Viajando a través de las novelas

Viajando a través de las novelas

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Los libros nos trasladan a lugares sorprendentes, nos muestran destinos imaginarios y nos ayudan a conocer cómo es la vida en parajes en los que nunca hemos estado. Todas las historias se desarrollan en algún lugar que, a veces, nos sirve para evadirnos y, otras, para desear visitarlos. ¿Quién no ha querido seguir la línea rosa de la iglesia de Saint Sulpice en París como hizo Robert Langdon en El Código Da Vinci o descubrir el andén 9 y ¾ de Harry Potter en King’s Cross?

En un mapa interactivo se han reunido más de quinientas localizaciones del mundo que aparecen en las páginas de más de doscientos libros famosos.

Todavía nos queda algo de verano para descubrir los rincones de ese libro que aún tenemos por acabar, lanzarse a recorrer los escenarios de alguna lectura nueva o revivir la historia de su obra literaria favorita, pueden que encuentren en esta iniciativa un buen aliado: la empresa Musement ha reunido en un mapa mundial interactivo 563 localizaciones de 205 libros.

Como soy de Barcelona me permitirán que barra para casa.

Letizia Stok, country manager de la compañía en España, detalla que “la obra más antigua recogida en el mapa es La Odisea que data del siglo VIII a.C., mientras que la más reciente son las localizaciones de Origenlanzado en 2017”. Precisamente el best seller de Dan Brown es una de las obras que cuenta con localizaciones en Cataluña, ya que su historia transcurre en lugares como el Monasterio de Santa María de Monserrat, la Sagrada Familia o la Casa Milà.

La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, es otro libro que también se sitúa en las calles barcelonesas. Y así hasta 17 obras literarias del mapa están emplazadas en España: El Guardián Invisible de Dolores Redondo, Manolito Gafotas de Elvira Lindo, El Quijote de Miguel de Cervantes, Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós…

Descubrir el mundo sin salir de casa.

Gracias a este mapa interactivo es posible descubrir Colombia a través de las localizaciones de El Amor en Tiempos del Cólera, pasear por Little Italy en Nueva York de la mano de El Padrino,ver con otros ojos la Gran Pirámide de Guiza en Egipto gracias a El Alquimista o recorrer las calles de Tokio descritas por Murakami en Tokio Blues.

Así, esta herramienta desarrollada por la plataforma de reservas de actividades en destino puede servir de inspiración para todos aquellos que quieran escaparse durante sus vacaciones a algún escenario literario que les lleve a recorrer las aventuras de alguno de sus libros favoritos. Y también para aquellos que deseen saber si su destino de vacaciones ha aparecido en alguna obra.

Para viajar no siempre es necesario salir de casa.

Demasiadas cosas

Demasiadas cosas

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Demasiadas cosas que decir. Pugnan por escapar y me bloquean. Mis ocurrencias son gordas, como obesos mórbidos que se atascan tratando de atravesar todos a la vez una puerta pequeña. Me cuesta dar paso a uno antes que a otro. No me gustaría quedar mal  con ninguno de mis pensamientos rollizos.

Demasiadas cosas: alegrías, ideas, reflexiones, dolores, ilusiones, proyectos, sorpresas, expectativas, decepciones, miedos, objetivos, apoyos, tonterías… Demasiadas cosas.

Es duro tener que luchar desde la realidad contra un huracán imaginario. Necesito alejarme un poco de todo. Es un anhelo recurrente. Huír. Sacar el coche del aparcamiento para que las nubes desde su altura lo vean pequeño y gris, confundirse con otros en la carretera. Encontrar un lugar desconocido horas después. Entrar a un café en el que no haya estado antes y al que nunca vaya a volver. Escribir y recuperar la paz. En aquel pueblo remoto, me gustaría pernoctar aferrado a los pechos de una muda. Perder yo también el poder de la palabra y animalizarme al máximo con ella. Ser un episodio más entre trillones de transformaciones de la materia viva  durante fracciones de una pequeño instante del tiempo infinito. Solo sentir, palpar el calor de los senos abrazando antes y después del deseo. Conocerme aislado y sin referencias. Sólo con la hembra humana de El planeta de los simios. Cambiar de lugar y de época. Y al regreso, acarrear algo de lo aprendido sin que se escurra de mis manos. Sin que se evapore en el trayecto de vuelta. Disfrutar al menos dos días sin ruido interior tras el viaje. Meditar. Rezar como si creyera. Hacerme más fuerte dentro de mí.

