Silencio.

Silencio.

4.00 Promedio (160% Puntuación) - 2 Votos

Cerró la cancela y corrió las cortinas. Necesitaba estar un tiempo a solas consigo mismo, para, como antaño, llegar a escuchar la cadencia acompasada de cada latido de su corazón. Sin duda, se trataba de una reminiscencia de su etapa fetal, en la que, cobijado en el útero materno, tan sólo lo acompañaba ese sonido rítmico junto a la sensación de saberse a salvo…

Y, para llegar a ese estado, anhelaba el más absoluto silencio, hasta tal punto, que éste se volvía tan indispensable como el aire que llenaba sus pulmones para seguir respirando, para continuar viviendo…

Hacía tiempo que había comprendido que la vorágine de la vida moderna junto a su estresante sistema de verse obligado a “funcionar” a un ritmo frenético, anulaba la individualidad y la particular manifestación de cada ser humano, no permitiendo su evolución al tener que sacrificar su desarrollo, aglutinado por una masa despiadada que sólo alentaba la productividad. Un modelo obsoleto destinado a fagocitarse a sí mismo con el paso de los años.

Hasta que llegara ese momento, él tan sólo podía hacer lo que ya estaba haciendo: desconectarse a ratos y fabricarse su propio mundo para volver a sintonizar con su verdadera esencia, la que no sabe de razonamientos, la que se deja llevar… sin horarios, sin presiones, sólo queriendo ser, sin más…

©Sonia.Ramos 2018

4.00 Promedio (160% Puntuación) - 2 Votos
Turno de noche (Parte 1)

Turno de noche (Parte 1)

4.67 Promedio (280% Puntuación) - 3 Votos

Intentaba matar el tiempo de cualquier manera posible; metió la mano dentro de uno de sus bolsillos de su pantalón y se topó con tres canicas.

Esa misma tarde, había estado jugando con su sobrino, en casa de su hermana.

—Te las regalo, le había dicho.

—Son las canicas de la suerte.

Le contestó con un gracias, bastante desganado, que su hermana escuchó reprendiéndolo con la mirada.

Las horas se le hacían eternas en aquel pequeño cubículo; llevaba sólo dos meses en aquel trabajo, pero su sensación era de llevar mucho más tiempo.

Era vigilante de seguridad del depósito de cadáveres que estaban pendientes de ser reconocidos por algún familiar, después de haber sufrido un accidente o de hacerles una autopsia.

Sus amigos se reían de él, le gastaban bromas y le preguntaban que qué tal las cañas con sus compañeros de trabajo; e incluso si había alguna compañera que estuviese buena.

A él le daba lo mismo lo que pensaran; estaba de acuerdo con que el trabajo era aburrido, pero pagaban bien y no tenía que discutir con nadie, sólo tenía que vigilar; pero, ¿vigilar qué? Fue lo primero que le dijo al entrevistador dos meses antes, a lo que aquella persona respondió mirándolo a los ojos:

—A los muertos, tienes que vigilarlos bien, nunca subestimes a un muerto.

Aquello le hizo gracia y nunca más volvió a ver a la persona que lo contrató.

Faltaban más de cuatro horas para finalizar su jornada, los párpados empezaban a pesarle; dio la última calada a su cigarro, cuando el ruido de una puerta hizo que se levantara de la silla.

Giró la cabeza; el causante del portazo parecía una ventana situada al final del pasillo, aunque no notó en ningún momento ninguna corriente de aire.

Se levantó desganado y fue caminando por el angosto pasaje hasta llegar a donde estaba la ventana; se asomó por ella, la noche estaba tranquila y en el cielo se posaba una luna llena redonda, que le resultó gigante e inmensa; entonces escuchó algo, ese sonido le resultó extrañamente familiar, se giró y afinó el oído. Era un tintineo de algo, sonaba muy claro, pero no lograba descifrar qué podía ser, hasta que vio rodar hacia él la primera canica al principio del pasillo. Él no se movió, la miró y sintió un estremecimiento; de repente, una segunda canica, entonces los ojos se le abrieron como platos y quedó expectante a esperar a la tercera canica. Agudizó más el oído y escuchó el golpeteo de lo que supuestamente era la tercera canica contra la mesa. Al instante la vio aparecer con más fuerza que las anteriores, e iba directamente hacia él.

 

4.67 Promedio (280% Puntuación) - 3 Votos
Encantamientos de cama

Encantamientos de cama

4.60 Promedio (459% Puntuación) - 5 Votos

LA PESTE ASOLABA la región. Todas las familias habían perdido ya a varios miembros y la enfermedad no perdonaba edad ni sexo.

