Mi flexo. Carta de amor a una lámpara de escritorio.

Mi flexo. Carta de amor a una lámpara de escritorio.

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Mi flexo. Carta de amor a una lámpara de escritorio

Aquí me siento, otra vez. Una más entre tantas y tantas, a mi mesa de despacho, en mi sillón, sin más iluminación que la que chorrea la bombilla del aplique y el resplandor de mi ordenador reflejado en los folios manuscritos. Mi flexo alumbrando en la oscuridad es la llama y la brasa en el hogar. El salón donde miro el fuego. El haz de luz sobre mis papeles, es la campana de mi chimenea. Me absorbe, me hipnotiza. me hace sentir y pensar. No cabe un viaje mejor para mí que el que recorro sin separarme del escritorio. Recordando, pensando, imaginando, razonando, escribiendo. Convocando a las musas, como quien se frota una herida. Una herida de soledad, pero no necesariamente de tristeza. Como quien atiza rescoldos, bien sea para apagarlos o para reavivar la lumbre, yo aviento mis propios pensamientos con un fuelle de palabras e ideas, avivando sentimientos y pasiones o tratando de serenarlas. Yo soy la leña que se prende y se consume, mientras mi vida poco a poco se va convirtiendo en humo hasta desaparecer.

 

Me he encerrado yo mismo en la prisión de mis pensamientos. No sé si es egoísmo, o es miedo, apatía, creatividad o duda. Pero aquí estoy, con mi lámpara encendida, en medio de una celda oscura, soñando crímenes y amores; besos y asesinatos. Filosofando o confesándome ante el inapelable testigo que es el papel, a quien de nada sirve engañar ya que me corrige sin miramientos cuando trato de mentir y hasta se burla a veces de mí.

Hemos viajado juntos muchos días y las mil y una noches, mi lámpara y yo, sobrevolando mundos posibles e imposibles, juntos y aferrados a mi mesa, como en una alfombra mágica. Y hoy… Tantas horas han sido que siento ya deseos de plantearte una despedida. Durante estos años, flexo mío, llenos de zarpazos, no has logrado curarme del todo vendando con gasas de ficción sobre sangre y laceraciones reales. He permanecido en la oscuridad, pensando que arraigaba en penumbra. Pero no era penumbra: era la oscuridad. Como un animal cautivo, troglodita que sale de su cueva solo cuando le echan la comida fuera, y luego regresa a su caverna, a su agujero cavado en tierra como una tumba.

 

Querido flexo, te he de confesar algo y sé que te va a doler: siento fuertes deseos de iniciar una nueva etapa en mi organización y en mi vida, y es una etapa en la que no cuento contigo, porque es precisamente una fase sin ti, o al menos, en la que vas a pasar a un segundo plano. No es un despido ni un divorcio. Voy a salir. Quiero escribir con otras luces, en otras sombras, desde diferentes entornos; al abrigo de distintos rincones, atravesando nuevos recovecos, o al sol de la mañana, o por la noche, bajo estrellas, junto a un río, o en la montaña y a la intemperie. Tú y yo seguiremos siendo lo que nunca debimos dejar de ser: los mejores amigos del mundo. Pero ahora debo tomar aire más fresco para respirar mejor. Trataré de dejar aquí contigo mi pereza y mi asma. Debo cargar mi memoria de experiencias nuevas. Sabes que soy demasiado joven y que además siempre lo seré. Nos seguiremos viendo con regularidad si tú quieres, pero he de sacar del ropero mis botas viejas y salir a desgastar más las suelas y a atesorar imágenes diferentes, porque cada atardecer es siempre distinto y no voy a perderme ni uno más.

Mi querida lámpara de mesa: te he querido mucho, te voy a seguir queriendo y siempre te amaré. Pero mañana escribiré sobre el colchón de una pensión barata, o en el hall de un hotel, tumbado en un banco de la Gran Vía, o en un vuelo transoceánico, o compartiendo la charla de algún pastor en el repecho de un monte. Desde una oficina quizás, o mejor, bebiendo en compañía de dos meretrices dentro un burdel. Nuevos tiempos. Para que mi fuego no se apague, y antes de que mi vida se desvanezca en humo hasta desaparecer consumida entre paredes. A partir de hoy escribiré caminando, pero como un pervertido, te contaré con todo detalle lo ocurrido con cada una de las nuevas luces con las que te habré sido infiel, para después hacerte el amor con mayor placer, si es que tal cosa fuera posible. Pero tú sabes que nunca podré abandonarte del todo y que, en mi vaivén, siempre regresaré a ti, que eres mi orilla favorita del mar.