Demasiadas. Tratar cada día de hacerlo mejor. Mantener una trayectoria derecha dentro de un huracán de sinsentidos en remolino. Sin percatarme de que yo puedo ser otro absurdo parecido a esos a los que trato de resistir o esquivar. Dejar de respirar para escuchar el azote del viento, Porque cuando escuchamos el rozar silbante del aire, si ponemos la suficiente atención, oiremos también el silencio imponente del espacio.

Y volver. Yo soy de los que vuelven. De los que no se van, en realidad. Será que carezco del valor o la locura suficientes. Necesito salir, caminar. Seguramente contigo. Cruzar la noche o la mañana. Alejarme, tomar aire y volver a zambullirme en la cotidianidad torpe, estrecha y amarga. Necesito tumbarme en la calle, buscar un jardín, tocar tierra limpia y mirar, sin pensar, sin juzgar. Sin temer, sin soñar. Solo mirar. Sin ver ni sentir. Como ven la piedra, las hojas, la nube y la arena. Quiero mantenerme impasible como el cielo, hasta fundirme con la lluvia y con él.

A por el mar  2ª parte

A por el mar 2ª parte

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Un pueblo que acababa donde finalizaba la calle principal. Y a lo ancho otro par de calles. Para mí todas eran calles sin salida, sin una salida profesional, ni ningún otro estimulo que fuera un acicate para mi imaginación y me salvara de la rutina diaria. Acudir al bar los domingos con la pandilla, al cine en verano, paseos interminables en las cálidas noches por la única calle medianamente iluminada. Y desde hacía un tiempo, solo en casa.
No. Nada me ataba ya al pueblo. ¿Pero qué podía hacer?
Quizá en mi inocencia hice un mundo terrible de una situación más normal de lo que yo creía entonces. Mi exacerbada capacidad de sentir, por otra parte, no ayudaba a pensar con frialdad. Aunque no hubiera aparecido ella, hacía tiempo que me sentía ajeno a ese pueblo.
Hasta que se me hizo la luz. En una de esos recurrentes episodios de fantasía cinematográfica vital, lo vi.
El mar, había que ir al mar.
Si el mar dio la vida, también podría ayudarme a renovar la mía. Además: “Y si te toca llorar, es mejor junto al mar”
Lenta, calladamente, comencé a preparar mi huida. Porque era una huida, no un traslado ni mudanza, era una huida.
Conseguí reunir el escaso dinero que había ganado con mi humilde trabajo manual, y hasta pedí a mis amigos que me devolvieran las escasas cantidades que algún día les presté.
Mis amigos, probablemente fueron los únicos en preocuparse por mi desaparición. Sobre todo José, el más serio de los cuatro, el que nos pedía formalidad en esas noches de juerga y nos decía que bebíamos mucho. Nuestra madre José, como lo llamábamos cariñosamente, y para hacerlo rabiar. También ellos me olvidarían.
Ya solo me quedaba el problema de cómo hacer el largo viaje. Y no era pequeño el problema.
No iba a coger un autobús, con tanta gente mirando, y seguramente teniendo que responder las preguntas de algún conocido sobre mi destino. No, nadie se enteraría de mi partida hasta que quizá alguien, por algún motivo, me echara de menos.
Entonces vi el coche aparcado. Esto si sería como una película.
Yo había arreglado más de una vez el coche a Matías, el del bar.
Matías, un personaje brusco, demasiado antipático para tener un bar, que sin embargo funcionaba. Era mucho más indulgente con los clientes de su generación que con nosotros los jóvenes, por supuesto. Una voz más alta que otra, una risa algo descontrolada, suponía la expulsión del local para ti y tus amigos, aunque pronto se le olvidaba y al día siguiente te daba un pescozón y una tapa extra gratis. Derrochaba tanta personalidad como kilos de más en su enorme y bondadoso cuerpo.
