Encantamientos de cama

Encantamientos de cama

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LA PESTE ASOLABA la región. Todas las familias habían perdido ya a varios miembros y la enfermedad no perdonaba edad ni sexo.

El único lugar que ofrecía una relativa seguridad era el claustro de San Benito.

Muchos creían que la santidad de sus sacerdotes y su oración eterna y permanente era la razón de esta inmunidad.

Luego de muchos ruegos y cartas al Vaticano, el convento benedictino aceptó cobijar a jóvenes de la aldea que no mostrasen signos de la enfermedad.

El padre Carlos, hombre piadoso y casto, vio llegar al pequeño grupo de seis aldeanos. Fue él, quien primero se asombró de la perfecta belleza de una de las adolescentes.

El rostro de Irene era un fiel retrato de una Madonna  medieval. Su largo cabello rojizo, su piel blanca, sus gestos modestos, le hicieron sentir lo que jamás pensó que sentiría.

Ella le devolvió la mirada con una sonrisa que hizo que su corazón se le desbocara en el pecho.

—Te llevaré a las habitaciones reservadas a visitantes — dijo a la joven

—¿Usted, padre, dónde duerme?— preguntó Irene entre tímida y asustada.

—No temas pequeña, mi habitación está al final del pasillo, nada te sucederá.

Cuando el claustro estaba inundado por el silencio de la noche, ella salió de su habitación sigilosamente. Parecía flotar sobre el piso helado.

Se acercó a la cama del sacerdote y, montándose a horcajadas,  comenzó una danza macabra sobre su cuerpo.

El cura intentó en vano separarse de Irene. Cuanta más fuerza hacía para alejarse de ella, más rápidamente sucumbía a sus encantos.

Aterrorizado y aún sabiendo que perdería su alma, se entregó a ella. Cuando su cuerpo estaba exangüe y su corazón ya casi no latía, ella reveló su forma verdadera: una piel escamosa y unos colmillos y garras afiladas  de súcubo infernal.

Claudia Baralla y Silvia Fernandez

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La Mirada del silencio

La Mirada del silencio

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La mirada recoge silencios
tu ausencia está presente
este vacío bipolar y binario
te rastrea y te sabe inexistente

La huella exenta de tu aroma
no cede su vital espacio,
aunque la locura se asoma
la vida guarda sus resabios

Un hálito desvela al insomnio
el silencio se ha quedado mudo
el verso está pariendo palabras

Hay conflicto en la línea del agravio
los pasos del viento hechos nudo
Y la puerta sin llave que la abra.

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Sueño, llueve

Sueño, llueve

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Sueño que llueve y estás en mis brazos.
La noche juega en fotografía con el calor de mis manos,
y las gotas raídas mojan el corazón que también te sueña.
Transcurre lento el paisaje de madrugada,
y me dejo llevar por el cauce de un río callado
con sabor a tu nombre repetido y a las esferas de besos compartidos.
Me inunda el reflejo del amor que transmiten esas gotas
que golpean a intervalos pacientes
los recuerdos impregnados de raíces.
Me veo en cada uno de los rastros perseguidos de esa lluvia,
en el golpe suave cuando golpea mi cuerpo
y deshace la fragancia de un recuerdo.
En esa irrealidad de una lluvia forastera
veo al niño que ya fui pendiente de tu llegada,
al que se hizo sangre de tu cuerpo,
contenida la emoción de amar el sueño de un misterio.
Sueño que llueve y sueño que tú también estás soñando,
que creamos un ritmo de sueño sin parcelas definidas,
que la lluvia es corpórea y tiene nombre de mujer,
y que transmite en cada roce las caricias que tantas veces soñé.
Y deslizo la fortuna de soñarme suelo,
consumirme en la tierra que bebe tu silencio amoroso,
ser el lodo hollado donde confundimos todos los sueños.
Mis manos abrazan lo que no está,
el líquido que se desprende de tu ausencia,
y me perfilan las lágrimas de la amada que tal vez sí sabe que solo es un sueño.
Se pierde la alegría del destino que juntó nuestros cuerpos,
tierra y agua, me despierta el llanto con que alcanzo la mañana.
No estás, no estoy,
a mi alrededor solo percibo el sueño,
vacío, soñando
que era la muerte.
Y ahí no hay sueño. Ni en nosotros.
Pero sigue cayendo la lluvia,
y entre las gotas y mis brazos,
tu cuerpo.
Llueve.,

Photo by Por mi tripa…

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ESCUCHA

ESCUCHA

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Escucha el silencio,

El silencio que te habla.

Escucha, más allá de la palabra.

Silencia tu mente.

¡Escucha!

 

Escucha más allá de la luz,

Donde la oscuridad te llama,

Donde el origen responde

A tus inquietudes, a tus ansias

¡Escucha!

 

Un mundo amplio, sin límites,

Ante ti se alza.

Sólo silenciando esta mente

La otra “Mente” alcanzas.

Este silencio absoluto

está lleno de palabras.

 

Sé paciente si no oyes, se paciente;

Escucha y calla.

Inténtalo de nuevo, solo, ¡Ten confianza!

 

Porque a los necios no les es dado

El sonido del Universo,

Ni la Palabra Sagrada.

 

Sé paciente, escucha y calla.

Silencia tu mente inquieta, y…

Más allá de las palabras,

Se abrirá tu horizonte

Y encontrarás e futuro que te aguarda.

De mi libro “Imagínate”

 

 

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