Cuando todo sea nada

Cuando todo sea nada

5.00 Promedio (96% Puntuación) - 2 Votos

 

Siempre he sabido que un día acabaría suicidándome. No tiene mérito. No hay destellos ni rastros de sorpresa en tal acontecimiento. No he preparado nada. Ya decidiré el modo y el escenario. Será algo sencillo e improvisado.

No os apuréis, no me siento mal por ello. Al contrario, es una elección de vida muy meditada, bueno, de terminar con ella. Es una opción que debe ser respetada. Soy una persona adulta, no depresiva. Carente de traumas ni dolores ocultos. Soy un humano sensato, responsable de mis actos y de mi no-cobardia. Tenéis que entenderlo, vivir cansa. Cansa demasiado, es agotador. Nunca puedes vivir la vida que quieres, la que te gustaría. Es algo así como el pelo, tengas el pelo que tengas, siempre te habría gustado tenerlo de otra forma.

Pues eso, que la vida es como el pelo. Puedes teñirla, enmascararla y darle color. Alisarla para que sea más suave al roce y al tacto, o rizarla y darle forma con interminables bucles, hasta hacerla más y más complicada.

Pero si algo me alivia, es que siempre puedes recortarla, cortarla hasta extinguirla. Yo he decidido hacerlo al cero. Uno de esos cortes pulcro, saneado y estético. La diferencia entre la vida y la cabellera, es que la vida no brota de nuevo. Acaba ahí mismo, en el mismo momento en que ejecutas tu decisión.

¿Y qué más da? Cuando lo haga no recordaré si me causó dolor, no voy a quedarme allí para verlo. La muerte no tiene memoria, y los recuerdos construidos en vida se diluirán con mi último suspiro. No te creas nada de lo que te han contado. Ese día acaba todo, es la verdadera recompensa.

Quiero que mi cuerpo sea reducido a cenizas. Que no me planten bajo un árbol. Ni me lancen al mar azul, ni al monte para eternizarme camuflado entre los árboles. Si queréis hacer algo por mi, algo realmente importante, podéis subirlas a un tren. Sí, por favor, a un tren. Sin destino, no importa el lugar. Podéis imprimir esta nota y pegarla al recipiente. Así, cuando alguien las encuentre sabrá que hacer con ellas…

Los momentos más felices de mi vana y estéril vida, han comenzado con un trayecto de tren. No quiero que lleven mis cenizas hasta tu altar. En vida ya nos dimos todo cuánto nos podíamos dar. Estuvo realmente bien, y créeme que siempre quise compartir todo contigo, excepto el final. Comprende que la muerte es otra cosa. La muerte es personal e intransferible. Y es cierto que tiene un precio, una deuda que nadie más debe pagar. Siempre he costeado mis vicios y este será uno más.

No te asustes, no os asustéis. Hace tiempo que no pertenezco a este mundo y ya es hora de regresar. No será hoy, ni mañana. Ni un día gris, ni de cielos anaranjados con matices tornasolados. Será un día que esté saltando de alegría. Exultante. Quiero irme en paz, recordando aquellos días pasados, junto a ti, a tu lado. Nuestros paseos. Tus labios. Tus manos. Lo demás es otro cantar. Cuando todo sea nada, volverá la calma. Crecerán la hierba y los juncos junto al río, el viento arrastrará las nubes con mi recuerdo. Y yo te estaré observando, como siempre, velando tu sueño. Y lloverá, y algunas personas me llorarán aprovechando una repentina tormenta. Y brotará la vida en tu vida, y te estaré observando, serena y feliz de haberte amado hasta el mismo día de mi muerte. No estés triste corazón, al final siempre sale el sol.