Claro que su coche era un cacharro de los años 70, por supuesto que se podría romper en cualquier momento. Al menos yo pensaba que no duraría 50 km. a velocidad de crucero en autovía. Pero no pensaba viajar por autovías.
Tenía los elevalunas rotos, aunque lo disimulara sujetando los cristales con una madera. Y la llave de contacto siempre dentro del cenicero. Matías hacía mucho tiempo que no fumaba, bastante había fumado sin querer en el bar.
Estuve sopesando la idea de robarlo. No podría volver al pueblo nunca, no podría llegar lejos, lo justo hasta que se acabara la gasolina. ¿Qué pensarían de mi mis conocidos? Como idea para una película si era tentador. Huir, huir como un rebelde acosado injustamente por la ley. Definitivamente, algún día mi mente fantasiosa me ocasionará problemas. Pero aun no.
La decisión estaba tomada. Una tarde Matías se sorprendió al verme a aquellas horas en su bar.
Fue bastante comprensivo, más de lo que yo esperaba. También el fue joven, me dijo. Y mucho más sabio de lo que yo pensaba, o de lo que él daba a entender normalmente. Resulta que Matías se había dado cuenta de todo, no tuve que explicarle nada que él no hubiera notado, para mi sorpresa. En un momento me vendió aquel cacharro que solo le estorbaba en la calle, según él. Pero yo se que le tenía cariño. Realmente creo que hice lo correcto con aquella decisión, visto desde detrás de la ventana del tiempo. ¿Qué hubiera pasado si? ¿Como sería mi vida si no hubiera hecho tal cosa? Es como pensar en viajar en el tiempo e intentar comprender las paradojas que se producirían. Lo que tiene que pasar, pasará.
Esa noche me quedé con él hasta que cerró. Lo vi mirarme varias veces con complicidad, mientras limpiaba las mesas con la eficacia de la experiencia y la rutina, sudoroso, cansado.
De madrugada abrí la puerta del coche, arrojé en el interior el escueto petate y el coche arranco con un pequeño quejido de decrepitud. Todo sería fácil. Pero nada más cruzar la esquina, el corazón se me aceleró como nunca lo había sentido. ¿Qué hacia la guardia civil a esas horas en la esquina que da al colegio? Los dos únicos guardias del pueblo, casi vecinos de toda la vida, vieron pasar el renqueante coche justo a su lado. Seguro que pensaron cualquier cosa, y ninguna buena.
Sabían que quien conducía no era Matías, aunque no supieran quien era el piloto, pues el cuerpo de Matías sentado en su coche era inconfundible, todo masa y volumen. Quizá esperaron a seguirme mientras discutían si Matías le habría dejado el coche a algún conocido. Un robo de vehículo en el pueblo era inconcebible, pero no obstante decidieron seguirme para preguntar y averiguarlo, aunque solo fuera por tener algo que chismorrear, seguramente.
Vi las luces por el retrovisor, azules, escandalosamente alarmantes. Pensé en acelerar, pero eso no era fácil conduciendo al abuelo de todos los coches del pueblo. Así que opté por parar en el arcén. No me creían cuando les expliqué que Matías me había vendido el coche con el que todos lo conocían en el pueblo desde siempre. Menos mal que llevaba el papel conmigo. Mi primer susto, guion aventura, de mi huida.
Bueno, conociendo a estos dos representantes del benemérito cuerpo, estaba claro que al día siguiente todo el pueblo sabría que me había marchado.
Comencé mi periplo con más tranquilidad, con la radio, que eso si funcionaba bien, emitiendo los programas de madrugada para solitarios que suelen poner, y mejor música que a horas más comerciales, por suerte.
Solo hacia unas horas de mi huida, solo una noche fuera del pueblo, pero me pareció que todo aquello ya había pasado hacia mucho tiempo. Sentí una tranquilidad inmensa, una sensación de libertad se unió a la luz del amanecer. Sentí abrírseme el pecho y respiré muy profundamente, sonreía sin saber porqué. Pensé que había decidido bien. Por una vez me había salido bien.
Mi camino ahora era hacia el sur. No tenía ningún plan, nada preparado por si surgía una contingencia inesperada. Solo una ruta y unas etapas no demasiado rígidas para cumplir. Este viaje iniciático al mar, sería también unas vacaciones, una experiencia bohemia y algo hippy.
Las montañas me separaban del mar. Esas montañas que miraba sin ningún cariño tan solo 24 horas antes.
Ahora que me adentraba en ellas con la idea de no volver a verlas, sabía que las iba a echar de menos. Miraba a un lado y a otro como en una despedida multitudinaria, diciendo adiós a las rocas, las flores, la tímida luz del sol en los riscos más elevados…
Al final de la serpenteante línea de plata que parecía la carretera a esas horas, estaba el pueblo vecino, aun más pequeño que el mío. Pasaría como un fantasma.
Más allá, el territorio ignoto. Nunca había pasado por esa carretera que cruzaba todo el sistema montañoso que partía la provincia en dos. Prácticamente nadie utilizaba esa ruta desde la construcción de la autovía. Mejor para mí. Aunque tendría que ir despacio si quería que soportara la subida el pobre abuelete a motor.
Cuando ya el sol que amanecía me deslumbraba, pare por fin en un bar de carretera, aun sobreviviente a la creación de la autovía gracias a su posición en un cruce de carreteras, aunque solitario a esas horas. Recordé mucho tiempo después esa sensación de estar en un lugar desconocido, y darte cuenta, sin conocerlos, solo por su actitud, por su aspecto cansado, de que los clientes de esas horas eran buena gente. Trabajadores. Probablemente empezaban su intempestiva jornada. Me produjo cierta ternura darme cuenta de mi ignorancia de los trabajos que con toda seguridad iban a realizar aquellas gentes, por su apariencia labradores o hortelanos. Mi desconocimiento de las labores del campo era vergonzoso.
Dormí un rato en el coche, incluso después de beber el fuerte café, y consulté el mapa. Siempre me gustaron los mapas, ese andar con el dedo por encima de carreteras, cruzar ríos, atravesar las vías del tren, y mientras imaginar cómo serian esos paisajes lejanos, qué gentes vivían allí, que acento distintivo y desconocido tendrían.
Mi camino iba hacia abajo. Contemplé el paisaje que se abría siguiendo la estrecha carretera, a lo lejos otra cadena de montañas de menor envergadura, y detrás, pensaba yo, el mar.
No tardé mucho en parar. Un problema inesperado con mi coche “clásico” me haría detenerme en un pueblo, no recuerdo el nombre, algo mayor que los que había cruzado hasta entonces.
Y me sucedió un hecho increíble, o a mi me lo pareció. Tan solo dos horas de charla mientras se reparaba la avería, a solo 80 kilómetros de lo que había sido mi casa, podría haberme quedado trabajando con el mecánico del pueblo. Un hombre serio, mayor ya, muy dicharachero, con su permanente cigarrillo en la boca y un aire de cierta picardía. No paramos de hablar mientras arreglaba mi coche, y entonces, me lo ofreció: “quédate aquí y me echas una mano en el taller”.

EL PARQUE

EL PARQUE

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Amaneció el día sombrío y pesado. La noche no había sido suficiente para que las nubes se dispersaran del todo. Ellas tenían una especie de preeminencia que nadie se atrevía a cuestionar. Se encontraban como en casa. Ejercían tiránicamente su presencia durante la mayor parte del año, descansando algún día para no asfixiar del todo a los que vivían bajo sus grisáceos mantos. Para compensar tanta tiniebla, les regalaba vastas extensiones de terreno fértil y verde. Incluso en la gran ciudad se abrían camino entre el asfalto grandes parques colonizados por viejos árboles, que resistían el paso de los años sin apenas inmutarse y proporcionando grandes sombras donde apenas era necesario. Una más de las grandes contradicciones de este mundo. Sorprendía observar cuantos tonos diferentes de color verde se podían dar en esos bosques urbanos. De vez en cuando la saturación de ese color se rompía cuando una despistado rayo de sol se colaba entre las ramas de algún árbol. Ni siquiera un día tan especial como aquel era motivo suficiente para dejar paso a que el sol alumbrara el feliz acontecimiento.

La noche la pasó entre reflexiones y paseos nocturnos para saciar las necesidades que le recordaban que pertenecía al reino animal. Entre unas y otras alguna cabezadita lo suficientemente profunda y larga como para tener algún efímero sueño. Cada noche se decía que no pasaría ni una más sin recordar las grandes historias que soñaba, pero en el mismo momento de abrir los ojos, se desvanecían por completo. Solo le quedaban las sensaciones y con ellas era capaz de inventar un relato mágico para deleitar su vanidad. Pero se sentía tramposo con ello. Unos años antes, le había obsesionado tanto ese asunto que en la mesita de noche siempre tenía un bloc de notas y un bolígrafo para escribir cualquier recuerdo de la fantasía, pero nunca llegaba a tiempo. Pensó que tal vez la tecnología le ayudaría y se compró una grabadora, con el mismo resultado decepcionante. Luego intentó pasar las noches en vela , pero claro, entonces no soñaba. Desesperado se puso en manos de médicos que medían el sueño y después de varias noches conectado a no se sabe cuántos monitores, lo único que consiguió es que le descubrieran que padecía apneas. Nunca quiso saber qué significaba eso porque con ese nombre tan raro sospechaba que no le serviría para nutrir su imaginación. Por fin su mujer, después de muchas noches en blanco y cansada de darle codazos, le dijo que roncaba.

Allí en medio de aquel parque, rodeado de casas, rascacielos y calles atestadas de vehículos, el silencio era sorprendentemente absoluto. Era tan diferente del lugar de donde venía que a su ojos les costaba adaptarse a tanto color verdoso. Donde fuera que mirara lo único que veía era vegetación. Le decían que incluso se podían encontrar zorros por aquellos lugares. Se había propuesto visitar el mayor número de zonas verdes que pudiera durante su corta estancia en esa ciudad que, aunque la había visitado en numerosas ocasiones, la desconocía por completo.

Huele a hierba fresca, pero es mentira. La frescura se nota no se huele. ¿A qué huele la hierba? Mientras paseaba por aquel tapiz de césped salvaje, notaba su fragancia, pero no sabía describirla. Se le mezclaba con los aromas que el viento arrastraba de las plantas y arbustos. También distinguía el característico olor metálico que anunciaba lluvia y quién sabe si no una tormenta. Dudó si buscar refugio ante el infalible anuncio o guarecerse bajo una de las grandes copas solo para poder percibir otro olor muy apreciado: el de la tierra mojada.

Miró el reloj… llegaba tarde. El tiempo se le había pasado muy rápido gozando de aquellos prados metropolitanos. No solo él disfrutaba de la paz y el silencio que le permitían adentrarse en sus pensamientos más profundos, también se cruzó por el camino con caminantes de todas las edades, ciclistas, corredores, fotógrafos, poetas, parejas de enamorados, buscadores de insectos, observadores de pájaros, caballos y jinetes vestidos con elegancia y ofreciendo una preciosa estampa. También fantaseó con algún pervertido escondido entre matorrales al acecho de alguna criatura y practicando el onanismo o degenerados esperando el momento para mostrase desnudo. En el peor de los casos, ya que estaba en la ciudad de Jack el Destripador, un asesino agazapado esperando a su presa para descuartizarla. Pero eso no lo vio, eso fue producto de su imaginación otra vez que, ante aquellos parajes tan llenos de vida a pesar de la ausencia del sol, le estaba provocando delirantes historia que algún día contaría.

