ÁGATHA, LA VECINA VI

ÁGATHA, LA VECINA VI

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La noche tiene razones, que la razón no entiende…

Sí, Amelia es la esposa perfecta. Cuando decía que conozco sus debilidades, me refería a estos deleites del alma humana que solo alguien como ella conoce y sabe gozarlos sin miedo. Amelia es franca, natural. Sin falsos prejuicios. Ella sabe dar y pedir de la misma manera.

Y es que Amelia, disfruta sin miedo de sus sueños, de recrearse en ciertas fantasías. Ya desde joven, sus primeras experiencias fueron encerrada en los baños del colegio. Juegos que iban más allá del puro conocimiento anatómico. En más de una ocasión Sor Virtudes, la jefa de estudios, la sorprendió en estas guisas. Y acto seguido, su madre recibía una carta en la que se le daba aviso del grave peligro en que estaba la muchacha al ser presa de la tentación del mismo demonio.

Mi suegra, una señora de rancio pueblo y misa diaria, no comprendía cual era la advertencia de aquella nota, pero pensó que rezando y masticando despacio, cualquier pequeño vicio podría disiparse. Y así, la chica volvería derechita y juiciosita por el camino de la luz bendita. Tan solo le reclamaba y le pedía a su hija que no jugase más con las niñas en los baños. Que eso no era de muchachas respetables. Y Amelia, por la salud mental y espiritual de su madre, adoptó el papel en casa de abnegada santa y mártir. ¡Ay madre! que usted no sabe como está el mundo ahí afuera. Por si acaso usted no salga, madre… No sea que me vea…

A Amelia la conocí de noche, a oscuras y en la cama..

En aquel tiempo yo solía frecuentar cierto tipo de bares, de curiosos ambientes. Y descubrí por azar a Emanuel, la chica libanesa  que trabajaba de camarera en uno de ellos, concretamente en el Club Alexander. Un lugar de intercambio de parejas de alto poder adquisitivo. Me gustaba tomar una copa y ver el ambiente que se manejaba. Me daba cierto morbo, lo justo. Un suave toque caliente que no quemaba, pero que me ponía a tono para mantener una placentera charla con una mujer.

Nunca accedí al interior del garito, siempre acudía solo. Prefería quedarme en la zona de la barra, charlando con ella. Y para tríos, ya me lo montaba bien en casa, a mi manera. No necesitaba el juego intermediario del local. Nos hicimos amigos, manteníamos largas y profundas charlas, pero sin penetraciones. Confesiones que solo se hacen de noche y en la barra de un bar. Ella era la encargada de cerrar el negocio cada noche. Cuando todos se iban nos quedábamos tras la puerta y teníamos lo nuestro. Aunque, “lo nuestro” era un tanto especial, ya que Emanuel tenía algunas manías, a las que yo accedí sin contemplaciones, por supuesto. Me molaba darle ese gusto, satisfacer sus rarezas. Me advirtió desde el primer momento que podría hacer de todo con ella, excepto penetrarla.

Creo que eso me ponía más cachondo todavía. Era la primera vez que una mujer me pedía algo así.

Emanuel solo quería disfrutar de su clítoris frotándose con otro clítoris. Una guerra cuerpo a cuerpo, de igual a igual. Y para ello siempre contaba con alguna complaciente y experta amante clitoriana dispuesta a jugar.

Fue así como conocí a Amelia, mi esposa… “La experta amante clitoriana de Emanuel”

ÁGATHA, LA VECINA V

ÁGATHA, LA VECINA V

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Perdí la noción del tiempo. Las horas con Carmencita pasaban sin darnos cuenta. En casa y en el trabajo la gente empezó a reclamarme.

Y es que cuando uno ha cogido vicio, se pierde sin remedio.

Decidí que lo mío con la sobrina de Pérez debía terminar. Había que zanjar el tema por completo. La chica ya conocía la ciudad y sus garitos más oscuros. Era el momento de dejarla marchar. Le iría bien, estaba seguro de ello. Durante algunas semanas estuvo buscándome. Intentando soliviantarme con algunas mamadas dentro del coche, aparcado en el garaje de casa. Me asombraba la soltura, la destreza con la que se comunicaba conmigo sin palabras, tan solo con los golpecitos de lengua en mi verga. Y me admiré de mí mismo, del febril dominio adquirido, a la hora de traducir los mensajes en mis dos cabezas.

Dije adiós a Carmencita, sin remordimiento, aunque con cierta pena. Era mi criatura, la que había creado con cada encuentro en la trastienda, pero todo maestro sabe que sus alumnos son gente de paso, y que hay que dejarlos marchar para que evolucionen con naturalidad.