Esta nota fue hallada en un vagón del West Highlan Line tren, entre los puertos de Mallaig y Oban en las tierras altas de Escocia. La última información a la que este diario ha podido tener acceso, apunta a que la nota y su recipiente viajan a sus anchas en un Cadillac blanco, encontrándose en este momento en algún punto de la ruta 66. Son ya diferentes estados los que se han hecho eco de la noticia. La población enardecida y subyugada por semejante historia, permanecen atentos, a la espera de encontrar la nota viajera, y seguir ofreciendo curso a su petición para que pueda dar la vuelta completa al mundo y volver a empezar.

©evamalasaña 2015

 

5.00 Promedio (96% Puntuación) - 2 Votos
Viajando a través de las novelas

Viajando a través de las novelas

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Los libros nos trasladan a lugares sorprendentes, nos muestran destinos imaginarios y nos ayudan a conocer cómo es la vida en parajes en los que nunca hemos estado. Todas las historias se desarrollan en algún lugar que, a veces, nos sirve para evadirnos y, otras, para desear visitarlos. ¿Quién no ha querido seguir la línea rosa de la iglesia de Saint Sulpice en París como hizo Robert Langdon en El Código Da Vinci o descubrir el andén 9 y ¾ de Harry Potter en King’s Cross?

En un mapa interactivo se han reunido más de quinientas localizaciones del mundo que aparecen en las páginas de más de doscientos libros famosos.

Todavía nos queda algo de verano para descubrir los rincones de ese libro que aún tenemos por acabar, lanzarse a recorrer los escenarios de alguna lectura nueva o revivir la historia de su obra literaria favorita, pueden que encuentren en esta iniciativa un buen aliado: la empresa Musement ha reunido en un mapa mundial interactivo 563 localizaciones de 205 libros.

Como soy de Barcelona me permitirán que barra para casa.

Letizia Stok, country manager de la compañía en España, detalla que “la obra más antigua recogida en el mapa es La Odisea que data del siglo VIII a.C., mientras que la más reciente son las localizaciones de Origenlanzado en 2017”. Precisamente el best seller de Dan Brown es una de las obras que cuenta con localizaciones en Cataluña, ya que su historia transcurre en lugares como el Monasterio de Santa María de Monserrat, la Sagrada Familia o la Casa Milà.

La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, es otro libro que también se sitúa en las calles barcelonesas. Y así hasta 17 obras literarias del mapa están emplazadas en España: El Guardián Invisible de Dolores Redondo, Manolito Gafotas de Elvira Lindo, El Quijote de Miguel de Cervantes, Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós…

Descubrir el mundo sin salir de casa.

Gracias a este mapa interactivo es posible descubrir Colombia a través de las localizaciones de El Amor en Tiempos del Cólera, pasear por Little Italy en Nueva York de la mano de El Padrino,ver con otros ojos la Gran Pirámide de Guiza en Egipto gracias a El Alquimista o recorrer las calles de Tokio descritas por Murakami en Tokio Blues.

Así, esta herramienta desarrollada por la plataforma de reservas de actividades en destino puede servir de inspiración para todos aquellos que quieran escaparse durante sus vacaciones a algún escenario literario que les lleve a recorrer las aventuras de alguno de sus libros favoritos. Y también para aquellos que deseen saber si su destino de vacaciones ha aparecido en alguna obra.

Para viajar no siempre es necesario salir de casa.

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
La mujer del sueño y el profesor de Jazz

La mujer del sueño y el profesor de Jazz

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

 

Ahora que lo veo con la distancia necesaria para ser justo, ahora es que quiero contarte el modo en que comenzó todo. De mi vida anterior, no recuerdo nada. Porque mi vida comienza y acaba, al conocerte a ti.

Shenyang 18 de Enero 1960

En aquel tiempo me venció la tentación de alejarme del ambiente cargado y deslumbrante al que estaba acostumbrado. El ritmo acelerado de la vida me asfixiaba, lo sentía como una pesada losa sobre mi cabeza. Nunca he encajado en ningún lugar. De algún modo, siempre he tenido esa extraña sensación de vivir en otro plano, en una dimensión distinta a la que se mueven los demás, cómo si caminara a dos palmos sobre el suelo, sin tocarlo.