La atmósfera no jugaba de farol. Acababa de cruzar la verja del parque cuando se le vinieron encima millones de gotas de agua que caían del cielo sin remedio. No le dio tiempo a desplegar el minúsculo paraguas que había comprado a un vendedor ambulante, antes de quedar empapado. No corría; tampoco se desesperaba. En su rostro se advertía satisfacción. Regresó al hotel. Se tenía que preparar para el acontecimiento del año.

LA MALETA

LA MALETA

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Solo, en un lugar conocido pero ajeno. El silencio se rompe de vez en cuando con el rugir de sus vísceras que clamaban por tener un poco de paz después del maltrato que habían padecido últimamente. Por la ventana entraba el sol cansado de media tarde , ese que parece pedir a gritos que la noche le sustituya. Hoy ha tenido un trabajo muy intenso : las nubes estaban juguetonas e insistían en ponerse en medio y él ha tenido que lucir más fuerte cuando tenía la oportunidad. Se han ido alternando el protagonismo a lo largo del día .

La estancia en la que estaba era agradable, incluso bucólica . Se respiraba un ambiente propicio para la lectura o para tomar un té si le gustara. Él era más de café , ahora se conformaba con unas hierbas extrañas que siempre había creído que eran para fumarlas. Tenía el libro abierto pero no leía. Se estaba dejando llevar por sus pensamientos …Acababa de empezar una de sus visitas interiores, estas siempre deparaban sorpresas y más cuando ahora había más espacio.

La Luz entraba tenuemente por la única ventana dulcificando las sombras de la habitación. Volvió a la lectura aunque no pudo superar las dos primeras líneas. Pensó en el viaje que acababa de hacer. Había sido largo y lleno de escalas. Había utilizado casi todos los medios de transporte: coche, tren , avión, metro y autobús . Solo le faltó navegar , aunque el mar sí lo vio desde las alturas. También esperó mucho , no de la vida ni de nadie , sino a que llegara el avión. Mientras lo hacía practicaba su deporte preferido: observar.

Lo hacía de forma natural. No tenía que calentar previamente para al alcanzar un estado de contemplación absoluta. Le daba igual que fuera un aeropuerto atestado de gente, en cualquier lugar podía llegar a la sublimación. Era capaz de escanear todo lo que le rodeaba sin apenas esfuerzo . No solo se trataba de mirar, sino de ver y sentir. La fusión del sentido y la sensación creaban una imagen que solo podía describirla escribiendo. Imposible dibujarlo y mucho menos fotografiarlo. Los dedos golpeaban sobre el teclado las palabras que el cerebro le transmitía directamente , sin filtros. Fluían velozmente y se encadenaban de forma perfecta. No hacía falta corregir ni repasar. Quedaban plasmadas en el orden deseado y aquel que las leía se hacía un composición única y particular.

Esta vez lo que le llamó la atención fueron las maletas. Los amplios pasillos de la zona de facturación estaban llenos de gente andando y corriendo de arriba abajo agarrados a una maleta. Las había de todas las formas y colores. Parecía imposible que no se repitieran más los modelos como si ocurre con otros enseres cotidianos. Sí había algo en común en la inmensa mayoría: predominaba el tamaño medio, aquel se se podía subir al avión. En los viajes de corta duración y media distancia se había impuesto esa medida. No eran pocas las broncas dentro de la aeronave cuando los últimos en entrar encontraban ocupados todos los compartimentos. El personal de a bordo se afanaba en zanjar los conatos de conflicto con una determinación envidiable. Había que evitar el alboroto en un lugar tan pequeño y lleno de gente.

Pronto pudo establecer una clasificación simple sobre las maletas y sus propietarios. Todas ellas tenían ruedas para transportarlas más cómodamente. Eran pequeñas pero resistentes. Parecía imposible que sobrevivieran al maltrato al que las sometían, sobre todo cuando tenían que salvar escalones o bordillos. Pero no era eso lo más curioso. Lo sorprendente era que había dos formas humanas de llevar la maleta. Había quien la arrastraba como una pesada carga y quien la empujaba con determinación dando la sensación que esta se deslizaba con liviandad. 

No pudo evitar preguntarse cómo transitaba él por la vida.

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