 

Regresaré. Te quiero.

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Matices

Matices

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Mario Pinto ha introducido un texto como noticia del que me ha apetecido comentar. ¿Me tocaba escribir hoy? Pues ya lo tengo. Recomiendo leer primero el artículo de Mario. ¡Eh, pero luego volved y leedme a mí también! ¿De acuerdo?

https://desafiosliterarios.com/noticias/el-amor-y-la-nieve/

Divertida preocupación, la que nos traes, Mario. Ten en cuenta que los fineses, aún distinguiéndolos de los lapones, ven mucha más nieve que el mundo de nuestro idioma en general. Yo estoy siempre a favor de los matices. Por ejemplo las conjugaciones verbales españolas están plagadas de matices muy finos. Pero los matices tienen un problema. Hay que introducirlos primero en los cerebros y hoy día hay mucha gente cuyas neuronas carecen de tanta finura. La gente acabará hablando como los apaches en las películas del Oeste, porque igual que podría sobrar a un daltónico el nombre del color marrón o el del verde, ya me dirás tú para qué quiere un visionador actual de telebasura distinguir entre amor, pasión, veneración, subyugación, idolatría, cariño, encoñamiento, enamoramiento, seducción, ternura, necesidad, amorío, apego, aproximación, atracción, debilidad, noviazgo, morbo, culto, fervor, dominio, adaptación y vivienda adquirida con crédito hipotecario, por mencionar distintos tipos de unión de pareja.

En España tenemos (también) un programa llamado First dates. Dos desconocidos quedan a cenar ante las cámaras y les preguntan luego si quedarían otra vez. Abundan respuestas tan sutiles como: “sí, quedaría con él porque me gusta que tengan tatuajes los tíos”, “demasiado rubio”, “es qe me gustan las tías con el pelo más largo”. Ante ese nivel, ante cerebros tan primarios… se ha abierto paso con fuerza una expresión de las últimas décadas: “poner”. Esa tía me pone mucho, ese tío no me pone, no me pone nada. Me pone mogollón… En fin, matices…

Y a mi me lo cuentan así en sus relatos y me preguntan preocupados. ¿Te parezco demasiado cursi aquí, cuando digo que “me ponía un montón”?

Tú pregunta. ¿Matices? Te dirán, no, no m´atices, que t´atizaré yo más.

Photo by Sili[k]

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De nuevo buen tiempo

De nuevo buen tiempo

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Con la llegada del sol y el buen tiempo, Madrid se ha cubierto de cometas invisibles, igual que otros años, solo que esta vez antes de lo normal. Como su nombre indica, no pueden verse, pero se nota que están ahí y que se agitan y dan volteretas sobre la ciudad. Si nos fijamos bien, hay un cierto brillo, invisible también, en el azul del cielo. Los ojos lo notan. Producen un raro desenfoque, el cual provoca abrir más los párpados, en vez de cerrarlos como solemos hacer ante un deslumbramiento corriente. No se ha descrito hasta ahora ningún caso de conjuntivitis asociado a esta manifestación atmosférica. Sin embargo, estos reflejos de las cometas invisibles hacen que la adrenalina fluya aumentando el ritmo de las palpitaciones, lo cual produce ganas de correr y de saltar, estirar mucho las piernas, y hasta arrancar por ejemplo una hoja de un árbol difícil de alcanzar con la mano en condiciones normales. Los hilos que sujetan estas cometas, también imposibles de captar por el ojo humano, se sabe que parten de diversos lugares de la Sierra y otros puntos del horizonte. Se detecta este fenómeno también durante lapsos muy inferiores a la centésima de segundo mirando en superficies lisas, transparentes y limpias, como en el estanque de cualquier parque, donde lo hubiera, o en unos ojos que sean tan grandes y bonitos como los tuyos. Solo así, y si se fija uno bien, allí veremos, o pensaremos que creemos ver, las cometas invisibles que cubren el cielo.

Si tienen preguntas al respecto las responderemos en orden de llegada, aunque más tarde, porque yo me voy a la calle, ya que no aguanto sentado ni un minuto más.

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El lápiz mágico

El lápiz mágico

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Recibí un mensaje en el móvil, era Juan. Insistía que fuera a su tienda, un local lleno de antigüedades y objetos extraños. Tenía algo que enseñarme, alguien había dejado una caja antigua en el local junto con una nota, el sms no mostraba nada más y eso me dejó algo intrigado.
Conseguí hacer un hueco por la tarde, sobre las siete, creo que eran. Había anochecido y no había nadie en las inmediaciones de la tienda, incluso de lejos, el local parecía estar cerrado. Juan decía que los objetos antiguos resaltan más con escasez de luz, y por ello siempre tenía la tienda en penumbra.
De la puerta colgaba un viejo letrero: “Cerrado”. Algo que me extrañó, porque la tienda solía estar abierta hasta las nueve, además, Juan quería que fuera a verle. Me iba a ir cuando me acordé del timbre, así que llamé y esperé. Un momento después me abrió, me fijé en su cara, estaba más seria que de costumbre. Cuando entré, volvió a cerrar la puerta con llave, no dije nada, pero me extrañó y la curiosidad se intensificó.
Tuvimos que cruzar la tienda hasta llegar al pequeño almacén, que, a veces, servía como taller, por suerte allí había más luz. Entró delante de mí y se hizo a un lado sujetando la puerta hasta que estuve dentro, después la cerró. A esas alturas, la curiosidad fue dando paso al miedo, comenzaba a estar asustado. Me quedé allí de pie, no sabía muy bien qué hacer, le observaba. Fue entonces cuando me percaté que aún no había hablado desde que entré, ni siquiera al abrirme la puerta.
Me acerqué a la mesa, apenas lo miré a la cara. Estaba observando un pequeño cofre, poco más grande que un palmo, de color marrón, la madera se veía vieja. Me llamó la atención la forma en que estaba hecho, parecía de un tiempo lejano. También había una nota al lado del cofre que, curioso, comencé a leer ante la silenciosa mirada de Juan. Noté como según leía, la frente se me arrugaba, apenas había dos renglones escritos a mano. La caligrafía parecía ser antigua, muy clara para estar escrita a mano, en cambio el papel se notaba que había sido arrancado de algún cuaderno. Cuando terminé de leer miré la pequeña caja, dentro debía haber un lápiz con propiedades mágicas que fue creado por un alquimista.
Con nerviosismo quité el seguro que bloqueaba el cierre, apreté un botón y abrí la tapa con suavidad. Sobre una tela roja, que cubría la madera por dentro, descansaba algo que nunca antes había visto, tenía un extremo más puntiagudo que el otro y extraños grabados en toda su longitud, era frío al tacto y muy ligero. Costaba imaginar que aquello fuese un lápiz, o al menos no se asemejaba a los que se usan en la actualidad, no tenía carboncillo en su interior para poder dejar la marca a su roce con el papel.
Juan comenzó a hablar, su voz me cogió de sorpresa, esa fue la primera vez que habló desde que llegué. Dijo que había estado buscando información en Internet. Había encontrado un artículo que hablaba del lápiz mágico en una revista de investigación online, donde decía que su leyenda se remontaba al siglo IV. Con él se habían dibujado cosas que luego ocurrieron, también se usó para cruzar a otros mundos a través de puertas que se trazaban en el aire, se redactaron tratados de paz que eran imposibles de imaginar, creó grandes obras literarias, aunque su escritor no supiese escribir, incluso grandes edificios se levantaron adelantándose a su época gracias a sus trazos en el diseño. Ante nosotros teníamos el lápiz que demostraba que su leyenda era cierta.
Nos quedamos un tiempo en silencio, no dejaba de mirarle. Reconozco que hubo un momento que creí que me estaba gastando una broma. Sus palabras se repetían en mi cabeza. Si era cierto todo lo que decía, ¿los grandes avances de Einstein podrían ser fruto del lápiz?, ¿o si El Quijote lo escribió Cervantes con la ayuda de la magia?, ¿o el diseño de la cúpula de la catedral de Milán que hizo Da Vinci? Algo así cambiaría la historia tal y como la conocemos.
Fui a decir algo, pero la voz de Juan se me adelantó.
—¿Y tú qué crees que ocurrió?

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El nombre del perro (fragmento)

El nombre del perro (fragmento)

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Aquel día de abril Juan estaba rabioso. Se había propuesto cambiar su vida de una vez por todas, pero no tenía la sensación de que su camino se estuviera aclarando lo suficiente. Tenía todos los frentes abiertos. Su mujer le amargaba la vida continuamente. Se sentía abocado al divorcio a corto plazo. Las amistades ya no le interesaban, o quizás no le habían interesado nunca. No soportaba relacionarse en la vida entre matrimonios, porque eso le parecía más un paripé que verdadera amistad. Sin embargo, tras años y años de indecisión entre hacer las cosas por el medio más convencional o por el propio, tenía que admitir que había sido incapaz de crearse un mundo, un estilo de vida que le abrigase.

(…)

Agobiado por aquellos pensamientos, decidió ponerse un chándal y salir a correr por el parque cercano al barrio. Salió de modo casi furtivo, porque le pareció preferible que su familia no le viera realizar ese pequeño acto de independencia o de confusión. De independencia, porque no solía hacer nada que no estuviera en función de lo que mejor fuera para todos los suyos. Si alguien le pedía que le ayudase, les ayudaba. Si necesitaban que papá les llevase en coche, les llevaba de inmediato. Si su mujer le pedía que la acompañase a una tediosa revisión de tiendas de ropa de mujer, él lo hacía. Había entendido durante un tiempo que aquello era parte del papel reservado a cualquier marido. Y esa iniciativa personal e independiente de salir a correr, denotaba también cierta confusión, puesto que cuidar su forma física no era lo que más necesitaba en aquella fase de su vida. Sentía que postergaba otras acciones más importantes. Y al sentirse culpable, creía que todos podían advertirlo, tanto su esposa como los niños y hasta el perro podían percibir que estaba confuso y perdido. Es más, se sintió radiografiado por el conserje al atravesar la puerta y por los vecinos con los que se cruzó intercambiando una sonrisa de forzada cortesía.

Comenzó a trotar pero a los diez o doce pasos dejó de hacerlo y siguió caminando. ¿A quién pretendía engañar? A él mismo, claro, pero le resultaba imposible. Estaba deprimido y su fuerza de voluntad no aportaba el suficiente impulso como para comenzar en serio con ese plan deportivo. Se limitó a caminar. Y se sintió ridículo. ¡Ponerse el chándal para caminar un rato!

Cuando él veía a otro señor paseando solo por el parque, le parecía raro. Hacía falta algo, una excusa, para hacer lo mejor que se podía hacer en la vida, que muchas veces no era otra cosa que pasear y disfrutar del día. ¿No era eso absurdo? Llegó a la conclusión de que algunos compraban perros a sus hijos por tener una excusa para salir a pasear a solas, llevando al animal. Juan tenía perro también, pero le molestaba el empeño con el que se ponía a olfatear los rincones más sucios de la calle. Lo que le faltaba para animarse, era salir y quedarse con las imágenes de todas las inmundicias que tanto interés provocaban a la mascota loca de sus hijos. No se llevaba bien con aquel animal desobediente y tenía importantes motivos. El primero es que era un perro pequeñajo y ridículo. Era un perrillo para viejas, de esos que caben en el bolso. En segundo lugar, parecía no estar en sus cabales. De pronto se frenaba y había que tirar de él. Aunque pesaba poco, el perro enano aplastaba la tripa contra la acera y parecía quedarse pegado. La gente le miraba como si fuera un criminal cuando lo llevaba a rastras de la correa. Una señora mayor le recriminó en cierta ocasión y le dijo: “hay gente que no debería tener animales”.  Y otra le hizo una oferta por el animalejo, como quien trata de salvar a la perrita desesperadamente de su amo maltratador. Al final no le quedaba más remedio que cogerlo con sus manos y atenerse a las alérgicas consecuencias de tocarle. Picores y estornudos. Ese era el tercer problema. ¿Qué importaba eso? Como decía su mujer: ¿acaso les quitaría a los niños aquel animalito tan inocente y mono, al que realmente sus hijos jamás hacían algún caso? Solo de pensarlo ya le estaban entrando ganas de estornudar. Pero había un cuarto inconveniente en el bicho. Era el nombre. ¡El nombrecito! Dios, él no podía salir a la calle a pensar en los problemas de su vida con una perrita que se llamaba Jasmín.

Entonces vio a dos de sus vecinos en el parque con sus respectivos perros. Vaya lata. Se sintió obligado a acercarse un momento.

-Hola, Juan. Aquí paseando a los animales. ¿No has traído a tu micro perro? -le preguntó uno de ellos.

-No, no me gusta mucho, la verdad. Es de las niñas… Pero me gustan los vuestros…

Uno de ellos era un caniche y el otro un gran danés.

-¿Cómo se llama el perro de tus niñas? -le preguntaron.

-Pienso.

-No entiendo. ¿Dices que se llama así o que estás tratando de recordarlo?

-Se llama Pienso.

-Pienso… ¡Qué nombre tan raro!

-Inspirado en Descartes. ¿Verdad? Cogito ergo sum. Pienso luego existo. Realmente esa frase procede de españoles como Gómez Pereira y  Agustín de Hipona -dijo el vecino catedrático.

-Puede ser, puede ser… Pero mi perro se llama así porque cuando le hecho de comer me niego a nombrarlo con el nombre que le puso mi mujer. Así que solo sacudo el saco de comida para perros como si fueran maracas y digo: ¡Pienso! ¡Pienso! Y entonces el bichillo viene a comerse su pienso, corriendo con sus lacitos, sus cascabeles y con su corte de pelo, mucho más caro que el de nosotros tres juntos.

Los vecinos rieron y en ese sentido todo iba bien hasta que uno de ellos, que era padre de un niño amigo de sus hijos le dijo:

-Tu hija estuvo el otro día en nuestra casa y estuvimos hablando… Y sé cómo se llama tu micro perro. Se llama Jasmina.

El dueño del gran danés estalló en una gran carcajada y Juan hizo un gesto como reconociendo cómicamente su frustración, pero cuando vio que el dueño del caniche, el que le había delatado, también se burlaba, le miró con mala cara. Éste le dijo:

-No te ofendas, Juan. Te comprendemos. La verdad es que es una “chochez” de nombre.

-Sí que lo es. Lo sé y lo reconozco. No debí consentirlo. ¿Y el tuyo cómo se llama?

-Es una perrita. Se llama Melody.

-¡Melody! ¿Melody? ¡Vaya mariconada también!

Y los tres vecinos se doblaron de risa a la vez y se sintieron por un instante amigos, hasta que el gran danés empezó a ladrar con una voz más propia de un león que de un perro. ¡Aquello sí que imponía respeto!

-¿Cómo se llama este monstruo tuyo?

-¡Déjanos adivinarlo! -dijo Juan- ¿Scooby Doo?

-No.

-¿No?

-No, no, de verdad. No se llama Scooby.

-¡Qué raro! ¿Y cómo se llama entonces?

-Se llama “Sobras”

Juan y el propietario del caniche se miraron afirmando con la cabeza, como diciendo, ese sí que tiene suerte… y lo que hay que tener: un gran danés, ahí está,  y se llama Sobras.

-De mayor quiero ser cómo tú. Tienes un perrazo de verdad, y su nombre… nada que ver con películas de Walt Disney u otros dibujos para niñas. ¡Tú sí que llevas los pantalones en tu casa!

-En el fondo es como el falso nombre de tu perrita Jasmín. Tú le das pienso y yo le doy sobras,

-Ah, Sobras… ¡De las sobras! -dijo Juan sorprendido.

-Sí, claro, Sobras, por las sobras. ¿Por qué iba a ser si no?

-Creía que era un nombre griego.

De nuevo empezaron a reírse de la tontería…

-Pues no. Más bien se refiere a restos de pollo y ensalada, mezclados con pan duro -explicaba el otro como revolviendo la mezcla con la mano.

Cuando los tres convecinos terminaron de reírse, Juan se despidió diciendo que debía seguir corriendo.

-¡Pero si no estabas corriendo! -y volvieron a carcajearse los tres.

Juan se despidió riendo y se alejó haciendo como si fuera un veterano del running mientras los otros le decían.

-¡Juan, estás disimulando! ¡Se nota que no quieres correr! Que te vas a asfixiar.

Y era verdad. Pero siguió sin parar hasta que creyó que los troncos de los árboles y el atardecer ya ocultaban su chándal.

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