Un verano en la aldea

Un verano en la aldea

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Llevo tres horas en camino desde que salí de la capital y aún me quedan otras tres horas de carretera para llegar a mi aldea natal.

Me llamo Javier. Tengo 45 años y vivo en Madrid. Trabajo en una multinacional y siempre que puedo intento coincidir mis vacaciones con las fiestas de mi aldea.

Me gusta escaparme hasta allí. Dos semanas completas en las que disfruto, del verde de mi tierra, del olor de la hierba mojada, de la tranquilidad de la aldea. Poder pasear con tranquilidad y ver a los vecinos trabajar en sus campos, con las lechugas, las patatas, los grelos, las cebollas,…etc.

Llego cansado del viaje a casa de mis padres y lo primero que hago después de saludar a mi madre, es darme una ducha bien fresquita y dormir un rato para disfrutar de la tarde. Para las fiestas aún quedan un par de días y mientras tanto quiero disfrutar de la paz y de los míos.

Un par de horas más tarde y después de haber comido, ayudo a mi madre a limpiar la cocina de leña, en donde tantas veces nos hemos reunido a celebrar fiestas familiares o degustar los ricos manjares de mi abuela y de mi madre. Como en la cocina de leña, no se come en ningún lado.

Por la tarde, aprovechamos para ponernos al día y paseando la acompaño al Centro Sociocultural para la reunión quincenal de palilleras de Camariñas. Desde que enviudó hace bastante tiempo, el grupo la mantiene bastante animada.

Mientras ella está en el Centro, yo aprovecho a dar una vuelta. Me ha dicho que no me preocupe, que su amiga María la acompañará a casa como siempre. Entonces aprovecho para ir al campo de la fiesta, a tomarme una cervecita a la tienda-bar de Josefa, mientras veo al abuelo sentado en el banco viendo a su nieto jugar con el nieto del Cojo, el de la Botica. Porque aquí se sigue llamando Botica no Farmacia.

De repente, un puñetazo me hace girar la cabeza y ver la mesa que está al fondo. La peña de los jubilados está jugando a una partida de dominó y uno de ellos, llamado el Bizco, se ha enfadado porque ha vuelto a perder una vez más.

Al acabar decido a andar por los caminos un poco y por cada sitio que atravieso es un vecino que me saluda. Es lo bueno que tiene la aldea, aquí todos nos conocemos y cualquiera ayudaría a otro si estuviese en un aprieto.

  • ¡Anda! ¡Unas ovejas! Hacía años que no veía unas -.

Detrás de ellas, veo corriendo a Oliveira, su dueño.

-¡Oliveira! ¿A dónde vas tan deprisa vecino?-.

  • Estas ovejas, que cualquier día me matan de un disgusto. ¡Estaros quietaaaassss! Ufff, menos mal que se han parado en la pila. Te dejo, Javier, no se me vayan otra vez a escapar-.

Y allí va, rápido como una flecha, se dirigió hasta ellas y las encaminó hasta su sobrino donde estaba esperando con el resto del rebaño.

Yo seguí mi camino, e inesperadamente vi a lo lejos una chica pelirroja menuda muy sonriente y sentí una punzada en mi estómago como si la conociese de toda la vida. Seguí caminando y nuestras miradas se cruzaron. Yo le regalé un hola y ella a mí una dulce y tímida sonrisa que me dejo embobado. Tan embobado que consiguió que me diese contra la única cabina de teléfono que quedaba en la aldea. No la volví a ver.

Después de aquella torpeza, decidí volver a casa. No sin antes pasar por casa de mi amigo Rogelio y ver a sus dos princesas, dos vacas rubias gallegas, como las llama él, Mariana y Rubia. Y siempre acabo llevándome un cántaro de leche fresca recién ordeñada.

Y llegó el día del patrón… Bombas de palenque, pasacalles de la banda de música, misa en la capilla, procesión y lo mejor… la sesión vermouth.

Por la noche, después de la cena, quedé con Rogelio para tomar unos “cacharros”.

Recordamos viejos tiempos y anécdotas y cuando comenzó la orquesta a tocar nos animamos a echar unos bailes.

Él se dirigió hasta Rosita, la hija de la panadera. Llevaban un tiempo viéndose y los deje a su aire.