En ocasiones me evadía de la realidad tomando largas infusiones de Loto. Su efecto narcótico conseguía alejarme de lo cotidiano, de lo gris. De la simpleza de algunas mentes de las que necesitaba huir. A veces he envidiado a esas criaturas sencillas, parece que el dolor les afecte menos. Como si aquello que les daña, nunca consiguiera dejarles marca.

Pero es inevitable sentir como te nace. No se puede cambiar lo que se es. No puedes dejar de ser, lo que tu esencia te dice que eres. La piedra siempre seguirá siendo una piedra. Podrá ser maciza, piconada o tosca. Algunas piedras serán incluso sagradas. Es el tiempo y la adversidad quienes harán que su filo sea cortante o rodado. Pero los millones de partículas que componen a esa roca, determinarán y le recordarán por siempre, quién es.

Entiendo que el anhelo de todo ser humano en algún instante de su vida, es poder empezar de nuevo. Borrar el pasado y renacer. Brotar cómo el nenúfar de la ciénaga y florecer con tal belleza, que haga olvidar a cualquiera, que su procedencia no es otra que el más turbio de los lodos. Por eso quise retirarme discretamente de todos aquellos con quienes acostumbraba a relacionarme. Mi vida cotidiana era rutinaria, se movía por pura inercia. Extrañaba los juegos rebeldes, la excentricidad de la juventud. Necesitaba darle un giro a todo, un matiz misterioso o romántico.

Mi vida, estaba muerta. Pero yo sentía que el brillo y la alegría aún se agitaban dentro de mí. Esperando vivir.

Busqué un lugar adecuado donde refugiarme. Un barrio tan bullicioso que me permitiera pasar desapercibido. Un lugar dónde no pudiera cruzar la mirada con nadie conocido. Me dirigí al norte, a uno de esos barrios empobrecidos, dónde la sonrisa es el bien más preciado. Alquilé una especie de celda. Un apartamento lo suficientemente pequeño para centrarme en mi mismo.

Era un barrio humilde, sombrío, alejado de la ruidosa urbe. Sin embargo, no era un lugar silencioso. Sus sonidos provenían de las entrañas de aquellas calles, de las estridencias deliciosamente cotidianas. Del chasquido del agua al caer contra el suelo, sin amortiguaciones de canaletas. Del chispeante crepitar del aceite en los puestos callejeros de dumplings. Del aroma a curry y las esencias especiadas que vagaban suspendidas en el aire.

Me pareció el lugar perfecto dónde establecerme de nuevo y comenzar con mi trabajo como profesor de jazz. Si bien la medicina me había reportado grandes satisfacciones hasta el momento, ahora era tiempo de centrarme exclusivamente en ese modo de vida con el que siempre soñé. De abandonar apegos y comenzar desde cero. No tardé mucho tiempo en amar mi nuevo hogar, un mundo sencillo, de gente sencilla. El ambiente resultaba ser más atractivo, sincero y auténtico que cualquier lugar culto y distinguido en el que yo hubiese estado con anterioridad.

Fue en uno de esos puestos callejeros, de comidas especiadas, dónde la vi por primera vez. Parecía haber caído directamente del cielo. No imaginaba que su belleza hubiera deambulado por aquellas calles y no haberla descubierto anteriormente. Era un elemento discordante en el paisaje, una especie distinta, exótica, en un hábitat extrañamente ajeno. Mi primer impulso fue acercarme con cualquier pretexto, comprar comida, o preguntar por una calle. Algo dentro de mí me gritaba con fuerza, exigiéndome que no dejara escapar a una criatura así.

La distancia que nos separaba me pareció eterna. No recuerdo haber tenido esa sensación con nadie más en la vida. Porque ella tenía algo, algo que me llamaba en silencio, sin palabras. Esa comunicación no verbal que solo se da entre almas con la misma esencia. Un dialecto perdido, un código secreto de comunicación que solo se nos revela una vez en la vida. Porque tan solo hay una persona en el mundo que pueda traducir nuestros sonidos o señales mudas.

De pronto vi toda mi vida con claridad y todo me pareció inconsistente hasta ese momento. Como si lo vivido con anterioridad hubiese respondido a un patrón aprendido, al dejarme llevar por la inercia de una vida vacía y absurda. La misma vida que llevaban todas las personas a mí alrededor. Pero yo siempre sentí que había algo más. Alguien que esperaba por mí en algún lugar del mundo. Sin saber qué o quién. Ni su nombre, ni su rostro. Una voz que desde siempre me llamaba y me incitaba a viajar hasta encontrarla.

Aquel día, al verla en el puesto de comida, supe que era ella quién me había estado llamando todo este tiempo. Que ese era el motivo que me había traído hasta aquí sin saberlo. Que ella era la mujer a la que amaba siempre en mi sueño.

No estaba dispuesto a dejarla marchar, quise detener el tiempo. Disfrutar de aquella visión que me ofrecía su frágil cuerpo cubierto con un vestido de seda blanco. Sus labios eran gruesos y sonrosados. Era natural, sin artefactos que adulteraran su auténtica naturaleza. Su imagen era tan fresca cómo el agua caída con las últimas lluvias de la tarde. Parecía una criatura abandonada a su suerte, una belleza que no respondía a patrones conocidos. La calle generaba un ambiente embriagador. Iluminada por decenas de lamparillas de aceite, que reflejaban titilantes sus luces sobre los charcos.

De pronto sentí miedo, miedo a perderla, a que ella no me viese del mismo modo. Por primera vez en mi vida comprendí el significado de la palabra soledad. Yo que siempre había huido de la gente, que me gustaba aislarme y disfrutar de mi clausura. De pronto entendí que ya nunca existiría un retiro perfecto para mí, si ella no permanecía a mi lado.

Comenzó a diluviar. Una lluvia torrencial se apoderó de las aceras. Los farolillos de aceite mojados dejaron a oscuras toda la calle. Ella improvisó un paraguas con la revista que portaba bajo el brazo y echó a correr calle arriba. La gran cantidad de agua que se precipitaba desde el cielo alteró gravemente mi plan de abordarla. La vi alejarse, perderse en la multitud, inmersa en ese vaivén de gente que corría alterada por la lluvia. La seguí tan rápido como pude, sorteando a la gente y los charcos. Pero en un segundo, desapareció de mi vista. Amainó la lluvia dando paso al sol y me sentí perdido, extraño y abandonado.

Hasta que alguien se acercó por detrás dándome unos toquecitos en el hombro… Era ella, la mujer de mi sueño.

—Disculpe señor, ¿sabe dónde queda el Taller de Jazz? Estas calles me parecen todas iguales. No logro acertar con la dirección que me recomendaron.

Cerré los ojos y sonreí agradecido a la vida, a ella, y al Jazz.

— Claro, acompáñeme. En estos momentos me dirigía hasta allí. Permítame que le muestre… Nuestro camino.

 

 

 

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
Demasiadas cosas

Demasiadas cosas

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Demasiadas cosas que decir. Pugnan por escapar y me bloquean. Mis ocurrencias son gordas, como obesos mórbidos que se atascan tratando de atravesar todos a la vez una puerta pequeña. Me cuesta dar paso a uno antes que a otro. No me gustaría quedar mal  con ninguno de mis pensamientos rollizos.

Demasiadas cosas: alegrías, ideas, reflexiones, dolores, ilusiones, proyectos, sorpresas, expectativas, decepciones, miedos, objetivos, apoyos, tonterías… Demasiadas cosas.

Es duro tener que luchar desde la realidad contra un huracán imaginario. Necesito alejarme un poco de todo. Es un anhelo recurrente. Huír. Sacar el coche del aparcamiento para que las nubes desde su altura lo vean pequeño y gris, confundirse con otros en la carretera. Encontrar un lugar desconocido horas después. Entrar a un café en el que no haya estado antes y al que nunca vaya a volver. Escribir y recuperar la paz. En aquel pueblo remoto, me gustaría pernoctar aferrado a los pechos de una muda. Perder yo también el poder de la palabra y animalizarme al máximo con ella. Ser un episodio más entre trillones de transformaciones de la materia viva  durante fracciones de una pequeño instante del tiempo infinito. Solo sentir, palpar el calor de los senos abrazando antes y después del deseo. Conocerme aislado y sin referencias. Sólo con la hembra humana de El planeta de los simios. Cambiar de lugar y de época. Y al regreso, acarrear algo de lo aprendido sin que se escurra de mis manos. Sin que se evapore en el trayecto de vuelta. Disfrutar al menos dos días sin ruido interior tras el viaje. Meditar. Rezar como si creyera. Hacerme más fuerte dentro de mí.

Demasiadas. Tratar cada día de hacerlo mejor. Mantener una trayectoria derecha dentro de un huracán de sinsentidos en remolino. Sin percatarme de que yo puedo ser otro absurdo parecido a esos a los que trato de resistir o esquivar. Dejar de respirar para escuchar el azote del viento, Porque cuando escuchamos el rozar silbante del aire, si ponemos la suficiente atención, oiremos también el silencio imponente del espacio.

Y volver. Yo soy de los que vuelven. De los que no se van, en realidad. Será que carezco del valor o la locura suficientes. Necesito salir, caminar. Seguramente contigo. Cruzar la noche o la mañana. Alejarme, tomar aire y volver a zambullirme en la cotidianidad torpe, estrecha y amarga. Necesito tumbarme en la calle, buscar un jardín, tocar tierra limpia y mirar, sin pensar, sin juzgar. Sin temer, sin soñar. Solo mirar. Sin ver ni sentir. Como ven la piedra, las hojas, la nube y la arena. Quiero mantenerme impasible como el cielo, hasta fundirme con la lluvia y con él.

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
A por el mar  2ª parte

A por el mar 2ª parte

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Un pueblo que acababa donde finalizaba la calle principal. Y a lo ancho otro par de calles. Para mí todas eran calles sin salida, sin una salida profesional, ni ningún otro estimulo que fuera un acicate para mi imaginación y me salvara de la rutina diaria. Acudir al bar los domingos con la pandilla, al cine en verano, paseos interminables en las cálidas noches por la única calle medianamente iluminada. Y desde hacía un tiempo, solo en casa.
No. Nada me ataba ya al pueblo. ¿Pero qué podía hacer?
Quizá en mi inocencia hice un mundo terrible de una situación más normal de lo que yo creía entonces. Mi exacerbada capacidad de sentir, por otra parte, no ayudaba a pensar con frialdad. Aunque no hubiera aparecido ella, hacía tiempo que me sentía ajeno a ese pueblo.
Hasta que se me hizo la luz. En una de esos recurrentes episodios de fantasía cinematográfica vital, lo vi.
El mar, había que ir al mar.
Si el mar dio la vida, también podría ayudarme a renovar la mía. Además: “Y si te toca llorar, es mejor junto al mar”
Lenta, calladamente, comencé a preparar mi huida. Porque era una huida, no un traslado ni mudanza, era una huida.
Conseguí reunir el escaso dinero que había ganado con mi humilde trabajo manual, y hasta pedí a mis amigos que me devolvieran las escasas cantidades que algún día les presté.
Mis amigos, probablemente fueron los únicos en preocuparse por mi desaparición. Sobre todo José, el más serio de los cuatro, el que nos pedía formalidad en esas noches de juerga y nos decía que bebíamos mucho. Nuestra madre José, como lo llamábamos cariñosamente, y para hacerlo rabiar. También ellos me olvidarían.
Ya solo me quedaba el problema de cómo hacer el largo viaje. Y no era pequeño el problema.
No iba a coger un autobús, con tanta gente mirando, y seguramente teniendo que responder las preguntas de algún conocido sobre mi destino. No, nadie se enteraría de mi partida hasta que quizá alguien, por algún motivo, me echara de menos.
Entonces vi el coche aparcado. Esto si sería como una película.
Yo había arreglado más de una vez el coche a Matías, el del bar.
Matías, un personaje brusco, demasiado antipático para tener un bar, que sin embargo funcionaba. Era mucho más indulgente con los clientes de su generación que con nosotros los jóvenes, por supuesto. Una voz más alta que otra, una risa algo descontrolada, suponía la expulsión del local para ti y tus amigos, aunque pronto se le olvidaba y al día siguiente te daba un pescozón y una tapa extra gratis. Derrochaba tanta personalidad como kilos de más en su enorme y bondadoso cuerpo.
Claro que su coche era un cacharro de los años 70, por supuesto que se podría romper en cualquier momento. Al menos yo pensaba que no duraría 50 km. a velocidad de crucero en autovía. Pero no pensaba viajar por autovías.
Tenía los elevalunas rotos, aunque lo disimulara sujetando los cristales con una madera. Y la llave de contacto siempre dentro del cenicero. Matías hacía mucho tiempo que no fumaba, bastante había fumado sin querer en el bar.
Estuve sopesando la idea de robarlo. No podría volver al pueblo nunca, no podría llegar lejos, lo justo hasta que se acabara la gasolina. ¿Qué pensarían de mi mis conocidos? Como idea para una película si era tentador. Huir, huir como un rebelde acosado injustamente por la ley. Definitivamente, algún día mi mente fantasiosa me ocasionará problemas. Pero aun no.
La decisión estaba tomada. Una tarde Matías se sorprendió al verme a aquellas horas en su bar.
Fue bastante comprensivo, más de lo que yo esperaba. También el fue joven, me dijo. Y mucho más sabio de lo que yo pensaba, o de lo que él daba a entender normalmente. Resulta que Matías se había dado cuenta de todo, no tuve que explicarle nada que él no hubiera notado, para mi sorpresa. En un momento me vendió aquel cacharro que solo le estorbaba en la calle, según él. Pero yo se que le tenía cariño. Realmente creo que hice lo correcto con aquella decisión, visto desde detrás de la ventana del tiempo. ¿Qué hubiera pasado si? ¿Como sería mi vida si no hubiera hecho tal cosa? Es como pensar en viajar en el tiempo e intentar comprender las paradojas que se producirían. Lo que tiene que pasar, pasará.
Esa noche me quedé con él hasta que cerró. Lo vi mirarme varias veces con complicidad, mientras limpiaba las mesas con la eficacia de la experiencia y la rutina, sudoroso, cansado.
De madrugada abrí la puerta del coche, arrojé en el interior el escueto petate y el coche arranco con un pequeño quejido de decrepitud. Todo sería fácil. Pero nada más cruzar la esquina, el corazón se me aceleró como nunca lo había sentido. ¿Qué hacia la guardia civil a esas horas en la esquina que da al colegio? Los dos únicos guardias del pueblo, casi vecinos de toda la vida, vieron pasar el renqueante coche justo a su lado. Seguro que pensaron cualquier cosa, y ninguna buena.
Sabían que quien conducía no era Matías, aunque no supieran quien era el piloto, pues el cuerpo de Matías sentado en su coche era inconfundible, todo masa y volumen. Quizá esperaron a seguirme mientras discutían si Matías le habría dejado el coche a algún conocido. Un robo de vehículo en el pueblo era inconcebible, pero no obstante decidieron seguirme para preguntar y averiguarlo, aunque solo fuera por tener algo que chismorrear, seguramente.
Vi las luces por el retrovisor, azules, escandalosamente alarmantes. Pensé en acelerar, pero eso no era fácil conduciendo al abuelo de todos los coches del pueblo. Así que opté por parar en el arcén. No me creían cuando les expliqué que Matías me había vendido el coche con el que todos lo conocían en el pueblo desde siempre. Menos mal que llevaba el papel conmigo. Mi primer susto, guion aventura, de mi huida.
Bueno, conociendo a estos dos representantes del benemérito cuerpo, estaba claro que al día siguiente todo el pueblo sabría que me había marchado.
Comencé mi periplo con más tranquilidad, con la radio, que eso si funcionaba bien, emitiendo los programas de madrugada para solitarios que suelen poner, y mejor música que a horas más comerciales, por suerte.
Solo hacia unas horas de mi huida, solo una noche fuera del pueblo, pero me pareció que todo aquello ya había pasado hacia mucho tiempo. Sentí una tranquilidad inmensa, una sensación de libertad se unió a la luz del amanecer. Sentí abrírseme el pecho y respiré muy profundamente, sonreía sin saber porqué. Pensé que había decidido bien. Por una vez me había salido bien.
Mi camino ahora era hacia el sur. No tenía ningún plan, nada preparado por si surgía una contingencia inesperada. Solo una ruta y unas etapas no demasiado rígidas para cumplir. Este viaje iniciático al mar, sería también unas vacaciones, una experiencia bohemia y algo hippy.
Las montañas me separaban del mar. Esas montañas que miraba sin ningún cariño tan solo 24 horas antes.
Ahora que me adentraba en ellas con la idea de no volver a verlas, sabía que las iba a echar de menos. Miraba a un lado y a otro como en una despedida multitudinaria, diciendo adiós a las rocas, las flores, la tímida luz del sol en los riscos más elevados…
Al final de la serpenteante línea de plata que parecía la carretera a esas horas, estaba el pueblo vecino, aun más pequeño que el mío. Pasaría como un fantasma.
Más allá, el territorio ignoto. Nunca había pasado por esa carretera que cruzaba todo el sistema montañoso que partía la provincia en dos. Prácticamente nadie utilizaba esa ruta desde la construcción de la autovía. Mejor para mí. Aunque tendría que ir despacio si quería que soportara la subida el pobre abuelete a motor.
Cuando ya el sol que amanecía me deslumbraba, pare por fin en un bar de carretera, aun sobreviviente a la creación de la autovía gracias a su posición en un cruce de carreteras, aunque solitario a esas horas. Recordé mucho tiempo después esa sensación de estar en un lugar desconocido, y darte cuenta, sin conocerlos, solo por su actitud, por su aspecto cansado, de que los clientes de esas horas eran buena gente. Trabajadores. Probablemente empezaban su intempestiva jornada. Me produjo cierta ternura darme cuenta de mi ignorancia de los trabajos que con toda seguridad iban a realizar aquellas gentes, por su apariencia labradores o hortelanos. Mi desconocimiento de las labores del campo era vergonzoso.
Dormí un rato en el coche, incluso después de beber el fuerte café, y consulté el mapa. Siempre me gustaron los mapas, ese andar con el dedo por encima de carreteras, cruzar ríos, atravesar las vías del tren, y mientras imaginar cómo serian esos paisajes lejanos, qué gentes vivían allí, que acento distintivo y desconocido tendrían.
Mi camino iba hacia abajo. Contemplé el paisaje que se abría siguiendo la estrecha carretera, a lo lejos otra cadena de montañas de menor envergadura, y detrás, pensaba yo, el mar.
No tardé mucho en parar. Un problema inesperado con mi coche “clásico” me haría detenerme en un pueblo, no recuerdo el nombre, algo mayor que los que había cruzado hasta entonces.
Y me sucedió un hecho increíble, o a mi me lo pareció. Tan solo dos horas de charla mientras se reparaba la avería, a solo 80 kilómetros de lo que había sido mi casa, podría haberme quedado trabajando con el mecánico del pueblo. Un hombre serio, mayor ya, muy dicharachero, con su permanente cigarrillo en la boca y un aire de cierta picardía. No paramos de hablar mientras arreglaba mi coche, y entonces, me lo ofreció: “quédate aquí y me echas una mano en el taller”.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: