué te refieres, hija?

Al espectáculo… A decir que habías sido tú quien había matado a tus compañeras.

En ese momento entró la enfermera con energía como dando por concluido el «modo noche» como si a la mayoría de los enfermos de allí les importara o supieran distinguir si era de noche o de día.

¿Eres familiar de Elena?

Si, soy su nieta preferida.

Pobrecilla, lo que le ha pasado.

Todavía no me lo creo.

Poco importa ya. Ahora no habla ni se comunica. Está en su mundo, en otra dimensión inaccesible para nosotros. Pero le vendrá bien tu compañía.

Vendré cada día, se lo prometí.

Puedes venir cuando quieras, pero ya ves que el espacio es muy limitado.

¿Por qué hace tanto frío aquí?

Ja, ja, ja. Ya sé a qué te refieres. Las malas lenguas dicen que para adaptarse al frío de la muerte que en muchos casos es inminente aquí.

¡Qué crueldad!

La verdad es que llevamos semanas con la calefacción averiada.

No sé qué pensar. Tiene muy mala fama esta planta.

No te precupes, bonita. Son chismes y habladurías infundadas. Tu abuela va a estar bien cuidada aquí. Ya lo verás. Ahora déjame un momento que tengo que tomarles las constantes.

Salió al pasillo y comprobó que había un poco más de movimiento. Se le ocurrió caminar por ellos para echar un vistazó al resto de habitaciones y comprobó que todas eran iguales con la diferencia que en algunas la vida exterior podía entrar todavía por unos pequeños ventanucos. Cabizbaja no podía dejar de pensar en el día anterior cuando su abuela se autoinculpó de los crímenes. No lo entendía, pero ademas sabía que era imposible, que ella no había sido. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta no dejaba de atormentarla.

Ya estoy aquí de nuevo. Puedes abrir los ojos.

Tenemos que ser muy discretas o nos descubrirán…

No te preocupes ahora estamos solas.

Acércate.

Elena le dio un cariñoso tirón de orejas acompañado después de un beso silencioso.

Ya sabes que no me gusta que vayas diciendo por ahí que eres mi nieta favorita.

Pero lo soy, ¿no?

Pero eso no se dice, queda mal.

Yo nunca miento y hablando de mentiras me vas a decir de una vez por qué montaste aquel drama que te ha llevado aquí.

Deberías saberlo, Raquel.

No entiendo.

Lo he hecho por ti. Para protegerte.

Protegerme a mí. ¿De qué?

De ti misma y de la justicia.

Pero ¿qué dices? ¡A ver si te has vuelto loca de verdad!

Dijiste que habías sido tú. Lo vi en tu mirada.

¡¿El qué hice yo?!

Pues eso, matarlas para evitar que me eharan de la habitación. No te culpo lo has hecho por mí, es mi culpa.

Definitivamente estás loca. ¡Yo nos las maté!

Vamos no me tomes el pelo —Elena abrió esta vez los ojos completamente.

¡Yo nos las maté, ni tú tampoco!

Entoces, ¿a qué te referías cuando dijieste que habías sido tú?

Yo presioné a la dirección y a la doctora para que no te trasladaran a otra planta. Para que te dejaran allí, para que no te dieran el alta porque aún no estabas recuperada del todo. Ellos me decían que necesitaban la cama porque había gente más necesitada esperando. Fui infinidad de veces a su despacho implorando comprensión, incluso lo perseguí hasta su casa. Y lo mismo hice con la Dra. Casagrade.

¿Qué..qué… me estás contando mu…mu…muchacha? —tartamudeó Elena.

Creí que habían decidido cerrar la habitación por culpa mía, por haberlos presionado tanto y que te enviarían a casa sin estar bien del todo. Por eso me puse histérica…

Elena ya no pudo contestar. Lloró todo lo que no lo había hecho durante años. Se derrumbó por completo cuando comprendió la dramática situación y lo que era peor: había emprendido un camino sin retorno. Pasadas unas horas dejó de llorar. Se secó las lágrimas ceremonialmente ,miró a su nieta y la abrazó como si fuera la última vez que lo haría. Se le acercó al oído y le dijo:

Quedas liberada de visitarme. Ya estoy muerta.

No dijo nada más. Se dió media vuelta en la cama y dejó que la mirada se le perdiera en la pared. Era blanca y sin ninguna decoración pero a ella ya no le importaba porque así iba a dejar su mente. También dejó de hablar. Raquel la abrazó desconsolada. Se tumbó en la cama junto a su abuela y no dejó de abrazarla hasta que las interrumpió la Dra. Casagrande.

¿Cómo está tu abuela?

Raquel se incorporó y se secó como pudo el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Vealo usted misma —contestó con cierta insolencia.

No llores, tu abuela estará bien. Yo me ocuparé de que así sea.

Mi abuela no se ha vuelto loca, ella no ha matado a las ancianas, es incapaz de hacerlo… Tiene que sacarla de aquí.

Nada me gustaría más. Todo está en manos de la policía… Pero su confesión no ayuda y además desde ayer que se ha quedado como en un esatado de ausencia total. No habla, no se comunica de ninguna manera. Siempre está con la misma postura. Está como cataléptica.

No sé que significa esa palabra, pero no es verdad. Ahora mismo está llorando.

Es una acto reflejo. Suele pasar.

La convesación fue interrumpida por una llamada que entró en el teléfono móvil de la doctora.

Debería venir a mi despacho inmediatamente —le habló al otra lado el director del centro.

Estoy con una paciente. ¿Es urgente?

Mucho. Ha vuelto a ocurrir.

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