Yo, por el contrario, estuve un rato observando el panorama, hasta que una mano me tocó por detrás…

Era  Berta, mi novia de la adolescencia. Me sorprendió verla tan radiante, tan guapa. La invité a tomar algo y nos pusimos al día. Era mirarla a los ojos y volver a ser un loco adolescente. Hablamos sobre nuestra vida y ella me comentó que por trabajo, andaba entre Barcelona y Madrid.

  • ¡Qué bien! – Pensé para mí

Después de un rato charlando de cosas banales, no aguantaba más, y acabé preguntándole si estaba casada y para mi sorpresa me dijo que se había divorciado hace poco.

Decidí no perder la oportunidad y la invité a bailar. Me propuse esa noche intentar recuperar aquello que perdí hace tanto tiempo.

Y así fue, estuvimos bailando durante horas, compartiendo risas con Rogelio y con Rosita, al compás de las canciones del momento o de los clásicos que nunca fallan: “Bienvenidos”, “La Barbacoa” o la mítica: “Miña Terra Galega”.

Bien entrada la madrugada, decidimos volver a casa. Rogelio, llevó a Rosita hasta su casa. Y yo acompañé a Berta…mientras caminábamos, nos vinieron muchos recuerdos a la mente, muchas risas. Al llegar, me invito pasar al porche y me ofreció una copa de vino que yo acepté gustosamente.

Disfrutamos de la estupenda noche que hacía, deleitando un buen vino. Nos preguntamos tantas cosas, que hoy en día si lo pienso aún no recuerdo mucho de lo que hablamos aquella noche. Pero, de lo que sí, que no nos olvidamos es de aquella atracción que nunca desapareció entre nosotros.

Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos fundimos en un cálido y profundo beso. La noche con ella fue pasional y romántica, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien.

A la mañana siguiente, le comenté que tenía que volver a Madrid en dos días y que volviese conmigo. Ahora que nos habíamos reencontrado, no quería perderla de nuevo. Ella aceptó sin dudarlo. Desde ese momento, Berta y yo retomamos una historia sin  final.

 

 

 

 

 

 