El único lugar que ofrecía una relativa seguridad era el claustro de San Benito.

Muchos creían que la santidad de sus sacerdotes y su oración eterna y permanente era la razón de esta inmunidad.

Luego de muchos ruegos y cartas al Vaticano, el convento benedictino aceptó cobijar a jóvenes de la aldea que no mostrasen signos de la enfermedad.

El padre Carlos, hombre piadoso y casto, vio llegar al pequeño grupo de seis aldeanos. Fue él, quien primero se asombró de la perfecta belleza de una de las adolescentes.

El rostro de Irene era un fiel retrato de una Madonna  medieval. Su largo cabello rojizo, su piel blanca, sus gestos modestos, le hicieron sentir lo que jamás pensó que sentiría.

Ella le devolvió la mirada con una sonrisa que hizo que su corazón se le desbocara en el pecho.

—Te llevaré a las habitaciones reservadas a visitantes — dijo a la joven

—¿Usted, padre, dónde duerme?— preguntó Irene entre tímida y asustada.

—No temas pequeña, mi habitación está al final del pasillo, nada te sucederá.

Cuando el claustro estaba inundado por el silencio de la noche, ella salió de su habitación sigilosamente. Parecía flotar sobre el piso helado.

Se acercó a la cama del sacerdote y, montándose a horcajadas,  comenzó una danza macabra sobre su cuerpo.

El cura intentó en vano separarse de Irene. Cuanta más fuerza hacía para alejarse de ella, más rápidamente sucumbía a sus encantos.

Aterrorizado y aún sabiendo que perdería su alma, se entregó a ella. Cuando su cuerpo estaba exangüe y su corazón ya casi no latía, ella reveló su forma verdadera: una piel escamosa y unos colmillos y garras afiladas  de súcubo infernal.

Claudia Baralla y Silvia Fernandez

4.60 Promedio (459% Puntuación) - 5 Votos
La Mirada del silencio

La Mirada del silencio

4.83 Promedio (579% Puntuación) - 6 Votos

La mirada recoge silencios
tu ausencia está presente
este vacío bipolar y binario
te rastrea y te sabe inexistente

La huella exenta de tu aroma
no cede su vital espacio,
aunque la locura se asoma
la vida guarda sus resabios

Un hálito desvela al insomnio
el silencio se ha quedado mudo
el verso está pariendo palabras

Hay conflicto en la línea del agravio
los pasos del viento hechos nudo
Y la puerta sin llave que la abra.

4.83 Promedio (579% Puntuación) - 6 Votos
Sueño, llueve

Sueño, llueve

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Sueño que llueve y estás en mis brazos.
La noche juega en fotografía con el calor de mis manos,
y las gotas raídas mojan el corazón que también te sueña.
Transcurre lento el paisaje de madrugada,
y me dejo llevar por el cauce de un río callado
con sabor a tu nombre repetido y a las esferas de besos compartidos.
Me inunda el reflejo del amor que transmiten esas gotas
que golpean a intervalos pacientes
los recuerdos impregnados de raíces.
Me veo en cada uno de los rastros perseguidos de esa lluvia,
en el golpe suave cuando golpea mi cuerpo
y deshace la fragancia de un recuerdo.
En esa irrealidad de una lluvia forastera
veo al niño que ya fui pendiente de tu llegada,
al que se hizo sangre de tu cuerpo,
contenida la emoción de amar el sueño de un misterio.
Sueño que llueve y sueño que tú también estás soñando,
que creamos un ritmo de sueño sin parcelas definidas,
que la lluvia es corpórea y tiene nombre de mujer,
y que transmite en cada roce las caricias que tantas veces soñé.
Y deslizo la fortuna de soñarme suelo,
consumirme en la tierra que bebe tu silencio amoroso,
ser el lodo hollado donde confundimos todos los sueños.
Mis manos abrazan lo que no está,
el líquido que se desprende de tu ausencia,
y me perfilan las lágrimas de la amada que tal vez sí sabe que solo es un sueño.
Se pierde la alegría del destino que juntó nuestros cuerpos,
tierra y agua, me despierta el llanto con que alcanzo la mañana.
No estás, no estoy,
a mi alrededor solo percibo el sueño,
vacío, soñando
que era la muerte.
Y ahí no hay sueño. Ni en nosotros.
Pero sigue cayendo la lluvia,
y entre las gotas y mis brazos,
tu cuerpo.
Llueve.,

Photo by Por mi tripa…

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: