Palos de ciego

Palos de ciego

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PALOS DE CIEGO
“Estoy triste porque nadie me regala un río”
Jaime Sabines.

Los motivos del insomne y su desvelo
son temores que recrudecen con el día.
Y se necesita una caricia de sosiego.

La vieja costumbre de alzar el vuelo
se ejercita ante la página vacía.
La vida sigue dando palos de ciego.

Estoy triste porque no tengo un río
limpio, y semejante a tu Guadalquivir.
La esperanza, insalvable en el hastío.

Los sueños que se mueren por vivir
refugiándose en la página y su estío,
vacío obseso que te busca en su latir.

Anclo en el remanso de tu vientre,
-préstamo del cielo para el futuro-
antes que el olvido me encuentre.

Sigo tus pasos como un perdido
entre aposentos vacíos y oscuros
que el tiempo ha dejado vencidos.

Y va mi huella buscando postigo,
que Dios nos ampare en lo duro;
estoy en deuda de amor, doliente.

Te dejo mi abrazo de abrigo
y un beso que saque de apuros
cuando la vida te enseñe los dientes.

Cuando la luna se duerma conmigo
y el sol me despierte naciente
veré la luz que nace en tu sino

Sin ser el ciego que vive silente.
Mi letra ha encontrado su delirio,
-que Dios nos ampare por siempre-

Y resguarda los apegos desvalidos
que la vida nos reserva sin pariente
en la esquina solitaria sin ausentes.

En la esperanza del proscrito revalido
la fe del regreso que firmo y juro.
con un canto que sea augurio de futuro.

Y acuse las dolencias del presente.
Yo me caso con la musa, y sin perjurio
acopio versos escritos en su vientre.

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La Mirada del silencio

La Mirada del silencio

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La mirada recoge silencios
tu ausencia está presente
este vacío bipolar y binario
te rastrea y te sabe inexistente

La huella exenta de tu aroma
no cede su vital espacio,
aunque la locura se asoma
la vida guarda sus resabios

Un hálito desvela al insomnio
el silencio se ha quedado mudo
el verso está pariendo palabras

Hay conflicto en la línea del agravio
los pasos del viento hechos nudo
Y la puerta sin llave que la abra.

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Vacío

Vacío

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Hoy le preguntaré al cielo
qué pasó con tu mirada,
adónde se fue tu sonrisa,
adónde se fueron las ganas.
Por qué me dejaste vacía,
sin espacio para nada,
sin estrellas en la noche
ni luz en la madrugada.

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TODA UNA VIDA

TODA UNA VIDA

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Reconocía la canción que escuchaba, aunque no sabía de dónde procedía. Esa melodía le reconfortaba en aquel que parecía ser el último momento de su larga vida.

Tenía los ojos cerrados. No los podía abrir aunque pusiera en ello todo el empeño. Una poderosa fuerza se lo impedía. Esta había entrado en forma de frío líquido por las venas. Notó cómo entraba y subía por el brazo. Al instante se quedó sumida en un sopor relajante y agradable. Sintió como se separaba de su cuerpo y se observó allí tumbada en la cama. Tenía el ceño fruncido, la piel con un tono azulado y la respiración lenta y dificultosa. El aire apenas llegaba a los pulmones y la garganta emitía sonidos sordos que rompían el silencio, ahora sí, sepulcral. Lo que veía era un cuerpo agonizando y en cambio ella estaba sosegada. Invadida por una paz que jamás había experimentado. No comprendía esa contradicción, aunque ya no le importaba. Esa formaba parte de un mundo del que se alejaba.

No estaba sola en la habitación. Una mujer menuda y laboriosa estaba pendiente de todo lo que allí sucedía. Era la misma enfermera que la había cuidado de forma extraordinariamente cariñosa las últimas semanas. Milagros no era un familiar, pero la quería como si lo fuera. Era como su “Ángel de la guarda” allí dentro. Sabía que hacía más de lo que le correspondía. La vio nerviosa y agitada mientras comprobaba que no era una falsa alarma. Le cogía de la mano, le susurraba cosas al oído, le secaba el sudor frió. Daba vueltas por la habitación pensado en el siguiente paso. Dudaba. Una lágrima desbordó los enormes ojos negros. No pudo reprimirla.

Aguanta un poco, Elena. Ahora vengo.

Salió a toda velocidad y se dirigió a la enfermería. Cogió su teléfono móvil y se puso a buscar una canción. Recordó una conversación que había tenido con Elena hacía poco más de un mes. Le acababan de informar de que a aquella entrañable anciana le quedaban pocas semanas de vida. Le había cogido cariño. Sobraban los motivos para ello.

Elena. ¿Qué música te gusta?

Toda. Me da mucha vida.

¿Qué quieres escuchar ahora?

Me gusta Antonio Machín.

Cada vez que tenía oportunidad, Milagros se la llevaba a su despacho y le ponía canciones de Antonio Machín. Elena respondía con agradecimiento infantil: sincero y alegre. Movía los brazos intentando coger el compás de la música. Hacía un año que la silla de ruedas le impedía bailar.

Regresó corriendo a la habitación. Elena seguía respirando aunque su lividez era ya muy evidente. Le puso el teléfono en la oreja y comenzó a sonar el famoso bolero “Toda una vida”. Le cogió la mano. Sonrío al ver que tenía las uñas perfectamente pintadas. «Elegante y presumida hasta el final», pensó. Se moría con la misma dignidad que había vivido.

Elena dejó de respirar en el mismo instante que finalizó la canción. Lo último que escuchó fue esa suave melodía. El último sentido que perdió fue el oído.

Observaba el cuerpo ya inerte. Comprobó por última vez cuánta ternura había en Milagros. Ya no sentía dolor. Pensó que pronto se reuniría con todos sus seres queridos. Un destello. Nada.

 

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Ya no estás…

Ya no estás…

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Ya no estás… No, me lo acaba de decir el silencio porque hay silencios que hieren tanto que casi parecen que te acribillan con balas de mutismo sordo, tan vacías que van entrando una a una hasta que te desplomas en un suelo. Este es frio, hielo. ¡Eso! Agua helada cayendo a un precipicio vacuo, un desierto sin, ni siquiera, arena, y lentamente te vas ahogando en oscuridad, esa opacidad que no te deja ni ver ni sentir. Te estrangula despacio y el aire se esfuma, desaparece de ti sin dolor, sin ser nada, si apenas percatarte.

Ya no estás… Me lo susurra a cada segundo mi desconsuelo. Solo hay dolor, congoja.

Ya no estás… Sí, me lo ha dicho la casa, sus paredes, sus puertas que ni se abren ni se cierran, están inertes, como si hubieran desfallecido por falta de vida. Como si el reloj si hubiera parado en una hora incierta que no quiero escuchar.

Ya no estás… Lo sé, mi sonrisa voló contigo a donde mi mente no puede llegar ni imaginando. Ni siquiera me deja decir “Vuelve” Su mano evaporada me cierra mis labios tan secos y agrietados que parecen tierra yerma.

Ya no estás… No, no estás ni estarás y mis ojos caen como la noche sin estrellas mientras el crepúsculo atusa esas penas negras, lúgubres, sin esperanzas…, sin nada a lo que asirme.

Ya no estás… Y que no me pidan que vuelva. Hoy no. tal vez algún día, cuando aprenda a coser tu ausencia, a engancharme a algún dobladillo que necesite como yo un porque…, no sé.

Ya no estás… Yo, tampoco.

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