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RECUERDOS DE VERANO

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—¡Niño, que dice tu hija que tiene calor! — le dice la madre a su marido sonriendo.
—¡Qué sabrá ella lo que es eso! —contesta el padre mirando con cariño a su mujer.
—¡Ya ves! ¿Te puedes creer que echo en falta los veranos en Andalucía? —dice la mujer sintiendo un pellizco de nostalgia.
—¿Qué dices? A mí me agobia ese calor —le contesta el marido que nunca ha soportado el bochorno del verano.
—Mamá, cuéntanos historias de tu pueblo ¿lo echas de menos? —Dice la cría, a quien le encanta escuchar los recuerdos de su madre.
La mujer descansa sentada en el sofá, y la petición de su hija la lleva a recordar su infancia; la envuelve la añoranza de su tierra y de sus seres queridos, aquellos que ya han marchado.
—Si cariño, mucho… —A la conversación se une su hijo, al que también le fascina escuchar a sus padres contar historia de su niñez y juventud. La madre comienza a hablar con tono melancólico— recuerdo esas tardes de siesta, después de trabajar, cuando mi madre me preparaba un camastro, me encantaba dormir en el suelo, al lado del ventilador, el mejor modo de sobrellevar los más de 40º que azotan en verano el valle del Guadalquivir.
Los críos se escandalizaron— ¡En el suelo y sin aire acondicionado! —exclaman los dos al unísono; una sonrisa se dibuja en los labios de su madre, y ésta sigue contando…
—Mi madre me solía decir: ¡Qué bonitas piernas tiene mi niña! —y si ella lo decía su razón tendría. Vuelve a sonreír ante este pensamiento y continúa hablando —¡Qué recuerdos! Esas tardes en las que desafiaba al sol, y decidía ir a la piscina municipal a refrescarme con mis amigas o con vuestro padre; buscando el refugio del lado de la calle donde daba la sombra, escapando del fuego de los rayos del astro, huyendo de su flama; sentíamos su fuerza en la piel, y cuando se aventuraba a correr una pizca de brisa, nos quemaba, avisandonos de lo que recibiríamos cuando terminara el auxilio que ofrecía esa buscada sombra —sus hijos la escuchaban con gran atención, y su marido estaba embelesado oyendo sus palabras, ella disfrutaba expresando sus sentimientos— siento nostalgia de esas noches en las que comenzaba a leer, con la cabeza en los pies de la cama, para así disfrutar en el rostro de ese escaso y deseado aire que pudiese correr; me daban las tantas, sin importarme tener que madrugar para ir a trabajar, eran horas felices.
—¡Calor dice niño!… —miró con complicidad a su marido y prosiguió— calor era a las tres de la tarde, cuando salía de la cooperativa textil donde trabajaba, y regresaba a casa caminando, esquivando el azote del sol y escuchando a las chicharras cantar, lo recuerdo con claridad, como si hubiese ocurrido ayer mismo. Un bochorno que abre todos los poros de tu piel, expulsando continuas gotas de sudor, y que deseas calmar con una ducha de agua fría. Esa calor que te trae el olor a pasto seco, y el recuerdo de tu madre, sentada junto a los vecinos en la puerta de casa, charlando hasta altas horas de la noche, mientras los niños jugábamos por las calles del barrio, sin tener que pensar en madrugar para ir al colegio.
Sentada aún en el sofá, toma un sorbo de su café, y sigue sumida en sus recuerdos, sin escuchar al marido ni a los niños, estos habían comenzado a preguntar sobre las chicharras, y el padre les explicaba el motivo del sonido que estos animales producían.
—¡Mamá continua! —exclama su hijo.
—Estaba pensando en mi madre, nos gustaba pasear al atardecer, con la fresquita, cuando el sol comenzaba a marcharse. Recorríamos las afueras de mi bonito pueblo, y manteníamos largas charlas durante los paseos. Nos gustaba visitar el molino de las Aceñas, un antiguo molino de trigo, por donde pasa el Guadalquivir. La abuela siempre me decía que no fuera allí con los amigos, la fuerza de las corrientes del río son muy peligrosas.
—¿ Y tú le hacías caso a tu mama? —le pregunta su hija. Necesitaba una rápida respuesta para no mentirle, ya que recordaba claramente las veces que había ido sin que su madre lo supiera.
—La verdad, es que fui en alguna ocasión, pero era muy responsable, y tenía mucho cuidado —dice, mirando a su marido y con una sonrisa pícara.
—¿Te bañabas en el río con tus amigos? —ahora es su hijo quien le pregunta con entusiasmo.
—¡Sí!, me he bañado en numerosas ocasiones en el río, pero iba con mis padres, hermanos, mis tíos y primos; realizábamos excursiones y nos lo pasábamos genial… —no la dejaron continuar, haciéndole mil preguntas a la vez.
— ¡Venga ya! ¿Y no era peligroso? ¿Tus padres también se bañaban?… —le resultaba gracioso ver la cara de sorpresa de sus hijos.
—En aquellos tiempos todos nos bañábamos en el río, estaba limpio y lo permitían; lo hacíamos en las zonas más tranquilas, donde no había corrientes peligrosas, se veían los peces nadando y disfrutábamos de lo lindo —les aclaró su padre.
—Vuestro padre tiene razón, a mí me gustaba mucho bañarme, y lo que más, jugar con las bonitas piedras que había en la orilla, el agua era fresca y clara.
—¡Si! El agua era una pasada, estaba fría y transparente —confirma su padre, a quién se le veía disfrutar con esos recuerdos— pero el río era muy traicionero, debías tener mucho cuidado y no alejarte de la orilla, había corrientes muy fuertes y peligrosos remolinos— los niños estaban maravillados escuchándole, su gran imaginación les mostraba imágenes increíbles de sus padres bañándose en aguas donde había tanto riesgo.
Mientras el hombre les seguía narrando sus aventuras en el río, a la madre, le vinieron recuerdos de una época más reciente, recordando su viña, así llaman allí a las casas en la sierra. La tuvieron que vender para trasladarse a Cataluña, donde residen actualmente.
Son recuerdos de un hermoso lugar, y al evocarlos, le nace esta poesía:
En mi corazón siempre latirá
el hermoso recuerdo
de un bello lugar,
donde, pinos y chaparros,
rodeaban mi hogar.
Fragancias a lavanda y romero,
perfumaban mis paseos,
y la belleza de la jara florecida,
la primavera anunciaba.
Deseo retener en mi memoria,
las risas y emociones allí vividas.
El destino es caprichoso,
nunca sabes que rumbo tomará.
No malgastes ni un segundo,
deseando volver atrás.
Disfruta de los nuevos caminos,
que se comienzan a trazar.
—¿Qué te ocurre cariño? —le pregunta su marido, mientras limpia con ternura, las lágrimas que corren por su mejilla.
—¿Estás bien mamá? — preguntan también sus hijos preocupados.
—¡Si! Es solo que me he emocionado con estos bonitos recuerdos —contesta con una sonrisa.
—Mamá, nos vinimos aquí cuando os quedasteis sin trabajo en el pueblo, yo sé que principalmente tomasteis esa decisión por nosotros —dijo su hijo mayor, mirando a su hermana— pero vosotros… —y antes de continuar miró a sus padres, que estaban sentados juntos— ¿sois felices aquí?
—¡Claro que sí! —responde la madre, a la vez que se levanta y abraza a sus hijos—tenemos muchos recuerdos de Andalucía, es normal, allí nos hemos criado, vosotros también nacisteis en esa tierra; son nuestras raíces, y nunca debemos olvidar de donde procedemos. No obstante, durante muchos años mis padres y hermanos se venían a Cataluña para trabajar en la hostelería; yo soy tan feliz aquí como en Andalucía—visiblemente emocionada besa a sus hijos.
—Yo soy catalán como sabéis, pero gran parte de mi vida ha transcurrido en el sur, y al igual que vuestra madre, me siento feliz en las dos tierras. Tenemos un buen trabajo, buenos amigos y vosotros os vais labrando un buen futuro, ese era nuestro deseo y vemos cómo se está cumpliendo —sus ojos comenzaron a brillar, y sentía un nudo que le impedía seguir hablando. Sus hijos no estaban acostumbrados a ver emocionado a su padre, fueron a abrazarlo y llenarlo de besos.
—Disfrutar de los recuerdos no significa desear volver atrás. En la vida vas encontrando diferentes senderos para andar, y disfrutar caminando es lo que crea tu felicidad. ¡Nunca lo olvidéis! —dijo la madre, mientras se unía al abrazo.

Victoria C. P

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—¡Niño, que dice tu hija que tiene calor! — le dice la madre a su marido sonriendo.
—¡Qué sabrá ella lo que es eso! —contesta el padre mirando con cariño a su mujer.
—¡Ya ves! ¿Te puedes creer que echo en falta los veranos en Andalucía? —dice la mujer sintiendo un pellizco de nostalgia.
—¿Qué dices? A mí me agobia ese calor —le contesta el marido que nunca ha soportado el bochorno del verano.
—Mamá, cuéntanos historias de tu pueblo ¿lo echas de menos? —Dice la cría, a quien le encanta escuchar los recuerdos de su madre.
La mujer descansa sentada en el sofá, y la petición de su hija la lleva a recordar su infancia; la envuelve la añoranza de su tierra y de sus seres queridos, aquellos que ya han marchado.
—Si cariño, mucho… —A la conversación se une su hijo, al que también le fascina escuchar a sus padres contar historia de su niñez y juventud. La madre comienza a hablar con tono melancólico— recuerdo esas tardes de siesta, después de trabajar, cuando mi madre me preparaba un camastro, me encantaba dormir en el suelo, al lado del ventilador, el mejor modo de sobrellevar los más de 40º que azotan en verano el valle del Guadalquivir.
Los críos se escandalizaron— ¡En el suelo y sin aire acondicionado! —exclaman los dos al unísono; una sonrisa se dibuja en los labios de su madre, y ésta sigue contando…
—Mi madre me solía decir: ¡Qué bonitas piernas tiene mi niña! —y si ella lo decía su razón tendría. Vuelve a sonreír ante este pensamiento y continúa hablando —¡Qué recuerdos! Esas tardes en las que desafiaba al sol, y decidía ir a la piscina municipal a refrescarme con mis amigas o con vuestro padre; buscando el refugio del lado de la calle donde daba la sombra, escapando del fuego de los rayos del astro, huyendo de su flama; sentíamos su fuerza en la piel, y cuando se aventuraba a correr una pizca de brisa, nos quemaba, avisandonos de lo que recibiríamos cuando terminara el auxilio que ofrecía esa buscada sombra —sus hijos la escuchaban con gran atención, y su marido estaba embelesado oyendo sus palabras, ella disfrutaba expresando sus sentimientos— siento nostalgia de esas noches en las que comenzaba a leer, con la cabeza en los pies de la cama, para así disfrutar en el rostro de ese escaso y deseado aire que pudiese correr; me daban las tantas, sin importarme tener que madrugar para ir a trabajar, eran horas felices.
—¡Calor dice niño!… —miró con complicidad a su marido y prosiguió— calor era a las tres de la tarde, cuando salía de la cooperativa textil donde trabajaba, y regresaba a casa caminando, esquivando el azote del sol y escuchando a las chicharras cantar, lo recuerdo con claridad, como si hubiese ocurrido ayer mismo. Un bochorno que abre todos los poros de tu piel, expulsando continuas gotas de sudor, y que deseas calmar con una ducha de agua fría. Esa calor que te trae el olor a pasto seco, y el recuerdo de tu madre, sentada junto a los vecinos en la puerta de casa, charlando hasta altas horas de la noche, mientras los niños jugábamos por las calles del barrio, sin tener que pensar en madrugar para ir al colegio.
Sentada aún en el sofá, toma un sorbo de su café, y sigue sumida en sus recuerdos, sin escuchar al marido ni a los niños, estos habían comenzado a preguntar sobre las chicharras, y el padre les explicaba el motivo del sonido que estos animales producían.
—¡Mamá continua! —exclama su hijo.
—Estaba pensando en mi madre, nos gustaba pasear al atardecer, con la fresquita, cuando el sol comenzaba a marcharse. Recorríamos las afueras de mi bonito pueblo, y manteníamos largas charlas durante los paseos. Nos gustaba visitar el molino de las Aceñas, un antiguo molino de trigo, por donde pasa el Guadalquivir. La abuela siempre me decía que no fuera allí con los amigos, la fuerza de las corrientes del río son muy peligrosas.
—¿ Y tú le hacías caso a tu mama? —le pregunta su hija. Necesitaba una rápida respuesta para no mentirle, ya que recordaba claramente las veces que había ido sin que su madre lo supiera.
—La verdad, es que fui en alguna ocasión, pero era muy responsable, y tenía mucho cuidado —dice, mirando a su marido y con una sonrisa pícara.
—¿Te bañabas en el río con tus amigos? —ahora es su hijo quien le pregunta con entusiasmo.
—¡Sí!, me he bañado en numerosas ocasiones en el río, pero iba con mis padres, hermanos, mis tíos y primos; realizábamos excursiones y nos lo pasábamos genial… —no la dejaron continuar, haciéndole mil preguntas a la vez.
— ¡Venga ya! ¿Y no era peligroso? ¿Tus padres también se bañaban?… —le resultaba gracioso ver la cara de sorpresa de sus hijos.
—En aquellos tiempos todos nos bañábamos en el río, estaba limpio y lo permitían; lo hacíamos en las zonas más tranquilas, donde no había corrientes peligrosas, se veían los peces nadando y disfrutábamos de lo lindo —les aclaró su padre.
—Vuestro padre tiene razón, a mí me gustaba mucho bañarme, y lo que más, jugar con las bonitas piedras que había en la orilla, el agua era fresca y clara.
—¡Si! El agua era una pasada, estaba fría y transparente —confirma su padre, a quién se le veía disfrutar con esos recuerdos— pero el río era muy traicionero, debías tener mucho cuidado y no alejarte de la orilla, había corrientes muy fuertes y peligrosos remolinos— los niños estaban maravillados escuchándole, su gran imaginación les mostraba imágenes increíbles de sus padres bañándose en aguas donde había tanto riesgo.
Mientras el hombre les seguía narrando sus aventuras en el río, a la madre, le vinieron recuerdos de una época más reciente, recordando su viña, así llaman allí a las casas en la sierra. La tuvieron que vender para trasladarse a Cataluña, donde residen actualmente.
Son recuerdos de un hermoso lugar, y al evocarlos, le nace esta poesía:
En mi corazón siempre latirá
el hermoso recuerdo
de un bello lugar,
donde, pinos y chaparros,
rodeaban mi hogar.
Fragancias a lavanda y romero,
perfumaban mis paseos,
y la belleza de la jara florecida,
la primavera anunciaba.
Deseo retener en mi memoria,
las risas y emociones allí vividas.
El destino es caprichoso,
nunca sabes que rumbo tomará.
No malgastes ni un segundo,
deseando volver atrás.
Disfruta de los nuevos caminos,
que se comienzan a trazar.
—¿Qué te ocurre cariño? —le pregunta su marido, mientras limpia con ternura, las lágrimas que corren por su mejilla.
—¿Estás bien mamá? — preguntan también sus hijos preocupados.
—¡Si! Es solo que me he emocionado con estos bonitos recuerdos —contesta con una sonrisa.
—Mamá, nos vinimos aquí cuando os quedasteis sin trabajo en el pueblo, yo sé que principalmente tomasteis esa decisión por nosotros —dijo su hijo mayor, mirando a su hermana— pero vosotros… —y antes de continuar miró a sus padres, que estaban sentados juntos— ¿sois felices aquí?
—¡Claro que sí! —responde la madre, a la vez que se levanta y abraza a sus hijos—tenemos muchos recuerdos de Andalucía, es normal, allí nos hemos criado, vosotros también nacisteis en esa tierra; son nuestras raíces, y nunca debemos olvidar de donde procedemos. No obstante, durante muchos años mis padres y hermanos se venían a Cataluña para trabajar en la hostelería; yo soy tan feliz aquí como en Andalucía—visiblemente emocionada besa a sus hijos.
—Yo soy catalán como sabéis, pero gran parte de mi vida ha transcurrido en el sur, y al igual que vuestra madre, me siento feliz en las dos tierras. Tenemos un buen trabajo, buenos amigos y vosotros os vais labrando un buen futuro, ese era nuestro deseo y vemos cómo se está cumpliendo —sus ojos comenzaron a brillar, y sentía un nudo que le impedía seguir hablando. Sus hijos no estaban acostumbrados a ver emocionado a su padre, fueron a abrazarlo y llenarlo de besos.
—Disfrutar de los recuerdos no significa desear volver atrás. En la vida vas encontrando diferentes senderos para andar, y disfrutar caminando es lo que crea tu felicidad. ¡Nunca lo olvidéis! —dijo la madre, mientras se unía al abrazo.

Victoria C. P

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Cosas, objetos, trastos, chismes…

Cosas, objetos, trastos, chismes…

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A veces los objetos poseen vida propia, aunque sea inanimada. Puede ser materia y, sin embargo, hablarte.

Así es mi mesa de jardín. Creo que cuando fui capaz de distinguir, ella ya estaba delante de mí para hacerme gratos esos momentos menudos de la vida cotidiana.

Como cualquier anciano, cojea, se agrieta, pero resiste los envites con soberbia dignidad.

Hoy me ha contado que tal vez este sea su último verano, y que la podía designar a otros usos más pausados. Me he quedado mirándola hasta hallar una pregunta o varias…

-Mesa, ¿cómo voy a escribir a media tarde sin ti?, ¿quién me va a dar mejor cobijo para mis lecturas?, y ¿mis desayunos al sol tibio del alba?, y ¿esas copas nocturnas mientras la música mece el verano?

He sentido que me ha mirado con la humildad de lo inanimado tan lleno de servidumbre, con la consistencia de saberse un simple instrumento y que su destino está en mí.

He acariciado sus patas deshechas, su rostro redondo de luna llena y he sentido la sonrisa de la materia posarse en mí.

Sí, tal vez pienses que estoy loca, pero las cosas que aprecias, te hablan.

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Carta de amor III  Elsa/Marco

Carta de amor III Elsa/Marco

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Esta mañana encontré en un cajón, aquel cofre de madera donde guardaba cada una de tus cartas de amor. Ahora la caja luce vacía, ya no están aquellas cartas escritas, el tiempo y tu ausencia las borró. Pero cariño, en el aire, al destapar toda aquella melancolía, un perfume a lo nuestro se liberó. Y se enredó en mi pelo, y se llenó la estancia de amor y nostalgia. Y cerré los ojos, aspirando el perfume, y pude sentir tus labios en los mío. Y el tiempo que pasaba veloz frente a mi puerta, de camino a la tuya, me besó.

De Elsa Cani

Para Marco, mi amor de aquel verano de 1982

Carta enviada para San Valentón

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