“Regresé” a casa con mi señora. Ciertamente la había desatendido en el último mes y decidí recompensarla. Le propuse llevarla el fin de semana a la casa de la playa. Nuestros polvos allí, siempre han sido memorables. Y en cuanto le dije de irnos, preparó la maleta. En dos horas estaba sentada en el asiento del copiloto. Esperando impaciente, como aquel chiste de las ovejas tocando el claxón.

Amelia es la esposa perfecta. Comprende cada uno de mis defectos y los tolera de forma comprensiva. Me admira, y yo la admiro a ella. Se siente segura a mi lado, porque yo también conozco sus debilidades… y las alimento sin temor.

Salimos a cenar al restaurante del acantilado. La noche parecía amenazada por una de esas tormentas de verano, con viento, truenos y rayos. Me agradaba. Me pareció el escenario perfecto para retomar con fuerza lo nuestro. Las noches en el CocoBonGo Sound Machine son todo un espectáculo. La esplendida orquesta al más puro estilo west coast jazz de los 50, ameniza con elegancia las veladas, envolviendo la cena de un aire muy cinematográfico, muy chic.

Aunque a mí, lo que más me gusta del CocoBonGo, son los bongos de Monny, la atractiva cantante de jazz. La Gilda de mis sueños.

Ordenamos pronto la cena. Dos langostas a la parrilla y dos botellas de Champagne, francés, of course. Siempre pedimos lo mismo, es un clásico nuestro. Eso y el postre de chocolate tibio que acabamos por terminar… en el ascensor.

Amelia estaba muy guapa, como de costumbre. Llevaba puesto, a petición mía, uno de esos vestidos lenceros de seda salvaje, sin ropa interior, que resaltaba e insinuaba aún más sus magníficas formas. Y entre sorbo y sorbo, el fino tirante caía deslizándose como una pluma sobre su hombro. Y ella me miraba expectante, resoplando su flequillo. Sumisa, esperando que yo la rescatase con un dedo, para recompensarme presurosa, por debajo de la mesa. Masajeando, presionando mis atributos con su pie descalzo. Y yo extático, la miraba… entre descansos de mi intenso espionaje a Monny.

Esa noche, quise regalarle a mi esposa algo que no olvidaría jamás. Uno de esos regalos que marcan un antes y un después en la historia de nuestras vidas. Invité a Monny a nuestra mesa, y pedimos otra botella de Champagne. Las dos mujeres no paraban de reír con mis ocurrencias. Saqué de mí caja de sorpresas varias de mis mejores historias y me esmeré en aliñarlas con cierto aire picante. Fui dirigiendo con maestría el tono y el fondo de la historia, hacia una calle  que solo puede tener dos salidas… y un salido.

Las chicas se fueron animando. Sus miradas chisposas y llameantes me pedían que fuese más allá con mis cuentos. Me fijé en sus bocas, el modo en que se entornaban esperando ser mordidas… Las miré sonriendo, complacido por su disposición al juego. Y extendiendo mis brazos, acerqué cada una de sus cabezas  hasta unir sus vertiginosos labios… Se besaron ante mis ojos, y pedí la cuenta…

Continuará…


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ÁGATHA, LA VECINA IV

ÁGATHA, LA VECINA IV

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Las cosas con Carmencita se fueron complicando. Y todo porque la chica había cogido vicio. Y el vicio te hace actuar sin conocimiento. Pasamos de frotarnos en la trastienda de Pérez, a gozarnos en los probadores de Cortefiel, que encima son de esos de cortinilla que dejan los pies al descubierto.

Empezó a pedirme cosas cada vez más complicadas de satisfacer. Se convirtió en una fierecilla salvaje, caliente e insaciable. Los encuentros eran diarios, y algunos días hacíamos triplete.

Como una gata del demonio, Carmencita, se acercaba desnuda, ronroneando a cuatro patas. Allí en mitad de la tienda de hábitos y con el cartel de “vuelvo enseguida”. Yo la observaba de pie, y la esperaba apontocado en el mostrador, con la verga metida en un cuenco de leche tibia para su desayuno. Y ella tan viva y risueña, se acercaba muy, muy despacio. Contoneándose, deslizándose por el suelo con una calma que conoce su recompensa, hasta ponerse de rodillas y hundir su cara en el tazón. Me asombraba su pericia para medir la temperatura de la leche con la punta de su lengua y como, acto seguido, se afanaba en relamer el borde hasta beber la última gota, con ese excelso sentido suyo de la limpieza.

Luego retiraba el cuenco con delicadeza, y me ofrecía una pequeña pero efectiva reverencia. Casi pidiendo permiso para volver a practicar con mi cuerpo. Y de nuevo acercaba su cara, y hundía su nariz en mis ingles, dando comienzo a un juego de palabras sin sonido. Mensajes en código morse, que yo debía descifrar, si quería que continuase… Me puteaba. ¿Donde habría aprendido esta chica tanto?… si el novio de pueblo era de los de meter y sacar. No necesitaba saberlo, solo experimentarlo.

Me transmitía toda la información por impulsivos golpecitos de lengua. Un potente emisor de señales eléctricas que dominaba a la perfección el positivo y el negativo. Su preciso ajuste de tensión y presión para enviarme hasta treinta caracteres por minuto, me ponía frenético. Y yo que no entendía en absoluto lo que quería decirme, solo pensaba en metérsela hasta la campanilla, pero ella no me dejaba…

Durante cinco días estuve aprendiendo el código morse. Hasta que por fin, conseguí descifrar sus eróticos mensajes secretos. Y entonces ella, dispuesta a pagar lo que se me debía, se recostó sobre el mostrador, entreabriendo sus piernas, con la sonrisa más lujuriosa que yo recuerde haber visto jamás.

 

Continuará…

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ÁGATHA, LA VECINA III

ÁGATHA, LA VECINA III

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Voy a tener que pensar bien con qué tipo de excusa me cuelo en su casa. Podría decirle que he visto a mi gato en su balcón. Le suelto la milonga de mi preocupación, que lleva varios días desaparecido, y ¡¡zass!! Me acabo colando en su casa. Luego ella me ofrecerá un café mientras aparece o no, el gato parrandero. Y yo le diré que no he desayunado y que también me comería unas buenas… tostadas. Le dará la risa floja y me las acabará preparando. Sí, eso haré.

Con un poco de suerte, me la habré merendado antes del almuerzo. Y se acabó, a otra cosa. Dejaré zanjado el tema vecinal. Estos delicados asuntos de vecindario, mejor terminarlos pronto, que luego se vuelven cargantes. Recuerdo la última vez que me enrollé con una vecina.

Era Carmencita, la sobrina de Pérez, el del séptimo izquierda. Una chica muy mona, muy decente y con unas tetorras impresionantes. Al parecer, la joven se había llevado un desengaño amoroso en el pueblo con uno de esos novietes labriegos. Y en un desaire, tras un enfado por tema de celos, la muchacha buscó refugio en casa de su tío viudo, en la ciudad.

No hay nada que una gran ciudad no pueda curar. La joven canturreaba en el patio mientras tendía su blanca ropa interior. El algodón era de un blanco tan intenso que resultaba obsceno. Tan pulcro y celestial. Tan libre de pecado, que me incitaba a pecar. A manchar su ropa íntima con mis lujuriosas manos. Se convirtió en una obsesión. Un tema recurrente donde refugiarme de los problemas.

Ahí me empecé a fijar. Imposible no hacerlo. El tamaño de sus sostenes tapaba los ventanales de mi despacho. Dos grandes lunas de nácar que se colaban sin permiso por mi ventana y mis pensamientos. Cada mañana me tomaba el café observando e imaginando como serían esos pechotes recogidos en semejantes embalajes…

Una noche, sin que mi esposa se diese cuenta, fui al cajón de su ropa interior. Quería comprobar el tamaño, la talla. Calcular como sería atrapar aquellas lozanas carnes de absoluta redondez. Seguramente se necesitaban las dos manos para sostenerlas y alzarlas como un cáliz que se ofrece antes de ser derramado y bebido… Empecé a excitarme pronto. Me tenía en un ¡ay! continuo.

La alisté a mi causa, sin ver su rostro, ni su trasero. Yo sabía que contaba con dos buenas armas para mi guerra… Esos, esos son los aliados que yo necesito, pensaba a menudo mientras conducía hasta mi trabajo en el periódico. Soy redactor jefe, pero eso ahora no tiene importancia.

Una mañana salí más temprano de casa. Tenía que entrevistar a un conocido escritor para cerrar el suplemento dominical. Habíamos quedado en una terraza del centro. En un ático propiedad de una pareja de coleccionistas de arte. Un lugar intimo y lleno de creatividad, para poder conversar a gusto.

Salí de casa apresurado, guardando las llaves en los bolsillos y sosteniendo un montón de documentos que llevaba en volandas… Al abrir la puerta del ascensor, me encontré de golpe con ella. La reconocí de inmediato por el tamaño de aquellos vultuosos pechos. Llevaba todo el mes calibrando el tema, y al tenerla de frente supe que era ella. Me daba miedo mirarla a la cara… ¿Y si tenía cara de sapo o de jirafa? Me daba igual. Es la puta realidad. Solo pensaba en empotrarla allí mismo, en la cabina del ascensor y contra el espejo. Ver sus tetas reflejadas, rebotando como dos flanes untados en crema y en movimiento. Chocando una contra otra. Y cabalgarla, cabalgarla sujetando las bridas de su cabello en dirección al horizonte. ¡Hi-yo, Silver, away!

—Buenos días, ¿va para abajo? Dijo la chica con aquella vocecita tímida…

—No, ¡¡va para arriba!! Me puse nervioso… ¡claro que la cosa iba para arriba! ¡la tenía en alto desde hacía un mes!… Perdón, estoy dormido todavía… sí, voy al garaje.

La acompañé hasta la tienda de su tío en coche. Una tienda de hábitos religiosos que quedaba en el centro, muy cerca de donde yo tenía mi cita… Parece ser que Pérez quiso recogerla no solo por caridad. Necesitado de unas buenas vacaciones desde hacía años, pronto le entregó las llaves del negocio y se largó a París con un flautista de la filarmónica, dejando sola a la muchacha en esta gran ciudad…

Menos mal que estaba yo, para hacerme cargo…. menos mal…

La escolté hasta la tienda de hábitos… Aquello me ponía más cachondo que si hubiese trabajado en un salón de masajes. Le ayudé a subir la persiana, y con el pretexto de que nunca había visto una tienda igual, me invitó a pasar. Eché el pestillo, y di la vuelta al letrero…”Vuelvo enseguida”

En media hora, ya le había hecho quitarse media docena de hábitos…

Uff, mira que hora es, y aún no me he duchado… ¡¡Y todavía tengo que bajar a ver a Agathita!!

Continuará…

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ÁGATHA, LA VECINA II

ÁGATHA, LA VECINA II

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Un hombre puede estar encantado con su señora…. Y con veinte más.

Son las 9 de la mañana, es la puta realidad. Anoche me quedé dormido al salir de la bañera. No estoy acostumbrado a tanto relax y tanto dale que te pego a la dieta vergana, parece que he vuelto a los quince… Pero, joder, estoy mejor que nunca, en plena forma, y con más ganas que cuando empecé.

He desperdiciado mi primera noche de soltero. Mi mujer vuelve el domingo, puntual como el suplemento dominical. No es capaz de dejarme solo ni un día más del necesario. Cuando supo que tendría que acompañar a su madre al festival de encaje de bolillo en Sigüenza, se echó las manos a la cabeza… ¡¡7 días!! —No, madre, no puedo hacerlo. ¿Cómo voy a dejar a este hombre solo tantos días? —Hija, lleváis muchos años juntos, no creo que una semana lejos de él suponga algo terrible.

—Que no, madre… que usted no conoce a las mujeres. Que ven a un hombre solo en la piscina y se tiran a salvarlo, aunque esté fumando y leyendo el periódico.

—Bueno, pero él es un santo, ¿no? No tienes nada que temer hija.

—Madre, él es santo… y varón, varón de la entrepierna para abajo. Y la tentación es grande, y el diablo no descansa, y yo no me fio ni un pelo, madre. Aunque de él, sí… creo. Pero usted no sabe, madre, cómo está el mundo ahora. Esto no es el pueblo. En la capital hay mucho vicio, madre. Y mucho despendole. Que ya no hay recato, madre, que no hay recato. Esto es como una jungla llena de cazadores y presas esperando su bala.

Pero, finalmente mi mujer hizo su maleta y me dejó… Siete días con sus siete noches.

Bueno, la verdad es que a mi no me afecta que mi señora se vaya o se quede, yo igual hago mis “deberes”. No quiero morir, y mis conquistas me ayudan a quedarme atado a la Tierra por más tiempo.

Y es que un hombre puede estar encantando con su señora, y con veinte más. Es la puta realidad.

Me dejo querer, que le voy a hacer. Casi siempre son ellas las que vienen a buscarme, aunque es cierto que previamente ya he tendido pequeños cebos aquí y allá.

Mi secreto está en escucharlas con atención, pero sin el más mínimo interés. Oye, esto parece que les gusta. Algunas pretenden contarme su vida al menor descuido, hasta el cuarto bostezo, ahí ya empiezan a preguntarme por lo mío. Momento que aprovecho para exponerles mis diversas teorías sobre el magnetismo terrestre y su influencia a la altura de nuestro ombligo. Se quedan encantadas. Es que tengo gracia la verdad, y ellas lo saben. Tengo talento para esto, lo reconozco. Quizás un día escriba un diario con mis técnicas de galán trasnochado. De momento me gusta llevarlo en secreto. Es mucho más divertido.

Hoy trazaré un plan. No quiero desperdiciar mi día y mucho menos, la noche.

He estado pensando en la vecinita Agathita. ¡¡qué majadera!! ¡¡qué morros!! ay…. ¿Y si bajo a pedirle sal?

Está muy visto, pero funciona. Siempre funciona ir a casa de la vecina a pedirle algo… Y lo bueno del factor sorpresa, es que casi siempre la pillas desprevenida y te abre la puerta con poca ropa…

Venga voy a ducharme, y bajo…

Continuará…

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